Capítulo 38
Pasado
Viernes, 8 de diciembre
Once años atrás
Traducido por Nicola♡
Corregido por Nea
Editado por Banana_mou
—Dios, este libro es asombroso —susurró Elliot, pasando de página.
Por dentro, me regodeaba. Finalmente, el Señorito Pantalones Aburridos estaba leyendo a Wally Lamb.
Giré sobre mi estómago, mirando arriba hacia él en el sofá cama.
—Te dije que lo amarías.
—Lo hiciste —dijo—. Y lo hago.
Finalmente nos permitieron regresar al armario juntos, con la puerta abierta, porque estaba demasiado frío afuera y Papá no nos quería escuchar susurrar bajo las gradas todo el día.
El último año ya era completamente descabellado y la mayoría de fines de semana de noviembre las había pasado en casa en Berkeley, preparándome para las aplicaciones de la universidad, SATs, y tesis de honor. Intentábamos aplicar para universidades en la misma ciudad, si no eran exactamente las mismas universidades, y la intensidad en nuestra necesidad de coordinar nos tenía constantemente revisando el uno con el otro. Este era el primer fin de semana que en verdad había estado con Elliot en cinco semanas, y había un poderoso trasfondo empujándonos más y más y más cerca juntos, incluso con la puerta abierta.
—Me deberías adorar —le dije.
Él me miró por encima de los bordes de sus lentes, cejas levantadas.
—Lo hago.
Sonreí.
—O ser mi esclavo.
—Me gustaría. —Cerró el libro, apoyando sus codos en sus amplios muslos—. Lo soy. —Ahora tenía su total atención.
—Abanicarme con hojas de palma y alimentarme con pequeñas uvas suculentas.
Se sintió como si el aire dejara de moverse entre nosotros.
—Dí esa palabra de nuevo —pidió Elliot con voz ronca.
—Abanicarme.
—No.
—Pequeñas.
Él suspiró, exasperado.
—Macy.
—Uvas.
Regresó a su libro, soltando un gruñido cansino.
—Grano en el culo.
Sonreí, lamí mis labios y le di lo que él quería:
—Suculento.
Él alzó la vista, ojos oscuros.
Puerta abierta.
—Suculento —susurré de nuevo y él gateó al suelo, inclinándose para besar mi cuello, haciéndome cosquillas. Me retorcí, dando un vistazo a la puerta—. Eres un friki de las palabras.
Su lengua siguió el camino de mi garganta y oí su sonrisa cuando dijo:
—Pon tu mano bajo mis pantalones.
Me reí, susurrando bruscamente:
—¿Qué? No. Mi papá está literalmente a seis metros.
Nuestros ojos se ampliaron al unísono ya que, justo entonces, arrancó el motor del carro en el camino de entrada, las llantas crujieron abajo, abajo, abajo y entonces desaparecieron.
—Está bien. Creo que está a más de seis metros —murmuré.
Elliot retrocedió y me observó, ojos oscuros y carnívoros, y se sintió como un interruptor, burbujeando dentro de mí. Extendí la mano y
finalmente
finalmente
puse mi mano sobre los botones de sus jeans, sentí lo que en verdad, en verdad, había deseado sentir ahí.
—¿Ahora qué? —pregunté. Esto estaba pasando. Esto estaba pasando. Estaba tocando. Eso. A él–eso.
Las cejas de Elliot se dispararon al nacimiento de su pelo.
—¿No lo sabes?
—¿No estoy segura? —dije, me dejó sin más preguntas cuando sacó una sonrisa y cubrió mi boca con la suya.
Caímos al suelo, piernas y brazos entrelazados, labios magullándose contra dientes, desordenado y desesperado y completamente perfecto. Después de toda la distancia física forzada y discusiones sobre todo lo que queríamos hacernos el uno al otro, y nunca sabiendo cuándo o cómo tendríamos tiempo a solas, esta pequeña ventana se sintió como el Diamante Hope, dejado en nuestras manos.
Nunca había conocido este sentimiento, este dolor que florece en mi estómago y se extiende, más abajo y caliente, conduciéndome más allá de mis sentidos y localizando mi universo entero bajo esta sensación única, y luego la siguiente. Y luego queriendo lo que viniese después.
Mi camiseta se desprendió. Mis pantalones desabrochados y removidos. Me empujé más cerca, temerosa de que, incluso desnudos, no estuviésemos lo suficientemente cerca para satisfacer esta nueva hambre.
Él se inclinó, lamiendo mi cuello, mis pechos, y luego regresó a mí, labios ávidos succionando los míos y luego regresando abajo a mi pecho. Su mano adherida contra mi estómago y dedos vacilaban en el dobladillo de mi ropa interior.
—¿Demasiado rápido? —preguntó, respirando con dificultad, y sacudí mi cabeza aún cuando él no podía verme desde donde su boca exploraba mis pechos.
—No —dije en voz alta. Era muy lento. No muy rápido, demasiado lento. El fuego crepitó arriba y abajo de cada terminación nerviosa y quería más, incluso si no sabía exactamente qué era eso.
—Mierda, Macy, estoy… esto es una locura. Una buena locura. Te sientes increíble debajo de mí.
Me reí porque la incoherencia poco común de Elliot era extrañamente reconfortante, y luego sus labios estaban en mi boca, tragándose mi risa y haciéndola suya, su lengua deslizándose sobre la mía y su mano ahuecando mi pecho, apretándolo, nuestros sonidos amortiguados por la forma en la que apenas podíamos levantarnos para tomar aire.
Sus dedos bajaron de nuevo, deslizándose sobre mis costillas, a través de mi ombligo, debajo del algodón donde exactamente los necesitaba, y él hizo un sonido ahogado al mismo tiempo que yo gritaba algo incomprensible. Sus caderas se desplazaron sobre mí, buscando el mismo ritmo mientras las puntas de sus dedos se deslizaban a través de mi piel.
En un instante se estaba moviendo hacia abajo, sacando mi ropa interior y besando mi vientre, caderas, y luego más abajo, casi salvaje con el deseo que reflejaba el mío. Se estremeció por debajo de mí, entre mis muslos, hombros temblando bajo mi agarre, y extrañé su peso encima pero cualquier cosa que había decidido hacer con su boca me distrajo de cualquier otro pensamiento coherente. Era una cálida succión suave, manos en mis piernas resistiendo la forma en que parecían querer cerrarse alrededor de su cabeza y la enloquecedora sensación de lengua y labios y sus bocanadas de aire. Él estaba haciendo esa cosa que apenas me dejaría imaginar a mí misma.
Se movió hacia atrás cuando empecé a jadear, mordiendo y besando a lo largo de mi piel, más salvaje de lo que alguna vez lo habría imaginado, pero entonces, en el momento, me di cuenta de que nunca podría ser de otra manera con nosotros.
—Lo siento —dijo—. Quería continuar, pero… —Cerró sus ojos, mordiendo su labio inferior y gruñendo como si estuviese intentando mantenerse unido.
—Está bien, ven aquí. —Quería su peso sobre mí. Quería verlo cerniéndose sobre mi cuerpo y luego grabar la imagen en mi cerebro.
—En serio pensé que me iba a venir —añadió con una risa contra mis labios, su boca todavía húmeda de mí, y con una urgencia detrás de su toque que me hizo un poco salvaje.
Empujé inútilmente en su cinturón y después mis dedos recordaron cómo funcionar, tiraron a través de las presillas, deshaciendo un fascinante botón a la vez, y luego mis manos sintieron la piel desnuda de su estómago plano, sus caderas estrechas, el suave pelo detrás de sus muslos mientras le bajaba sus pantalones alrededor de sus rodillas.
Él estaba pesado sobre mí, duro y grueso contra mi cadera, me arqueé hacia él, queriendo frotarme a lo largo de él ahí.
—Quiero —empecé, alcanzándolo y encontrándolo. Mi mente se convirtió en papilla ante el sonido que hizo, ante la sensación de él, tan cálido y duro en mi mano—. ¿Tú quieres?
—¿Tener sexo? —preguntó, la cabeza moviéndose en un frenético asentimiento, ojos ensimismados—. Sí. Sí. Lo quiero. Lo quiero, lo quiero, lo quiero, Macy, pero mierda, no tengo ninguna protección.
—Píldora —jadeé mientras se movía y lo sentí deslizarse a través de mi muslo. Piel tersa y suave sobre algo que no era suave en lo absoluto.
Elliot levantó su quijada por la sorpresa.
—¿Estás tomando la píldora?
—Era una de las reglas de Mamá. Papá me llevó en octubre.
Se metió entre los dos y, cuando se frotó a sí mismo a lo largo de mí, yo ya estaba completamente ida. Apenas lo escuché preguntar:
—¿Estás segura, Mace? Mírame.
Ante el suave compás de su voz, moví mi mirada del fascinante lugar donde él estaba por entrar en mí, a sus ojos, los cuales estaban casi negros, con hambre, pero también pacientes y esperando.
—Por favor —dije. Se sentía tan bien si se mantenía frotando sobre mí así—. Estoy segura.
Él miró hacia abajo y se guió a sí mismo al lugar correcto antes de inclinarse sobre mí y apoyar sus codos cerca de mis hombros. Esto se sentía como la cosa más natural en el mundo: mis piernas se deslizaron hacia arriba y sobre sus caderas, sus labios encontraron los míos. Se movió hacia adelante, una pulgada. No adentro todavía pero ahí.
—Esto no va a ser un maratón —gimió—. Apenas estoy aguantando.
—Solo quiero sentirte.
Empujó hacia adelante una pulgada más pero se detuvo cuando grité ante la conmoción en mi cuerpo, ante la cohesión de sensaciones y estimulación. Sus ojos se clavaron en mi rostro y luego se echaron hacia atrás en su cabeza mientras usaba mi pierna curvada alrededor de su muslo para jalarlo rápida, y rudamente, todo el camino dentro de mí.
Mordí su hombro ante la afilada punzada de dolor, su cuerpo amortiguando mis gritos. Las caderas de Elliot se movieron hacia atrás con cuidado y luego hacia adentro de nuevo, y sentí el placentero y a la vez doloroso desgarro de él, una y otra vez él empezó a moverse con ahínco, entrando y saliendo de mí de nuevo, de nuevo, más rápido.
—¿Estás bien? —jadeó.
Conseguí un estrangulado:
—Sí.
—Oh, Dios, estoy…
Lo agarré hacia mí, con brazos y piernas unidos alrededor de él, mis ojos cerrados contra el apretado pellizco de eso, mi corazón queriendo mantenerlo dentro más de lo que mi cuerpo lo necesitaba afuera.
—Me estoy viniendo —jadeó, y entonces se sacudió bajo mis manos, su respiración se mantuvo alta y fuerte en sus hombros mientras caía.
Sentí lo que le hizo. Sentí cada cambio dentro de mí.
En un eco en algún lugar oí un sonido, pies, una voz. El deseo todavía hacía eco a través de mí, rebotando contra el fuerte dolor entre mis piernas.
De repente el toque de Elliot se había ido, toda la parte delantera de mi cuerpo estaba fría sin él sobre mí, y me sentí extraña, inmediatamente vacía. Con la mente abotargada, me di cuenta de que él estaba volviendo a la carrera y levantándome.
—¿Macy? —llamó Papá desde la planta baja. O debajo del agua, no podía estar segura.
El rostro de Elliot flotó para enfocarse sobre mí, su frente mojada, ojos amplios, labios rojo brillante y todavía húmedos de mis besos.
—Levántate, Mace.
Di una sacudida al darme cuenta, de alguna manera encontré mi voz, apremiando un ronco:
—¿Sí, Papá?
Elliot tiró hacia arriba sus pantalones y tiró su camisa sobre su cabeza mientras mis propios torpes dedos forcejeaban para tirar de mis pantalones. Hice una pausa ante el brillante reguero de sangre en mi muslo, parpadeando hacia Elliot, cuyos ojos se atraparon con los míos mientras se abotonaba sus jeans.
—¿Estás bien? —susurró él. Pasos hicieron eco abajo en el largo pasillo de la planta baja.
—Sí. —Me paré en piernas débiles y temblorosas para encontrar mi camisa, tirar de ella, y meter mi brasier bajo la almohada con mi pie justo mientras Papá entraba.
Se detuvo en la puerta, contemplando la escena. Elliot, habiéndose lanzado a sí mismo sobre las almohadas en la esquina, estaba leyendo mi copia usada de El club de la Buena Estrella sin sus lentes puestos. Su rostro estaba rojo, su respiración irregular. Me paré cerca de la puerta, y me di cuenta de que no tenía idea de cómo lucía mi cabello, pero me imaginé que no podría ser bueno. Elliot había clavado sus dedos en él, deshecho mi trenza, y deslizado sus manos sobre y en mi cabello una y otra vez.
Mi cuerpo se sacudió con el recuerdo.
Papá me repasó con la mirada y sonrió.
—Hola —dije.
Y para crédito suyo, él simplemente respondió:
—Hola, chicos.
—¿Qué pasa? —pregunté, intentando no jadear en busca de aire.
—Mace, corazón, lo siento pero ¿crees que puedas estar lista para irnos en una hora? Justo tuve que correr a la ciudad para recibir un fax, entre otras cosas. Necesitamos regresar esta noche. —Lucía genuinamente arrepentido.
Tenemos dos noches más aquí, pensé, pero incluso mientras una abrumadora decepción se extendía a través de mí, asentí fuertemente.
—No hay problema, Papá.
Saludó a Elliot, quien le saludó de vuelta, y entonces se fue.
Lentamente me giré. Los ojos de Elliot estaban cerrados, sus manos sobre su rostro mientras finalmente jadeaba por aire, sin necesidad de seguir pareciendo relajado.
Me moví hacia él, gateando a su regazo, queriendo desesperadamente sentirlo contra mí.
—Mierda, eso estuvo cerca —susurró.
Asentí. No quería irme. La adrenalina me atravesó, haciendo a mis extremidades temblar. Quería acurrucarme con él y hablar de lo que apenas habíamos hecho.
Giró su cabeza, besando mi sien.
—Estabas sangrando. Sé que es… normal, pero solo quiero estar seguro: ¿te lastimé?
Miré al techo, tratando de encontrar una respuesta que se sintiera a la vez verdadera y tranquilizadora.
—No más de lo que esperaba.
Sus labios encontraron los míos. Besos lentos y cuidadosos desperdigados sobre mi boca, mi quijada, mis mejillas.
—Necesitas empacar —dijo a regañadientes, alejándose.
—Sí.
Se puso de pie, levantándome con él y luego bajándome.
—¿Me envías un correo electrónico esta noche?
Asentí. Todavía estaba temblando. Por lo que habíamos hecho… y porque casi fuimos atrapados haciéndolo.
Ahuecó mi rostro con ambas manos, buscando mis ojos.
—¿Estuvo… bien?
—Sí. —Reprimí una risa nerviosa—. Quiero decir… definitivamente quiero hacerlo de nuevo. —La adrenalina me estaba haciendo sentir rápida y conectada.
—Bien. —Él asintió frenéticamente—. Bien, ¿así que hablaremos? ¿Estás bien?
—Sí. —Sonreí—. ¿Tú?
Soltó una respiración controlada.
—Voy a ir a casa y tomar una ducha larga y rememorar todo excepto el minuto en el que tu papá estaba ahí de pie y yo todavía estaba más o menos duro.
Me recosté contra él, mi frente en su pecho.
—No me quiero ir.
Sus labios descansaron sobre mi coronilla.
—Lo sé.
—¿Acabamos de tener sexo? —pregunté quedamente.
Con sus pulgares, él ladeó mi cabeza, así lo miraría.
—Sí. Lo hicimos.
Se inclinó hacia adelante, me besó una vez, dos veces, suavemente en los labios y luego una tercera vez, un beso profundo. Finalmente se separó, besó la punta de mi nariz, y se escabulló del closet.
Y pensé, mientras oía sus pasos trotar hacia abajo en las escaleras, cuán extraño y maravilloso era que nunca nos habíamos dicho te amo. Y no lo habíamos necesitado.