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Chapter 37

Capítulo 31


Capítulo 31

Presente

Jueves, 23 de noviembre

Traducido por Tati Oh

Corregido por Haze🍂

Editado por Mrs. Carstairs~

El edificio de Elliot es estrecho, de un descolorido estuco turquesa, alguna vez debió haber sido una hermosa casa victoriana antes de que fuera descuidadamente dividida en cuatro angostos apartamentos.

La entrada da a un estrecho pasillo al costado derecho y una empinada escalera conduce a los apartamentos de más arriba. Elliot vive en el número cuatro. Arriba y a la derecha, dijo. Cada escalón resuena bajo mis botas.

Su puerta de entrada es de color marrón claro, y delante de ella hay una alfombra delgada con una Cita de Dickinson, El alma siempre debe estar entreabierta.

Levanto mi puño y llamo a su puerta.

¿Es posible que reconozca el peso de sus pisadas y su ritmo al andar? ¿O es solo que sé que es el único que está dentro… porque llegué temprano? De cualquier manera, mi pulso se acelera tanto que cuando gira la perilla y abre la puerta, me siento mareada.

En algún momento de la última década, Elliot descubrió cómo peinar su cabello y vestirse solo. Lleva jeans negros y una adorable, original o artificial, camisa de mezclilla oscura enrollada hasta los codos. Está descalzo.

Descalzo. En su apartamento. Adentro, en algún lugar, está la cama de Elliot.

Si no tengo cuidado, ni siquiera llegaré a casa esta noche.

Mierda, soy un desastre.

—Macy —dice, llevándome hacia adentro con un brazo alrededor de mis hombros, luego se aleja, cerrando la puerta detrás de mí. La sonrisa que veo en su rostro podría dar energía a una pequeña ciudad—. Estás aquí. ¡Estás en mi apartamento!

Inclinándose, besa mi mejilla, inocentemente.

—¡Tienes la cara tan helada!

—Caminé desde BART. Hace frío afuera. —El calor irradia desde el punto donde sus labios presionan contra mi piel, y pongo sobre la mesa el pastel que traje para poder quitarme la chaqueta.

Retrocede un poco, sorprendido.

—¿No manejaste?

—No soy fan de los autos —digo, sonriendo.

Toma mi abrigo, en silencio.

—Podría haberte recogido.

Presionando una palma contra su pecho, le susurro:

—Vives a seis cuadras de la estación. Estoy bien.

—Lo siento, estoy nervioso. —Sacude un poco los hombros, como si se relajara—. Voy a tratar de ser genial sobre esta... sobre esta noche. Probablemente fracasaré.

Me río y le entrego el pastel de nueces que compré esta mañana.

—No es la receta tu mamá, lamentablemente. ¿Viene tu familia?

Niega con la cabeza y luego la inclina, invitándome a adentrarme. Lo sigo a través de una pequeña sala de estar, hacia una cocina aún más pequeña.

—Ellos irán a la casa de los futuros suegros de Andreas, en Mendocino. No queríamos que todo el clan Petropoulos descendiera sobre ellos; su novia, Else, es hija única y no creo que supieran qué hacer con todos nosotros. Por lo que solo mamá, papá, Andreas, y Alex se dirigieron hasta allá.

—¿Quién viene hoy? —pregunto, mirándolo mientras desliza el pastel sobre el mostrador. Se las arregló para organizar todo lo que necesita en el pequeño espacio, y es meticuloso a pesar del tamaño.

Elliot se da vuelta, apoyándose contra la encimera y agarrándola con suavidad. Su camisa se extiende a lo largo de su pecho, abriéndose en el cuello, revelando el borde de su clavícula, el toque de sus vellos en el pecho. Mi corazón late fuerte.

—Mi amigo Desmond —dice, y extiende una mano para rascarse la barbilla—. Y Rachel.

Me congelo, mirándolo con los ojos muy abiertos. Instintivamente miro mi vestimenta y luego vuelvo a mirarlo.

—¿Rachel viene?

Él asiente, mirándome con atención.

—¿Eso te hará sentir incómoda?

Estoy tratando de no reaccionar con mucha exageración, pero siento que mis cejas se bajan, dejando un ceño fruncido en mi frente.

—¿No creo?

—Eso suena a una pregunta —dice en voz baja. Apagando el contador, da dos pasos hacia mí—. Debería haberlo mencionado. Ella no tiene familia en esta ciudad. O… amigos en los alrededores

Miro alrededor de la habitación en la que estamos.

—¿Vivió ella aquí contigo?

—No —dice—. Pero se quedó aquí por un tiempo.

«Oh». Miro la cocina y veo imágenes de esta desconocida Rachel parada allí, huevos revueltos en ropa interior mientras Elliot se duchaba. Me lo imagino vertiendo café para ella después, besando su hombro pálido y desnudo. Me pregunto si estos celos son los que él sintió al verme con Sean y saber que yo dormía en la misma cama con él. Dejándolo tocarme en formas que Elliot acababa de empezar a hacer.

Lo miro, y digo:

—Estoy tratando de que no me de un ataque porque tu ex novia viene hoy.

Elliot levanta un hombro.

—Entiendo. Puede que no haya sido un buen plan.

—¿No fue intencional tenerlos a ambos aquí para hacerme sentir. . . celos? ¿Ni siquiera un poco?

—Te juro que no lo fue.

Una mirada a su rostro y le creo. A Elliot generalmente, no le ha importado cómo otras chicas en su vida me han afectado, pero no es cruel. Asiento y bajo la mirada—. ¿Ella sabe quién soy?

—Sí.

Otro pensamiento viene a mi mente.

—¿Sabe ella que estaré aquí?

Él duda, y la culpa se esparce rápidamente por su cuello.

—Sí.

—¿Entonces ella sabía, pero yo no? Elliot, ¿en serio?

Levanta una mano y se rasca la parte superior de la cabeza.

—Yo quería que vinieras. —Sus ojos se vuelven cálidos y suaves, tal como lo hacen cuando sienten una urgencia por algo—. En serio, realmente quería que vinieras. Y no quería que ella estuviera sola hoy, pero me preocupaba que si te lo decía te arrepintieras.

Probablemente lo hubiera hecho. Nada suena más incómodo que una cena navideña con la ex novia de Elliot.

—Ella cree que estamos... ¿de nuevo juntos?

—No sé lo que piensa —dice—. Pero es algo discutible, ¿no? —Me mira atentamente—. Estás comprometida.

La culpa me atraviesa bruscamente, enviando una sacudida de dolor a mis costillas. No estoy lista para decirle a Elliot que estoy soltera, pero no me siento bien dejando que piense que soy crónica y emocionalmente infiel, tampoco.

—Las cosas son… complicadas

Parece marinar en estas palabras durante unos segundos antes de alcanzar mi mano, y tirar de ella.

—Vamos. Déjame darte un recorrido

La sala de estar es más larga que ancha, y en el extremo hay una alta ventana de vidrio emplomado con vista a un patio trasero sorprendentemente hermoso. Hay árboles frondosos, ciruelos y un abundante césped bien cortado, una rareza en el Área de la Bahía.

—El césped es falso —explica—. El propietario insiste en que mantengamos este espacio al aire libre.

Miro alrededor de la sala de estar, a las estanterías que van desde el piso hasta el techo, con una escalera corrediza conectada al lado superior. Su sofá es de un azul vibrante y limpio, con brillantes cojines multicolores repartidos. Al final de la habitación, más cerca de la puerta principal, ha colocado una mesa de juego plegable y encima un mantel de lino, individuales y un pequeño centro de mesa de calabazas y arándanos Debo haber pasado por delante cuando entré, tan emocionada y nerviosa, que ni siquiera lo noté.

—Tu hogar es muy agradable —le susurro, metiendo mi cabello detrás de mi oreja. Elliot lo ve deslizarse hacia adelante, y traga saliva. Probablemente sepa que lo dejo suelto para él—. Háblame de tu novela.

—Mucha fantasía —dice, mirando a su alrededor en sus estanterías. Luego vuelve a mirarme y sus ojos brillan con moderada diversión—. Hay dragones.

—¿Entonces estás escribiendo porno? —bromeo y él se echa a reír.

—No exactamente.

—¿Eso es todo lo que me dirás?

Sonriendo, toma mi mano de nuevo.

—Terminemos el recorrido.

A través de una puerta al otro lado de la sala de estar, hay un pequeño pasillo. A la izquierda está su dormitorio. A la derecha está su baño. El baño tiene una pequeña bañera sin ducha, solo una manguera levemente conectada al grifo, colgando flácida hacia abajo, un cuello doblado ante la derrota.

—No tienes una ducha —digo, saliendo y sintiendo una repentina intimidad por estar en su espacio. Todo es tan esencialmente él: muebles escasos, a no ser por las estanterías que van desde el piso al techo llenas de libros.

Elliot me mira mientras me apoyo contra la pared del pasillo. El espacio es diminuto y él parece llenarlo con su altura y el sólido ancho de su pecho.

—No sé si podría arreglármelas con solo una bañera —balbuceo.

—Yo lo llamo un shath19 —dice.

—Eso suena sucio.

Estoy mirando su pecho, pero escucho la sonrisa en su voz: —Creo que es por eso que la llamo así.

Da otro paso más cerca.

—Todavía se siente surrealista tener mi propio lugar. Como si fuera un pequeño milagro vivir aquí solo. Es tan diferente del lugar en el que crecí.

—¿Te gusta vivir solo? —pregunto.

Duda por el tiempo que toma a mi corazón latir tres veces.

—¿Qué tan honesto debo ser al responder esta pregunta?

Lo miro. «Oh». Creo que lo que viene probablemente no me gustará, pero pregunto de todos modos.

—Siempre quiero que seas honesto

—De acuerdo —dice—. En ese caso, me gusta vivir solo, pero preferiría vivir contigo. Me gusta dormir solo, pero preferiría tenerte en mi cama. —Levanta un dedo y lo pasa por sus labios, pensando en sus próximas palabras, y su voz es más suave y silenciosa—. Me gusta invitar amigos para el Día de Acción de Gracias, pero preferiría que fuéramos solo nosotros dos, celebrando nuestro primer Día de Acción de Gracias como pareja, comiendo pavo hasta los huesos, juntos, abrazados en el suelo

—En ropa interior —digo sin pensar.

Su primera reacción es quedar en shock, pero lentamente se derrite en una sonrisa que calienta mi sangre, poniendo algo a hervir bajo mi piel.

—Dijiste que las cosas eran complicadas, ¿ah?

Me salvó mi decisión de guardar silencio sobre Sean, cuando alguien llama a la puerta tras él. Elliot me mira fijamente, con una luz urgente en sus ojos, como si supiera que estoy a punto de decirle algo importante.

Levanto la barbilla apuntando hacia la puerta después de que nos hemos quedado ahí, mirándonos el uno al otro, durante casi diez segundos en silencio.

—Probablemente deberías atender eso.

Con un pequeño gruñido de derrota, se gira y abre la puerta para dejar que los otros dos invitados entren.

Desmond entra primero. Es más bajo que Elliot, pero más musculoso, con piel suave y oscura, y una sonrisa que parece estar fija en sus ojos. Le entrega a Elliot un recipiente con una colorida ensalada dentro y le da una palmada en la espalda, agradeciéndole por invitarlo.

Rachel entra después, pero Desmond me distrae de ver su entrada, acercándose a mí y presentándose con un marcado acento australiano.

—Soy Des. Un gusto conocerte.

—Macy —le digo, estrechando su mano y agregando torpemente— Sí, me alegro de que finalmente nos estemos conociendo.

En verdad, no tengo idea desde hace cuánto tiempo Elliot lo conoce. Mi boca se siente seca y mis manos, húmedas.

Miro hacia arriba y encuentro a Rachel observándome. Parpadea, sonriendo tensamente a Elliot mientras espera una presentación.

—Rachel —dice Elliot, guiándola hacia adelante—. Ella es Macy.

Tiene el pelo corto y oscuro, brillantes ojos azules y una capa de pecas en el puente de su nariz y mejillas. Cuando sonríe, al menos parece ser honesta, y revela un conjunto de dientes brillantes y uniformes. Es completamente encantadora.

—Hola Rachel. —Extiendo la mano y me devuelve el apretón, sin fuerzas.

—Es un placer conocerte —dice, y vuelve a sonreír.

Las palabras salen antes de darme cuenta de lo que estoy haciendo:

—Gracias por venir

Como si hubiera estado aquí un millón de veces. Como si viviera aquí, como si fuera la anfitriona.

Se vuelve hacia Elliot, con los ojos cerrados otra vez. Él se agacha, mostrándole una sonrisa levemente tranquilizadora.

Mi pecho se retuerce de celos y posesividad. No me gusta su intercambio de miradas. No me gusta la sensación de que tienen un pasado, un ritmo, un idioma tácito.

—¿Dónde debería poner esto? —pregunta, levantando una bolsa de lona con algunas botellas de vino en el interior.

—En el refrigerador —dice Elliot, apretándole el hombro y dándole otra persistente mirada alentadora antes de soltarla y volver a mi lado.

Rachel desaparece y Elliot mira a Des, quien sacude su cabeza cuando ella se ha ido.

—Ella está bien, amigo —dice Des en voz baja—. Adelante. —Y luego se vuelve hacia mí desatando una sonrisa—. Y tú. Aquí estás. En carne y hueso

Evito esta posible conversación con una pregunta:

—¿Cómo se conocieron ustedes dos?

—Rugby —dice Des.

Mi risa sale más fuerte de lo que esperaba, y los ojos de Des se abren con emoción.

—No te conozco, Macy, pero creo que seremos mejores amigos.

—¡Oye! —protesta Elliot, riendo.

Volviendo su atención a mí, Des agrega:

—En realidad, es bastante bueno

—Imposible —digo, conteniendo una sonrisa mientras miro a Elliot en toda su libresca gloria—. ¿Este chico? ¿Rugby?

—Vamos —dice Elliot, dándome una mirada juguetonamente herida.

—Solo recuerdo haberte visto aprendiendo a patinar —le digo.

Los ojos de Desmond se entrecierran.

—¿Patinaje sobre hielo?

Una fuerte carcajada estalla en mí, y Elliot me empuja hacia un desbloqueo mental, gruñendo «Patineta, idiota» en mis oídos.

Luchamos por un segundo y luego nos detenemos al unísono, mirando el sonido del silencio. Rachel está de pie junto a la puerta de la cocina, sosteniendo una botella de vino abierta. Los ojos de Des parpadean entre ella y Elliot.

—¿Alguien quiere un poco de vino? —pregunta ella—. O… ¿solo yo?

Des deja escapar una risa divertida ante esto, pensando que ella está bromeando, pero Rachel permanece sin sonreír, inclinando la botella hacia sus labios y tomando algunos tragos. Aleja la botella y se limpia la boca con el dorso de su mano.

Elliot me libera lentamente del bloqueo mental, alisando su camisa mientras arreglo mi cabello. Siento que nos acaban de arrestar por un delito leve. Aquí estamos, de pie en su sala de estar espartana, con esta cruda verdad presentándose ante nosotros: nunca antes nos hemos enfrentado a las consecuencias. Las partes más desorganizadas de nuestras vidas siempre se han dividido entre la semana escolar o mantenernos alejados durante una década. No tengo idea de cómo él reaccionará.

—Rach —dice en voz baja—. Vamos.

Es un castigo leve y no puedo imaginarlo dándomelo a mí, pero, aun así, hay algo seductor ahí, una tranquilidad que se siente un poco evasiva, demasiado íntima.

—¿Vamos qué? —dice ella.

—Pensé que querías hacer esto —dice.

—Resulta que no es tan fácil como esperaba.

¿Por qué diablos ella pensaría que esto iba a ser fácil?

—No necesito quedarme —empiezo a decir, pero tanto Des como Elliot intervienen rápidamente.

—No, no, no —dice Elliot, volviéndose hacia mí.

—No seas tonta —dice Des—. Está bien.

Miro a Rachel, que me mira con tanta furia que sé exactamente lo que está pensando: «No estoy para nada bien».

—Le hiciste ese número a él —dice en voz baja.

—Rachel —dice Elliot, en voz baja a modo de advertencia—. No lo hagas.

—¿Qué no haga qué? —Sus ojos se vuelven hacia el rostro de Elliot—. ¿Hablaron ustedes ya? ¿Tiene ella alguna idea?

Des parece encontrar un motivo por el que necesita ir al baño en este preciso momento, y siento celos de que pueda desligarse mientras yo tengo que pararme aquí y ver cómo la incómoda metralleta dispara sobre nosotros.

Pero al mismo tiempo, quiero saber qué es lo que ella piensa que yo necesito escuchar.

—¿Alguna idea de qué? —le pregunto.

Elliot niega con la cabeza.

—No haremos esto ahora.

Ella responde, apoyándose en la puerta de la cocina.

—¿Qué tan jodido lo dejaste? Cómo nadie...

—Rachel. —La voz de Elliot es una cuchilla que atraviesa la habitación. Nunca, nunca antes lo he escuchado usar ese tono, y me pone la piel de gallina.

Sigo mirándolo, y requiero de un esfuerzo monumental para no desmoronarme pensando en qué es lo que me he perdido aquí. Sé cómo se veía mi vida después de que nos separamos, pero no podía soportar pensar en la suya también.

—Estoy bastante segura de que nos jodimos el uno al otro —digo—. Creo que eso es lo que estamos tratando de arreglar ¿no es así? —Miro a Rachel nuevamente—. Pero nada de esto es asunto tuyo.

—Fue mi asunto durante cinco años —dice. «Cinco años». Eso fue lo que duró para mí también—. Y fue realmente mi asunto durante al menos un año.

—¿Qué diablos significa eso?

Elliot se estira y se frota la cara.

—¿Tenemos que hacer esto?

—No. —Rachel lo mira, luego a mí, y atraviesa la habitación para recoger su bolso y salir por la puerta.