18

Chapter 38

Capítulo 32


Capítulo 32

Pasado

Viernes, 25 de agosto

Hace once años

Traducido por Tati Oh

Corregido por Haze🍂

Editado por Mrs. Carstairs~

Las vacaciones de verano terminaron en un día abrasador de agosto. Papá, Elliot y yo empacamos las cosas y las llevamos al auto, y luego Elliot se hizo formalmente a un lado, esperando nuestras tradicionales despedidas.

Esta era la cuarta vez que lo hacíamos: separarnos después de un verano de largas tardes juntos, pero esta vez era, por mucho, la más difícil. Todo había cambiado.

Como era costumbre entre nosotros, dos pasos hacia adelante, dos pasos hacia atrás, no nos habíamos vuelto a besar, y ciertamente no habíamos pasado más tiempo frotándonos en el suelo. Pero había algo tierno en eso. Su mano encontraría la mía mientras leíamos. Me podía dormir en su hombro, despertar con sus dedos enredados en mi cabello y su cuerpo relajado por el sueño a mi lado, mi pierna sobre su cadera. Sentíamos, finalmente, como si estuviéramos juntos.

Papá parecía sentirlo también, y después de cerrar la escotilla de su nuevo Audi con un firme clic, nos sonrió y regresó a la casa.

—Deberíamos hablar de esto —dijo Elliot en voz baja. Realmente no tuvo que explicar a lo que se refería.

—Está bien.

Me tomó de la mano y me llevó hacia la sombra entre nuestras casas. Allí nos sentamos, con nuestras espaldas a un costado y nuestras manos entrelazadas, en un parche de hierba debajo de las ventanas de mi comedor, fuera de la vista de cualquiera que estuviera en alguna de las casas.

—Pasamos tiempo juntos —susurró—. Y… nos tocamos como… somos más que amigos.

—Lo sé.

—Nos hablamos y nos miramos como si fuéramos más que amigos, también… —Se alejó y lo miré, captando la ternura en su expresión—. No quiero que vayas a casa y pienses que estoy haciendo estas cosas con alguien más.

Mi boca se torció y levanté una gran mechón de pasto.

—No quiero pensar en ti haciéndolo con cualquier otra persona.

—¿Qué vamos a hacer?

Sabía que estaba preguntando por algo más que un asunto de novio-novia besándose y tocándose. Hablaba en un sentido más amplio, cuando nuestras vidas comenzaron a existir más allá del armario o su techo, y cuando debimos conformarnos con solo uno o dos fines de semana al mes juntos.

Tracé las líneas de los tendones en el dorso de su mano izquierda. Pasé el dedo de su mano derecha lentamente de arriba abajo en mi pierna, desde mi rodilla hasta la mitad de mi muslo.

—¿Cuál es tu palabra favorita? —pregunté sin levantar la vista.

—Maduro20 —respondió, sin dudarlo, su voz era baja y ronca.

Mi rubor estalló a través de mi piel, un rastro abrasador de lo que sentí aparecer en mis mejillas mucho después de que dejara de intentar llamar mi atención.

—¿La tuya?

Lo miré, sus ojos color avellana estaban muy abiertos y curiosos, había algo más salvaje adentro del oscuro anillo alrededor de su iris. Bajo la superficie, había un mensaje bajo la palabra «¿Tuya?» había algo más seductor: mordidas de piel, rasguños, el sonido de su voz gruñendo mi nombre. Elliot era sexy. ¿Qué chico de nuestra edad usaba la palabra maduro?

No había nadie más en el mundo como él.

—Epifanía —dije en voz baja.

Se humedeció los labios y sonrió. Ese algo bajo la superficie se volvió más oscuro, más insistente.

—Esa también es buena

Miré su mano, sobando su dorso con el pulgar y dije:

—Creo que deberíamos dejar de fingir que no estamos juntos.

Cuando lo miré, su sonrisa creció.

—Estoy de acuerdo.

—Bien.

—Voy a darte un beso de despedida —dijo.

Incliné mi rostro hacia él, diciendo «Bien», otra vez, mientras sentía su aliento en mi boca, su mano ahuecando mi mandíbula. Mis labios se separaron de los suyos, y tal como antes, se sintió natural la inmersión, dejar que su lengua tocara la mía, saborear su sonidos. Sus dedos se deslizaron por mi cabello, ambas manos ahora ahuecando mi cabeza, su boca urgente.

¿Y por qué hicimos esto en este lugar, donde no podíamos tumbarnos y besarnos hasta que nuestras bocas estuvieran entumecidas y nuestros cuerpos encendidos? Incluso este pequeño toque, me dejó adolorida. Lo quería sobre mí otra vez, quería recordar su peso y la dura presencia de su necesidad presionando entre mis piernas.

Dejé escapar un pequeño y oprimido grito ahogado y él se echó hacia atrás, sus ojos parpadeando hacia los míos.

—Lo tomaremos con calma —dijo.

—No quiero tomarlo con calma.

—Esa es la única forma de asegurarnos de que lo estamos haciendo bien.

Asentí entre sus manos ahuecadas y me besó una vez más.

—Te veré en dos semanas.