Capítulo 43
Presente
Domingo, 31 de diciembre
Traducido por Lovelace
Corregido por Lyn♡
Editado por Mrs. Carstairs~
Muevo mis caderas hacia arriba, sintiendo el apretón en mi pecho cuando el cuerpo de Elliot se desliza del mío. Lo siento retirarse debajo de mí, sus ojos se llenan de un dolor que parece aumentar mientras el silencio se sigue extendiendo.
—Nunca me dejas explicar lo que pasó —dice.
No puedo mirarlo a los ojos. Es mucho más grande que esto y, a pesar de que estos detalles parecen pequeños ahora, sé que es donde debemos de empezar.
—Dijiste que me amabas esa noche —le recuerdo—, por primera vez.
Asiente con impaciencia.
—Lo sé.
—Me pediste que me casara contigo.
Elliot alcanza mi brazo, enrollando sus dedos alrededor de mi muñeca.
—Lo dije en serio. Tenía un anillo.
Lo miro con sorpresa.
—Si hubiera dicho que sí, ¿aun así te hubieras cogido a Emma?
—De acuerdo. —Se levanta, subiéndose los pantalones, abrochándose el cinturón—. De acuerdo. —Su camisa cuelga desabrochada, su cabello sigue hecho un desastre gracias a mis dedos. Elliot baja su mirada hacia mí, iluminados por la luna y el lejano resplandor de la fiesta. Se inclina para recuperar sus gafas y se las pone—. ¿Sabes cuántas veces te he contado esta historia en mi cabeza?
—Probablemente las mismas veces que yo he tratado de pretender que no vi lo que vi.
Se agacha.
—No supe lo que pasó hasta unos días después.
—¿Qué?
—Le mencioné a Christian que no me habías llamado de vuelta, y él dijo: «Probablemente porque vio a Emma desnuda sobre ti».
Parpadeo desviando la mirada. Aun puedo ver la imagen con demasiada claridad.
—Y la peor parte de eso —dice en voz baja—, es que fue hasta que él lo dijo que no supe que había estado con Emma. No estaba ahí en la mañana.
Necesito digerir esto por una, dos, tres, cuatro respiraciones.
—Despertaste con los pantalones en tus rodillas, Ell. ¿Eso no te indicó nada?
—Esa es la parte que no puedo comprender —susurra—. En mi cabeza, eras tú. En mi cabeza, tú viniste a la fiesta, tú me encontraste desmayado en la cama de Chris. En mi cabeza, tú te deslizaste sobre mí, estabas sobre mí. No recuerdo haber tenido sexo con Emma esa anoche. Recuerdo estar teniendo sexo contigo.
—¿Te puedes escuchar a ti mismo? —Lo miro boquiabierta. Dentro de mi caja torácica, mi corazón es un trueno cuando las palabras caen sobre mí. Yo nunca me deslicé sobre él, ¿pero ella lo hizo?—. ¿Escuchas el medidor de mierda chillando en el fondo? Me estás diciendo que esa noche tuviste sexo con Emma ¿pensando que era yo?
Elliot gime, pasando una mano a través de su cabellera.
—Ahora me doy cuenta de lo loco que suena eso. Incluso en su momento, no podía unir los pedazos de esa noche y he tenido once años para tratar de hacer que tenga sentido. Estaba muy ebrio, Mace. Recuerdo despertar con la sensación de tu boca sobre la mía. Recuerdo haber tocado tu cabello, hablar contigo, animándote. Y cuando miro hacia atrás, aún sigo viendo tu rostro cuando se acostó sobre mí.
Sacude su cabeza, cerrando los ojos con fuerza y cuando dice esto, recuerdo que Brandon comenzó a decir algo acerca de que Elliot no lo haría.
—Desperté —continúa—, y tuve un momento de abrumadora vergüenza porque la puerta de la habitación de Chris estaba abierta y unas personas estaban caminando por ahí limpiando. Estaba solo con mi pene colgando. Te envié un mensaje preguntándote a dónde te habías ido. Los siguientes dos días estuve bien con ellos, pensando que había tenido sexo borracho con mi novia en una fiesta. Pensé que estabas avergonzada o enojada conmigo por estar tan ebrio y que ese era el porqué del que no llamaras.
¿Esta es su verdad? ¿Un silencioso y doloroso error? A una parte de mí le duele su versión de las cosas, realmente queriendo creerle, lo que hace que mis dientes rechinen. La otra parte de mí quiere gritar que este pequeño lloriqueo de un malentendido mientras estaba borracho lo deshizo todo. Debería haber sido algo intencional, algo enorme. Algo que valiera la pena de lo que vino después.
—Si me hubieras dejado explicar… —dice en voz baja, mirándome con desconcierto—. Te llamé una y otra…
—Sé que lo hiciste.
Estaba consciente de que Elliot llamaba varias veces al día, por meses. Nunca revisé mi viejo correo electrónico después de eso, pero si lo hubiera hecho, ahí también habría un gran número de mensajes sin leer.
Sabía que su arrepentimiento era enorme.
Pero ese no era el problema.
—Lo jodí —dice—, pero Macy, incluso tan malo como eso es, y sé que lo fue, ¿realmente valió la pena esto? —Nos señala a ambos—. ¿De verdad fue suficiente para hacer que me… dejaras? ¿Después de todo? ¿Para que no volvieras a hablarme nunca más?
Lo miro, sacando palabras de las masas y ordenándolas y reorganizándolas en oraciones. El asunto de Emma parece tan pequeño ahora. Solo fue el primer dominó.
—Teníamos esta profunda, inquebrantable confianza, sabes, y rompiste eso, lo hiciste, pero no es solo eso. Soy… soy yo. También he sido yo.
—¿No crees que merecía la oportunidad de explicarme? —pregunta, malinterpretando mi incoherencia, emociones restringidas tensando su voz.
Puedo ver que está esperando por una respuesta. Y la respuesta es sí, por supuesto que merecía una oportunidad para explicarse. Por supuesto que lo hacía. En una realidad alterna, me habría llamado más tarde ese día y yo le habría contestado.
—Te amaba —dice—. Siempre te he amado. Nunca hubo nadie más para mí, sabías eso.
Busco a tientas mis palabras.
—Fue realmente malo… fue una mala noche…
—Sé que fue mala, Mace. —Su voz se hace más dura, casi incrédula—. Fuimos el primer amor del otro, primera vez, primer todo. Pero vamos. Ese era un derribe, una pelea prolongada. Eso no… desaparece por una década.
—No fue solo eso. —Mi corazón y boca parecen estar de acuerdo en que no podemos, evidentemente, hacer esto ahora.
El metal rechina contra el asfalto en mis oídos. Cierro los ojos, negando con la cabeza para aclararlo.
—¿Tienes alguna idea de cómo ha sido? —pregunta, cada vez más frustrado ante mi inarticulado nerviosismo—. Cada día, me levantaba y me preguntaba si ese día te vería otra vez. Y si lo hacía, ¿cómo sería? Te extrañaba tanto. Tengo veintinueve años y nunca he amado a otra mujer. —Me mira, parpadeando—. Y cada mujer con la que he estado lo sabe, a su pesar.
Abro mi boca para responder, pero nada sale. Me mira, desconcertado.
—¿Quieres saber lo que Rachel quería decir sobre lo jodido que estaba? Bueno, aquí hay un ejemplo: la primera persona que se acostó conmigo después de que te fueras tuvo que sentarse allí mientras yo me derrumbaba como un puto maníaco —dice—, tratando de explicar por qué no quería que me la chupara.
—Lo siento. —Me tapo la cara, inspirando, exhalando. El punto veintisiete en la lista de mamá era recordarme que debía respirar. Inhalar y exhalar, diez veces, cuando estoy estresada.
Uno...
Dos...
—Yo también lo siento. Quiero esto —susurra—. Te quiero a ti.
Tres...
«Yo también te quiero», pienso. «Pero no sé ni cómo decirte que Emma es lo de menos. Otra mujer chupándotela es lo de menos».
—Háblame, Mace —me insiste—. Por favor.
Cuatro...
Cinco...
—Te quiero —repite, y su voz lleva una extraña distancia—. Pero me estoy dando cuenta ahora de que tal vez no debería.
Seis...
Siete...
Al llegar al diez, ya no me tiemblan las manos cuando las bajo.
Pero como no esperaba que Elliot se fuera, nunca le oí alejarse.
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En la noche oscura, la recepción en el porche exterior es un faro de pequeñas luces y estrellas lanzadas por la luz de las velas que viajan a través de las copas de champán. Las lámparas de calor colocadas a intervalos regulares son lo suficientemente cálidas en el frío de la noche para hacer que el húmedo aire se envuelva alrededor de las parejas que bailan lentamente.
Localizo a George a la izquierda de la pista de baile, cerca de la tarta de boda, la cual ya se ha cortado y repartido. Sus mejillas están rojas, su sonrisa es amplia, sus ojos están llorosos de una embriaguez de felicidad.
—¡Mace! —grita, tirando de mí en un torpe abrazo—. ¿Dónde está mi hermano?
—Iba a preguntarte lo mismo.
Se levanta, tirando de una pequeña ramita de mi pelo y, dios mío, solo se me ocurre ahora que no tengo ni idea de mi aspecto al salir de los jardines después de follar con Elliot.
George sonríe.
—Sospecho que tienes una idea mejor que la mía.
Liz se acerca a su lado, sonriéndole a su marido achispado.
—¡Macy! Oh, luces... —La comprensión aparece en sus ojos y lanza una carcajada.
—¿Dónde está Elliot?
—La pregunta del momento —murmura George.
—Estoy aquí.
Nos giramos y lo vemos de pie, justo al lado, con una copa de champán a medio terminar. La calidez que sentí en su mejilla, contra mis labios, se ha ido. En su lugar hay una mirada pálida, un ceño fruncido. Su corbata ha desaparecido, la camisa está desabrochada en el cuello y manchada de suciedad y labial. Mirándolo ahora, es doblemente obvio lo que hemos estado haciendo.
Le sonrío, tratando de comunicarle con mis ojos que hay algo más que discutir aquí, pero él ya no me mira. Inclinando la copa de champán hacia sus labios, se toma el resto, lo pone en la bandeja de un camarero pasando y dice: «Macy, ¿necesitas que te deje en tu motel?».
La sorpresa hace que una ola de frío me atraviese. George y Liz se callan y se alejan bajo una bruma de indirecta mortificación. El corazón se me acelera, un redoble de tambor que desemboca en un choque de platillos cuando me doy cuenta de que me pide que me vaya.
—Está bien —le digo—, puedo coger un Lyft.
Asiente con la cabeza.
—Genial.
Doy un paso adelante, alcanzándolo, y él se queda mirando mi mano en su brazo con el ceño fruncido, como si estuviera cubierto de barro.
—¿Podemos hablar mañana? —le pregunto.
Su cara se tuerce y coge otra copa de champán, que se bebe en el tiempo en que tarda el camarero en ofrecerme una y yo en rechazarla. Elliot coge otra antes de que el ansioso camarero se aleje.
—Claro que podemos hablar mañana —dice, agitando la copa—. Podemos hablar del tiempo. ¿Tal vez de nuestro tipo de pastel favorito? O-oh no hemos hablado todavía sobre las ventajas de una Crock-Pot frente a una olla a presión. ¿Podemos hacerlo?
—Me refiero a terminar lo que hemos empezado —susurro, dándome cuenta de que hemos llamado la atención de algunos miembros de la familia—. No hemos terminado.
Alex nos observa a la distancia con ojos amplios y preocupados.
—¿No hemos terminado? Creía que habíamos tenido el gran final. Hiciste lo que mejor se te da —dice, sonriendo de forma macabra—. Te cerraste.
—Te alejaste —replico.
Se ríe con dureza, sacudiendo la cabeza y repite en un murmullo:
—Yo me alejé.
Con más calma, digo:
—Mañana... Me pasaré por aquí.
Elliot levanta el vaso, traga cuatro tragos y se limpia la boca con el dorso de la mano.
—Claro, Macy.
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A la una de la madrugada, el cielo parece embrujado en su oscuridad. Subo el porche a mi antigua casa de verano, saltando el previsible escalón roto. Utilizando la llave olvidada en mi llavero, me introduzco en el interior, donde hace aún más frío que en el bosque; el aislamiento mantiene el frío almacenado dentro de las oscuras paredes de yeso. Enciendo las luces a medida que avanzo, y me arrodillo para encender un pequeño fuego en la estufa de leña.
Obviamente, si solo he estado aquí una vez en los últimos diez años, debería recordar las fechas exactas, pero no lo hago. Solo sé que fue una semana, tal vez dos, antes de que me fuera a mi segundo año en Tufts, condujimos por la noche para buscar nuestras posesiones y mover todas las cosas preciadas en armarios que podíamos cerrar con llave, para evitar que los curiosos inquilinos en las vacaciones se llevaran algo. El recuerdo de esa noche se siente como un borrón de color acuoso atravesando la niebla.
En el piso de arriba, busco entre las demás llaves de mi llavero, encuentro la más pequeña y la introduzco en la cerradura de la puerta del armario de papá. Entra a pasos agigantados, atascándose a mitad de camino, requiriendo un pequeño meneo antes de que haga clic y gire con una oxidada protesta.
Su armario se abre con un silbido de aire mohoso, y se me cae el estómago cuando el olor y la comprensión emergen: Tendré que tirar casi todo esto. Guardaba algunas camisas y pantalones aquí arriba. Botas de montaña, un chaleco de Y-shing. Hay álbumes de fotos en el estante de arriba, un diorama navideño que hice en cuarto grado. Cartas de mamá. Y, al fondo, la pila de revistas dudosas.
Mi trasero aterriza en el suelo antes de darme cuenta de que me he deslizado por el marco de la puerta. Bajo el olor a moho, está el inconfundible olor de él: los cigarrillos daneses, su loción de afeitar, el olor a lino brillante de la colada. Saco una camisa de una percha; el cable sube por la barra y golpea la puerta al bajar. Presionando la franela contra mi cara, inhalo ahogando un sollozo.
Hacía mucho tiempo que no me sentía así. O tal vez nunca he sentido esta emoción: Quiero llorar. Quiero sollozar de verdad. Le doy acceso total, dejando que me desgarre en estos horribles aullidos que resuenan en los altos techos y sacuden mi torso, curvándome hacia delante. Mocos, saliva: Soy un desastre. Lo siento justo ahí, detrás de mí, pero sé que no está. Quiero llamarlo, preguntarle qué hay de desayuno. Quiero oír la cadencia uniforme de sus pasos, el chasquido intermitente del periódico mientras lee. Todos estos instintos parecen vivir tan cerca de la superficie que se deforman y entretejen en la tela de la posibilidad. Tal vez esté abajo, leyendo. Tal vez esté saliendo de la ducha.
Son estos pequeños recordatorios los que duelen, los pequeños momentos en los que piensas... solo déjame llamarlo. «Ah, claro. Está muerto». Y te preguntas ¿cómo sucedió? ¿Dolió? ¿Puede verme aquí en un charco empapado de sollozos en su piso?
Esto es lo único que interrumpe el torrente, soltando una ronca risa de mi garganta. Si papá me encontrara llorando así dentro de su armario, se quedaría mirando antes de ponerse lentamente en cuclillas y estirar la mano, pasándola suavemente por el suelo, extendiendo su mano por mi brazo.
—¿Qué pasa, Mace?
—Te echo de menos —le digo—. No estaba preparada. Todavía te necesitaba.
Él lo entendería, ahora.
—Yo también te extraño. Yo también te necesitaba.
—¿Estás herido? ¿Te sientes solo? —Me paso un brazo por la nariz—. ¿Estás con mamá?
—Macy.
Cierro los ojos, sintiendo que más lágrimas se deslizan por mis sienes y por mi pelo.
—¿Se acuerda de mí?
—Macy.
—¿Alguno de ustedes recuerda que tuvo una hija?
No soy yo misma, sé que no lo soy, pero tampoco me avergüenza ser encontrada así, especialmente no por papá. Al menos así verá lo amado que era.
Unos brazos fuertes pasan por debajo de mis piernas, alrededor de mi espalda y me sacan de la niebla del moho y de papá, llevándome por el pasillo.
—Lo siento —digo una y otra vez—. Siento no haber llamado. Lo siento, papá. Es mi culpa.
Sigo en su regazo cuando se sienta en mi cama. Es tan cálido, tan sólido.
No he sido tan pequeña en años.
—Mace, cariño, mírame.
Mi visión es borrosa, pero sus rasgos son fáciles de distinguir.
Ojos dorados y verdosos, pelo negro.
No es papá, es Elliot. Todavía con su esmoquin, los ojos inyectados en sangre tras sus gafas.
—Ahí estás —dice—. Vuelve a mí. ¿A dónde has ido?
Deslizo mis brazos alrededor de su cuello, acercándolo, cerrando los ojos. Huelo la hierba en él, la corteza del olivo.
—Eres tú.
—Soy yo.
Él también necesita mis disculpas.
—Lo siento, Ell. Arruiné todo porque olvidé de llamar.
—Vi las luces encendidas —susurra—. Vine y te encontré así... Macy Lea, dime qué pasa.
—Me necesitabas y no estaba allí.
Se calla y me besa la cabeza.
—Mace...
—Te necesitaba aún más —digo, y empiezo a sollozar de nuevo—. Pero no podía encontrar la manera de perdonarte.
Elliot me aparta el pelo de la cara, sus ojos buscando algo.
—Cariño, me estás asustando. Háblame.
—Sabía que no era tu culpa. —Me ahogo—. Sin embargo, durante mucho tiempo sentí que lo era.
Veo las lágrimas confusas en sus ojos.
—No entiendo lo que... —Me atrae hacia su pecho, con una mano en mi cabello mientras se le quiebra la voz—. Por favor, dime qué está pasando.
Y eso hago.