Capítulo 1
Presente
Martes, 3 de octubre
Traducido por Nea
Corregido por Lyn♡
Editado por Banana_mou
Si se trazara una línea recta desde mi apartamento en San Francisco hasta Berkeley, solo serían diez millas y media, pero incluso en la mejor ventana de desplazamiento se tarda más de una hora sin coche.
—He cogido un autobús a las seis de la mañana —digo—. Dos líneas de BART2 y otro autobús. —Miro mi reloj—. Las siete y media. No está mal.
Sabrina se limpia una mancha de leche espumosa del labio superior. Por mucho que entienda mi rechazo a los coches, sé que hay una parte de ella que piensa que debería superarlo y comprar un Prius o un Subaru, como cualquier otro residente respetable del Área de la Bahía.
—No dejes que nadie te diga que no eres una santa.
—Realmente lo soy. Me hiciste salir de mi burbuja. —Pero lo digo con una sonrisa y miro a su pequeña hija en mi regazo. Solo he visto a la princesa Vivienne dos veces, y parece haber doblado su tamaño—. Menos mal que tú lo vales.
Sostengo bebés todos los días pero nunca se siente así. Sabrina y yo solíamos vivir al otro lado de un dormitorio en Tufts. Luego nos mudamos a un apartamento en el campus antes de mudarnos a una casa en ruinas durante nuestros respectivos programas de posgrado. Por arte de magia, ambas acabamos en la costa oeste, en el Área de la Bahía, y ahora Sabrina tiene un bebé. Que seamos lo suficientemente mayores como para hacer esto –dar a luz a niños, criar–, es la sensación más extraña que existe.
—Anoche me levanté a las once con ella —dice Sabrina, mirándonos con cariño. Su sonrisa se vuelve irónica en los bordes—. Y a las dos. Y a las cuatro. Y a las seis...
—Vale, tú ganas. Pero para ser justos, ella huele mejor que la mayoría de la gente del autobús. —Le doy un pequeño beso en la cabeza a Viv y la arrimo más firmemente a mi brazo antes de coger con cuidado mi café.
La taza se siente extraña en mi mano. Es de cerámica, no una taza de papel reciclable ni la enorme taza de viaje de acero inoxidable que Sean llena hasta el borde cada mañana, asumiendo, no incorrectamente, que se necesita una enorme dosis de cafeína para prepararme para el día. Hace una eternidad que no tengo tiempo para sentarme con una taza real y beber cualquier cosa.
—Ya pareces una mamá —dice Sabrina, observándonos desde el otro lado de la pequeña mesa del café.
—El beneficio de trabajar con bebés todo el día.
Sabrina se queda callada durante un instante y me doy cuenta de mi error. Regla básica número uno: nunca hacer referencia a mi trabajo cerca de las madres, especialmente de las madres primerizas. Prácticamente puedo oír su corazón tartamudear al otro lado de la mesa.
—No sé cómo lo haces —susurra.
La frase es un estribillo que se repite en mi vida ahora mismo. Parece que a mis amigos les desconcierta una y otra vez que haya tomado la decisión de estudiar pediatría en la UCSF3, en la rama de cuidados intensivos. Sin falta, capto un destello de sospecha de que tal vez me falte un hueso tierno e importante, algún freno maternal que debería impedirme ser testigo rutinario del sufrimiento de los niños enfermos.
Le doy a Sabrina mi habitual estribillo de «Alguien tiene que hacerlo», y luego añado:
—Y soy buena en eso.
—Apuesto a que lo eres.
—Ahora, ¿neuropediatría? Eso no lo podría hacer —digo y luego jalo mis labios entre mis dientes, conteniéndome físicamente para decir más.
«Cállate, Macy. Cierra tu loca boca de balbuceo».
Sabrina hace un pequeño gesto con la cabeza, mirando a su bebé. Viv me sonríe y da patadas con entusiasmo.
—No todos los cuentos son tristes. —Le hago cosquillas en la barriga—. Todos los días ocurren pequeños milagros, ¿no es así, cariño?
El cambio de tema sale de Sabrina, lo suficientemente fuerte como para ser un poco chocante:
—¿Cómo va la planificación de la boda?
Gimoteo, presionando mi cara contra el dulce olor a bebé del cuello de Viv.
—Así de bien, ¿eh? —Riendo, Sabrina alcanza a su hija como si fuera incapaz de compartirla por más tiempo. No puedo culparla. Es un bulto tan cálido y moldeable en mis brazos.
—Es perfecta, cariño —digo en voz baja, entregándola—. Una niña tan sólida.
Y, como si todo lo que hago estuviera de alguna manera conectado a mis recuerdos de ellos... la vida ruidosa de la puerta de al lado, la gigantesca y caótica familia que nunca tuve, tengo un golpe de nostalgia, del último bebé no relacionado con el trabajo con el que pasé algún tiempo real. Es un recuerdo de mí cuando era adolescente, mirando a la bebé Alex mientras dormía en su mecedora.
Mi cerebro salta a través de un centenar de imágenes: la señorita Dina cocinando la cena con el bulto de Alex envuelto en pañales y apoyado en su pecho. El señor Nick sosteniendo a Alex en sus brazos fornidos y peludos, mirándola con la ternura de todo un pueblo. George, de dieciséis años, intentando y fracasando, en la acción de cambiar un pañal sin incidentes en el sofá de la familia. La inclinación protectora de Nick Jr., George y Andreas mientras miraban a su nueva y más querida hermana. Y luego, invariablemente, mi mente se desplaza a Elliot justo detrás o más allá, esperando tranquilamente a que sus hermanos mayores se dedicaran a jugar o a correr o a hacer el tonto, dejándole a él la tarea de recoger a Alex, de leerle, de prestarle toda su atención.
Me duele, los echo tanto de menos a todos, pero especialmente a él.
—Mace —me dice Sabrina.
Parpadeo.
—¿Qué?
—¿La boda?
—Claro. —Mi estado de ánimo decae; la perspectiva de planear una boda mientras hago malabares con cien horas a la semana en el hospital nunca deja de agotarme—. Todavía no hemos avanzado. Todavía tenemos que elegir una fecha, un lugar, un… todo. A Sean no le importan los detalles, lo cual, supongo, es bueno.
—Por supuesto —dice con falso brillo, cambiando a Viv para que la atienda disimuladamente en la mesa—. Y, además, ¿cuál es la prisa?
En su pregunta, el pensamiento gemelo está enterrado muy superficialmente: «Soy tu mejor amiga y sólo he visto al hombre dos veces, por el amor de Dios. ¿Cuál es la prisa?».
Y tiene razón. No hay prisa. Sólo hemos estado juntos durante unos meses. Es solo que Sean es el primer hombre que he conocido en más de diez años con el que puedo estar y no sentir que me estoy conteniendo de alguna manera. Es fácil y tranquilo, y cuando su hija de seis años, Phoebe, preguntó cuándo nos íbamos a casar, pareció que algo cambió en él, impulsándolo a preguntarme él mismo, más tarde.
—Te juro —le digo—, que no tengo ninguna actualización interesante. Espera, no. Tengo una cita con el dentista la semana que viene. —Sabrina se ríe—. A eso hemos llegado, es lo único, aparte de ti, que romperá la monotonía en el futuro inmediato. Trabajar, dormir, repetir.
Sabrina ve esto como la invitación para hablar libremente de su nueva familia de tres, y desenrolla una lista de logros: la primera sonrisa, la primera carcajada, y justo ayer, un pequeño puño disparando con precisión y firmeza y agarrando el dedo de su madre.
Escucho, amando cada detalle normal reconocido como lo que realmente es: un milagro. Ojalá pudiera escuchar todos sus «detalles normales» cada día. Me encanta lo que hago, pero echo de menos simplemente... hablar.
Estoy programada para hoy al mediodía y probablemente estaré en la unidad hasta la mitad de la noche. Volveré a casa y dormiré unas horas, y lo haré todo de nuevo mañana. Incluso después del café con Sabrina y Viv, el resto de este día se mezclará con el siguiente y, a menos que ocurra algo realmente horrible en la unidad, no recordaré nada de ello.
Así que mientras ella habla, yo intento absorber todo lo que puedo de este mundo exterior. Me gusta el aroma del café y las tostadas, el sonido de la música que retumba bajo el bullicio de los clientes. Cuando Sabrina se agacha para sacar un chupete de su bolsa de pañales, miro hacia el mostrador, observando a la mujer de las rastas rosadas, el hombre más bajo con un tatuaje en el cuello que toma los pedidos de café, y, frente a ellos, el largo torso masculino que me hace tomar conciencia.
Su pelo es casi negro. Es grueso y desordenado y le cae por encima de las orejas. Tiene el cuello de la camisa doblado por debajo de un lado y el faldón de la camisa desprendido de unos vaqueros negros desgastados. Sus Vans son slip-on 4y tienen un estampado de cuadros de la vieja escuela descolorido. Una bolsa de mensajería bien usada se cuelga de un hombro y se apoya en la cadera opuesta.
De espaldas a mí, se parece a otros mil hombres de Berkeley, pero yo sé exactamente de qué hombre se trata.
Es el libro pesado y con las páginas dobladas que lleva bajo el brazo lo que lo delata: solo conozco a una persona que relee Ivanhoe cada octubre. Ritualmente y con adoración absoluta.
Incapaz de apartar la mirada, estoy encerrada esperando el momento en que se gire y pueda ver lo que casi once años le han hecho. Apenas pienso en mi propio aspecto: uniforme verde menta, zapatillas deportivas, pelo recogido en una coleta desordenada. Por otra parte, nunca se nos ocurrió a ninguno de los dos considerar nuestros propios rostros o el grado de unión antes. Siempre estábamos demasiado ocupados memorizándonos el uno al otro.
—¿Mace?
Parpadeo hacia ella.
—Lo siento. Yo… Lo siento. El… ¿qué?
—Solo estaba balbuceando sobre la dermatitis del pañal. Estoy más interesada en lo que te tiene tan... —Se gira para seguir hacia donde yo había estado mirando—. Oh.
Su «oh» aun no contiene comprensión. Su «oh» es puramente sobre cómo el hombre se ve desde atrás. Es alto, eso ocurrió de repente, cuando cumplió quince años. Y sus hombros son anchos; eso también ocurrió de repente, pero más tarde. Recuerdo haberlo notado la primera vez que se cernió sobre mí en el armario, con los pantalones a la altura de las rodillas, su ancha figura tapando la débil luz del techo. Su pelo es grueso, pero eso siempre ha sido así. Sus pantalones se apoyan en las caderas y su trasero tiene un aspecto increíble. Yo... no tengo ni idea de cuándo ocurrió eso.
Básicamente, se ve exactamente como el tipo de hombre que miraríamos en silencio antes de volverse hacia la otra para compartir la cara de «lo sé, ¿verdad?». Es una de las realizaciones más surrealistas de mi vida: se ha convertido en el tipo de desconocido que yo admiraba soñadoramente.
Es bastante extraño verle de espaldas y le observo con tal intensidad que, por un segundo, me convenzo de que no es él después de todo.
Tal vez podría ser cualquiera, y después de una década de diferencia, ¿qué tan bien conozco su cuerpo, de todos modos?
Pero entonces se gira y siento que todo el aire es aspirado de la habitación. Es como si me hubieran golpeado en el plexo solar, mi diafragma se paraliza momentáneamente.
Sabrina oye el sonido chirriante y polvoriento que proviene de mí y se vuelve y se da la vuelta. Siento que empieza a levantarse de la silla.
—¿Mace?
Respiro, pero lo hago de forma superficial y agria, haciendo que me ardan los ojos. Su rostro es más estrecho, la mandíbula más afilada, la barba de la mañana más gruesa. Sigue llevando el mismo estilo de gafas de montura gruesa pero ya no le empequeñecen la cara. Sus brillantes ojos color avellana siguen siendo magnificados por los gruesos cristales. Su nariz es la misma, pero ya no es demasiado grande para su cara. Y su boca es la misma, demasiado recta, suave, capaz de la más perfecta sonrisa sardónica del mundo.
No puedo ni imaginar qué expresión pondría si me viera aquí. Podría ser una que nunca le he visto hacer antes.
—¿Mace? —Sabrina se acerca con la mano libre, agarrando mi antebrazo—. Cariño, ¿estás bien?
Trago, y cierro los ojos para romper mi propio trance.
—Sí.
Suena poco convencida.
—¿Estás segura?
—Quiero decir... —Tragando de nuevo, abro los ojos y me propongo mirarla, pero mi mirada es atraída de nuevo por encima de su hombro—. Ese tipo de ahí…. Es Elliot.
Esta vez, su «Oh» es significativo.