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Chapter 43

Capítulo 37


Capítulo 37

Presente

Domingo, 31 de diciembre

Traducido por Lilu🥰

Corregido por Nea

Editado por Banana_mou

Hay más de ocho acres de terreno en Madrona Manor, y juro que caminamos todos y cada uno de ellos. Pasamos dos horas paseando, poniéndonos al día, hablando ociosamente sobre cosas pequeñas: nuestros restaurantes favoritos, nuestras obsesiones tardías con las aceitunas Castelvetrano, los libros que hemos amado y odiado, los miedos y esperanzas políticas, los destinos vacacionales soñados.

Y, aun así, el último año nuevo que nos encontramos se siente como un trozo de meteorito radiactivo guardado en un frasco en la palma de mi mano. Lo siento cada segundo. Estoy haciendo todo lo posible para evitar abrirlo hasta más tarde.

El sol de la tarde se esconde detrás de los árboles y desciende un escalofrío. Las llantas de los autos crujen en el camino de grava en la distancia, atrayéndonos de regreso al gran césped que está decorado con guirnaldas de flores y salpicado de lámparas de calor, mesas de cóctel y camareros que circulan entremeses antes de la ceremonia.

—Necesito subir para prepararme. ¿Estás bien?

Asiento y Elliot se inclina mientras toma mi rostro, besando mi frente y luego mi mejilla aparentemente por instinto. No registra lo que ha hecho mientras se aleja, sonriéndome. Ni una sola vez, en su viaje a la casa para reunirse con los padrinos de bodas, se vuelve con los ojos muy abiertos al darse cuenta de que acaba de besarme como lo hizo tantas veces cuando era mío.

Una vez que se ha ido, miro a mi alrededor y me doy cuenta de que no conozco a nadie aquí. Toda la familia Petropoulos está adentro y aunque en ocasiones he visto a primos, tías y tíos, no conozco a ninguno de ellos lo suficiente como para acercarme y entablar una conversación.

«Tal vez por eso tu círculo de amistades es tan pequeño», la voz de Sabrina suena en mi oído.

«Un círculo pequeño es un círculo de calidad», gruño en respuesta, alcanzando un camarón envuelto en tocino mientras pasa una bandeja.

Me lo estoy llevando a la boca cuando una mano me toma del codo. Volviéndome, sorprendida, suelto:

—Oh, ¡perdón! —Y empiezo a devolver el entremés hasta que me doy cuenta de que solo es Alex, y acabo de dejar caer el camarón en su mano.

Ella lo mira y luego me mira antes de encogerse de hombros y llevárselo a la boca.

—Ven conmigo —murmura con la boca llena—. Estamos sentados al frente.

—¿Qué? —digo, resistiéndome cuando ella me tira hacia adelante—. No, yo…

—No discutas —dice, marchando hacia el frente—. Tengo estrictas instrucciones de mamá: tú eres familia.

Esto se atora en mi garganta, una bola de emoción algodonosa queda atrapada allí. Tirando de mi abrigo alrededor de mis hombros, la sigo hasta un asiento en el lado del novio, en la primera fila.

Alex se sienta en el tercer asiento, tirándome a su lado en el cuarto.

—Comenzará pronto —dice—. Mamá me dijo que me sentara para que la gente se acercara. ¿Lo hacen?

Miro detrás de ella y veo que sí, la gente empieza a caminar hacia los acomodadores que esperan en la entrada del pasillo. Los asientos se llenan, el sol se pone y la escena es impresionante.

—Desde hace años que quiero conocerte —dice Alex mirando el altar: un pequeño arco de madera decorado con flores tan exuberantes que quiero extender mi mano y pellizcar un pétalo para ver si son reales—. Bueno… conocerte de nuevo.

—¿A mí? —Ella solo tenía tres años cuando Elliot y yo tuvimos nuestra discusión.

Discusión.

Dios, qué palabra tan rara. Otras personas tienen discusiones. Lo que tuvimos se sintió como una ruptura. ¿Pero realmente lo fue? Una brecha separó la falla. Un mazo quebró nuestro punto débil. Y el destino entró como un martillo neumático.

Alex asiente, volviéndose hacia mí. Se parece tanto a Elliot a los catorce años que mi respiración se paraliza por un segundo, como si me hubieran golpeado en el plexo solar. Sus ojos son de color avellana, muy abiertos detrás de sus gafas. Su cabello es espeso y oscuro, apenas domesticado por las flores prendidas alrededor de su rostro ovalado. Su cuello es largo, como el de un cisne, y sus manos delicadas y huesudas. En Alex, de alguna manera, se ve elegante; probablemente porque baila y ha aprendido a usar su delgada complexión a su favor. El cuerpo de Elliot siempre parecía un poco como una caja llena de herramientas: ángulos afilados, huesos largos, peligrosos cuando se manejaban con torpeza.

—Él te ama tanto —dijo—. Juro que no trajo una chica a casa desde nunca.

Mi corazón se frena.

Ella asiente.

—En serio. Mis padres pensaron que era gay. Estaban como: «Elliot, sabes que te amamos sin importar nada. Solo queremos que seas feliz…», y él estaba como: «Realmente aprecio eso, chicos», y entonces todos lo miramos como: «Bueno, ¿cuándo traerás a tu novio a casa?».

Me río ligeramente, sin saber qué decir. Vacilante, murmuro:

—Pero finalmente trajo a alguien a casa. Estoy segura de que les gustaba.

Ella se encoje de hombros.

—Rachel era agradable.

Mi corazón se frena ¿Rachel fue la primera novia que llevó a casa? Eso fue… ¿Hace un año atrás?

Alex mira por encima de su hombro para comprobar el avance de los asientos. Se ha llenado un poco así que se inclina más cerca, mientras el guitarrista y el vocalista comienzan a prepararse para tocar la procesión.

—Mamá la llamó Macy como tres veces la primera vez que vino a cenar.

—Uhhh —digo—. Incómodo. —Soy adicionalmente comprensiva ahora que he conocido a Rachel. Muchas más cosas tienen sentido sobre ese primer encuentro.

—De todos modos —dice Alex, sonriéndome—, acabó admitiendo que estaba enamorado de ti desde secundaria. Me alegro de que estés de vuelta en su vida. —Rápidamente levanta las manos y añade—. Incluso si solo son amigos. Está bien, me voy a callar ahora. —Se muerde el labio y añade apresuradamente—: Y realmente lamento lo de tu papá, Macy. No lo recuerdo, pero mamá dice que fue un hombre realmente bueno.

—Gracias, dulzura. —Le paso el brazo por los hombros, tirando de ella para abrazarla—. Los he extrañado mucho.

Un silencio se apodera del público cuando el guitarrista comienza a rasgar un sencillo y sentido preludio antes de que el vocalista cante suavemente la versión de Jeff Buckley de Hallelujah. Las primeras personas en el pasillo son una pareja mayor, presumiblemente los abuelos de Else. Se sientan en la sección frente a nosotros mientras la Sra. Dina y el Sr. Nick pasan por el pasillo con Andreas entre ellos. La sonrisa de la Sra. Dina es tan brillante que me atrapa el aliento en la garganta y siento el escozor de las lágrimas en la superficie de mis ojos. No es solo que sea una boda, aunque siempre lloro en las bodas. Es la canción, el escenario, estar de vuelta en los brazos de las personas que más amo en el mundo. Es no sentirse sola por primera vez desde hace mucho tiempo.

Andreas se para en el extremo del pasillo, mirando con anticipación por su novia. La Sra. Dina se sienta al lado de Alex pero se inclina sobre su regazo, toma mi mano y la aprieta con tanta fuerza que siento su amor, su confusión y, sobre todo, su alivio en ese toque único y tembloroso.

El siguiente es Nick Jr. con una de las damas de honor. Está relleno, tiene el pecho de barril como su padre, tan alto como ambos padres. Con una barba completa, parece más leñador que fiscal de distrito. No me lo imagino en la piel de tiburón, si soy sincera.

Siguen George y Liz, del brazo, todas sonrisas fáciles. Son tal combinación perfecta de rostros felices y pasos seguros que me sorprendo a mí misma sonriendo, con los ojos llenos de lágrimas.

Alex me pasa un pañuelo.

—Dos lloronas a cada lado mío.

—Shhh —susurra la Sra. Dina—. Solo espera. Pronto te afligirás.

No estoy preparada para ello, de alguna manera, había olvidado que Elliot estaría caminando por el pasillo, y la visión de él con la pequeña dama de honor rubia en su brazo, su sonrisa tranquila mientras hace contacto visual con los invitados reunidos, es un golpe a las emociones envueltas fuertemente en mis entrañas. La calidez se desprende.

Se ve tan bien.

Sonriente, con más de un metro ochenta de altura ahora, cómodo en su piel. Me mira después de dejar a la dama de honor cerca del altar y nuestras miradas se cruzan y se sostienen.

Hace horas que no pienso en mi ex-prometido, pero ver a Elliot ahora, en el altar y con su esmoquin, me hace dar cuenta de lo monumentalmente mal que se sentía todo con Sean. Lo mal que se sentiría con cualquiera que no fuera Elliot.

Retrocediendo, se coloca a la cabeza de los padrinos y consigue apartar los ojos de mí cuando la música cambia y la guitarra comienza a rasgar las primeras notas de She de Elvis Costello.

La multitud se pone de pie. Sé que debería estar mirando a la novia pero mi cabeza es la única que mira hacia adelante, incapaz de dejar de mirar a Elliot.

Estoy segura de que siente mi atención porque parpadea, gira la cabeza un poco y se encuentra con mis ojos. Hay una pregunta ahí en los suyos, la juguetonamente obvia: «¿qué demonios te pasa?».

No sé qué más hacer, así que simplemente digo la palabra «Sí».

Sí, soy tuya.

Sí, estoy lista.

Sí, te amo.