Capítulo 30
Pasado
Miércoles, 12 de julio
Once años atrás
Traducido por Tati Oh
Corregido por ♡Herondale♡
Editado por Mrs. Carstairs~
El verano de Healdsburg había pasado del cálido y húmedo zumbido de las abejas, bayas, y la luz solar a la presencia de arroyos secos de superficie quebradiza e incesante calor. A medida que pasaban los días, también parecía que empezábamos a avanzar más lentamente. Ningún lugar era lo suficientemente fresco, a excepción del río o el armario. Pero incluso nuestro azul y estrellado santuario había comenzado a sentirse claustrofóbico. Elliot era tan alto; que parecía ocuparlo en toda su extensión. Y a sus casi dieciocho años, vibraba con intensidad sexual: me sentía demasiado llena de energía tratando de no tocarlo. Pasaríamos las mañanas vagando por el bosque cerca de nuestras casas, y las tardes caminando por la carretera o en bicicleta en busca de un helado… pero siempre terminábamos en el armario de todos modos, tirados en el suelo, mirando las estrellas pintadas.
—La escuela comenzará pronto —dije, mirándolo—. ¿Estás emocionado?
Elliot se encogió de hombros
—Seguro.
—¿Te gustan tus clases en Santa Rosa?
Me miró con el ceño fruncido.
—¿Por qué preguntas eso ahora?
Estaba justo pensando en ello. Sobre la escuela que comenzaba en otoño y en cómo se acercaba el fin del bachillerato. En lo que él y yo haríamos cuando eso sucediera, y si terminaríamos viviendo más cerca el uno del otro.
Viviendo el uno con el otro.
—Solo estaba pensando, es todo —dije.
—Sí, supongo que estoy emocionado de estar mucho más cerca de terminar. —dijo—. Y las clases en SRJC están bien. Ojalá hubiera decidido en su lugar asistir a California por un par de días de a semana.
—¿Tenías esa opción? —pregunté, sorprendida.
Se encogió de hombros. Un obvio Sí.
—¿Vas al baile de graduación de otoño con Emma? —pregunté, volviendo a garabatear en mi cuaderno.
—Macy. ¿Qué? —Pareció desconcertado y luego se rio con fuerza—. No.
—Bien.
—¿Quieres ir conmigo? —preguntó.
—¿Quieres que yo vaya a un baile de la escuela contigo?
—¿Sí? ¿No? Después de toda nuestra charla sobre la forma correcta de combinar nuestras vidas de fin de semana con nuestra vida cotidiana, no estoy seguro de cuál es la respuesta correcta —dijo, haciendo una mueca de dolor—. Pero si no vas conmigo al baile, probablemente no iré.
—¿En serio? —pregunté, con el corazón latiendo fuertemente—. Porque no quiero ir en busca de la mirada asesina de todas las chicas a las que les gustas, pero no quiero que vayas y te vean sin mí tampoco.
Sacudió la cabeza, riendo.
—No es así.
—¿Entonces Emma ya no te envía correos electrónicos todo el tiempo?
—Ya no.
—Mentira.
—No lo hace. —Sostuvo mi mirada fijamente—. Ella no me gusta, es solo algo que imaginó.
Le ofrecí un tímido movimiento de pestañas
—No estoy celosa.
—Claro que no.
Justo en ese momento, su teléfono sonó, lo miró, leyó un mensaje de texto y luego lo empujó de vuelta a su bolsillo. Se veía muy culpable.
—Esa era Emma —supuse.
—Sí. —Recogió una pelusa inexistente de sus pantalones—. Es como si el universo quisiera que justo ahora me viera como un mentiroso.
—¿Qué decía?
—Nada interesante. —Se rio ante mi expresión de escepticismo—. Te juro que nunca me envía mensajes de texto
—Si no es interesante, ¿por qué no me cuentas?
Me miró.
—Me preguntó si quería pasar un rato con ella
—¿Eso es todo?
—Sí.
—Bueno, entonces pásame tu teléfono. Le diré que estás ocupado
Él sonrió con suficiencia.
—¿Incluirás la parte en la que estás actuando como una loca celosa?
Le di la espalda y cerré los ojos.
—Como quieras.
—O podríamos tomar un par de fotos de tus bubis y, accidentalmente enviárselas.
—Jesucristo. Dame el teléfono.
Intenté alcanzarlo, pero su brazo largo como el de un mono, lo mantuvo fácilmente alejado de mí y terminé cayendo encima de él en su lugar, mis bubis completamente sobre su cara. Hizo un sonido de silenciosa felicidad y soltó una serie de palabras inentendibles, empujando toda su cara contra mi pecho.
Grité, retrocedí y lo empujé para escapar.
—¡Pervertido!
Elliot me agarró de la cintura y me giró mientras se sentaba, tirando de mí hacia su regazo y haciéndome cosquillas con sus largos y juguetones dedos, hurgando entre mis costillas.
Jadeé y sonreí, me retorcí mientras me hacía cosquillas, reí y apreté su brazo alrededor de mi cintura hasta que rodó sobre mí.
Me sujetó suavemente; sus caderas encajaban perfectamente entre mis piernas.
Nos quedamos paralizados, sin aliento, mirándonos el uno al otro.
Tenía diecisiete años, pero nunca antes había sentido algo así. Él estaba excitado, presionándose contra mí.
De pronto, el ambiente se sentía completamente diferente al juguetón de hacía un minuto.
Elliot miró mi boca y luego mi cara otra vez. Quería decir algo, bromear sobre la erección en sus pantalones, cualquier cosa. Pero mi garganta se sentía apretada, mi cara ardía.
Con un codo apoyado en mi cabeza, susurró quietamente «perdón» y comenzó a separarse de mi cuerpo.
Lo detuve con mi pierna alrededor de su muslo, y sus ojos volvieron a los míos.
—Quédate —susurré.
Creo.
…Creo que debe haber sido mi subconsciente quien habló, porque realmente no quería que se levantara. Estaba obsesionada con lo que había debajo de los botones de sus jeans, y más que eso, quería saber si… bueno, quería saber qué podría ocurrir.
Tragó saliva audiblemente.
—Está bien.
Rodé mis caderas hacia arriba, viendo cómo su boca se abría y sus ojos se cerraban.
Se movió hacia adelante y hacia atrás, presionando su dura longitud contra mí, una y otra vez. Su respiración era más intensa, soplando sobre el pelo en mi cuello, y luego su mano agarró mi pierna y contuvo la respiración, comenzamos a frotarnos fervientemente… al mismo tiempo. Mi cuerpo era todo instinto, a la caza de algo familiar, a la distancia.
Dios mío, ¿qué estábamos haciendo?
Pasé mis manos por su espalda. Si lo pensaba demasiado, lo arruinaría.
Este era Elliot.
Este era mi Elliot.
Puse mis manos alrededor de su camiseta, pensé las cosas más extrañas, cómo se sentía su peso sobre mí, quería besarlo, pero no quería alejar mi atención ni un poco del sentimiento que se acumulaba en mi interior… y luego di un giro preguntándome si estaba imaginando todo esto.
Estábamos teniendo sexo con la ropa puesta.
Él estaba tan callado, aunque supongo que yo también lo estaba, atenta a alguna pista que me diera un indicio de lo que estaba pensando.
Necesitaba más. Lo necesitaba. Nunca antes había sentido ese tipo de calor en mí, ni siquiera cuando pensaba en él. Era una fiebre que recorría toda mi piel y una fuerte urgencia en mi vientre. El calor de su boca aterrizando en mi cuello sacaba pequeños e indefensos sonidos de mí. No estaba chupando ni lamiendo, solo presionando su boca allí, poniendo su respiración más cerca de mi oído para que pudiera escuchar su reacción con cada aguda exhalación.
Dejó escapar un gruñido, y me apreté contra él, frotándome, más cerca. Escuché el sonido que hice, la apretada súplica que exigía más rapidez desgarrándome.
Con un fuerte agarre, se detuvo con una mano en mi cadera.
—Mierda —dijo—. Espera. Mierda.
De repente se apartó, se puso de pie. Me senté, emanando palabras torpes por mis labios, pero Elliot ya estaba en la puerta.
¿Qué acababa de suceder?
¿Él…? ¿O simplemente se dio cuenta de lo que yo había comenzado a sentir y se asustó? Al final, ¿Elliot realmente quería ser mi novio, o estaba equivocado al respecto?
Me precipité con pánico.
«Así es como empieza. Así pasa la amistad, de ser perfectos y mejores amigos, a nada más que extrañas y sucias miradas de un extremo al otro en el patio».
Me senté sola en el armario durante una hora, mirando las páginas de algún libro que deslicé desde la gran estantería y no leí una sola palabra.
Contaría hasta mil, luego iría a su casa y le pediría disculpas.
«Uno… dos… Tres…».
«Veintiocho… veintinueve…».
«Doscientos trece…».
—¿Qué estás leyendo? —Su voz vino desde la puerta, pero en lugar de entrar y sentarse a mi lado, se quedó allí, apoyado contra el marco.
—¡Hola! —dije demasiado alegremente, mis ojos miraban a cualquier lado menos a los suyos. Noté que se cambió de ropa. Mi cara se encendió y baje la mirada, observando el libro en mis manos. Las letras del título nadaron lentamente hasta formar una sola palabra y la señale sin convicción—. Um, empecé a leer Ivanhoe.
Cuando alcé la mirada, la confusión cruzó su rostro como un parpadeo, y dio un paso al interior.
—¿En serio?
—Sí —dije lentamente, mirándolo entrar en la habitación. Su labio se curvó en una sonrisa casi burlona—. ¿Por qué lo dices así? Lo has leído al menos unas cincuenta veces.
—Es solo que parece que ya estás a la mitad. —Rascándose la sien, añadió en voz baja—. Eso es impresionante
Parpadeé ante la página que había abierto al azar.
—Oh.
El ambiente era tenso e incómodo entre nosotros y eso me dolía. Quería preguntarle si lo había avergonzado o alguna otra tontería. ¿Le había hecho daño?
—¿Macy…? —comenzó, y yo conocía ese tono de voz. Esa voz era una voz de decepción.
Traté de reír, pero salió algo como un grito ahogado, intentando ser casual, pero perdiendo por kilómetros de distancia.
—Me siento mortificada, Elliot, en serio. Lo siento mucho. No hablemos sobre esto.
Elliot asintió con la cabeza, con los ojos fijos en el suelo.
—Seguro.
—Siento haberlo hecho, ¿Está bien? —susurré con la mirada gacha.
—¿Qué? Macy, no...
—Nunca volverá a suceder, lo juro. Solo estaba jugando. Sé que he sido partidaria de no estemos juntos porque eso podría arruinar las cosas, y luego hice esto. Lo siento mucho.
Sacó un libro del estante y volví a mirar Ivanhoe, ahora desde el comienzo, y leí durante dos horas, pero apenas entendí una palabra. Culpé a mi estado de ánimo. La sola idea de que pude haberlo herido, o avergonzado, o haberlo hecho enojar, me carcomía como una gota de ácido en las entrañas. Aumentó, me mordió y, finalmente, me causo un retorcijón por dentro que me hizo sentir enferma.
—¿Ell..?
Miró hacia arriba, su mirada se suavizó de inmediato.
—¿Sí?
—¿Te lastimé?
Una esquina de su labio se arqueó en una sonrisa mientras luchaba por no reír.
—No.
Exhalé, por lo que se sintió la primera vez en las últimas horas
—De acuerdo, está bien.
Abrí la boca y la volví a cerrar, sin saber qué más decir.
Dejó su libro y se acercó.
—No me hiciste daño. —Buscó mi mirada, expectante—. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
Vi como sus cejas se levantaban lentamente, y luego sonreía con esa astuta y sexy sonrisa…
—Quieres decir que tú… —Hice un movimiento circular con la mano y él se rio.
—Sí… —Imitó el movimiento, sus ojos se burlaban.
Mi corazón se convirtió en un victorioso monstruo en mi pecho, agitado por salir.
Lo había hecho acabar.
—Estaba tratando de asegurarme de que acabaras primero —admitió en voz baja—, pero el sonido que hiciste… cuando me pediste que me moviera más rápido… —Tragó saliva, levantando un hombro en un silencioso «Oh, bueno».
—Oh. —Lo miré, luchando por no sonrojarme—. Lo siento.
—Macy, no te sientas así. Te digo que fue muy sexy. —Miró mis labios y su expresión se volvió seria otra vez—. Es difícil para mí, a veces, que no estemos juntos. Nunca sé dónde están los límites. Quiero cruzarlos todo el tiempo. Nos hemos besado y tocado, pero luego volvemos a ser solo amigos y es confuso. ¿Lo que hicimos hoy? No sentí que fuera suficiente para mí. —Alzó sus manos, con los ojos muy abiertos—. No quiero decir que tengas que hacer más. Solo que, quiero todo contigo. Pienso en eso todo el tiempo.
Pensé en lo mucho que yo también quería eso. Y como, antes, quería mucho más que su cuerpo sobre el mío, nuestra ropa entre nosotros. Le habría dado todo, hoy. Y, aun así, las palabras que salieron fueron
—Pero moriría sin tu amistad.
Sonrió y se inclinó para besar mi mejilla.
—También yo.