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Chapter 29

Capítulo 23


Capítulo 23

Presente

Sábado, 14 de octubre

Traducido por Nicola♡

Corregido por ♡Herondale♡

Editado por Lyn♡ y Roni Turner

Sean deja sus llaves en el cuenco junto a la puerta y se saca sus zapatos, gimiendo felizmente.

—¿Hambrienta, Applejack? —le pregunta a Phoebe, y los dos desaparecen en la cocina.

Pongo sus zapatos uno al lado del otro en el pequeño estante cerca de la puerta y cuelgo nuestras chaquetas en los ganchos. Sus voces hacen eco en el pasillo; Phoebe está trabajando obstinadamente en que su papá le consiga una mascota, cualquier mascota: rana, hámster, pájaro, pez.

Honestamente estoy muy insegura de cómo sentirme. Sean y yo tuvimos un comienzo como un huracán, y fácilmente caímos en una rutina doméstica, pero esa rutina realmente solo implica que comparta su cama y nuestros horarios rotando en torno al otro como engranajes bien engrasados.

Trasladé las cosas que creí necesarias de la casa de Berkeley, pero todavía está, en su mayoría, llena y totalmente deshabitada, mientras vivo ahí. Sean dice que ama tenerme en su cama. Phoebe siempre parece feliz de verme. Pero me doy cuenta observándolo hoy, que, de hecho, no lo conozco tan bien. Él y Phoebe tienen su propia dinámica. Pero quiero ser parte de esto, necesito hacerme parte en ello.

—¿Quieren que prepare la cena? —pregunto, yendo detrás de ellos. Ambos están mirando hacia arriba desde donde están, buscando en el refrigerador, contemplándome sin comprender—. Pasta —digo, fingiendo un insulto—. Creo que puedo manejar la pasta.

—¿Estás segura? —Phoebe sigue sin estar convencida.

—Estoy segura, cabeza de chorlito —digo, besando su mejilla.

Chilla, huyendo de la habitación y Sean va a la despensa, agarrando una caja de pasta y un tarro de salsa para mí.

—¿Necesitas ayuda?

—Puedes hacerme compañía. —Señalo hacia la barra del desayuno, instándolo silenciosamente a que tome asiento y me hable. Para que me ayude a mitigar este sentimiento punzante en mi pecho de que él y yo nunca vamos a conseguirlo. Nunca hemos tenido en realidad tiempo libre los fines de semana, y tengo una desgarradora sospecha de que esa es la razón por la cual somos básicamente desconocidos fuera de la cama.

Se sienta, leyendo a través de los correos electrónicos en su celular mientras pongo a hervir agua.

«Me quiero casar con este hombre; quiero que él se quiera casar conmigo».

«Me gusta estar con él».

«Me gusta su trasero en esos jeans».

—¿Te divertiste hoy? —pregunto, manteniendo mi voz suave.

—Sí.

Desliza, desliza.

El tarro de salsa se abre con un satisfactorio pop y la marinara se derrama en la sartén que he puesto sobre la estufa. Sean mira hacia el sonido, ligeramente asqueado.

—¿Te gustó conocer a todos? —pregunto—. Les caíste bien.

Quita los ojos de la estufa y encuentra los míos, sonriendo como si supiese que estoy mintiendo.

—Claro que sí, cariño, son geniales.

Su tono es tan displicente, tan desinteresado, que quiero golpearlo en la frente con el bote vacío. Quiero rogarle que se encuentre conmigo a medio camino. En vez de eso, lo enjuago brevemente y lo dejo en la papelera de reciclaje. La irritación que siento por su culpa hormiguea en mi piel como un sarpullido.

—Trata de no sonar tan entusiasmado.

—¿Qué quieres decir? —pregunta, ligeramente brusco con tono defensivo—. Estuvo bien, Mace, pero son tus amigos, no los míos.

—Bueno, eventualmente ellos se podrían convertir también en tus amigos —le digo—. ¿No es eso lo que hacen las parejas? ¿Compartir cosas? ¿Fusionar sus vidas?

Me doy cuenta, en este momento, de que nunca habíamos discutido. Ni siquiera sé cómo luce estar en desacuerdo. Coincidimos por un total de aproximadamente una hora despiertos por día. ¿Cuán desastroso sería calcular el número de horas que hemos pasado juntos? ¿Nos importa lo suficiente como para discutir?

Mi teléfono vibra en la encimera, y lo tomo, leyendo el mensaje de Sabrina.

Hola linda, siento si fui muy dura sobre ya sabes qué.

Me doy cuenta de que no debería estar respondiendo ahora pero, si no tomo este pequeño respiro, soy propensa a decirle a Sean algo de lo que me podría arrepentir. Inhalo profundamente y tipeo una respuesta.

Está bien.

¿Quizá podríamos almorzar la siguiente semana?

Puedo traer a Viv a la ciudad.

¿Así puedes organizar una intervención?

Contesta con una serie de emoticonos de ojos de corazones y me doy cuenta de que su disculpa de apertura solo era una artimaña para ablandarme para poder tener más de la misma conversación. El momento es, como siempre, perfecto. Dejando mi celular boca abajo en la encimera, miro hacia Sean, determinada a salvar esto, hacer planes, hacer algo.

—¿Qué tan ocupada va a estar tu semana? —pregunto.

—Bastante tranquila. Quizás lleve a Phoebe al Exploratorium. Pensaba en acampar un par de noches, quizá. —Se encoge de hombros, señalando la estufa—. El agua está hirviendo.

—No necesito refuerzos aquí, señor —digo, intentando bromear—. Puedo con esto.

—¿Quieres que haga una ensalada o algo? —Dirige su atención al refrigerador, indicando que hay cosas que se pueden encontrar ahí.

—¿Te tranquilizaría hacerlo?

—Da igual —dice, mirando nuevamente a su celular—. Solo que no quiero puros espaguetis y una salsa simple para cenar, eso es todo.

Lo contemplo por unos silenciosos segundos. Quiero decir, un «gracias» haría maravillas ahora.

—Claro que no.

Con eso, me giro para conseguir la lechuga y vegetales del refrigerador.

❀~✿ ❀~✿ ❀~✿ ❀~✿

En la cama más tarde, Sean se acurruca más cerca, murmurando en mi cuello.

—Mmm, cariño, hueles bien.

Miro al techo, intentando descifrar lo que quiero decir. Organicé un picnic en mi día libre, dándole una oportunidad para que conociera a mis amigos, y él apenas habló con alguno de ellos sobre sus vidas, sus trabajos, sus intereses. Regresamos a casa y me ofrecí para cocinar, comió en silencio, acurrucado al otro extremo de la mesa con Phoebe, ayudándola a dibujar un unicornio.

Phoebe me lo mostró orgullosa después de la cena, pero aparte de eso, fue como si ni siquiera estuviera ahí.

¿Siempre había sido así, y simplemente no lo noté porque estaba tan feliz de ser incluida en su dúo, y estaba tan ocupada que no había nada más apremiante en qué pensar? ¿Era un gran alivio tener algo solucionado, no sentir nada, ni culpa o amor, miedo o incertidumbre, que solo dejé que esta rutina se convirtiera en mi futuro?

¿O algo había cambiado desde que Elliot regresó al panorama, y no importa cuánto lo niegue Sean, eso ha creado un surco en nuestra fácil, simple y pequeña vida?

Sean deja un camino de besos en mi clavícula y sube hasta mi cuello. Está duro, empuja sus calzoncillos, listo para empezar, y quizá nos hayamos dicho tres palabras el uno al otro en las últimas dos horas.

—¿Te puedo preguntar algo? —digo.

Él asiente, pero no detiene su avance hacia mi quijada, a mi boca.

—Lo que sea —dice, hablando en un beso.

—¿Estás emocionado de casarte nuevamente?

Él toca el espacio entre nosotros, persuadiendo a mis piernas a separarse como si planease responder a esta pregunta después de que empiece a tener sexo conmigo. Pero me alejo y él suspira, recostándose en mi cuello.

—Claro, cariño.

Me frustro un poco ante esto.

—¿Claro, cariño?

Con un quejido, Sean se gira a mi lado.

—¿No es eso lo que quieres? Quiero decir —dice—, he estado casado. Sé las cosas buenas y las cosas malas que vienen con ello. Pero si es lo que quieres…

Lo detengo, levantando una mano.

—¿Recuerdas cómo pasó?

Piensa por un instante.

—¿Quieres decir la noche en la que lo hablamos?

Asiento, aunque «la noche en la que lo hablamos» no es la descripción más apropiada. Después de una noche divertida en el cine con Phoebe, nos habíamos arropado en su cama, luego Sean me llevó a su habitación, hizo de mí una mujer satisfecha y entonces murmuró «Phoebe piensa que deberíamos casarnos» antes de dormirse entre mis senos.

Él lo recordó a la mañana siguiente y me preguntó si lo había escuchado.

Confundida al principio, finalmente dije:

—Te oí.

—Por Phoebe —dijo él—. Si vamos a hacer esto, quiero hacerlo bien.

No tuvimos tiempo para hablar de ello entonces porque tenía que irme para el hospital, pero las palabras parecían hacer un bucle en mi mente como una canción todo el día. «Si vamos a hacer esto, quiero hacerlo bien».

Mirando en retrospectiva, todo lo que puedo recordar es el alivio abrumador que sentí ante la perspectiva de tener un poco de mi vida resuelta con tanta conveniencia. No había nada caótico o turbulento en ello. No había máximos maníacos con Sean, pero tampoco había mínimos llenos de angustia. Sean era sencillo, y él y Phoebe eran una familia a la que podía… unirme. Pero en retrospectiva y con el fuerte contraste a la intensidad de emociones que siento alrededor de Elliot, casi parece descabellado que viniese a casa más tarde y le dijese a Sean un entusiasta sí.

Ciertamente no hemos hecho muchos planes desde entonces. Todavía no hemos escogido un anillo, probablemente porque ambos nos dimos cuenta de que, después de todo, Phoebe no parecía estar tan preocupada por la mujer en su casa, y en si esa mujer se iba a convertir en su nueva mami.

La única persona que constantemente pregunta en qué etapa estamos con la boda es Sabrina, y ella es la única persona que ha dicho directamente que cree que todo esto es una farsa.

Sean pasa una mano sobre mi cadera.

—Cariño, creo que necesitas averiguar qué es lo que quieres.

Lo miro a los ojos.

—¿Lo que yo quiero?

—Sí —dice, asintiendo—. Yo, Elliot, ninguno de los dos.

¿Y quién hace esto? ¿Quién está tan inalterado por la potencial pérdida de su prometida que puede sugerir que reflexione muy bien sobre esto mientras casualmente acaricia mi cadera, sugiriendo que nuestra relación puede terminar pero el sexo puede seguir?

—¿Te importa que las cosas estén tan raras entre nosotros?

Sean aleja su mano, cerrando sus ojos con otro largo suspiro.

—Por supuesto que me importa. Pero he pasado por estos vaivenes y no puedo dejar que me dominen. No puedo controlar lo que estás sintiendo.

Y entiendo que lo que él está diciendo es la reacción ideal a la situación en la que estamos, es la versión de libro de texto equilibrada de esta conversación tan difícil, ¿pero es así como en realidad funciona el corazón humano? Le dices que se relaje y, ¿se relaja?

Lo contemplo, con su brazo sobre sus ojos, y estoy tratando de encontrar un destello de algo más grande, de una emoción que me consuma. Hago lo que solía hacer con Elliot algunas veces: imagino a Sean de pie, saliendo por la puerta y sin regresar jamás. Con Elliot, mi estómago reaccionaría como si hubiese sido golpeado.

Con Sean, siento un vago alivio.

Pienso nuevamente en el rostro de Elliot cuando le dije que estaba comprometida. Pienso en su rostro ahora: el anhelo ahí, el diminuto aguijón de dolor que veo en sus ojos cuando giramos para dirigirnos cada uno a una dirección contraria. Once años después y él aún siente dolor por lo que tuvimos.

Estoy aterrada por lo que estoy sintiendo: me siento como si acabara de despertar. Pensé que no quería intensidad pero la verdad es que estoy desesperada por ella.

Miro a Sean y se siente como si estuviera en cama con un ligue de una noche.

Levantándome, salgo.

—¿A dónde vas? —pregunta.

—Al sofá.

Me sigue afuera.

—¿Estás enojada?

Dios, esta es la situación más extraña en la historia de las situaciones extrañas, y Sean está tan… calmado. ¿Cómo terminé aquí?

—Creo que tienes razón —digo—. Quizás sí necesito averiguar qué es lo que quiero.