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Chapter 9

Capítulo 3


Capítulo 3

Presente

Martes, 3 de octubre

Traducido por Lyn♡

Corregido por Nea

Editado por Banana_mou

Elliot aun no me ha visto.

Él espera por su bebida cerca de la barra de expreso con la cabeza inclinada mientras mira hacia abajo. En un mar de personas que se conectan al mundo a través del aislamiento de sus smartphones, Elliot está leyendo un libro.

¿Tiene siquiera un teléfono? Para cualquier otro sería una pregunta absurda. No para él. Hace once años lo tenía, pero fue uno heredado por su padre y el tipo de teléfono IP que le obligaba a presionar la tecla 5 veces si quería escribir una L. Rara vez lo usaba como algo más que un pisapapeles.

—¿Cuándo fue la última vez que lo viste? —pregunta Sabrina.

Parpadeo hacia ella, con el ceño fruncido. Sé que ella sabe la respuesta a esta pregunta, al menos en general. Pero mi expresión se relaja cuando entiendo que no hay nada más que pueda hacer en este momento además de conversar; me he convertido en una maníaca muda.

—Mi último año de secundaria. Año Nuevo.

Hace una mueca completa mostrando los dientes.

—Correcto.

Algún instinto entra en acción, alguna energía de autoconservación que me impulsa a levantarme de mi silla.

—Lo siento —digo, mirando hacia abajo a Sabrina y Viv—. Voy a salir.

—Por supuesto. Sí. Totalmente.

—¿Te llamo este fin de semana? Tal vez podamos hacer el Golden Gate Park.

Todavía asiente como si mi sugerencia robótica fuera incluso una remota posibilidad. Las dos sabemos que no he tenido un fin de semana libre desde antes de comenzar mi residencia en julio.

Tratando de moverme lo más discretamente posible, me llevo mi bolso por encima del hombro y me inclino para besar la mejilla de Sabrina.

—Te quiero —digo, de pie y deseando poder llevarla conmigo. Ella también huele a bebé.

Sabrina asiente, devolviendo el sentimiento y luego, mientras miro a Viv y su pequeño puño gordito, ella mira hacia atrás por encima de su hombro y se congela.

Por su postura, sé que Elliot me ha visto.

—Uhm… —dice, dando la vuelta y levantando su barbilla como si debiera echar un vistazo—. Aquí viene.

Escarbo en mi bolso, trabajando para parecer extremadamente ocupada y distraída.

—Voy a correr —murmuro.

—¿Mace?

Me congelo, una mano en la correa de mi bolso y mis ojos en el suelo. Una punzada de nostalgia resuena a través de mí tan pronto como escucho su voz. Había sido alta y chillona hasta que se rompió. Recibió un sinfín de mierda sobre lo nasal y quejumbroso que era y entonces, un día, el universo rió por última vez, dando a Elliot una voz como la miel, cálida y rica.

Dice mi nombre de nuevo, sin apodo esta vez, pero más tranquilo:

—¿Macy Lea?

Miro hacia arriba y, en un impulso del que estoy segura de que me reiré hasta que muera, levanto la mano y saludo con un fuerte y alegre:

—¡Elliot! ¡Hey!

Como si fuéramos unos conocidos casuales de orientación de primer año.

Ya sabes, como si nos hubiéramos visto una vez en el tren desde Santa Bárbara.

Solo cuando se saca el grueso cabello de los ojos en un gesto de incredulidad que lo he visto hacer un millón de veces, me doy la vuelta, presiono a través de la multitud y camino hacia la acera. Estoy trotando en la dirección equivocada antes de darme cuenta de mi error a mitad de la cuadra y me doy la vuelta. Dos largas zancadas hacia atrás, con la cabeza hacia abajo, el corazón martillando y me estrello contra un pecho ancho.

—¡Oh! ¡Lo siento! —digo abruptamente antes de mirar hacia arriba y darme cuenta de lo que he hecho.

Las manos de Elliot se dirigen alrededor de la parte superior de mis brazos, sosteniéndome firme a solo unos centímetros de él. Sé que me está mirando a la cara, esperando que me encuentre con su mirada, pero mis ojos están clavados hacia su manzana de Adán y mis pensamientos están atrapados recordando cómo solía mirar a su cuello, encubiertamente, de vez en cuando durante horas mientras leíamos juntos en el armario.

—Macy. ¿En serio? —dice en voz baja, significando miles de cosas.

En serio, ¿eres tú?

En serio, ¿por qué acabas de huir?

En serio, ¿dónde has estado durante la última década?

Una parte de mí desearía poder ser el tipo de persona que simplemente pasa, huye y finge que esto nunca sucedió. Podría volver a BART, subirme al Muni5 hacia el hospital y profundizar en una ajetreada jornada laboral manejando emociones que, honestamente, son mucho más grandes y merecedoras que estas.

Pero otra parte de mí ha estado esperando este momento exacto durante los últimos once años. El alivio y la angustia palpitan fuertemente en mi sangre. He querido verlo todos los días. Pero, también, nunca quise volver a verlo.

—Hola. —Lo miro. Estoy tratando de averiguar qué decir; mi cabeza está llena de palabras sin sentido. Es una tormenta de blanco y negro.

—Eres tú… —comienza sin aliento. Todavía no me ha soltado—. ¿Te mudaste aquí?

—San Francisco.

Observo cómo capta mi uniforme y mis feas zapatillas.

—¿Médico?

—Sí. Residente.

Soy un robot.

Sus cejas oscuras se levantan.

—Entonces, ¿qué estás haciendo?

Dios, qué lugar tan extraño para comenzar. Pero cuando hay una montaña por delante, supongo que comienzas con un solo paso hacia el punto más recto.

—Me reuní con Sabrina para tomar un café.

Arruga su nariz con una expresión dolorosamente familiar de incomprensión.

—Mi compañera de cuarto en la universidad —aclaro—. Ella vive en Berkeley.

Elliot decae un poco, recordándome que no conoce a Sabrina. Solía molestarnos cuando teníamos un mes entre actualizaciones. Ahora hay años y vidas enteras desconocidas entre sí.

—Te llamé —dice—. Como un millón de veces. Y luego cambió el número.

Se pasa la mano por el cabello y se encoge de hombros impotente. Y lo entiendo. Todo este maldito momento es tan surrealista. Incluso ahora es incomprensible que hayamos dejado que esta distancia sucediera. Que dejé que esto sucediera.

—Lo sé. Yo, uhm, tengo un nuevo teléfono —digo con calma.

Se ríe, pero no es un sonido particularmente feliz.

—Sí, me lo imaginé.

—Elliot —digo, empujando más allá de la obstrucción en mi garganta al sentir su nombre allí—, lo siento. Realmente tengo que correr. Necesito estar en el trabajo pronto.

Se inclina para estar al nivel de mi rostro.

—¿Estás bromeando? —Sus ojos se abren—. No puedo encontrarme contigo en Saul’s y decir: «Oye, Macy, qué tal», y luego vas a trabajar, y yo voy a trabajar, y no hablamos por otros 10 malditos años.

Y ahí está. Elliot nunca pudo jugar el juego de la superficie.

—No estoy preparada para esto —admito en voz baja.

—¿Tienes que prepararte para mí?

—Si hay alguien para quien tengo que prepararme, eres tú.

Esto lo golpea justo donde quería, directamente en el ojo de buey de algún núcleo vulnerable, pero tan pronto como hace un guiño, me arrepiento.

Maldición.

—Solo dame un minuto —insta, tirando de mí al borde de la acera para que no obstruyamos el flujo constante de viajeros—. ¿Cómo estás? ¿Cuánto llevas de regreso? ¿Cómo está Duncan?

Todo nos rodea, el mundo parece quedarse quieto.

—Estoy bien —digo mecánicamente—. Me mudé en mayo. —Soy arrasada por su tercera pregunta y mi respuesta sale temblando—: Y, uhm… Papá murió.

Elliot se tambalea ligeramente hacia atrás.

—¿Qué?

—Sí —digo, con la voz confusa. Me siento tonta por esto, luchando por reescribir la historia, por reconectar mis sinapsis en mi cerebro.

De alguna manera, estoy logrando tener esta conversación sin perder completamente los papeles, pero si me quedo aquí por dos minutos más, todas las apuestas estarán desactivadas. Con Elliot aquí mismo preguntando por papá, durmiendo dos horas y la perspectiva de un día de dieciocho horas por delante… Necesito salir de aquí antes de derretirme.

Pero cuando lo miro, veo que el rostro de Elliot es un espejo de lo que está sucediendo en mi pecho. Parece devastado. Él es el único que se vería de esa manera después de escuchar que papá murió porque él es el único que habría entendido lo que me hizo su muerte.

—¿Duncan murió? —Su voz sale espesa de emoción—. Macy, ¿por qué no me lo dijiste?

Mierda, esa es una pregunta enorme.

—Yo… —empiezo y sacudo la cabeza—. No estábamos en contacto cuando sucedió.

La náusea sube desde mi estómago hasta mi garganta. Qué escabullida. Qué evasión tan increíble.

Sacude la cabeza.

—No lo sabía. Lo siento mucho, Mace.

Me doy tres segundos más para mirarlo y es como otro puñetazo en el estómago. Él es mi persona. Siempre ha sido mi persona. Mi mejor amigo, mi estafador, probablemente el amor de mi vida. Y he pasado los últimos once años enojada y auto justificada. Pero al final del día, abrió un agujero entre nosotros y el destino lo abrió de par en par.

—Me voy a ir —digo en un abrupto estallido de incomodidad—. ¿Está bien?

Antes de que pueda responder, me largo, escabulléndome por la calle hacia la estación BART. Todo el tiempo que estoy caminando lo hago a toda velocidad y, durante el viaje de regreso a la bahía, siento que él está allí mismo, detrás de mí o en un asiento del próximo auto.