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Chapter 50

Capítulo 44


Capítulo 44

Pasado

Lunes, 01 de enero

Once años atrás

Traducido por Nea

Corregido por ♡Herondale♡

Editado por Mrs. Carstairs~

Me desperté con el fuerte portazo de la puerta, el golpeteo de los pasos sobre las baldosas de la entrada.

—¿Macy?

Me quejé, agarré mi cuello rígido y me senté justo cuando papá dobló la esquina de la sala de estar. Un presentimiento de padre lo recorrió, y corrió a mi lado, agachándose.

—¿Te ha hecho daño? —Su acento empujó las palabras en una bola de ira.

—No. —Hice un gesto de dolor, estirándome. Recordando. Mi estómago se derritió—. En realidad, sí.

Las manos de papá hicieron un cuidadoso recorrido por mis hombros y por mis brazos, tomando mis manos entre las suyas. Volteo mis manos, inspeccionando mis palmas, y luego presiono las yemas de sus pulgares en el centro de mis manos.

Recuerdo ese contacto como si fuera ayer.

Unimos nuestros dedos.

La comprensión se abrió paso a través de la niebla y me di cuenta de que estaba en la cabaña, y que papá también estaba aquí, en la fría mañana, a más de setenta millas de casa.

—¿Qué estás haciendo aquí?

Me dirigió una mirada dura con bordes suaves.

—Nunca me llamaste para decirme que habías llegado aquí bien. No contestaste el teléfono.

Me dejé caer sobre él y murmuré:

—Lo siento. —Contra su amplio pecho—. Lo apagué.

Suspiró con un sonido de preocupación.

—¿Qué ha pasado, min lille blomst21?

—Cometió un error —le dije—. Uno grande.

Papá se apartó para encontrarse con mis ojos.

—Otra chica.

Asentí, y un grueso sollozo se escapó al recordar el cuerpo de Elliot, desnudo, simplemente... tirado allí. Desparramado.

Papá dejó escapar un lento suspiro.

—No vi venir eso.

—Ya somos dos.

Me ayudó a levantarme, rodeando mis hombros con un brazo protector.

—Vendremos a buscar el Volvo este fin de semana.

«Vendremos a buscar el Volvo este fin de semana».

Me pregunto qué habrá pasado con él.

❀~✿ ❀~✿ ❀~✿ ❀~✿

Papá mantenía una mano gigante en el volante y la otra enroscada en mis dedos.

Me miraba más o menos cada cinco segundos, sin duda deseando tener la lista de mamá allí mismo, en el salpicadero, para consultar el apartado de «La primera vez que un chico le rompe el corazón» ...consejos. Sabía dónde encontrarlo. Número treinta y dos.

Sus ojos estaban preocupados, las cejas fruncidas... Por mucho que odiara lo que había pasado con Elliot, me encantaba la calidez de la atención de papá hacia mí, el contacto tranquilizador de su mano, las preguntas silenciosas: ¿qué quería cenar? ¿Quería ir al cine o quedarme en casa?

Pero su atención hacia mí significaba que no estaba en el camino.

Ni siquiera estoy segura de que haya visto el coche. Era un Corvette azul, que se incorporaba desde la rampa de acceso e iba demasiado rápido. Cien, tal vez ciento veinte. Se metió delante de nosotros en el carril lento, chillando en el espacio estrecho entre nosotros y el camión de dieciocho ruedas de delante. Los neumáticos del Corvette patinaron, su parte trasera se movió hacia lado, y sus luces de freno se volvieron de un rojo brillante, justo ahí. Justo delante de nosotros.

¿Hubo un momento en el que no fue demasiado tarde? Esto es lo que siempre me he preguntado. ¿Podría haber comunicado algo más que un confuso «¡Papá!» y un dedo señalando?

Los testigos dijeron a la policía que creían que todo había ocurrido en menos de cinco segundos, pero en mi memoria siempre ocurrió a cámara lenta: todavía siento los ojos preocupados de papá sobre mí, no sobre el Corvette. Por eso ni siquiera tocó los frenos. Llegamos a él tan rápido, con un ensordecedor choque de metales, y nuestros cuerpos se sacudieron hacia adelante, las bolsas de aire estallaron, y pensé por una fracción de segundo que estaba bien. El impacto había terminado.

Excepto que aún no habíamos aterrizado. Cuando lo hicimos, fue un golpe del lado del conductor contra el asfalto, un grito de seis metros de metal chispeante. Nos detuvimos de lado. Mi frente acabó cerca del volante. Mi asiento había aplastado el de papá, con él todavía dentro.

Más tarde, me enteré de que el otro conductor era un estudiante de Santa Rosa Junior College. Su nombre era Curt Anderssen, y salió con una ligera abrasión en el cuello. No por el cinturón de seguridad, ni siquiera llevaba uno, sino de la tela del asiento del pasajero, donde fue lanzado cuando su coche giró de lado a través de tres carriles de tráfico.

Curt estaba inconsciente al principio, creo, y la mayor parte de la actividad se centró en la realidad mucho más espantosa de nuestro coche. Yo ya estaba en la camilla con un brazo roto cuando Curt salió, drogado y riéndose de su supervivencia, hasta que la escena que tenía ante sí y la policía con sus esposas le devolvieron la sobriedad.

He oído a la gente decir que no recuerdan lo que pasó inmediatamente después de que les comuniquen la muerte de un ser querido, pero yo lo recuerdo todo. Recuerdo, de forma aguda, la forma en que mi brazo roto colgaba como un saco de huesos a mi lado. Recuerdo la sensación de querer arrancarme la piel, de querer correr, porque correr desharía de alguna manera lo que los paramédicos me dijeron.

«Sí, lo hemos perdido».

«Cariño, necesito que te calmes».

«Lo siento mucho. Vamos a llevarte a Sutter, cariño. Necesitas un médico. Necesitas respirar».

Recuerdo haber pedido una y otra vez que se retractaran, que hicieran más RCP, que me dejaran intentar reanimarlo.

—Espera.

—Macy, necesito que intentes respirar. ¿Puedes respirar por mí?

—¡Deja de hablar! —grité—. ¡Todos dejen de hablar!

«Tengo una idea: Podemos empezar de nuevo».

«Volvamos al coche, volvamos a la casa. Solo necesito un segundo para pensar».

«Nos quedaremos allí esta noche».

«O, no, retrocedamos más».

«No me olvidaré marcarle en primer lugar».

«Quiero volver a ese otro corazón roto, no a este».

«Hoy no era un buen día para conducir. Si conducimos hoy, pierdo a todos».

«Si conducimos hoy, ya no seré una hija».

Uno de los agentes de policía me alcanzó fácilmente cuando rodé torpemente de la camilla, corriendo por la autopista, lejos de las luces y el ruido y el horrible desastre de mi padre en el coche. Todavía puedo sentir la forma en que el policía me rodeó con sus brazos por detrás, teniendo en cuenta mi brazo roto, y me rodeó con su cuerpo mientras yo me desplomaba. Todavía lo recuerdo diciendo una y otra vez que lo sentía, que lo sentía mucho, que había perdido a su hermano de la misma manera, que lo sentía mucho.

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Después, hubo un entumecimiento intrusivo. El tío Kennet vino a Berkeley desde Minnesota. Parecía amargado mientras repasábamos el testamento y la herencia de papá. Me palmeó la espalda y carraspeó mucho. La tía Britt limpiaba la casa mientras yo me sentaba en el sofá y la miraba fijamente. Se puso de rodillas y sumergió una esponja en un cubo con jabón para madera, y fregó los suelos de madera durante horas. No parecía un gesto de amor. Se sentía como si hubiera querido limpiar la casa durante años, y finalmente tuvo la oportunidad.

Mis primos no vinieron, ni siquiera para el funeral. «Tienen escuela», dijo Britt. «Esto será demasiado molesto para ellos. Se están quedando con mis padres en Edina».

Recuerdo que deseaba encontrar al policía que me persiguió y lloró conmigo y traerlo al funeral, porque parecía entenderme mejor que cualquiera de la pequeña familia que me quedaba. Pero incluso esa petición me parecía imposible. El esfuerzo que suponía comer y vestirme era ya tan intenso, recordar un nombre, llamar a la comisaría estaba más allá de mi capacidad.

O llamar a Elliot.

Estaba entumecida, pero debajo había también una rabia abrasadora. Incluso en ese momento, yo sabía que no era del todo correcto, no podía conectar los puntos, pero el pequeño núcleo de dolor por lo de Elliot con Emma se vio envuelto en papá y por qué vino a buscarme en primer lugar. Necesitaba a Elliot, lo quería allí. Vi los primeros frenéticos mensajes, su insistencia en que era un error. Pero luego vacilé entre querer que supiera que estaba destrozada, y querer que supiera que había sido él quien había levantado el mazo. Y entonces me sentí mejor al pensar que él no lo sabría. Podía tener cualquier otra parte de mi corazón, pero no esto.

Como dije, recuerdo lo que sentí, y me pareció una locura.

Kennet y Britt me llevaron con ellos a Minnesota durante cuatro meses. Me jalé las cutículas hasta que sangraron. Me corté el pelo con tijeras de cocina. Me despertaba al mediodía y contaba los minutos hasta que podía volver a la cama. No discutí cuando Kennet me envió a terapia, ni cuando él y Britt se sentaron en la mesa del comedor, revisando mis cartas de aceptación de la universidad y pensando si enviarme a Tufts o a Brown.

Recuerdo todo hasta el decisivo golpeteo de Britt con los papeles, su doble toma cuando me vio parada al pie de la escalera, y su satisfecho:

—Lo tenemos todo resuelto, Macy.

Después de eso, no hay nada. No recuerdo cómo se las arreglaron para conseguir mi diploma. No recuerdo haber dormido durante el verano. No recuerdo haber hecho las maletas para ir a la universidad.

Tengo que creer que la administración preparó a Sabrina de alguna manera, aunque ella insiste en que no lo hicieron. Seguro que la eligieron especialmente: ella había perdido a su hermano en un accidente de coche dos veranos antes.

También tengo que creer que dejar Berkeley me salvó. En diciembre, podía pasar minutos sin pensar en papá. Y luego una hora. Y luego el tiempo suficiente para hacer un examen. Mi mecanismo para afrontarlo era envolver mis pensamientos, cuando venían, en un trozo de papel, y luego desecharlos como un chicle. Sabrina dejaba que el dolor la desgarrara. Yo me acurrucaba y dormía hasta que estuviera segura de que el pensamiento podía envolverse bien.

El tiempo. Sabía muy bien que el tiempo adormecía ciertas cosas, incluso la muerte.