18

Chapter 26

Capítulo 20


Capítulo 20

Pasado

12 años atrás

Traducido por Nea

Corregido por Lyn♡

Editado por Banana_mou

La única razón por la que pasé el primer año, y la mayor parte del segundo, fue gracias a Elliot y a la voluntad de Papá de pasar casi todos los fines de semana en Healdsburg. Los fines de semana que pasábamos allí los dedicábamos a leer, a pasear por el bosque y en ocasionales salidas a Santa Rosa. Una vez, Elliot y yo incluso nos aventuramos juntos hasta un concierto en Oakland. Elliot era más familia que amigo pero, con el tiempo, se convirtió en más personal en algunas maneras que la familia, también.

Pero lo que toda esta cercanía significaba era que cada vez que nos perdíamos un fin de semana en la cabaña, las semanas intermedias parecían interminables. A los dos nos iba bien en escuela, pero yo odiaba las posturas sociales y la política de las amistades de la escuela secundaria. Nikki y Danny pensaban lo mismo y siempre eran cero dramáticos: pasábamos el almuerzo juntos todos los días como un grupo de marginados por elección, sentados en una parcela de hierba inclinada y observando cómo se desarrollaba la mayor parte del caos.

Pero después del colegio, Nikki se iba a pasar tiempo con su abuela, Danny se iba a casa a patinar con los niños de su calle, y yo llevaba a cabo mi rutina de los días de la semana que parecía casi un ritual: práctica de natación, deberes, comer, ducha, cama. El hecho de que no hiciéramos nada juntos fuera de la escuela dificultaba la formación de vínculos emocionales muy estrechos con ellos, pero los tres parecíamos extrañamente bien con ello.

A medida que se acercaba la primavera del segundo año, me di cuenta de que Elliot se estaba convirtiendo en algo más. No solo intelectualmente, sino también físicamente. Verlo solo los fines de semana y durante los veranos me hacía sentir como si estuviera viendo un vídeo en time-lapse de un árbol creciendo, una flor floreciendo, un campo brotando a lo largo del año.

—Palabra favorita. —Se movió en la pila de almohadas, moviendo los ojos sobre mí. Al parecer, se estaba poniendo al día.

Era el 14 de mayo y no había visto a Elliot desde el fin de semana de mi decimosexto cumpleaños en marzo, el tiempo más largo que habíamos pasado separados en casi dos años. Estaba... diferente. Más grande, de alguna manera más oscuro. Tenía lentes nuevos, gruesos y negros. Su pelo era demasiado largo, la camisa le apretaba el pecho. Sus vaqueros rozaban la parte superior de sus zapatillas negras. Entonces, los vaqueros eran nuevos.

—Temblar —dije—. ¿Tú?

Tragó saliva y respondió:

—Acerbo.

—Oh, buena. ¿Actualización? —Me acomodé, recogiendo un libro de Dickinson que Papá había dejado en mi cama.

—Estoy considerando aprender a patinar.

Le miré con los ojos muy abiertos.

—¿Como patinaje sobre hielo?

Me fulminó con la mirada.

—No, Macy. A andar en patineta.

Me reí por el énfasis que puso en la palabra, pero me detuve cuando me fijé en su expresión. En un pulso me pregunté si estaba aprendiendo porque sabía que era algo que Danny hacía.

—Lo siento, es que… tal vez solo tenías que decir «andar en patineta».

Asintió con fuerza.

—De todos modos. He ahorrado y estoy buscando patinetas.

Me mordí una sonrisa. El chico no tenía remedio.

—Tiene que haber una página web que tenga una jerga o algo así.

Ladeó la cabeza y entrecerró los ojos, molesto.

—Lo siento. Adelante.

—Además —dijo, mirando su camisa como si estuviera absorto con el dobladillo—, estoy tomando algunas de mis clases el próximo semestre en Santa Rosa.

—¿Qué? —jadeé—. ¿Santa Rosa como… en la universidad?

Asintió con la cabeza.

—¿Estando en el instituto? —Sabía que Elliot era inteligente, pero... seguía siendo solo alguien de segundo año, y ¿ya estaba calificado para los cursos de la universidad?

—Sí, lo sé. Biología y… —Parpadeó, de repente fascinado con algo en la esquina de la habitación.

—¿Biología y qué, Elliot?

—Algo de matemáticas.

—¿Algo de matemáticas? —Me quedé boquiabierta. ¿Ya había terminado la asignatura de Cálculo Avanzado? Miré mentalmente a mi inminente curso de Álgebra.

—Así que lo de la patineta es quizá para ayudarme a establecer vínculos con algunos de los estudiantes de mi grado.

La vulnerabilidad en su voz me hizo sentir como una enorme idiota.

—Pero estás con ellos todos los días en la escuela. ¿Verdad?

Se quedó callado, observándome.

—Sí, después de la escuela. En el almuerzo.

—Espera. ¿No estás en clases con niños de tu grado ahora?

—Solo en el salón de clases. —Tragó saliva e intentó una sonrisa—. He estado trabajando por mi cuenta en la escuela, pero voy a empezar este semestre en el SRJC14.

Miré el libro que tenía en la mano. Franny y Zooey. Estaba desgastado porque lo habíamos leído varias veces.

—¿Por qué no me dijiste que eras tan especial?

Se rio en voz baja ante mi pregunta y luego se convirtió en un ataque de risa.

—Lo siento —dijo, recuperando lentamente el aliento—. En realidad, no lo veo de esa manera.

Lo miré fijamente, tratando de entender por qué le parecía tan gracioso.

—Solo ha sido este semestre —explicó—. Y, no sé. —Miró hacia arriba y, de repente, parecía más viejo. Tuve una punzada preventiva por nuestras vidas en el futuro, preguntándome si estaríamos unidos así para siempre. La posibilidad de que no lo estuviéramos me repugnaba—. No me pareció lo más adecuado para incluir en un correo electrónico porque parece una especie de alarde.

—Bueno, estoy súper orgullosa de ti.

Se mordió el labio a través de una sonrisa.

—¿Súper?

—Sí. Súper. —Levanté la cabeza, moviendo la almohada—. ¿Qué más hay de nuevo?

—Hay un nuevo parque para «patinar». —Hizo comillas con los dedos y una pequeña sonrisa burlona—. Justo después del Safeway,15 aunque he estado aprendiendo en el maltrecho aparcamiento que hay detrás de la lavandería. Y, a ver... Brandon y Christian van a ir de excursión a Yellowstone durante un mes este verano con el padre de Brandon.

Sus dos amigos más cercanos.

—¿No vas a ir?

Negó con la cabeza.

—No. Christian ya está hablando de la cantidad de alcohol que va a esconder en su maleta y parece que es un desastre.

No presioné. Realmente no podía ver a Elliot haciendo senderismo en Yellowstone de todos modos.

—Continúa.

—Fui a un baile de graduación —murmuró.

El sonido de los neumáticos al detenerse resonó en mi cabeza. Tomar clases en un colegio menor parecía minúsculo comparado con la magnitud de esta omisión.

—¿Un baile de graduación? Pero si eres de segundo año.

—Fui con una junior.

—¿Era guapa? —Me tragué mi reacción más honesta y amarga.

—Ja, ja. Es de buen parecer. Se llama Emma.

Hice una mueca. Él la ignoró.

—«Buen parecer» —repetí—. Qué cumplido tan ruidoso.

—Fue bastante aburrido. Bailar. Puñetazos. Silencios incómodos.

Sonreí.

—Qué pena.16

Se encogió de hombros pero devolvió la sonrisa. No era una media sonrisa desanimada, sino una sonrisa completa y ansiosa. Pero se enderezó lentamente cuando mi expresión se ensombreció. Recordé el nombre de Emma y de la linda preadolescente de mejillas sonrosadas que aparecía en la foto de su tablón de anuncios.

—¿Te refieres a la misma Emma de la foto?

Se encogió de hombros de forma deliberadamente despreocupada.

—Sí. Nos conocemos desde siempre.

Desde siempre. Se me revolvió el estómago.

—¿Tuviste suerte? —pregunté, manteniendo mi tono ligero.

Sus ojos se entrecerraron y negó con la cabeza.

—No... No estoy seguro de que me guste así.

¿No está seguro?

—¿Importa eso para los chicos?

Siguió mirándome fijamente, confundido.

—¿La besaste?

Sus mejillas se sonrosaron y tuve mi respuesta.

Elliot había besado a alguien.

Tal vez había besado a muchas.

Quiero decir, por supuesto que sí. No todo el mundo era tan exigente y socialmente atrofiado en el juego del romance como yo. Elliot iba a cumplir diecisiete años en cuestión de meses. Parecía casi ridículo que me imaginara que él era inocente como yo. Estaba segura de que había hecho mucho más que besar. Mi sangre parecía agriarse dentro de mi pecho y dejé escapar un pequeño gruñido en mi regazo.

—¿Por qué estás tan enfadada de repente? —preguntó en voz baja.

Yo mantuve la cabeza baja.

—No lo sé.

Después de todo, Elliot era solo mi amigo.

Mi amigo de siempre.

—¿Cuál es tu actualización? —preguntó.

Volví a mirar hacia arriba, con los ojos brillantes.

—Tuve mi primer orgasmo.

Sus cejas se levantaron, su cara se puso roja y su boca formó un centenar de formas diferentes antes de hablar.

—¿Qué?

—Oh. Dios. Um.

—Tienes... dieciséis años. —Pareció darse cuenta al mismo tiempo que yo de que esa no era realmente una edad tan escandalosa.

—¿Quieres decir que es vergonzoso ser tan mayor?

Dejó escapar una risa nerviosa.

—Además —dije, mirándole—, has tenido uno. Probablemente muchos y muchos pensando en dragones.

Su cuello se puso de un brillante rojo y se sentó, deslizando sus manos entre sus rodillas.

—Pero... solo por mí mismo.

Sus palabras me hicieron sentir un frío alivio, pero mi temperamento ya estaba corriendo.

—Bueno, ¿qué creías que quería decir?

Sus ojos se fijaron de repente en mis manos.

—Oh. Así que nadie...

—¿Me tocó? —Levanté la barbilla, luchando por no apartar la mirada—. No.

—Oh. —Él tragó audiblemente. A nuestro alrededor, las paredes azules parecían cerrarse.

—¿Es una actualización extraña? —pregunté.

Se movió donde estaba sentado.

—Más o menos.

Me sentí mortificada. El rubor que había estado combatiendo parecía explotar bajo mi piel y quise darme la vuelta y volver a apretar la cara contra la almohada. Había estado celosa, tratando de sacarle de quicio, y básicamente acababa de ser demasiado honesta en su cara.

—Lo siento.

—No, es... —Elliot se rascó la ceja, se subió las gafas a la nariz, se reincorporó—. Es bueno que me lo digas.

—Tú también dijiste que lo habías hecho.

Se aclaró la garganta, asintió con severidad.

—Es normal para los chicos de mi edad.

—¿Entonces no es normal para las chicas?

Con una tos, logró:

—Por supuesto que lo es. Solo quería decir...

—Estoy bromeando. —Cerré los ojos para respirar, trabajando para tener mi propia locura bajo control. ¿Qué me pasaba?

—¿En qué pensabas? —La última palabra suya salió pegajosa, atrapada en una voz ligeramente estrangulada.

Lo miré fijamente.

—Pensé: «Santo cielo, esto es increíble».

Se rio, pero fue incómodo y agudo.

—No. Antes. Durante.

Me encogí de hombros.

—Ser tocada por otra persona así. ¿Todavía piensas en los dragones?

Sus ojos se clavaron en cada parte de mí a la vez.

—No —dijo, no riéndose de mi broma ni siquiera un poco—. Pienso en… muñecas y orejas, y piel y piernas. Partes de chicas. Chicas. —Sus palabras se juntaron y me costó un rato separarlas.

¿Chicas? Mi sangre se calentó de celos.

—¿Alguna chica en particular?

Abrió un libro, hojeó una página. Se quedó quieto como cuando omitía información.

—A veces.

Ese fue el final de la conversación. No me preguntó nada más y no ofreció más.