Capítulo 22
Pasado
Sábado, 9 de julio
Doce años atrás
Traducido por ♡Herondale♡
Corregido por Nea
Editado por Lyn♡ y Roni Turner
Estábamos acostados en el piso sobre su cochera, disfrutando del sol. Era la rutina de las vacaciones de verano que teníamos desde hacía casi dos semanas: nos encontrábamos en el techo a las diez, almuerzo a medio día, nadábamos un poco en el río y nos íbamos a casa con nuestras respectivas familias por el resto de la tarde.
Por mucho que le agradara mi compañía, papá amaba el silencio que venía con la soledad. O, a lo mejor, su hija adolescente era un alien desgastante para él. De cualquier forma, parecía contento con dejarme hacer lo que yo quisiera, con los chicos Petropoulos al menos, hasta que los bichos nocturnos empezaban a cantar con el anochecer.
Andreas estaba a un lado mío, Elliot al otro. Uno de los hermanos jugaba a algo en su PSP, el otro leía a Proust.
—Es imposible que ustedes dos sean parientes —murmuré, pasando la página de mi libro.
—Él es un perdedor —se burló Andreas—. No hay nada que hacer.
—Él es un cabeza de chorlito —dijo Elliot y después me hizo una mueca—. Controlado por su…
Un claxon sonó abajo en la entrada y los tres nos sentamos para ver un Pontiac destartalado rodar por el camino de entrada hasta detenerse en la grava.
—Oh —dijo Elliot, me miró y se puso de pie, saltando—. Mierda, mierda. —Giró haciendo un semicírculo, acomodando su cabello y luciendo como si fuera a entrar en pánico, después trepó por la ventana hacia la sala de estar. Un minuto después apareció en la entrada. Una chica salió del coche y le entregó a Elliot un paquete con unos papeles.
Era de estatura promedio, de cabello negro cortado a la altura de la mandíbula y cara usual pero bonita. Vagamente familiar. En forma, pero no marcada. Con pechos.
Grité internamente.
Le dijo algo a Elliot y él asintió, luego volteó a donde Andreas y yo estábamos sentados mirándolo.
—¿Quién es ella? —le pregunté a Andreas.
—Una chica de la escuela llamada Emma.
—¿Emma? ¿La chica del baile, Emma? —Mis entrañas se congelaron—. ¿Le gusta?
Andreas miró mi cara y se rio.
—Oh, esto va a estar bueno.
—No, Andreas, no… —siseé desesperada.
—Elliot —gritó ignorándome—. ¡Trae a tu novia aquí para que pueda conocer a tu otra novia!
Cerré mis ojos y gruñí.
Cuando volví a mirar hacia la entrada, Emma me estaba mirando, inspeccionándome, con los ojos entrecerrados. Elliot también me estaba mirando con expresión aterrorizada, con los ojos abiertos, y después volteó a verla.
Saludé. No planeaba jugar a este mezquino juego.
Ella me saludó de vuelta.
—Soy Emma.
—Hola, soy Macy.
—¿Te acabas de mudar?
—No —respondí—, vivo en la casa de al lado algunos fines de semana y durante las vacaciones.
—Elliot nunca te ha mencionado.
Elliot volteó a verla en shock, por la expresión en su cara pude intuir que le había hablado de mí varias veces. Bueno. Aparentemente Emma sí iba a jugar a este mezquino juego.
—Es mi mejor amiga, ¿recuerdas? —escuché a Elliot decirle rígidamente—. Va a la preparatoria Berkley.
Emma asintió y volteó a verlo nuevamente, poniendo su mano en su brazo y riendo de algo que le susurró. Él sonrió, pero era una expresión tensa y cortés.
Me recosté nuevamente en la cobija, ignorando las náuseas que sentía en mi estómago. Sus palabras de la semana pasada, cuando había estado al filo del sueño en el techo y había admitido en voz baja que conmigo se sentía él mismo más que con cualquier otra persona, rondaban por mi cabeza.
Le había dicho que yo me sentía igual. Durante el año escolar, mis días eran un borrón de horas que se entrelazaban en un remolino de tareas, natación y momentos en los que me recostaba, esperando que todo lo que había introducido en mi cerebro ese día no se deslizara sobre mi almohada en la noche. De alguna forma, el tiempo que estaba lejos de él, se sentía como ir al trabajo y los fines de semana y las vacaciones eran como volver a casa, relajarme, estar con Elliot y papá, ser yo misma. Pero, cosas como estas pasaban y me hacían recordar que la mayor parte de la vida de Elliot transcurría sin mí.
Varios minutos pasaron antes de que escuchara el carro encenderse y partir. Momentos después, Elliot estaba trepando por la ventana de vuelta al techo. Inmediatamente metí mi nariz en mi libro.
—Relájate, Ell —dijo Andreas.
—Cállate.
Sus pies se hicieron visibles frente a mi libro y pretendí estar muy interesada como para darme cuenta.
—Oye —dijo con calma—. ¿Quieres ir por un bocadillo?
Continué con mi pseudo lectura.
—Estoy bien.
Se arrodilló a mi lado, contorsionándose para encontrar mis ojos. Podía ver la disculpa escrita en su cara.
—Ven adentro, aquí el calor es sofocante.
En la cocina, sacó una jarra de limonada y dos vasos, y procedió a hacernos unos sándwiches. Andreas no nos había seguido al interior y la casa estaba fresca, oscura y silenciosa.
—Emma parece adorable —dije secamente, aventando un limón sobre la mesa. Se encogió de hombros—. Ella es a la que besaste en el baile de graduación, ¿verdad?
Levantó la mirada y se acomodó los lentes sobre la nariz.
—Sip.
—¿Y aún la besas?
Volviendo su atención a los sándwiches, esparció la mantequilla de cacahuate en el pan y puso la mermelada antes de responder.
—No.
—¿Estás mintiendo por omisión?
Cuando encontró mi mirada nuevamente, sus ojos estaban entrecerrados.
—La he besado algunas veces, sí. Pero no sigo besándola.
Sus palabras llegaron a mis oídos como ladrillos aventados desde un avión.
—¿La besaste en otras ocasiones aparte de la vez del baile de graduación de la primavera pasada?
Se aclaró la garganta, sonrojándose.
Idiota.
—Sí. —Se acomodó nuevamente los lentes—. Dos veces más.
Sentí como si me hubiera tragado un cubo de hielo dentado. Algo frío y pesado se alojó en mi pecho.
—Pero, ¿no es tu novia?
Sacudió su cabeza con calma.
—No.
—¿Tienes novia? —Me pregunté por qué le había preguntado eso. ¿Acaso no me habría contado? ¿O habría pasado tiempo con ella durante las vacaciones en lugar de conmigo? Siempre había sido honesto, pero ¿me contaba todo?
Bajó el cuchillo y armó nuestros sándwiches antes de voltear a verme con una sonrisita.
—No, Macy. He estado contigo todos los días desde que empezaron las vacaciones. No habría hecho eso de haber tenido novia.
Quería aventarle el limón a la cabeza.
—¿Me contarías si la tuvieras?
Elliot pensó en su respuesta antes de contestarme, sus ojos fijos en los míos.
—Eso creo. Pero, si te soy honesto, ese es uno de los temas de los que nunca estoy seguro de cuándo contarte.
Aunque una gran parte de mí sabía a qué se refería, seguía odiando su respuesta.
—¿Alguna vez has tenido novia?
Parpadeando, regresó su atención a los sándwiches.
—No. Al menos no técnicamente.
Hice rodar nuevamente el limón y este cayó al suelo. Se agachó para recogerlo y me lo entregó.
—Mira Macy, supongo que lo que estoy tratando de decir es que nunca me gustaría escuchar que me contaras que besaste a alguien, pero no significó nada, y besar a Emma no significó nada para mí. Esa es la razón por la que nunca te lo dije.
—¿Y para ella, significó algo para ella?
Su encogimiento de hombros dijo todo lo que su silencio no.
—Probablemente no sea de mi incumbencia —dije—, pero yo sí quiero saber esas cosas. Se sintió raro no saber que tenías algo con ella.
—No tenemos nada.
—¡La besaste en repetidas ocasiones!
Asintió.
—¿Nunca has besado a alguien?
—No.
Se detuvo con el sándwich a medio camino entre el plato y su boca.
—¿A nadie?
Negué con la cabeza, dando una mordida y rompiendo el contacto visual.
—Te lo habría contado.
—¿De verdad? —preguntó.
Asentí, con la cara hirviendo. Tenía dieciséis y nunca había besado a nadie. Su «¿a nadie?» hacía eco en mi cabeza, y me sentía completamente patética.
—¿Qué hay de Donny? O… ¿Cuál es su nombre?
Lo volteé a ver y le lancé una mirada tensa. Él sabía el nombre de Danny.
—¿Danny?
Sonrió, atrapado.
—Sí, Danny.
—Nop. Ni siquiera a Danny. Como dije, te habría contado. Porque eres mi MEJOR AMIGO, idiota.
—Vaya.
Tomó un bocado gigantesco de su sándwich y me miró mientras masticaba.
Recordé todos los fines de semana que habíamos pasado juntos, todas las historias que me había contado de Christian siendo un maniático o Brandon que no tenía ninguna oportunidad con las chicas de su escuela. Recordé todas las anécdotas que me contaba de sus hermanos con sus respectivas novias y me pregunté por qué Elliot siempre era tan reservado con las suyas. Me desarmó. Me hizo pensar que a lo mejor no éramos tan cercanos como yo creía.
—¿Has besado a muchas chicas?
—A algunas —murmuró.
Algo dentro de mí se estaba rompiendo.
—¿Has hecho algo más que besarlas?
Su cara se tornó de un rojo más intenso y finalmente asintió, dando otra gran mordida para no tener que agregar nada más.
Mi mandíbula cayó lentamente. Esperé a que hubiera terminado de masticar y tomé un sorbo de limonada antes de preguntar:
—¿Qué tan lejos has llegado?
Se construyeron países, fueron a la guerra y se separaron en unos más pequeños antes de que Elliot contestara.
—Elliot.
—Sin brasier. —Se rascó la ceja y se acomodó los lentes nuevamente sobre la nariz con la punta de su dedo. Haciendo tiempo. Evadiendo el contacto visual—. Humm… y con una chica, que no es Emma, humm… su mano en mi bóxer.
—¿Hiciste qué? —Sentí cómo mis pupilas se dilataban—. ¿Con quién?
—Con Emma solamente fue sin brasier. Lo otro fue con esta otra chica, Jill.
Bajé mi sándwich, había perdido oficialmente el apetito. La cocina se encontraba en la parte más oscura de la casa a esa hora y de repente se sentía muy fría. Levanté mis manos y me froté los brazos desnudos.
—Macy, no te enojes.
—¡No estoy enojada! ¿Por qué lo estaría? —Tomé un sorbo de limonada, tratando de calmarme—. No soy tu novia. Solo soy tu mejor amiga, quien aparentemente no sabe nada de ti.
Dio un paso para rodear la barra del desayunador y se detuvo.
—Macy.
—¿Acaso estoy exagerando?
—No… —respondió y dio otro paso más cerca—. Definitivamente tendría esta reacción si supiera que un chico ha puesto sus manos dentro de tu falda.
—Creo que también tendrías esta reacción si eso hubiera pasado y yo nunca te lo hubiera contado.
Pareció considerar mis palabras.
—Como dije, depende. Me sacaría de onda, sí, así que definitivamente no me gustaría saberlo a menos que tú sintieras algo más que… una atracción pasajera.
—¿Eso fue Emma para ti? —pregunté—. ¿Una atracción pasajera?
Asintió.
—Absolutamente.
—¿Cuándo fue la última vez que tonteaste con alguien?
Él suspiró y recargó su cadera contra la barra.
—Si la situación fuera al revés, la Inquisición Española se quedaría corta contra tu interrogatorio —señalé—. Así que no me vengas con tus suspiros.
—Emma y yo salimos un poco en marzo y luego fuimos al baile de graduación en mayo, nos besamos el fin de semana siguiente, no significó nada. Fue como… —Se atragantó un poco con las palabras, mirando al techo—. Si nunca has besado a nadie, entonces es un poco difícil entender a qué me refiero, pero estábamos todos en el parque, y ella vino y simplemente pasó.
Hice una mueca ante sus palabras y él se rio incómodamente, encogiéndose de hombros.
—Jill es la prima de Christian. Estuvo de visita en diciembre y salimos una vez. No hemos hablado desde entonces.
Me deshice de la historia de Jill con un movimiento de mi mano.
—¿Así que no te gusta Emma?
—No de la manera que estás sugiriendo.
Aparté la mirada, tomando un minuto para calmarme. Me di cuenta de que habría sido muy dramático pero quería salir corriendo de la casa y hacer que me persiguiera rogando por mi perdón durante un día entero.
—Salgo con Emma porque ella está aquí —dijo calmadamente—. Tú estás en Berkeley y no estamos saliendo, además, estoy atrapado en este pequeño pueblito. ¿A quién más se supone que puedo besar?
Algo cambió dentro de mí en ese momento exacto, algo que nunca podría volver a como antes.
«¿A quién más se supone que puedo besar?».
Le di una mirada a sus manos gigantes y a su manzana de Adán. Dejé que mi mirada recorriera sus brazos musculosos que solían ser tan delgados y finos, sus piernas musculosas y bien formadas enmarcadas por sus pantalones. Miré el botón que mantenía cerrado el frente de sus jeans. Desvié mi mirada rápidamente hacia los cajones. A cualquier lugar excepto a ese botón. Quería tocar ese botón, poner mi mano sobre él y, por primera vez, me di cuenta de que no quería que nadie más lo tocara.
—No lo sé —murmuré.
—Entonces ven aquí —dijo con esa voz suave y calmada—. Bésame.
Mis ojos volaron a los suyos.
—¿Qué?
—Bésame.
Pensé que estaba bromeando, pero mientras procesaba la situación con Emma y la forma en la que lucía, él estaba apoyado en la barra, mirándome. Estaba un poco caliente por la forma en la que sus manos lucían tan grandes en ese momento, su mandíbula cuadrada… y el botón de sus jeans.
Caminé alrededor de la barra y me paré frente a él.
—Bien.
Se quedó mirándome, con una sonrisa jugueteando en sus labios, pero se enderezó cuando se dio cuenta de que hablaba en serio.
Presioné mis manos sobre su pecho y me acerqué. Estaba tan cerca que podía escuchar su respiración agitada, podía ver su mandíbula apretarse.
Fascinado, puso una mano sobre mis labios presionando dos dedos ahí, y me observó. Sin pensarlo, abrí mi boca y dejé que su dedo índice se deslizara dentro, entre mis dientes. Cuando gimió roncamente, pasé mi lengua sobre su yema. Sabía a mermelada.
Elliot lo sacó rápidamente. Parecía como si fuera a devorarme: mirada salvaje y demandante, los labios entreabiertos, su pulso bombeando con fuerza en su cuello. Y porque quería besarlo, lo hice. Me paré de puntillas, deslicé mis manos por su cabello y presioné mi boca sobre la suya.
Fue diferente a lo que había imaginado. Diferente a lo que podría —debo admitir— haber imaginado que sería. Era a la vez suave y firme, y definitivamente más atrevido. Un beso corto, otro, y después inclinó su cabeza, cubriendo mi boca con la suya. Su lengua trazó mi labio inferior y le dejé hacerlo, como por instinto abrí mi boca para que me probara.
Creo que probablemente eso fue lo que lo desarmó. Era cien por ciento mío. Y después de ese momento, todo se disolvió en una sola sensación, todo lo demás desapareció.
Todas las imágenes prohibidas que tenía de él, piel y fantasías, secretos que había guardado para mí misma, enterrados en mi cabeza y sabía, de alguna forma, que él estaba pensando lo mismo: lo bien que se sentía estar así de cerca… y a lo que podía llevarnos el tocarnos de esta forma.
Una de sus manos se movió de mi espalda a mi cabello, y creo que fue el peso de su mano lo que me detuvo de deslizarme al suelo. Pero cuando su otra mano se deslizó a mis costillas y más arriba, di un paso atrás.
—Perdón —dijo inmediatamente, como por instinto—. Mierda, Mace. Eso fue muy rápido, lo siento.
—No, es solo que… —dudé, mi boca de repente se llenó con palabras sobre las que no quería pensar, mucho menos decir—. Hacer eso puede no significar nada para Emma —dije, tocando mis labios donde hormigueaban—. Pero para mí, significa todo.