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Chapter 42

Capítulo 36


Capítulo 36

Pasado

Sábado, 9 de septiembre

Once años atrás

Traducido por Lilu🥰

Corregido por Nea

Editado por Banana_mou

El primer viaje después del verano, después de nuestra declaración de que estábamos juntos, después de ese dulce y doloroso beso, fue a mediados de septiembre. El aire estaba espeso con el implacable calor del verano indio y lo usé como excusa para pasar todo el fin de semana en bikini.

Elliot… lo notó.

Desafortunadamente, papá también lo notó y directamente nos obligó a pasar nuestro tiempo leyendo abajo, o afuera, y no en el armario.

Ese sábado, extendimos una manta en el desaliñado césped delantero de Elliot, bajo el enorme roble negro, y nos pusimos al día sobre amigos, escuela y palabras favoritas, pero tenía un significado diferente. Ahora susurrábamos, tumbados cara a cara, con los dedos de Elliot jugando con las puntas de mi cabello o rozando mi cuello, con su mirada bailando por las curvas de mis pechos.

Según la regla número veintinueve, «cuando Macy tenga más de dieciséis años y tenga su primer novio serio, asegúrate de que se esté cuidando», Papá me hizo tomar la píldora casi inmediatamente después de esa visita. Todavía me faltaban varios meses para cumplir los dieciocho años y papá me dijo que pensaba llamar a mi médico de mujer, pero solo después de darme un sermón rebuscado y torpe de que no era un permiso para tener sexo con Elliot, esencialmente, sino que estaba tratando de proteger nuestro futuro.

No es que tuviera que preocuparse. A pesar de vernos todos los fines de semana de octubre, Elliot y yo nunca nos acercamos a lo sexual. No desde ese día en el suelo del armario, su cuerpo sobre el mío, funcionando por instinto. Era Elliot el que se tomaba las cosas con calma, no yo. Me decía que era porque cada pequeño paso era una primera vez, todo lo que haríamos juntos sería por primera vez, con la única persona del resto de nuestras vidas.

Parecía una conclusión inevitable que estaríamos juntos para siempre. No habíamos dicho la palabra amor todavía. Tampoco habíamos hecho promesas. Pero era tan imposible imaginar el desenamoramiento de Elliot como imaginarme conteniendo la respiración durante una hora.

Así que nos abrimos paso cuidadosamente a través de la exploración. Besándonos por horas. Nadando juntos en el río: mis piernas resbaladizas y frías alrededor de su cintura, mi vientre cubierto de piel de gallina, sensible a la sensación de su torso desnudo presionando contra mí.

Los días de la semana en la escuela se impregnaron de esta desesperada anticipación. Acordamos usar Skype una vez a la semana, los miércoles, lo que hizo que fuera doloroso asistir a clases ese día. Esas noches, me miraba a través de su cámara con los ojos muy abiertos. Yo pensaba en besarlo. Incluso le decía lo que estaba pensando, y él gemía y cambiaba de tema. Después, me metía en la cama e imaginaba que mis dedos eran los suyos, sabiendo que él estaba haciendo lo mismo.

Y los fines de semana, siempre que teníamos el más pequeño tiempo, eran un borrón de besos en el suelo, nuestras bocas moviéndose juntas hasta que nuestros labios se sentían en carne viva, nuestras respiraciones entrecortadas por el esfuerzo del deseo.

Pero eso era todo. Nos besábamos. La ropa se quedaba, las manos no se movían.

Hasta que no lo hicieron.

❀~✿ ❀~✿ ❀~✿ ❀~✿

A finales de octubre, estaba lloviendo a cántaros y estaba horrible afuera. Papá tomó el auto para ir a la ciudad a comprar víveres, dejándonos a Elliot y a mí solos en casa. No fue premeditado. Ni siquiera nos miró, leyendo en la sala de estar junto a la estufa a leña. Simplemente gritó que nos habíamos quedado sin leche y que compraría las cosas para la cena.

La puerta se cerró con un clic silencioso.

Los neumáticos del auto crujieron sobre la grava hasta que el sonido desapareció.

Miré a Elliot al otro lado de la habitación y mi piel se acaloró.

Ya se estaba arrastrando por el suelo hacia mí y luego se cernió sobre mí en las sombras del fuego crepitante.

Todavía recuerdo la forma en que me levantó la camisa, besando un camino desde mi ombligo hasta mi clavícula. Recuerdo cómo, por primera vez, descubrió el cierre de mi sujetador, riéndose en mi boca mientras luchaba con el elástico. Recuerdo la reverencia de su mano mientras se deslizaba desde el cierre abierto, alrededor de mis costillas, por debajo de los aros. Su mano se acercó a mi pecho desnudo, sus dedos se cerraron sobre el pezón. Parecía que la luz brotaba de cada uno de mis poros; el placer y la necesidad eran casi cegadores. Siguió con su lengua, húmeda, sus labios se cerraron sobre mí, chupando, y yo tiré de su muslo entre mis piernas, enloqueciendo por el alivio, meciéndome contra él hasta que me derretí, corriéndome delante de él por primera vez.

Me miró fijamente, con las pupilas enormes y negras y la boca abierta.

—¿Tuviste…?

Asentí, sonriendo, drogada.

Los neumáticos del auto volvieron a crujir en el camino de grava y Elliot soltó una risa aguda y frustrada, alejándose.

—Debería irme a casa de todos modos. —Asintió, mirando abajo.

Yo también miré hacia abajo, a la palma de su mano presionando la parte delantera de sus jeans, buscando alivio.

Comenzó a levantarse pero se detuvo, todavía arrodillado entre mis piernas, pero ahora mirando mis pechos desnudos. Era la primera vez que realmente los veía, y la intensidad de su mirada fue como una cerilla en el combustible de mis venas. Le tomé la mano libre.

La puerta del auto se cerró de golpe.

—Macy —advirtió Elliot, pero sus ojos permanecieron sin pestañear y su brazo se movió sin resistencia cuando bajé su mano hasta mi piel.

—Todavía tiene que sacar los víveres. —Puse sus dedos en mi estómago y los recorrí por mi cuerpo.

El maletero también se cerró de golpe y Elliot apartó el brazo de repente.

Me senté lentamente, me abroché el sujetador y me bajé la camisa.

Las llaves de Papá desbloquearon la cerradura y entró, mirándonos en la sala de estar. Yo estaba exactamente donde me había dejado. Elliot se quedó cerca del otro extremo del sofá, con las manos metidas en los bolsillos.

—Hola, papá —dije.

Se detuvo con los brazos cargados de víveres.

—¿Todo bien?

Elliot asintió.

—Estaba esperando hasta que volvieras para ir a casa.

Lo miré sonriendo.

—Eso fue dulce.

—Gracias, Elliot —dijo papá sonriéndole—. Eres bienvenido si te quieres quedar a cenar.

Papá fue hacia la cocina y yo miré la bragueta de Elliot con una necesidad casi obsesiva de sentir lo que había debajo del jean.

Se inclinó, de modo que tuve que mirarlo al rostro.

—Veo lo que estás mirando —susurró—. Eres un problema.

Me estiré, besándolo.

—Pronto —dije en voz baja en respuesta.