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Chapter 6

Prólogo


Prólogo

Traducido por Lyn♡

Corregido por Haze🍂

Editado por Banana_mou

Mi padre era mucho más alto que mi madre, y me refiero a bastante. Él medía un metro noventa y cinco y mi madre medía un poco más de un metro sesenta. Danés alto y brasileña pequeña. Cuando se conocieron, ella no hablaba ni una palabra de inglés. Pero para cuando ella murió, cuando yo tenía diez años, era casi como si ellos hubieran creado su propio lenguaje.

Recuerdo la forma en que la abrazaba cuando llegaba a casa del trabajo. Él envolvía sus brazos alrededor de sus hombros, presionando la cara contra su cabello mientras su cuerpo se curvaba sobre el de ella. Sus brazos se convirtieron en un conjunto de paréntesis entre corchetes con la frase secreta más dulce.

Desaparecía en el fondo cuando se tocaban así, sintiendo que estaba presenciando algo sagrado.

Nunca se me ocurrió que el amor podía ser algo más que absorbente. Incluso cuando era niña, sabía que nunca querría nada menos.

Pero luego, lo que comenzó como un grupo de células malignas, mató a mi madre, y no quería nada de eso, nunca más. Cuando la perdí, sentí que me estaba ahogando en todo el amor que aún tenía y que nunca podría ser dado. Me ahogó, me ahogó como un trapo rociado de queroseno1, derramado en lágrimas y gritos, y en un silencio pesado y palpitante. Y, de alguna manera, por mucho que me doliera, sabía que era aún peor para papá.

Siempre supe que nunca volvería a enamorarse después de mamá. En ese sentido, mi padre siempre fue fácil de entender. Era directo y callado: caminaba en silencio, hablaba en voz baja; incluso su ira era silenciosa. Era su amor el que estaba en auge. Su amor era un bramido rugiente y vociferante. Y después de que él amó a mamá con la fuerza del sol, y después de que el cáncer la mató con un suave jadeo, pensé que estaría afónico por el resto de su vida y que nunca querría a otra mujer de la manera que la había querido a ella.

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Antes de que mamá muriera, le dejó a papá una lista de cosas que quería que recordara cuando me viera en la edad adulta:

No la consientas con juguetes; consiéntela con libros.

Dile que la amas. Las niñas necesitan palabras.

Cuando ella esté callada, tú hablas.

Dale a Macy diez dólares a la semana. Haz que guarde dos. Enséñale el valor del dinero.

Hasta los dieciséis años, su toque de queda debe ser a las diez en punto, sin excepciones.

La lista seguía y seguía, hasta lo profundo de los cincuenta. No era que ella no confiara en él, sino que ella solo quería que sintiera su influencia incluso después de que ella se hubiera ido. Papá lo releía con frecuencia, tomando notas a lápiz, resaltando ciertas cosas, asegurándose de que no se estaba perdiendo un acontecimiento o haciendo algo mal. A medida que crecía, la lista se convirtió en una especie de biblia. No necesariamente un libro de reglas, sino más bien una garantía de que todas estas cosas con las que papá y yo luchábamos eran normales.

Una regla en particular era grande para papá.

25. Cuando Macy se vea tan cansada después de la escuela que ni siquiera pueda formar una oración, aléjala del estrés de su vida. Encuentra una escapada de fin de semana que sea fácil y cercana que le permita respirar un poco.

Y aunque mamá probablemente nunca tuvo la intención de que realmente compráramos una casa de fin de semana, mi papá, un tipo literal, ahorró, planeó e investigó todos los pequeños pueblos al norte de San Francisco, preparándose para el día en que necesitara invertir en nuestro retiro.

En el primer par de años después de que mamá murió, él me observaba, sus ojos azul hielo de alguna manera suaves e inquisitivos. Hacía preguntas que requerían respuestas largas, o al menos más largas que «sí», «no» o «no me importa». La primera vez que respondí a una de esas preguntas detalladas con un gemido vacío, demasiado cansada de la práctica de natación y la tarea, y la aburrida monotonía de tratar con amigos persistentemente dramáticos, papá llamó a un agente de bienes raíces y le exigió que nos encontrara la casa de fin de semana perfecta en Healdsburg, California.

La vimos por primera vez en una jornada de puertas abiertas, mostrada por el agente de bienes raíces local, quien nos dejó entrar con una amplia sonrisa y una pequeña inclinación crítica de sus ojos hacia nuestro agente de la gran ciudad de San Francisco. Era una cabaña de cuatro dormitorios con tejas de madera y un ángulo pronunciado, crónicamente húmeda y potencialmente mohosa, escondida a la sombra del bosque y cerca de un arroyo que continuamente burbujeaba fuera de mi ventana. Era más grande de lo que necesitábamos, con más tierra de la que podíamos mantener, y ni papá ni yo nos dimos cuenta en ese momento de que la habitación más importante de la casa sería la biblioteca que él haría para mí dentro de mi amplio armario.

Papá tampoco podría haber sabido que todo mi mundo terminaría en la puerta de al lado, en la palma de un nerd flaco llamado Elliot Lewis Petropoulos.