Capítulo 35
Presente
Domingo, 31 de diciembre
Traducido por Tati Oh
Corregido por Lyn♡
Editado por Mrs. Carstairs~
Estoy aquí.
Ya salgo.
Salgo de mi habitación en el modesto Motel L&M y me dirijo hacia la intensa luz solar invernal sobre el asfalto. Cubriéndome los ojos con una mano, logro ver a Elliot a solo diez pies de distancia, apoyado contra la puerta del conductor y sosteniendo un pequeño y escuálido ramo de flores silvestres. Inmediatamente se vienen a mi mente todos los héroes románticos adolescentes mientras veo cómo se endereza.
Después de treinta y siete días, mis ojos también están sedientos, resoplando por cada centímetro de él en esmoquin, con el cabello cuidadosamente peinado, y su cara con un leve afeitado.
Nos hemos enviado mensajes de texto un par de veces desde el Día de Acción de Gracias y hemos hablado por teléfono un poco aquí y otro poco allá cuando tenía alguna duda sobre el atuendo para la boda, o cuando quiso comprobar dónde recogerme hoy, pero no lo había visto desde que se inclinó para besarme en la mejilla en su puerta principal, con nuestros estómagos llenos de pavo y vino, mirándome de forma significativa por lo que duran tres latidos.
—Dame una oportunidad —había dicho.
Le había prometido que lo haría. La pregunta era si todavía querría una, después de escuchar lo que tenía que decir.
Celebré mi Navidad el 22 de diciembre con Sabrina, Dave y Viv. Solo observándolos desde un taburete en la cocina, mientras bebía mi vino, era fácil ver sus rituales tomando forma: el álbum de la Orquesta Navideña de Canadá reproducido en bucle; Dave horneó unas galletas navideñas que trajo desde la tienda; Sabrina fue a la sala de estar a colocar pequeñas luces blancas alrededor de su enorme árbol. Fue solo una más de las pequeñas punzadas que tuve durante todo el mes, escuchando a mis colegas compartir planes en sus horas libres: fiestas, reuniones, galletas horneadas y vuelos fuera de la ciudad.
Después de perder a Elliot y, por supuesto, después de perder a papá, también perdí lo que me amarraba a las tradiciones. Estoy hambrienta por recuperarlas. Quiero hacer muffins de arándanos en la mañana de Navidad y encender cirios por la noche. Quiero buñuelos y libros para los cumpleaños y un perrito caliente en la playa en Año Nuevo. Pero también quiero que Acción de gracias sea el día en que Elliot y yo nos sentamos en el suelo, solo los dos, en ropa interior, comiendo pavo agarrado por el hueso. Quiero celebrar los aniversarios quedándonos en cama todo el día, teniendo conversaciones con nuestras bocas a solo una pulgada de distancia.
Estoy lista.
Entonces, salgo al agrietado estacionamiento, inestable en mis tacones, tratando de caminar con gracia hasta él. Lo que en realidad quiero hacer es saltar a sus brazos, pero logro mantenerme en mi lugar, deteniéndome a un pie de distancia. Huele tan bien y cuando levanta sus gafas, sus ojos se ven casi ámbar bajo el sol. Las palabras para nuestro encuentro que he estado ensayando una y otra vez durante el último mes: «Cuando salí de la casa de Christian, fui a la cabaña. Me quedé dormida en el suelo, y allí es donde papá me encontró», se desvanecieron en un eco distante.
Él pone las flores en mi mano y se inclina, besándome justo debajo de la mandíbula, donde mi pulso es más salvaje.
Me inclino y las inhalo; en realidad no huelen a nada, pero son flores de colores tan brillantes que son casi fluorescentes.
—Flores. ¿No eres tú la cita perfecta para una boda?
—Las recogí de allá —admite, indicando con la cabeza una pequeña parcela de rebeldes malezas en el borde de la propiedad. Cuando se da la vuelta y sonríe, se ve de dieciocho años otra vez—. Mamá no me dejaría tomar una rosa de la suite.
Me mira, su mirada se agita mientras recorre mi pecho, mi cuello, mi cara. Llevo un vestido nuevo y admito que me siento bastante deslumbrante. Es ajustado y de seda: un resplandor de naranja y rojo con pequeñas tiras como espaguetis con cuentas. Hace que mi piel morena luzca dorada.
Nuestras miradas se encuentran y siento que una sonrisa estalla en mi rostro. Hablaremos de todo más tarde. La proximidad de esa liberación me hace sentir ingrávida.
—¿Lista? —pregunta.
—Lista.
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Elliot aparca el coche frente a una enorme mansión victoriana, y el motor hace tic tac en medio del silencio. Volviéndose hacia mí, me pregunta en voz baja:
—¿Estás bien?
Fue un viaje de diez minutos; no hay posibilidad de que se haya perdido mi agarre mortal en la manija de la puerta todo el tiempo.
—Estoy bien.
—De acuerdo —dice ahora exhalando, y me impide salir con una mano sobre mi pierna desnuda, justo encima de mi rodilla. El toque se siente cargado, y al parecer se da cuenta al mismo tiempo que yo, arrastrando sus dedos.
—Déjame.
Sale de un salto, corre alrededor de la parte delantera de su destartalado Honda Civic y abre mi puerta con un gesto caballeroso.
Detrás de él, la Mansión Madrona se alza como algo sacado de un cuento de hadas, con amplios prados que enmarcan la extensa propiedad. Está a un grito de distancia del Motel L&M. Obviamente, podría haberme quedado en la casa Healdsburg que en realidad es de mi propiedad, no hay gente vacacionando en estos momentos, pero, aunque nos desahoguemos más tarde, la idea de quedarnos allí, solos, sin papá, parecía un poco deprimente.
Elliot se pone de pie, esperando a que salga y finalmente avancemos de la mano.
—¿Estás atascada?
«No, solamente estoy derritiéndome en silencio al verte».
Me levanto, dejándolo tomar mi mano una vez que estoy de pie.
—Estoy bien. Solo… Es hermoso todo esto.
Estoy usando un tapado alrededor de mis hombros porque hace frío, y Elliot da un paso hacia adelante, ajustándolo donde se deslizó, hacia abajo, por mi brazo.
—Listo. —Pasa un dedo sobre la curva de mi hombro debajo del tapado. Su piel es más clara que la mía y el contraste de color es perfecto—. ¿Estarás lo suficientemente abrigada?
Asiento con la cabeza, enganchando mi brazo con el suyo mientras nos dirigimos hacia el edificio. Es mediodía y el sol brilla sobre las copas de los árboles, dejando ver los bordes entre colores miel y dorados. Ubicada entre las colinas sobre el condado de Sonoma, la Mansión Madrona se encuentra rodeada de acres y acres de bosques y el dominio de vastos campos de vid. Los jardines parecen extenderse en todas las direcciones. En realidad, debería sentir más curiosidad por este lugar sagrado, pero estar cerca de Elliot después de tomarnos un mes para pensar en todo, tener su cuerpo apretado contra el mío y sabiendo que en cualquier segundo podría detenerlo, voltearlo, besarlo… Me hace sentir como si estuviera mirando por encima del borde de un cañón y a los pies hay un pozo de pelotas gigantes, en el cual solo quiero sumergirme y jugar.
Dentro de la mansión, el pasillo se extiende hacia adelante, con habitaciones que dan hacia la entrada principal. Elliot planea subir las escaleras y ver a Andreas en la habitación del novio. Le dije que estaba conduciendo desde Berkeley anoche, cuando en realidad, llamé un taxi, tomé un Xanax y dormí todo el viaje. Llegué al motel, tropecé en mi habitación y dormí hasta que mi alarma biológica me despertó exactamente a las seis de esta mañana.
Lo que todo esto significa, es que, en realidad, aún no he visto a nadie de su familia, y estoy un poco ansiosa al respecto. Pero, aunque estaría feliz de explorar los terrenos por mi cuenta, dejando al clan Petropoulos a solas antes de la ceremonia, Elliot no lo aceptará.
—Ven conmigo —dice, dirigiéndose hacia la amplia escalera. Las vacaciones tendrán que esperar, desterradas hacia una caja y encerradas hasta el diciembre próximo, y las guirnaldas permanecerán envueltas festivamente alrededor de la barandilla. Un pequeño árbol dorado de Navidad ilumina el piso en la parte superior—. Están aquí arriba.
—No quiero interrumpir el proceso de preparación —digo, retrocediendo, vacilando.
—Para. —Él ríe—. Estás bromeando, ¿no? Si subo hasta allá sin ti simplemente me enviarán de vuelta
Un enjambre de pájaros explota en mi pecho cuando escucho al señor Nick gritar a George para que suba una maleta desde el coche, Nick Jr. se burla de Alex por alguna cosa. Puedo oír la risa amplia y rotunda de la señorita Dina, y su voz, siempre igual, diciéndole a Andreas que debería dejar que alguien más le amarre el corbatín porque luce como un flácido moño alrededor de su cuello.
Empujamos la puerta para abrirla, crujiendo hacia adentro, y toda la habitación se queda en silencio ante un «cállate». Andreas se vuelve desde donde se encontraba jugando con su corbata en el espejo. Nick Jr. y Alex se levantan desde donde parecen haber estado luchando, cerca del sofá.
La señorita Dina se congela con la mano en un alfiler de su cabello.
—¡Macy! —jadea ella. Sus ojos se llenan de inmediato. Deja caer el alfiler, ahuecando sus manos sobre su boca.
Levanto la mano en un saludo tembloroso. Ver sus caras me hace retroceder una década como si estuviera en casa por primera vez en tanto tiempo.
—Hola a todos.
Elliot me acerca a su lado.
—¿No se ve hermosa?
Lo miro en estado de shock, pero su sonrisa perezosa me dice que no es en absoluto consciente de sí mismo bajo el escrutinio de los demás.
—Deslumbrante —coincide el señor Nick.
Alex corre, lanzando sus brazos alrededor de mis hombros.
—¿Te acuerdas de mí?
No la he visto desde que tenía tres años y no podía decirle que he pensado en ella todos los días desde entonces. Riendo, la rodeo con mis brazos, su cuerpo es largo y esbelto, le pregunto:
—¿Te acuerdas tú de mí?
—No —dice la señorita Dina, sacudiendo la cabeza—. Voy a llorar
Nick Jr. la mira y gime.
—Ma, ya estás llorando.
Elliot me deja ir, pero no se aleja mientras todos se acercan a abrazarme.
Cuando Andreas me alcanza, susurra un suave «Gracias por venir» y le respondo con mi propio «Enhorabuena, idiota».
La escena estalla de nuevo en ruido cuando Alex se lanza a un debate con su papá acerca de por qué debería permitírsele llevar el pelo recogido, y George discute con la señorita Dina sobre dónde puede encontrar la maleta. Elliot ayuda a Andreas con su corbatín, y Liz entra con una bandeja de bocadillos para la fiesta. Ella lleva un vestido azul brillante, claramente es una de las damas de honor.
—¡Oye, Macy! —dice, acercándose a mí. Ante la mirada confusa del resto de la familia de Elliot. Ella les recuerda que nos vemos todos los días en el trabajo, y la habitación explota de nuevo, ya que todos recuerdan lo que esto significa: la pequeña Macy ¡Es médico ahora! Y me abrazan de nuevo.
Sirven vino, Alex se suelta el pelo y lo vuelve a recoger ante la consternación de su padre y sus hermanos mayores, y todo el tiempo, Elliot está allí, con su brazo a mi lado, los latidos de mi alma gemela, una presencia reconfortante.
—Papá —dice finalmente Elliot, con una risa silenciosa y retumbante—. Tiene catorce años. Está usando un vestido largo hasta el suelo con mangas. No quedará embarazada si alguien ve la parte de atrás de su cuello.
El señor Nick mira a Elliot por unos segundos y luego niega con la cabeza a su hija y esposa.
—Llévalo recogido. No me importa. Es mucha piel.
—¡Es mi cuello! —llora Alex, frustrada—. Diles a los chicos que no miren si les molesta tanto.
—Amén —le digo, sonriéndole. Su sonrisa en señal de agradecimiento es como un rayo de sol atravesando la ventana.
Cuando la discusión se reanuda, Elliot se inclina y pregunta, en voz baja, directo a mi oído
—¿Quieres caminar por los jardines?
Asiento, temblando por su proximidad, y me guía hacia la puerta con su mano en mi espalda baja antes de alcanzar mis dedos. Siento la atención de todos en la habitación cuando nuestras manos se unen mientras nos vamos, y Alex está confundida.
—¿Pensé que ella tenía novio?
Seguido por el agudo silbido de la señorita Dina:
—¡Shhhh!
Y la novia de Andreas:
—Se separaron, ¿recuerdas? —Ante nuestra sorpresa.
Elliot me mira con una sonrisa.
—¿Es tal como lo recordabas?
Me apoyo en su hombro.
—Mejor.