Capítulo 40
Pasado
Domingo, 31 de diciembre
Once años atrás
Traducido por Lilu🥰
Corregido por Lyn
Editado por Banana_mou
Papá se materializó a mi lado, sosteniendo una copa de champán para él y una copa de lo que olía sospechosamente a ginger ale para mí.
—¿Ni siquiera un vaso de licor? —pregunté, fingiendo fruncir el ceño—. Esta fiesta apesta.
Papá se lo tomó con calma con un barrido inexpresivo de su atención por el salón, porque esta fiesta, evidentemente, no apestaba. Fue en el Garden Court del hotel Palace y estaba repleto de gente hermosa que exudaba joyas y que, afortunadamente, estaba sorprendentemente animada. Todo el salón había sido decorado con miles, tal vez incluso un millón, de pequeñas luces blancas. Estábamos pasando el Año Nuevo en el corazón de una constelación. Aunque estaba lejos de Elliot, no podía quejarme.
Faltaban pocos minutos para la medianoche y la multitud crecía a nuestro alrededor, acercándose a la barra para que todo el mundo pudiera tener una copa en la mano antes de que empezara el Año Nuevo.
Metido debajo de mi brazo, mi bolso de mano comenzó a vibrar. Miré a papá, que me dio un único asentimiento de permiso, y salí al pasillo.
Miré mi teléfono. Eran las once cincuenta y cinco y Elliot me estaba llamando.
—Hola —dije, sin aliento.
—Hola. Mace. —Su voz era grave y alegre.
Me mordí el labio para no reírme.
—¿Hemos tomado un par de cócteles, señor Petropoulos?
—Uno o dos. —Se río—. Aparentemente soy un peso ligero.
—Porque no eres bebedor. —Adentrándome en el silencioso pasillo, me apoyé contra la pared. El clamor de la fiesta se desvanecía en un conjunto de ruidos de fondo: voces, tintineo de vasos, música—. ¿Dónde estás?
—En una fiesta. —Se quedó callado y oí en el fondo el sonido de un timbre en la distancia—. En, um… la casa de alguien.
—¿Alguien?
Él dudó y por la respiración que pude escuchar al otro lado de la línea, la forma en que la sostuvo, supe lo que venía.
—En lo de Christian.
Me quedé callada un momento. Solo sabía lo suficiente sobre Christian como para sentirme un poco incómoda por su influencia. Las cosas siempre se volvían demasiado salvajes cuando Christian estaba cerca, al menos así es como Elliot lo hacía ver.
—Ah.
—No me diga «Ah», señorita —dijo, con voz baja y lenta—. Es una casa de fiesta. Es una fiesta con mucha gente en una casa grande.
—Lo sé —dije, respirando profundamente—. Solo ten cuidado. ¿Te estás divirtiendo?
—No.
Sonriendo ante eso, le pregunté.
—¿Quién más está allí?
—Personas —murmuró—. Brandon. Christian. —Una pausa—. Emma. —Mi estómago se apretó—. Otras personas de la escuela —añade rápidamente.
Escuché algo caer y estrellarse de fondo, Elliot se quedó en silencio.
—Ay, detente —dice una chica riendo su nombre antes de que él pareciera moverse a un lugar más tranquilo.
—Y, no sé, Mace. Tú no estás aquí. Así que realmente no me importa una mierda quiénes están.
Me reí con fuerza. Esta llamada se sintió como un empujón hacia adelante, hacia una vida en la que tomamos cerveza juntos, un dormitorio, y hora tras hora a solas. Sentí que nuestro futuro se avecinaba, provocando.
Tentando.
—¿Dónde estás? —preguntó.
—Estoy en la velada de la luz.
—Cierto, cierto. Corbata negra. Sociedad.
Miré por encima del hombro hacia el amplio salón de baile.
—Todo el mundo a mi alrededor está borracho.
—Suena horrible.
—Suena como tu fiesta —le respondí, mirando a papá al otro lado de la habitación, hablando con una bonita rubia—. Papá parece estar pasando un buen momento.
—¿Estás usando algo elegante?
Bajé la mirada a mi reluciente vestido verde.
—Sí. Un vestido de lentejuelas verde. Me veo como una sirena.
—¿Cómo la princesa de Disney?
Me reí.
—No. —Pasando mi mano por mi estómago, agregué—: Pero creo que te gustaría.
—¿Es corto?
—Realmente no. ¿A la altura de las rodillas?
—¿Ajustado?
Mordiéndome el labio, bajé la voz. Innecesariamente seguro: la fiesta estaba ruidosa.
—No ceñido a la piel. Algo… apretado.
—Eh —gruñó—. ¿No preferirías llevar unos jeans y una sudadera conmigo? ¿En mi regazo?
Me reí de su falta de filtro.
—Definitivamente.
—Te amo.
Me quedé helada, cerrando los ojos al oír estas palabras.
«Dilo de nuevo», pensé e inmediatamente me pregunté si era realmente así como quería oírle confesar esto: mientras estaba borracho, por primera vez, hasta donde yo sabía, y a muchos kilómetros de distancia.
—Lo hago —gruñó—. Te amo tanto, carajo. Te amo, te deseo y te quiero. Te amo como la persona con la que quiero estar para siempre. Solo… ¿Macy? ¿Quieres casarte conmigo?
El tiempo se detuvo. Los planetas se alinearon y luego se separaron. Pasaron años. Las voces, la música y el tintineo de las copas a mí alrededor se desvanecieron y lo único que pude oír fue el eco de su propuesta.
Tartamudeé varios sonidos antes de poder hablar.
Desafortunadamente, «¿Qué?» fue la primera cosa coherente que salió.
—Mierda —gimió—. Mierda, lo he estropeado todo.
—¿Elliot…?
Su voz salió apagada cuando dijo.
—¿Vendrás a verme? Quiero pedirte que te cases conmigo. En persona.
Miré alrededor de la habitación, con el corazón agitadísimo en mi pecho.
—Yo… Ell… No estoy segura de poder ir esta noche. Esto es algo grande.
—Esto es algo grande. Pero es real.
—Está bien. Te entiendo —dije, cerrando los ojos. Me dijo que me amaba y me preguntó si me quería casar con él en la misma frase. A través del teléfono—. Es que… no hay manera de que papá me deje conducir en la carretera con toda la gente alcoholizada.
Se quedó en silencio tanto tiempo que miré mi teléfono para asegurarme de que no había perdido la llamada.
—¿Elliot?
—¿Me amas?
Exhalo, parpadeando las lágrimas. No era así como quería esta conversación, como quería discutir nuestro futuro, pero aquí estaba, en mi cara, exigiendo pasar así.
—Sabes que sí. No quiero hacer esto a través del teléfono.
—Yo sé que no, pero, ¿sabes lo que quiero decir? ¿Quieres casarte conmigo? ¿Quieres que sea para siempre? En Goat Rock, y la biblioteca, y caminar a todos lados, y viajar. ¿Quieres tocarme y estar conmigo y despertarte con mi boca sobre ti, y quieres que sea yo quien te dé orgasmos o… joder, ver como los tienes o lo que sea? ¿Piensas en una vida conmigo o en casarte conmigo?
—Ell…
—Yo lo hago —dijo con un jadeo—. Todo el tiempo la hago, Macy.
Casi no podía hablar, mi pulso se disparó fuertemente.
—Sabes que también lo hago.
—Ven conmigo esta noche, por favor, Macy, por favor.
Los silbatos empezaron a sonar y el confeti cayó de contenedores invisibles de algún lugar por encima de mi cabeza, pero todo lo que oí fue el crujido de la línea.
—Iré el próximo fin de semana, ¿está bien?
Él suspiró: el peso del universo en ese sonido.
—¿Lo prometes?
—Claro que lo prometo. —Miré al otro lado de la habitación y vi a papá caminando hacia mí, una rara y amplia sonrisa iluminaba su rostro. El ruido llenó el otro extremo del teléfono y ya casi no podía escuchar a Elliot.
—¿Macy? ¡No puedo escucharte! Está súper ruidoso aquí.
—Ell, ve a divertirte, pero ten cuidado, ¿sí? Puedes darme mi beso de Año Nuevo el próximo sábado.
—Bien. —Hizo una pausa y supe lo que estaba esperando que dijera, pero no lo iba a decir por teléfono. Especialmente no cuando tenía que gritarlo y ni siquiera estaba segura de si él lo recordaría.
—Buenas noches —dije. Se quedó en silencio y miré el teléfono brevemente antes de llevármelo a la oreja—. ¿Ell?
—Buenas noches, Mace.
La línea se cortó.
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No creo que hubiera podido describir una sola cosa sobre la fiesta después de esa llamada telefónica. Después de un abrazo y un baile con mi papá, caminé por el pasillo fuera del salón de baile durante aproximadamente media hora.
Odiaba no estar con Elliot para esa conversación.
Odiaba que hubiéramos cruzado esta enorme línea, que hubiéramos reconocido un futuro para nosotros, fuera del armario, en el mundo real, con una relación real, y él hubiera estado a kilómetros y kilómetros lejos de mí, y borracho.
Odiaba cómo se había escuchado cuando se despidió.
—Macy, ¿por qué estás aquí afuera? —preguntó papá. Sus zapatos resonaron en el mármol mientras se dirigía hacia mí y el rugido de la fiesta se sintió como agua fría derramándose por mi piel—. ¿Te quieres marchar?
Lo miré, asentí y me eché a llorar.
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—No entiendo cuál es el problema —dijo papá, maniobrando en un giro brusco. Lo miré para asegurarme de que estaba realmente sobrio. No lo había visto beber, pero parecía tan sereno como yo—. ¿Tuviste una buena conversación con Elliot y estás molesta por eso?
—Simplemente no me gustó cómo terminó esa llamada —admití—. Sentí que realmente me quería allí.
—Me doy cuenta de que están más en casa que en cualquier otro lado, pero así es como lo han hecho siempre. ¿Cuál es el problema? —preguntó Papá, siempre lógico. Para ser justos, no tenía todos los detalles. No le dije que Elliot dijo que me amaba. Y ciertamente no le había dicho que Elliot me propuso matrimonio.
—Es que se sintió… raro.
A diferencia de Elliot, Papá rara vez presionaba.
Después de veinte minutos de silencio, Papá dobló en nuestro camino de entrada y detuvo lentamente el auto. Volviéndose hacia mí, me dijo en voz baja:
—Ayúdame a entender.
—Él es mi mejor amigo —comencé, sintiendo la opresión de las lágrimas en mi garganta—. Creo que estamos nerviosos por lo que pasará cuando averigüemos lo que haremos en la universidad y lo que haremos después de esto, después de que nuestras vidas no sean solo marcadas por viajes de fin de semana. Me sentí mal esta noche, por la forma en que terminó la llamada, y no sé qué haría si algo malo sucediera entre nosotros. —Me senté, mirando el tablero del auto que hacía un tic tac silencioso—. A veces me pregunto si deberíamos ser solo amigos, para no tener que preocuparme por perderlo.
Papá frunció los labios, pensando.
—Así que él es tu Laís.
Mis ojos se llenaron de lágrimas de nuevo al oír el nombre de mi madre. No le había escuchado decirlo en años.
—Ambos son jóvenes, pero… si es esa persona para ti —continuó Papá—, no podrán ser solo amigos. Querrás darlo todo, mostrarle todas las formas en que lo amas.
Las lágrimas se derramaron, corriendo por mis mejillas.
—Aprovecharía cualquier cantidad de tiempo con ella —susurró, volviéndose para mirarme—. Habría tomado cualquier cosa que pudiera conseguir. No me arrepiento ni un momento de haberla amado, a pesar de que aún duela su partida.
Asentí, con la garganta apretada.
—Realmente siento que estoy desperdiciando mucho tiempo lejos de él.
—No siempre será así.
—¿Puedo conducir hasta allá esta noche? —le pregunté.
Me miró fijamente durante un largo y silencioso momento.
—¿Hablas en serio?
—Sí.
Cerrando los ojos, respiró profundo varias veces.
—¿Tendrás cuidado?
El alivio inundo mis extremidades.
—Lo prometo.
Papá miró hacia adelante por el parabrisas a nuestro camino de entrada y hacia su viejo auto estacionado justo al lado de este nuevo.
—Llené el Volvo esta mañana. Puedes tomarlo.
Me incliné sobre la consola, envolviendo mis brazos alrededor de él.
—¿Me llamarás tan pronto llegues allá?
Asintiendo en su cuello, lo prometí.