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Chapter 52

Capítulo 46


Capítulo 46

Presente

Miércoles, 10 de enero

Traducido por Nicola♡

Corregido por Nea

Editado por Banana_mou

Soy golpeada con un poderoso estallido de nostalgia tan pronto como abrimos la puerta. Adentro, la casa de Berkeley huele tal como siempre, como a casa, pero no creo que me haya dado cuenta antes de «como casa» olía al tronco de cedro de Mamá que usábamos como mesa de café, y cigarrillos daneses de Papá, aparentemente él los sacaba más de lo que sabía. Un rayo de sol irrumpiendo a través de la ventana de la sala captura unas cuantas diminutas estrellas de polvo, girando. Tengo una mujer que viene y limpia la casa una vez al mes pero, aunque las cosas lucen ordenadas, el lugar todavía se siente abandonado.

Un dolor de culpabilidad atraviesa hasta mi cintura.

Elliot viene detrás de mí, dando un vistazo por encima de mi hombro y a la sala.

—¿Crees que lograremos entrar hoy?

Suaviza su broma con un beso en mi hombro y exactamente no le puedo culpar por el golpe suave: por ahora, hemos conducido dos veces a la casa, a altas horas de la noche después de mis turnos en el hospital. He estado demasiado drenada mentalmente para tener ganas de reincorporarme a mi hogar de la infancia. Pero no trabajo hasta esta noche y hoy me levanté sintiéndome… lista.

Nuestro plan ahora es vender la casa de Healdsburg y limpiar a fondo la casa de Berkeley para tenerla lista para la visita del cuerpo docente de Cal, quienes quieren un alquiler amueblado. Pero limpiarlo significa tomar todos los recuerdos importantes conmigo, álbumes de fotos, obras de arte, cartas, pequeños recuerdos esparcidos por todos lados.

Doy un paso adentro, y luego otro. El piso de madera cruje donde siempre lo hizo. Elliot me sigue, mirando alrededor.

—Esta casa huele a Duncan.

—¿Verdad?

Él tararea, pasándome para caminar hacia la chimenea donde están fotos de los tres de nosotros, de Kennet y Britt, de los padres de Mamá, quienes murieron cuando ella era joven.

—¿Sabes?, solo he visto una foto de ella. La que Duncan tenía al lado de su cama.

Ella. Mi madre, Laís para todos los demás. Mãe, para mí.

Elliot arrastra sus dedos sobre unos pocos marcos y entonces toma uno, estudiándolo, antes de mirarme.

Sé cuál está sosteniendo. Es una foto que papá tomó de mí y mamá en la playa. El viento está soplando su largo cabello negro a través de su cuello y yo estoy recostada contra ella, sentada entre sus piernas, con sus brazos envueltos alrededor de mi pecho. Su sonrisa estaba tan amplia y brillante; en ella puedes ver, sin que tengan que decirlo, que ella era una absoluta fuerza de la naturaleza.

Él parpadea de nuevo hacia ella.

—Te pareces mucho a ella, es asombroso.

—Lo sé. —Estoy tan agradecida por el paso del tiempo que puedo ver su cara y alegrarme de haberla heredado de ella, en lugar de aterrorizarme de que mirarme en el espejo fuera una tortura mayor cada día a medida que envejecía y empezaba a parecerme más a cómo la recordaba.

Me arrodillo por el tronco de cedro, donde todas nuestras fotos, cartas, y recuerdos viven.

—Este debería ir a nuestro apartamento.

La tapa del tronco está abierta a mitad del camino cuando Elliot dice esto y lo bajo sin mirar. La calidez se extiende tan rápidamente a través de mis extremidades que me mareo.

—¿Nuestro apartamento?

Él mira hacia arriba desde la foto.

—Estaba pensando que deberíamos mudarnos a algún lugar juntos. En la ciudad.

Han pasado solo diez días desde que regresamos, pero incluso en ese tiempo, el viajar a diario entre nosotros, es una bestia. Alquilar una habitación a Nancy significa que tener «compañía» quedándose es lo suficientemente incómodo como para ser imposible. Y para mí, Elliot está simplemente demasiado lejos del hospital para quedarme con él, de cualquier forma. La mayoría de noches él se reúne conmigo para una cena tardía en la ciudad y luego conduce a casa, y yo caigo en la cama.

El único día que tuve libre en ese tiempo, hace dos días, ni siquiera dejamos su apartamento. Hicimos el amor en su cama, en el piso, en la cocina. Por un breve pulso, imagino tener acceso a él, a su voz y manos y risa y peso sobre mí cada vez que venga a casa, y el deseo de eso se convierte en un segundo pulso en mi pecho.

—¿Te mudarías a la ciudad? —pregunto.

Elliot deja la foto y se sienta junto a mí en la usada alfombra persa.

—¿En verdad cuestionas eso? —Detrás de sus lentes, sus ojos prácticamente lucen de color ámbar en la luz del sol entrando por la ventana. Sus pestañas son tan largas.

Quiero besarlo tanto ahora mismo que se me hace agua la boca. Sé que tenemos trabajo que hacer pero estoy distraída por la barba incipiente en su quijada, y cuán fácil sería trepar a su regazo y hacerle el amor ahora mismo.

—¿Macy? —dice sonriendo bajo la fuerza de mi atención.

Parpadeo hacia su rostro.

—Es un gran desplazamiento para ti.

—Mis horas son más flexibles que las tuyas —dice, y entonces una malvada luz cubre sus ojos—. Y tenerte en la cama cada noche podría ayudar a inspirar ideas para mi pornografía de dragón.

Me río.

—Lo sabía.

❀~✿ ❀~✿ ❀~✿ ❀~✿

Nos mudamos juntos el primero de marzo. Está lloviendo a cántaros y nuestro apartamento es de una habitación pequeña, pero tiene un inmenso ventanal y está solo a una cuadra de la línea de bus que me lleva directamente al trabajo. Elliot y sus tres hermanos construyen una pared de estanterías y, quizás un poco incómodamente, el señor Nick y la señora Dina nos traen una cama nueva. Habría protestado pero es una hermosa cama con dosel, hecha a mano por uno de los pacientes del señor Nick de hace mucho tiempo. Alex, Else y Liz conducen a Nest Bedding para comprar toda clase de ropas de cama, porque ninguno, ni Elliot ni yo, nos preocupamos por cómo lucen nuestras sábanas, y la señora Dina hace la cena mientras todos desempacamos, atestando el pequeño lugar.

A las siete, todo el apartamento huele a hojas de laurel y pollo asado, y la lluvia afuera se convierte de un aguacero, a una rara y violenta tormenta eléctrica, relámpagos rompiendo en brillantes destellos de luz. Alex baila mientras desliza libros en las estanterías, y todos la observamos disimuladamente, impresionados de que algo tan extremadamente grácil pudiese haber surgido de esta reserva genética. En un momento de tranquilidad, Liz y George anuncian que van a tener un bebé, y la habitación irrumpe en ruidos y movimiento. Else sube el volumen de la música y la energía se bate en un frenesí de risas y bailes.

Elliot me jala hacia un lado, apretujándose junto a mí. Nunca lo he visto hacer esta expresión antes. Es más que una sonrisa; es una alegría aliviada.

—Oye —dice, y apoya su sonrisa en la mía.

Me estiro por otro beso cuando él se aleja.

—Oye, ¿estás bien?

—Sí, estoy bien. —Él mira alrededor de la habitación como si dijese: «Mira a este asombroso lugar»—. Acabamos de mudarnos juntos.

—Finalmente, ¿verdad? —Muerdo mi labio, sintiendo la urgencia de gritar, soy tan feliz.

Nunca me he sentido de esta manera antes.

Esta noche vamos a dormir juntos, en nuestro apartamento, en nuestra cama. Cuando todos se hayan ido, nos olvidaremos de las cajas que todavía tenemos que desempacar. Él me seguirá debajo del cobertor con esa tensión hambrienta en sus ojos, su piel desnuda deslizándose sobre la mía hasta que estemos sin respiración, tumbados y sudorosos. Nos dormiremos entrelazados, sin siquiera darnos cuenta.

Y me despertaré antes de que salga la luz, y lo desearé de nuevo.

En la mañana, él estará aquí. Su ropa estará aquí, y sus libros, y su cepillo de dientes. Serviré cereal mientras él se baña. Quizás él vendrá a encontrarme en la cocina sosteniendo una taza de café y no sabré que él está ahí hasta que sienta la presión de sus labios en la parte superior de mi cabeza. La anticipación que siento por esta vida cotidiana, de estar alrededor de él, es tan inmensa que me llena con un calor brillante y pesado.

En verdad no estamos ni siquiera bailando; de nuevo, solo estamos balanceándonos en el lugar, como lo hicimos en la boda. Pero esta noche no tenemos secretos pendientes, ni escalofriantes conversaciones inminentes. La década pasada parece una niebla borrosa, como si hiciéramos un largo viaje por carretera desde un punto en el planeta y de regreso, viajando en un amplio círculo, destinados a terminar aquí.

La mano de Elliot se desliza más abajo en mi espalda, su cabeza se inclina cerca de la mía. George hace una broma sobre nosotros necesitando una habitación. Andreas responde que George es el que tiene una esposa embarazada. Y entonces la señora Dina está llorando en la cocina hablando de bebés, y quizás más bodas, y observo a Elliot luchar para ignorar todo. Hace una mueca, subiéndose sus lentes por la nariz, y me estudia de la forma en la que siempre lo hizo, como si pudiese leer mi mente en un parpadeo a la vez.

Quizás si pudiese.

—¿Palabra favorita? —susurra.

Ni siquiera dudo:

—Tú.