18

Chapter 24

Capítulo 18


Capítulo 18

Pasado

Miércoles, 31 de diciembre

Catorce años atrás

Traducido por Nea

Corregido por Lyn♡

Editado por Banana_mou

—Los chicos apestan.

El viento nos azotó donde estábamos acurrucados en la playa Goat Rock, preparándonos para un asado de salchichas con nuestras familias, fútbol de bandera y Año Nuevo sobre el océano.

—¿Quiero saberlo? —preguntó Elliot, sin levantar la vista de su libro.

—Probablemente no.

Para ser justos, no tenía sentimientos fuertes por ningún chico de mi escuela, pero parecía, desde que empezamos el instituto hace cuatro meses, que ninguno de ellos tenía ningún sentimiento por mí. Danny, mi mejor amigo, me dijo que sus amigos Gabe y Tyler pensaban que yo era linda, pero, como él dijo, «Un poco demasiado, metida en los libros».

No podía escapar de ello; todo el mundo empezaba a «salir» con todo el mundo. Yo ni siquiera había besado a un chico.

Supongo que iría al baile de noveno grado con Nikki.

Elliot me miró.

—¿Puedes contarme más sobre cómo apestan los chicos?

—Los chicos no quieren chicas que sean interesantes —me quejé—. Quieren chicas con tetas y que lleven ropa de zorra, y que coqueteen.

Elliot dejó lentamente su libro en un trozo de hierba de la playa a su lado.

—No quiero eso.

Ignorando esto, continué:

—Y las chicas sí quieren chicos que sean interesantes. Las chicas quieren a los tímidos que lo saben todo y tienen manos grandes y buenos dientes y dicen cosas dulces. —Me mordí los labios. Puede que haya dicho demasiado.

Elliot me sonrió, el metal finalmente había desaparecido, sus dientes perfectos.

—¿Te gustan mis dientes?

—Eres raro. —Cambiando de tema, le pregunté—: ¿Palabra favorita?

Se quedó mirando el océano durante unas cuantas respiraciones antes de decir:

—Cynosure.

—¿Qué significa eso?

—Es un foco de admiración. ¿La tuya?

Ni siquiera tuve que pensar:

—Castración.

Elliot dio un respingo. Se miró las manos en el regazo, dándoles la vuelta e inspeccionándolas cuidadosamente.

—Bueno, si sirve de algo —susurró—, Andreas cree que eres guapa.

—¿Andreas? —Oí la sorpresa en mi propia voz. Entrecerré los ojos mientras miraba a la playa, donde Andreas y George luchaban, y traté de imaginarme besando a Andreas. Su piel era buena, pero su pelo era demasiado desaliñado para mi gusto y era un poco idiota.

—¿Él dijo eso? Está con Amie.

Elliot frunció el ceño, recogiendo una pequeña roca y lanzándola hacia el revoltoso oleaje.

—Han roto. Pero le dije que si te tocaba le daría una patada en el culo.

Solté una sonora carcajada.

Elliot era demasiado racional para dejarse llevar por mi reacción: lo que a Andreas le faltaba en el cerebro, lo compensaba con una gran musculatura.

—Sí, así que me abordó. Luchamos. Rompimos el jarrón de mamá, ¿recuerdas el feo que estaba en el pasillo?

—¡Oh no! —Mi angustia era convincente, pero sobre todo estaba eufórica de que hubiese sido por mí.

—Nos castigó a los dos.

Me mordí el labio, intentando no reírme. En cambio, me estiré en la arena, volviendo a mi libro, y me perdí en las palabras, leyendo una y otra vez la misma frase: «Parecía que viajaba con ella, que la arrastraba en el poder de la canción, de modo que se movía en la gloria entre las estrellas y, por un momento, ella también sintió que las palabras Oscuridad y Luz no tenían significado, y que solo esta melodía era real».

Pudieron haber pasado horas antes de que escuchara un carraspeo detrás de nosotros, vi a papá aparecer. Su figura tapaba el sol y proyectaba una sombra fresca sobre el lugar donde estábamos tumbados.

Solo una vez que estuvo allí, me di cuenta de que me había movido lentamente para estar acostada con la cabeza sobre el estómago de Elliot, en nuestro tramo de arena aislado. Empujé para sentarme, torpemente.

—¿Qué están haciendo?

—Nada —dijimos al unísono.

Pude escuchar inmediatamente lo culpables que nos hacía sonar nuestra respuesta conjunta.

—¿De verdad? —preguntó papá.

—De verdad —respondí, pero él ya no me miraba. Él y Elliot estaban teniendo algún tipo de intercambio de agente secreto masculino que incluía contacto visual prolongado, carraspeo y, probablemente, alguna forma misteriosa de comunicación directa entre sus cromosomas Y.

—Solo estábamos leyendo —dijo Elliot, con un tono de voz más grave a mitad de la frase. No sé si esta señal de su inminente virilidad era tranquilizadora o condenatoria en lo que respecta a mi padre.

—En serio, papá —dije.

Sus ojos parpadearon hacia los míos.

—De acuerdo. —Finalmente pareció relajarse y se puso en cuclillas a mi lado—. ¿Qué estás leyendo?

—Una arruga en el tiempo13.

—¿Otra vez?

—Es muy bueno.

Me sonrió y extendió la mano para pasar su pulgar por mi mejilla.

—¿Tienes hambre?

—Claro.

Papá asintió y se puso de pie, dirigiéndose hacia donde el señor Nick estaba ocupado encendiendo un fuego.

Pasaron unos segundos antes de que pareciera que Elliot era capaz de exhalar.

—En serio. Creo que sus palmas son del tamaño de toda mi cara.

Me imaginé la mano de papá agarrando toda la cara de Elliot y, por alguna razón, la imagen era tan cómica que me hizo soltar una carcajada aguda.

—¿Qué? —preguntó Elliot.

—Es que esa imagen es divertida.

—No si eres yo y te mira como si tuviera una pala con tu nombre en ella.

—Oh, por favor. —Me quedé boquiabierta.

—Confía en mí, Macy. Conozco a los padres y a las hijas.

—Hablando de mi padre —dije, ajustando mi cabeza en su estómago para estar más cómodo—, ¿adivina lo que encontré la semana pasada?

—¿Qué?

—Tiene revistas sucias. Un montón de ellas.

Elliot no respondió, pero sentí que se movía debajo de mí.

—Están en una cesta en el estante superior en la esquina más lejana de su armario en la cabaña. Detrás del pesebre. —Esta última parte me pareció muy importante.

—Eso fue extrañamente específico. —Su voz vibró a lo largo de la parte posterior de mi cabeza y la piel de gallina se extendió por mis brazos.

—Bueno, ese es un lugar extrañamente específico para poner algo así. ¿No crees?

—¿Por qué estabas en su armario? —preguntó.

—Ese no es el punto, Elliot.

—Es precisamente el punto, Mace.

—¿Cómo?

Colocó un marcador entre las páginas y se sentó de cara a mí, obligándome a sentarme también.

—Es un hombre. Un hombre soltero. —Elliot utilizó la punta de su dedo índice para subir sus gafas y me sostuvo la mirada con severidad—. Su dormitorio es su fortaleza de soledad, su armario es su bóveda. Podrías haber estado buscando en el cajón de su mesita de noche o bajo su colchón. —Mis ojos se abrieron de par en par—. ¿Qué esperabas encontrar en el estante superior de la esquina más alejada de su armario, detrás del pesebre?

—¿Álbumes de fotos? ¿Recuerdos preciados de una juventud perdida? ¿Suéteres de invierno? ¿Cosas de carácter paternal? —Hice una pausa, dedicándole una sonrisa culpable—. ¿Mis regalos de Navidad?

Sacudiendo la cabeza, volvió a su libro.

—El fisgoneo siempre termina mal, Mace. Siempre.

Lo consideré. Papá no salía mucho... bueno, nunca, que yo supiera, pasaba la mayor parte de su tiempo en el trabajo o conmigo. Nunca había pensado en este tipo de cosas cuando se trataba de él. Encontré la esquina doblada en mi copia de Una arruga en el tiempo y me acomodé en la hierba detrás de mí.

—Es simplemente... asqueroso. Eso es todo.

Elliot se rio: un bufido fuerte y abrupto, seguido de un movimiento de cabeza.

Le miré fijamente y le pregunté:

—¿Acabas de sacudir la cabeza?

—Lo he hecho. —Utilizó un dedo para mantener su lugar en el libro—. ¿Por qué es asqueroso? El hecho de que tu padre tenga las revistas o que las use para...

Por reflejo, me tapé los oídos.

—No. No. Te juro que si terminas esa frase te daré una patada en las pelotas, Elliot Petropoulos. No todo el mundo hace eso.

Elliot no contestó, solo cogió su libro y siguió leyendo.

—¿Lo hacen? —pregunté débilmente.

Giró la cabeza para mirarme.

—Sí. Lo hacen.

Me quedé en silencio un momento mientras digería eso.

—Así que... ¿tú también haces eso?

El rubor que subía por su cuello delataba su vergüenza pero, tras unos segundos, asintió.

—¿Mucho? —pregunté, con verdadera curiosidad.

—Supongo que eso depende de tu definición de mucho. Soy un chico de quince años con una gran imaginación. Eso debería responder a tu pregunta.

Me sentí como si hubiéramos descubierto una nueva puerta del pasillo que conducía a una nueva habitación, que contenía un nuevo todo.

—¿En qué piensas? Cuando haces eso, quiero decir.

Mi corazón era un martillo neumático bajo mis costillas.

—Besar. Tocar. Sexo. Partes que no tengo y cosas que la gente hace con ellas —añadió moviendo las cejas. Puse los ojos en blanco—. Las manos. El pelo. Piernas. Dragones. Libros. Bocas. Palabras... labios... —Se interrumpió y enterró la nariz en su libro de nuevo.

—Vaya —dije—. ¿Dijiste dragones?

Se encogió de hombros pero no volvió a mirarme. Le miré con curiosidad. La mención de los libros y las palabras y los labios no había escapado a mi atención.

—Como dije —murmuró entre las páginas—, tengo una imaginación impresionante.