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Zahra
—No puedes ir a trabajar así. —Claire utiliza unas pinzas para tirar mi caja de pañuelos vacía a la basura.
Después de llegar a casa desde el aeropuerto, mi estado se fue deteriorando poco a poco. Empezó con una sensación de cansancio en los huesos y acabó conmigo acunando una caja de pañuelos durante toda la noche mientras dormía. Ayer fui a trabajar, pero acabé teniendo que pasar la mitad del día trabajando desde casa porque todo el mundo me miraba cada vez que me sonaba la nariz.
Después de todo, Rowan tenía razón. Me he resfriado porque he sido demasiado cabezota para ir a casa.
Me tapo la boca con el codo mientras suelto otra tos húmeda.
—Tengo que ir. No nos queda mucho tiempo antes de la fecha límite del proyecto.
—Un día libre no va a suponer una gran diferencia.
—Pero necesito…
Sacude la cabeza.
—Pero nada. Anoche ya te preparé sopa de pollo después de que te oyera sacar tu pulmón.
Aprieto una mano contra mi cabeza palpitante.
—Gracias.
—Es lo menos que podía hacer. Te ves como la muerte.
—También me siento así.
Mi risa se convierte en una larga serie de toses. Cada respiración hace que mis pulmones ardan en señal de protesta.
Claire me trae un vaso de agua fresca antes de irse a trabajar.
Agarro mi teléfono y le envío a Jenny un correo electrónico de disculpa. Me responde a los pocos minutos diciéndome que me recupere pronto y que no me preocupe demasiado por ellos.
Abro mi chat con Rowan. Ha estado un poco apagado desde nuestra última noche en Nueva York. No estoy segura de sí es el estrés del trabajo lo que le afecta o tal vez el hecho de que necesita algo de distancia después de pasar tanto tiempo juntos. Realmente espero que no sea la segunda opción.
Yo: Creo que me estoy contagiando de algo.
Rowan: Te dije que Central Park no era la mejor idea.
Me acobardo. Probablemente no fue la decisión más inteligente quedarse fuera en el frío, pero los recuerdos valen totalmente la pena.
Yo: Pero fue muy divertido.
Rowan: Las drogas también lo son. Eso no significa que la gente deba consumirlas.
Yo: ¿Cómo lo sabes?
Rowan: …
Yo: Tengo la sensación de que eres del tipo divertido cuando estás colocado.
Rowan: No lo confirmaré ni lo negaré.
Yo: ¿Del tipo creativo?
Rowan: Zahra. Suficiente.
Ugh. Hoy no está divertido.
Rowan: ¿Necesitas alguna medicina?
Yo: Creo que conozco la cura.
Rowan: ¿Suficiente medicina para la tos como para noquear a un elefante?
Yo: Casi, pero no. Ver el siguiente episodio de ese documental de crímenes reales que empezamos el fin de semana.
Rowan: En mi casa. Esta noche. 6 p.m.
Yo: ¿Sales temprano del trabajo?
Rowan: Me apetecía tomarme un tiempo libre de todos modos. El jet lag y todo eso.
¿Jet lag? Sí, claro. Nos quedamos en la misma zona horaria y él lo sabe.
Yo: Siéntete libre de admitir que te estoy empezando a gustar en cualquier momento.
Rowan: Estas son las divagaciones de una persona drogada con demasiados medicamentos para la tos.
Sonrío. Ese es el hombre que conozco y amo.
¿Amor?
Oh, mierda. ¿Puedo realmente amar a Rowan?
¿Cómo podría no hacerlo?
Es atento, reservado y tan malditamente dulce conmigo que me olvido por completo de que odia a la población en general. Me vuelve loca de la mejor manera y hace que mi corazón se acelere cada vez que está en la misma habitación que yo.
Ah, sí. Estoy enamorada de Rowan Kane.
La verdadera pregunta es si él me corresponde.
—Vamos, Zahra. Tienes que comer algo —la voz de Rowan suena lejana, como si estuviera en otro tipo de frecuencia de radio.
Aparto su brazo de mi hombro y me hundo más en sus sedosas sábanas. No sé cuánto tiempo llevo usando su casa como tienda de campaña de enfermería. Lo único que sé es que su cama es cien veces mejor que la mía y que no quiero irme nunca.
Estoy segura de que mis senos paranasales ocupan ya tres cuartas partes de mi cerebro, y mi fosa nasal izquierda no ha sentido oxígeno fresco desde ayer, cuando Rowan me recogió en mi apartamento.
—Zahra.
Me gira hacia el borde.
—Vete —murmuro.
Me da un golpe en la frente.
La cabeza me late como respuesta y hago una mueca de dolor. Abro los ojos y me encuentro con una versión angustiada de Rowan.
Nunca lo había visto así. Tiene el cabello desordenado y bolsas moradas bajo los ojos. Me fijo en su inusual barba incipiente.
—Necesitas afeitarte —mi voz grazna antes de soltar una tos húmeda.
Uf. Qué asco.
—Dormiste durante el desayuno, la comida y… —mira la hora en su reloj—. La cena. Es hora de comer algo antes de que te desmayes.
El raro tono alto de su voz hace que mi cabeza palpite con más fuerza.
—Shh. Habla más bajo. —Coloco un dedo contra sus labios—. Despiértame en otra… —mi frase es cortada por mi cuerpo que intenta expulsar uno de mis pulmones por la garganta.
—Toma. Toma un sorbo de agua. Por favor —su voz se quiebra.
Casi me mete la pajita de metal en la boca.
Tomo un sorbo.
—¿Estás contento ahora?
Frunce el ceño.
—No.
—Siento que me estoy muriendo.
Su agarre en mi barbilla se hace más fuerte.
—No seas dramática. Tienes un resfriado.
¿Es la preocupación que escucho en su voz?
—Está bien.
Me doy la vuelta y le doy la espalda.
—Me levantaré en una hora. Lo prometo.
—Voy a llamar a un médico para que venga a verte.
—¿Los médicos todavía hacen visitas a domicilio?
—Por el precio adecuado.
Vuelvo a toser, pero esta vez no se detiene.
Mi pecho se estremece por la intensidad de la tos. Hay un dolor agudo y punzante que me pincha en los pulmones, y necesito toda mi energía para respirar.
Su mano acariciando mi cabello se congela.
—Mierda. Ahora vuelvo.
Rowan me da un beso en la frente antes de sacar su teléfono del bolsillo y salir de la habitación. Sus murmullos atraviesan la puerta, pero me cuesta demasiado esfuerzo escuchar su conversación.
Cierro los ojos y me dejo llevar por la oscuridad.
Me despierto cuando alguien me abre los párpados y me ilumina la cara con una linterna. Intento poner un poco de espacio entre nosotros, pero sólo acabo cayendo sobre mis temblorosos codos.
—Ya lleva tres días seguidos enferma.
—¡¿Tres días?!
Me arrepiento del fuerte grito en cuanto sale de mi boca.
Mi cabeza y mis pulmones trabajan, revolviéndose contra mí una tos a la vez. Las pulsaciones se intensifican cuanto más toso.
—En mi opinión profesional, hay que llevarla a un hospital.
—¿Hospital? —Rowan y yo hablamos al mismo tiempo. Él prácticamente escupe la palabra.
Lo miro. Tiene un aspecto casi tan malo como el mío, con la barba de varios días cubriéndole la cara. Las bolsas bajo sus ojos destacan aún más por lo rojos que están. Parece que va a desplomarse en cualquier momento.
Me duele el pecho por un motivo totalmente distinto al de mi enfermedad.
El médico se levanta y recoge su maletín.
—Está gravemente deshidratada y necesita atención médica adecuada.
—¿Sugiere algo más?
—Basándome en los síntomas que ha descrito y en lo que veo y oigo, probablemente sea algún tipo de neumonía viral. Sus tejidos están cubiertos de mucosa verde y tiene fiebre. Si no la lleva al hospital esta noche, acabará en la parte trasera de una ambulancia muy pronto.
¿Neumonía? Mierda. No. Eso suena aterrador. La única persona que conozco que tuvo neumonía fue uno de los amigos de mis padres y no sobrevivió.
Quiero llorar, pero no creo que tenga suficiente agua en mi cuerpo para producir lágrimas. Lo sudó todo el segundo día.
Mientras Rowan ve salir al médico, me siento y busco a tientas mi teléfono. Debería llamar a mis padres y hacerles saber lo enferma que estoy. Pero no encuentro el teléfono en ningún lugar entre las sábanas o en la mesita de noche.
¿Lo he dejado en el baño?
Me deslizo fuera de la cama y me pongo de pie con piernas débiles. El camino hacia el baño me roba toda la energía y la habitación da vueltas.
Me agarro al asa para estabilizarme y empujo la puerta para abrirla. Mis piernas ceden al mismo tiempo y todo lo que veo es negro.