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Chapter 47

Capítulo 41


Capítulo 41

Presente

Domingo, 31 de diciembre

Traducido por Lilu🥰

Corregido por Lyn

Editado por Banana_mou

Elliot se detiene en un espeso matorral de olivos y se vuelve para mirarme. A esta distancia el sonido de los grillos es ensordecedor; la fiesta de bodas es un zumbido lejano. Me imagino que caminamos cerca de un kilómetro, por un camino ancho que iba desde lo cuidado, hasta lo polvoriento, hasta las tierras de cultivos.

Jesucristo, ¿por dónde empezamos?

Yo quiero empezar tocando.

Él podría empezar con palabras y explicaciones, y disculpas, las mías y las suyas. Todavía hay muchas cosas que tengo que decirle.

Su pecho sube y baja con la fuerza de su respiración, y mis propios pulmones parecen agitarse dentro de mí, luchando por tomar aire.

Espero que diga algo pero, en lugar de eso, se arrodilla frente a mí, rodeando mis caderas con sus brazos y presionando su rostro contra mi estómago.

Helada por un momento, miro fijamente la parte superior de su cabeza, tratando de saber qué quiere decir el temblor de sus hombros.

Él está llorando.

—No, no —susurro. Mis manos van hacia su cabello, inclinando su rostro hacia mí; y me agacho, lo empujo contra un árbol, me arrastro hacia él, sobre él hasta que su rostro está justo contra el mío, tan cerca que se ve borroso. Tan cerca que es lo único que puedo ver. Deslizo sus gafas sobre su frente y fuera de su rostro, colocándolos cuidadosamente en la hierba.

—¿Qué estamos haciendo? —susurra.

—Te extrañé. —Me inclino, besando su cuello, su mandíbula.

Me empuja por los hombros y veo dos pesadas lágrimas rodar por sus mejillas.

—Creí que nunca volvería a tocarte.

—Yo también lo creí.

Se muerde el labio inferior con los ojos muy abiertos.

—Tomaré todo lo que me des. ¿Eso es patético?

Me inclino, mis labios tocan los suyos, inhalando el olor limpio de su loción para después de afeitar, el olor penetrante de la hierba, necesitando oxígeno para estar consciente con todo esto.

Su boca se abre contra la mía y se sienta con una fuerte inhalación, con las manos ahuecando mi mandíbula de nuevo. Con urgencia, vuelve por más, inclina la cabeza, muerde y chupa, y necesito más, más profundo. Lo necesito todo de él. Sus gemidos son silenciados por mis labios, dientes y aliento. Sus manos suben por debajo de mi vestido, empujándolo hasta mi cintura, mientras yo deshago su corbata de moño, desabotonando su camisa.

Dedos fríos se deslizan por el interior de mi muslo. Sin embargo, su pecho está cálido bajo mis manos, y me aferro a él, deslizando mis palmas sobre su clavícula y bajando hasta su estómago, queriendo sentir cada centímetro.

Gruñe unas palabras ininteligibles cuando me toca a través de la ropa interior. Y entonces sus dedos se deslizan por mi ombligo, escarbando con cuidado dentro del encaje, y yo me pongo de rodillas por encima de él, ayudándole a acceder al lugar en el que necesito su tacto más que cualquier otra cosa en la galaxia.

—¿Estás así de mojada por mí? —me pregunta, echándose hacia atrás para mirarme. Sus dedos empujan dentro de mí, acariciando con el pulgar—. ¿Esto soy yo?

Asiento y su incredulidad es contagiosa; es lo que hace que cada toque se sienta amplificado, me hace moverme con él, mordiéndole mientras me toca. Es lo que envía mi cuerpo a una apretada escalera en espiral, un destino, justo ahí, solo dos caricias más fuertes. Dos más.

—Ell.

—Sí.

—Me voy a venir.

Su sonrisa curva la única palabra:

—Bien.

Busco a tientas su cinturón, su cremallera.

—Espera —le digo a mi cuerpo—. Oh, Dios, estoy cerca.

«Espera».

«Aguanta. Espera».

Él no deja de hacer lo que está haciendo cuando se aparta y me mira al rostro.

—¿Quieres…?

Sus dedos se deslizan en mí, más fuerte, más rápido.

Torpemente, me meto dentro de sus pantalones, encontrando su duro calor, cerrando mi mano alrededor de él, moviéndome para estar allí, inclinándolo hacia arriba, haciendo que se moje conmigo.

Gime mientras se hunde y el sonido me golpea en un lugar salvaje y primitivo.

El alivio de eso, de él grueso y hambriento, finalmente deslizándose dentro y fuera de mí, es una estrella que se derrite, esparciendo fuego en mi torrente sanguíneo. Jadea porque no quiere correrse, nunca quiere correrse, nunca quiere parar. Ya estoy en el borde, y nuestra cogida instantánea y frenética me lleva allí a través de una serie de embestidas irregulares. Él boca arriba, yo encima.

Los grillos y Elliot se quedan en silencio ante los agudos y llorosos gritos que brotan de mí.

En el silencio que sigue, puedo sentir el bombo de su pulso donde mis labios se encuentran con su garganta. Pero luego sus manos llegan a mi mandíbula, ahuecándola, inclinando mi rostro hacia el suyo.

—¿Si? —susurra. Asiento en sus manos, sintiendo su peso dentro de mí—. Santa madre de Dios —dice con un beso—, esto es increíble.

Todo se reduce a los pequeños movimientos de mis caderas sobre las suyas y los suaves besos de succión. Apenas me muevo. Simplemente meciéndome, apretando. Significa que no espero la forma ajustada en que me dice que está cerca.

Presiono la pregunta contra sus caderas:

—¿Quieres que me detenga?

—Solo si no estás en algo. —Su lengua encuentra la mía y gime—. Macy, cariño, estoy tan cerca.

No estoy segura de por qué es este momento el que hace que la realidad se hunda, que estamos haciendo el amor, todavía mayormente vestidos, en algún lugar de los jardines en la boda de su hermano. Pero cuando se corra Elliot, quiero sus manos y el aire fresco y húmedo en mi piel, no en la seda arrugada de mi vestido. Cada vez que nos hemos tocado, hemos estado casi siempre vestidos.

Me echo la mano a la espalda, abro la cremallera, me quito los tirantes de los hombros y me deshago rápidamente del sujetador sin tirantes, y mi vestido cae hasta mi cintura.

Su boca está ahí, y sus palabras de aprobación, por el calor y mi dulzura, por la sensación de mis pechos en su lengua. Contra mi vientre está la abertura de su camisa almidonada, y en mi interior siento que va creciendo, siento que necesita más que el suave movimiento que está recibiendo, y sus manos encuentran mis pechos, sujetándolos para su boca abierta.

Volvemos a ir in crescendo, más rápido ahora, estoy rebotando sobre él tres, «Oh».

Cuatro, cinco, seis veces.

—Mierda.

Me muerde.

Salvajemente.

—Sí.

Elliot me calma cuando su agarre de hierro desciende hasta mis caderas y se sacude dentro de mí, con la boca abierta y los dientes desnudos sobre mi pecho.

Esto dejará una marca.

Pero incluso después de haber acabado, roza con sus dientes de un lado a otro, con la lengua acariciando el endurecido pico, calmando el lugar de su gentil ataque. Siento todavía sus espasmos. Su aliento son apretadas bocanadas de aire contra mi pecho.

Mis dedos se enredan en su cabello, sujetándolo hacia mí. Se me pone la piel de gallina cuando sus manos se deslizan por mi espalda y me aprietan contra él.

Se corrió dentro de mí.

Aún sigue dentro de mí.

¿Qué acabamos de hacer?

¿Y cómo he estado tanto tiempo sin él?

Hacer el amor con él de repente se siente vital, como el aire, el agua y el calor.

Vuelve su rostro al mío, expectante, y es solo un pequeño desplazamiento hacia adelante para que mi boca se encuentre con la suya en este nuevo y perezoso alivio.

Es a la vez familiar y extraño. Su piel está más áspera con la barba incipiente, sus labios más fuertes. Dentro de mí, lo sé, es más grueso.

Empiezo a moverme para alejarme de él, preocupada por hacer un desastre con su esmoquin, pero él me mantiene firme, sus caderas contra las mías.

—Aún no —dice contra mi boca—. Quiero quedarme aquí. Todavía no puedo creer que esto esté pasando.

—Yo tampoco. —Estoy perdida en el perezoso movimiento de su lengua, los pequeños besos que se funden en otros más profundos.

—Podría querer hacer esto de nuevo.

Sonrío.

—Yo también.

Mueve su boca a mi cuello, siento su mano que se acerca a mi pecho.

—¿Es extraño —comienzo—, que sienta que tuve sexo con un conocido y un extraño al mismo tiempo?

Esto lo hace reír y se inclina, besando mi pecho. Reclinándose, susurra:

—¿Quieres saber algo aún más extraño?

Mis ojos se cierran.

—Quiero saber todo.

Y por primera vez en más de una década, realmente lo hago.

—Pasaron años antes de que estuviera con alguien más después de ti. Fuiste la única mujer con la que estuve hasta… bueno, durante mucho tiempo.

Sus palabras golpean la pared en blanco de mi neblina sexual, y entonces el pavor cae sobre mí como la oscuridad.

—Te he amado toda mi vida —continúa Elliot, sus labios moviéndose contra mi clavícula. Lentamente, abro lo ojos y él me mira—. Al menos desde el momento en que pensé en el amor, el sexo y las mujeres.

Todavía está dentro de mí.

Sonríe, y la luz de la luna capta el ángulo agudo de su mandíbula.

—Nunca he querido a nadie del modo que te quiero a ti. Pasó mucho tiempo antes de que quisiera a alguien más, físicamente, por lo menos.

Es un poco como estar en el ojo de un tornado. A mi alrededor, las cosas están sucediendo, pero dentro de mi cabeza, es tan silencioso.

Ante mi silencio, sus ojos se abren primero y luego se cierran.

—Oh, Dios mío. Acabo de darme cuenta de lo que he dicho.