18

Chapter 8

Capítulo 7


Capítulo 7

Hayes ya está despierto y esperando cuando llego al día siguiente. Sus ojos se deslizan sobre mí, deteniéndose infelizmente en mi vestido gris perfectamente inobjetable y mis tacones negros.

―Tendrás que venir conmigo esta mañana ―dice, su miseria es obvia.

Dejo el café con un golpe sordo.

―¿En tus visitas a domicilio?

Me quedé despierta durante horas anoche, preocupándome por Charlotte. Pasar tiempo con él es lo último que necesito hoy.

Señala el primer nombre en la agenda.

―Esa estrella de ahí significa que necesito un asistente. Jonathan las agendó consecutivamente.

―A menos que quieras que use el amplio conocimiento médico que he obtenido al ver Grey's Anatomy ―respondo, apoyándome en la encimera―, no estoy segura de cómo te sería útil.

―No hace falta decir que no serás especialmente útil ―responde, torciendo la boca―, pero aun así te necesito ahí. Vamos.

Él empieza a salir. Aparentemente, debo seguirlo como un perro, lo cual hago, agarrando mi bolso mientras corro para alcanzarlo.

Me sostiene la puerta de su BMW abierta para mí, un poco de caballerosidad sorprendente para un hombre que ni siquiera se molesta en decirme adiós por la mañana. Se sube al asiento del conductor y me mira.

―Es posible que desees arreglar tu vestido ―dice, su tono es medio gruñido, medio disgusto. Su mirada parpadea hacia mis piernas y aprieta la mandíbula.

―¿De repente estamos en 1800? ―le pregunto, girando mientras me abrocho el cinturón de seguridad―. ¿Mi reputación estará arruinada porque viste mis muslos de porcelana?

―Realmente tienes que discutir sobre todo, ¿no? ― él pregunta y pisa el acelerador, despegando a una velocidad que generalmente asocio con las montañas rusas y los lanzamientos de transbordadores espaciales.

―Sí ―respondo―. Y si chocas a esta velocidad, arruinarás tu bonita cara. Buena suerte sobreviviendo en el mundo real sin tu apariencia.

Se encoge de hombros.

―Aún tendré mucho dinero, lo que es mucho más importante para las mujeres.

Buena actitud, pienso, pero ya no tengo la energía para discutir con él. En vez de eso, miro por la ventana, esperando que la vista mejore mi estado de ánimo. Por lo general lo hace, aunque ha habido momentos en los que he echado de menos cosas de mi hogar, sentirme segura cuando camino por la calle por la noche, o el cambio de estaciones, el sur de California me hace feliz de una manera que Kansas nunca lo hizo. El océano, las montañas, el clima perfecto, incluso aquí en la ciudad hay vivaces palmeras de piña que bordean el bulevar, y cada casa que pasamos está salpicada de color: con buganvillas o la espectacular neblina de jacaranda púrpura. Me siento completa de nuevo mirando todo esto, ¿así que Charlotte no lo haría también? ¿No estaría mucho mejor aquí con las vistas, la playa y el sol interminable de lo que estaría en casa, sujeta a los cuidados casuales de mi madre?

Si no estuviera en su último año de secundaria, lo consideraría seriamente. Todavía no puedo creer que mi madre ni siquiera pudiera mantenerse sobria para el cumpleaños de Charlotte. Sé que la muerte de mi padre la golpeó duro, pero, ¿seguramente se da cuenta de que es hora de ponerse los pantalones de niña grande por el bien de mi hermana?

―Estás sorprendentemente callada ―dice Hayes. Casi me había olvidado de que estaba aquí, lo cual fue agradable mientras duró―. Han pasado al menos diez minutos desde que me regañaste o me diste un consejo no solicitado.

―Pensé que lo preferirías. ―No aparto los ojos del paisaje mientras respondo.

―Sí ―dice, doblando por una pequeña calle sin salida―. No me estaba quejando. Solo estaba curioso.

Nos detenemos en la puerta de una villa de estilo español, de la cual cuelgan pesadas enredaderas de flores púrpura y un enorme naranjo salpicado de frutas en el centro del patio. No estoy segura de cuánto tiempo tendré que vivir aquí antes de dejar de emocionarme por todas las cosas que pueden crecer en un clima cálido.

―Entonces, ¿qué voy a estar haciendo? ―pregunto mientras se detiene en el camino de entrada―. Vi a un médico en ER Emergencias realizar una traqueotomía usando solo un bolígrafo y un cuchillo de cocina. Siento que podría lograrlo.

―Perfecto. ―Apaga el motor―. Las traqueotomías son tuyas. Tu trabajo aquí, sin embargo, es quedarte quieta. Donde sea que yo esté, tú estás, incluso si ella te pide que te vayas.

Sale del auto antes de que pueda preguntarle por qué diablos quiere ella que me vaya.

Una sirvienta uniformada abre la puerta y nos conduce a través de habitaciones vacías hasta el porche trasero, donde espera una pelirroja en camisón, bebiendo ya una copa de vino, aunque aún no son las nueve de la mañana. Ella mira a Hayes como si fuera el dulce más delicioso que haya visto en su vida, y cuando lo envuelve en sus brazos, sospecho que conozco mi papel: bloqueadora de pollas designada.

―Hola, Shannen ―dice suavemente, separándose―. Déjame presentarte a Natalia, mi asistente.

Es solo cuando ella se vuelve para fruncirme el ceño que la reconozco. Ella interpreta a la esposa rica de alguien en una telenovela que mi mamá ve, uno de esos personajes que siempre está fingiendo embarazos y comprando a la gente para que salirse con la suya. En la vida real, se ve más lamentable que malvada.

―Pensé que podríamos estar solo nosotros dos ―dice, mientras Hayes le aplica crema anestésica en todo el rostro―. Esto es algo privado.

Solo puedo asumir, basándome en lo descarada que está siendo, que él se acostó con ella en algún momento y ella se niega a captar una indirecta.

―Natalia está aquí para ayudarme ―responde con firmeza y lanza una rápida e incómoda mirada en mi dirección―. Y ella firmó un acuerdo de confidencialidad.

Él rechaza la copa de vino que ella le ofrece y comienza a llenar jeringas de varios frascos diferentes. No estoy segura de cómo puede distinguirlos todos, pero tiene una confianza tranquilizadora mientras los extrae.

―Comenzaré con el Botox ―le dice―, y le daré a tus labios la oportunidad de adormecerse. Frunce el ceño para mí.

Él hace pequeñas marcas con un bolígrafo, entre sus cejas y por encima de ellas, y luego comienza las inyecciones.

No me gustan las agujas. Tengo que reprimir mi deseo de estremecerme, pero ella está tan ocupada coqueteando con Hayes que apenas parece darse cuenta. Unos pequeños puntos de sangre manchan su rostro, pero todavía está coqueteando a Hayes tanto como puede.

Finalmente llega a sus labios. Incluso con la crema anestésica, es claramente incómodo para ella. Me ocupo con un bloc de notas vacío, incapaz de mirar. Cuando termina, se mira en el espejo.

―¿No puedes hacerlos más grandes? ―ella pregunta. Su mirada lo recorre y se posa en su entrepierna―. Más grande es mejor, como dicen.

Él le da una sonrisa tensa mientras comienza a empacar su bolso.

―No en lo que a labios se refiere, te lo aseguro.

―Sube las escaleras conmigo un segundo ―dice ella, pasando una mano por su antebrazo. Siento un pico inesperado de irritación. ¿Cuántas veces necesita rechazar los avances de esta mujer por el amor de Dios?

―Lo siento ―interrumpo, dirigiéndome a Hayes―, pero ya estás retrasado.

Veo una pizca de alivio en sus ojos y también de cansancio. Se disculpa con Shannen y, con su mano en la parte baja de mi espalda, me guía hasta la puerta.

―Entonces, supongo que ella es... ¿una ex? ―pregunto una vez que estamos de vuelta en el auto. Me siento orgullosa de mí misma por llamarla “ex” en lugar de algo un poco más despectivo.

―Nunca me acuesto con pacientes ―responde―. Y nunca trato a las personas con las que me he acostado.

Es una postura un poco más basada en principios de lo que hubiera esperado de él.

―Entonces, ¿por qué aceptas a pacientes como ella? ―pregunto―. Supongo que ganas lo suficiente sin ellas.

―Que creas que algo es suficiente ―dice―, explica muchas cosas.

Mis labios se fruncen mientras cruzo los brazos sobre mi pecho.

―También lo es el hecho de que creas que no lo es.

Me lanza una mirada con los ojos entrecerrados antes de volver a la calle.

―Mira, tú continúa haciendo tu cosa de actriz en apuros y yo seguiré ganando millones de dólares al año, y si nuestras situaciones se revierten de alguna manera, puedes sentirte libre de juzgarme.

―No soy actriz, en apuros o de ningún otro tipo ―respondo―. Pero lamento si sentiste que te estaba juzgando.

No dice nada a eso, y creo que tal vez tenía razón. Lo estaba juzgando. Y aparte del hecho de que bebe más de lo que debería y parece disfrutar del sexo con casi extrañas... no puedo decir que mi crítica parezca especialmente justificada. Yo tampoco estoy prosperando exactamente haciendo las cosas a mi manera.

Las siguientes pacientes que ve están distribuidas de manera inconveniente por toda la ciudad: Holmby Hills, Bel Air, Pacific Palisades y Manhattan Beach. No son exactamente como Shannen, pero comparten con ella una falta total de límites y respeto por sí mismas: maridos gritando a sus esposas como si no estuviéramos ahí, niños revoltosos gritando y lanzando una pelota de fútbol por encima de la cabeza mientras su madre tiene una aguja presionada a escasos centímetros de su ojo, pacientes besándose con sus novios como si ni siquiera estuviéramos ahí.

En nuestra última parada del día, antes de encontrarnos con la paciente... nos encontramos con sus perros. Ellos salen corriendo de la casa justo cuando yo salgo del auto, tan rápidos y mucho más grandes que yo sobre sus patas traseras que me arrojan hacia atrás antes de que tenga tiempo de procesar lo que sucedió, con mi cabeza golpeando la ventana con un sonido audible.

Y con la misma rapidez, Hayes está ahí, protegiéndome con su gran figura como una especie de ángel vengador. Parpadeo hacia él mientras me ayuda a enderezarme. Nunca habíamos estado tan cerca, y me encuentro mirándolo a los ojos, a las pequeñas motas verdes que hay ahí, a su hermosa boca, y al pliegue donde a veces, raramente, aparece un hoyuelo.

―¿Estás bien? ―pregunta, con la mandíbula apretada por la preocupación. Probablemente solo le preocupe que vaya a presentar una queja por lugar de trabajo inseguro, pero, no obstante, preocupación.

Asiento con la cabeza. Probablemente es la adrenalina lo que me hace sentir cálida y un poco mareada.

Se vuelve hacia la paciente. Un músculo de su mejilla se flexiona.

―Genevieve, ¿puedes asegurarte de que no entren en la habitación esta vez? ―él pregunta―. Realmente no quiero distraerme cuando te estoy inyectando.

―Oh, lo intento ―dice―, pero ellos solo quieren estar cerca de su mamá.

Lo que me suena a no, y ciertamente lo parece cuando nos lleva a la casa, sin hacer ningún esfuerzo por evitar que los perros la sigan. Hayes permanece cerca de mi lado durante todo el camino, con su mano en mi espalda como si estuviera preparado para entrar en acción una vez más, y su mandíbula apretada tanto que me preocupa que esté a punto de romperse una muela.

Cuando todo está listo, Hayes le levanta la barbilla. Justo cuando presiona la aguja en su pómulo derecho, el más grande de los perros entra corriendo a la habitación hacia ellos dos. Presa del pánico, salto en su camino, solo para encontrarme tirada en el suelo.

―Deberías haber traído a Jonathan ―reprende Genevieve, mientras Hayes se inclina para ayudarme a levantarme. Pensé que lo había visto enojado antes, pero eso era una pálida imitación de lo que estoy viendo ahora. Sus ojos son oscuros como la noche y más siniestros.

―No voy a poder hacer esto a menos que cierres la puerta ―dice Hayes, su voz es tan cortante que apenas es civilizada.

―Pero no puedo ―dice Genevieve―. Estarán tristes si no pueden verme.

Hayes comienza a empacar sus cosas.

―No voy a hacer pasar a mi asistente por esto ―dice―. Y tampoco es seguro para ti.

Hayes coloca una mano en mi espalda mientras nos saca de la casa. No sé si está enojado con ella, conmigo, con los perros... o quizás con los tres, pero cuando sube al asiento del conductor, es obvio que está muy enojado por algo.

―Lo siento ―le digo.

―No estoy enojado contigo ―dice, rechinando los dientes―. Estoy enojado conmigo mismo. Nunca debí haberte puesto en esa posición, eres la mitad del tamaño de Jonathan.

Me inquietan esos pequeños momentos en los que deja de ser tan horrible como pensé que sería. Me obligo a reír.

―Me asombra que estés preocupado por la incomodidad de cualquier persona que no sea la tuya.

Sus hombros se hunden un poco, y siento que recién le di un golpe bajo. Antes de que pueda disculparme, se encoge de hombros.

―A mí también me sorprende.

Permanecemos en silencio la mayor parte del viaje a casa. Es solo cuando me pongo rígida al ver la publicidad con la cara de Matt sobre nosotros que parece notarme de nuevo.

―¿Estás bien? ―pregunta Hayes, mirándome.

―Sí ―digo, aunque no estoy segura de que sea cierto. No se trata de que extrañe a Matt, o incluso que lamente que haya terminado. Es solo que verlo me recuerda que confiar en alguien más que en ti mismo es una mala idea, y me encuentro con esta extraña necesidad de confiar en Hayes, de todas las personas.

Cuando finalmente colapso en la cama esa noche, exhausta, sueño con el libro, pero ninguno de mis personajes está ahí. Soy yo, de pie en un salón de baile en el castillo, las paredes están cubiertas con terciopelo color burdeos, los candelabros cuelgan del techo y el banquete colocado sobre la mesa no se parece a nada que haya visto en la vida real.

Un hombre está detrás de mí. Realmente no puedo verlo, pero sé que es alto y peligroso.

―Mira a tu alrededor ―dice. Su voz es baja y seductora. Mis pezones se erizan y se me pone la piel de gallina en los brazos al oírlo―. Elige lo que quieras y es tuyo.

Sé exactamente lo que él es y que cualquier cosa que ofrezca tendrá un precio, pero no me alejo como debería. Está indecentemente cerca ahora, las solapas de su chaqueta rozan mi espalda desnuda, y siento su aliento en mi cuello, pero me quedo perfectamente quieta, desafiándolo a que se quede dónde está... o se acerque aún más.

Cuando me despierto, mi camiseta está húmeda, pegada a mi piel. Estoy dolorosamente excitada, de una manera que casi había olvidado que era posible. Y lo odio, porque el hombre del sueño era, obviamente, Hayes.

Me ruedo y entierro la cara en la almohada. Es solo el estúpido incidente en casa de Genevieve que se está abriendo camino en mi cerebro cuando realmente no debería. Sí, fue un poco sexy la forma en que trató de protegerme de los perros. Estar protegida por alguien una cabeza más alto y un pie más ancho que yo tuvo un atractivo primitivo, pero no voy a convertirme en otra mujer patética que fetichiza la experiencia con Hayes Flynn. Al menos, porque sé lo efímero que sería.