Capítulo 13
Presente
Jueves, 5 de octubre
Traducido por Lyn♡
Corregido por Nea
Editado por Banana_mou
Me paro afuera de la entrada de Nopalito en la Novena y, sin tener que mirar demasiado adentro, sé que Elliot ya está allí. Lo sé porque son diez minutos pasadas las ocho. Acordamos reunirnos a las ocho y Elliot nunca se retrasa. Algo me dice que no ha cambiado.
Al entrar, lo veo inmediatamente. Su servilleta se desliza hacia el suelo y sus muslos chocan torpemente con la mesa en su prisa por ponerse de pie. Noto dos cosas, una, lleva una chaqueta de vestir, jeans bonitos y un par de zapatos de vestir negros que se ven recién pulidos. Dos, se cortó el pelo.
Todavía es largo en la parte superior, pero muy corto en los lados. Lo hace de alguna manera un poco menos hípster literario y más… patinador caliente. Es increíble que un estilo que nunca hubiera intentado en la adolescencia sea uno en el que se ve absolutamente bien a los veintinueve. Dicho esto, estoy segura de que solo tiene que dar las gracias a su estilista. El chico con el que crecí le importaba más el tipo de bolígrafo que usaría para escribir una lista de compras que cómo se veía en un día cualquiera.
El cariño me aferra.
Me dirijo a él, tratando de respirar a través del zumbido de la electricidad que surge en mi torrente sanguíneo. Tal vez sea el beneficio de haber tenido que arreglarme esta noche y que no esté en mi uniforme, pero esta vez, siento la forma en que sus ojos se mueven de mi cabello a mis zapatos y retrocede.
Está visiblemente conmocionado cuando me acerco y me estiro para darle un rápido abrazo.
—Hola.
Tragando, deja escapar un «hola» estrangulado y luego saca una silla para mí.
—Tu cabello está… te ves… hermosa.
—Gracias. Feliz cumpleaños, Elliot.
«Amigos. No una cita», repito, como una oración. «Solo estoy aquí para compensar el desayuno y despejar el aire».
Intento introducirlo en mi cerebro y en mi corazón.
—Gracias. —Elliot aclara su garganta, sonriendo, con los ojos apretados. Y, en serio: ¿Por dónde comenzar?
El camarero vierte agua en mi vaso y desliza una servilleta sobre mi regazo. Todo el tiempo, Elliot me está mirando como si hubiera regresado de la tumba. ¿Es eso lo que se siente para él? ¿En qué momento habría renunciado a ponerse en contacto conmigo, o la respuesta sería nunca?
—¿Qué tal estuvo el trabajo hoy? —pregunta, comenzando en un lugar seguro.
—Estuvo atareado.
Asiente, bebiendo agua y luego dejándola, dejando que sus dedos sigan las gotas a medida que fluyen desde el borde hasta la base.
—Estás en pediatría.
—Sí.
—¿Y en cuánto comenzaste la escuela de medicina sabías que querías trabajar en eso?
Me encojo de hombros.
—Más o menos.
Una sonrisa exasperada le arquea la boca.
—Cede un poco, Mace.
Esto me hace reír.
—Lo siento. No estoy tratando de ser rara. —Después de una inhalación profunda, y una larga y temblorosa exhalación, admito—: Supongo que estoy nerviosa.
No es que sea una cita. Quiero decir, por supuesto que no lo es. Le dije a Sean que me estaba reuniendo con un viejo amigo para cenar esta noche y me prometí a mí misma que le daría toda la historia cuando llegara a casa, lo que todavía tengo intención de hacer. Pero estaba preocupado por configurar su nuevo televisor y realmente no pareció darse cuenta cuando salí, de todos modos.
—Yo también estoy nervioso —dice Elliot.
—Ha pasado mucho tiempo.
—Así es —dice—, pero me alegro de que llamaras. O escribieras, más bien.
—Respondiste tan rápido —le digo, pensando en su viejo teléfono IP nuevamente—. No estaba preparada para eso.
Emite una burla de orgullo.
—Ahora tengo un iPhone.
—Déjame adivinar: ¿heredado de Nick Jr.?
Elliot frunce el ceño.
—¡Sí, cómo no! —Toma otro sorbo de agua y agrega—: Quiero decir, Andreas cambia su teléfono con mucha más frecuencia.
Nuestra risa se apaga pero el contacto visual permanece.
—Bueno, en caso de que te lo estés preguntando —digo—, la puntuación es pareja en uno a uno. Liz me dio tu número. A pesar de que probablemente debería haberlo recordado. Es el mismo que siempre tuviste.
Él asiente y mis ojos se inquietan reflexivamente cuando se muerde el labio inferior.
—Liz es genial.
—Me doy cuenta —digo—. Me gusta. —Y, aclarándome la garganta, agrego en voz baja—: Hablando de… perdón por cómo me fui en el desayuno.
—Lo entiendo —responde rápidamente—. Es mucho para procesar.
Es casi ridículo; un océano de información nos separa y hay un número infinito de lugares por dónde comenzar. Comenzar por el principio y seguir avanzando. Comenzar ahora y retroceder. Saltar en algún lugar en el medio.
—Honestamente, ni siquiera sé por dónde comenzar —admito.
—Tal vez —dice vacilante—, tal vez revisamos el menú, pedimos un poco de vino y luego nos ponemos al día. ¿Ya sabes, como lo hace la gente durante la cena?
Asiento, aliviada de que parezca tan robusto mentalmente como siempre, y levanté el menú para escanearlo, pero parece que las palabras en las páginas son superadas por todas las preguntas en mi cabeza.
¿Dónde vive en Berkeley?
¿De qué trata su novela?
¿En qué ha cambiado? ¿Qué sigue siendo igual?
Pero el pensamiento mezquino y traidor que acecha en las sombras culpables de mi cerebro es la valentía que le tomó terminar una relación después de verme por menos de dos minutos. Quiero decir, a menos que no estuviera muy establecido.
O ya estaba saliendo.
¿Es este el peor lugar para comenzar? ¿Soy una completa maniaca? Quiero decir, al menos fue la última cosa real de la que hablamos ayer, ¿verdad?
—¿Está todo bien con… con…? —pregunto, haciendo una mueca.
Él levanta la mirada de su menú y tal vez sea mi expresión un poco ansiosa lo que le da una pista.
—¿Con Rachel?
Asiento, pero su nombre desencadena una reacción defensiva en mí: él debería estar con alguien llamada Rachel, que lee con gusto cada número del New Yorkers, y trabaja en organizaciones sin fines de lucro, y hace compostas con sus cáscaras de huevo y remolacha para que pueda cultivar sus propios productos. Mientras tanto, yo soy un desastre, con interminables préstamos de la escuela de medicina, con problemas maternales, problemas paternales, problemas de Elliot y una vergonzosa suscripción a US Weekly.
—Las cosas están bien, en realidad —dice—. Eso creo. Espero que eventualmente podamos volver a ser amigos. En retrospectiva, nunca podría haber sido más.
Este sentimiento se desliza en mi torrente sanguíneo, cálido y eléctrico.
—Elliot.
—Escuché lo que dijiste —dice con seriedad—. Estás comprometida, lo entiendo. Pero será difícil para mí ser solo tu amigo, Macy. No está en mi ADN. —Se encuentra con mis ojos y vuelve a poner el menú cerca de su brazo—. Lo intentaré, pero ya sé esto sobre mí mismo.
Siento que su honestidad desarmante destroza el caparazón resistente que me rodea. Me pregunto cuántas veces podría decirme que me amaba antes de que me derritiera en un charco a sus pies.
—Entonces creo que algunas reglas básicas están en orden —digo.
—Reglas básicas —repite, asintiendo lentamente—. Como en, ¿no hay expectativas?
Asiento.
—Y, tal vez… cualquier cosa que quieras saber, te lo diré y viceversa.
Si esto es una cosa por otra, tendré que ponerme mis pantalones de niña grande y superarlo. Aunque todo dentro de mí está en pánico, estoy de acuerdo.
—Entonces —dice, relajando una sonrisa—, no sé lo que te gustaría saber sobre Rachel. Primero fuimos amigos. Durante años, en la escuela de posgrado y después.
La idea de que sea amigo de otra mujer durante años es un cuchillo empujado lentamente en mi esternón. Tomando un sorbo de agua, me las arreglo para un seguimiento fácil.
—¿Escuela de posgrado?
—MFA11 de NYU —dice, sonriendo. Frotando una mano sobre su cabello como si aún no estuviera acostumbrado a la sensación de eso, agrega—: Pensándolo bien, parece que cuando llegamos a los veintiocho estamos destinados a entrar en una relación.
Sé lo que quiere decir. Cumplí veintiocho años y comencé una relación con Sean.
Es un lector de mente.
—Cuéntame sobre este tipo con el que te vas a casar.
Este es un campo minado, pero también puedo ponerlo todo en primer plano y ser honesta también.
—Nos conocimos en una cena dando la bienvenida a todos los residentes entrantes —digo, y no necesita que yo haga los cálculos por él, pero yo sí—. En Mayo.
Sus cejas se levantan lentamente por debajo de su desaliñado cabello.
—Oh.
—Nos llevamos bien de inmediato.
Elliot asiente, observándome intensamente.
—Supongo que tenías que hacerlo.
Parpadeó hacia la mesa, aclarándose la garganta y tratando de no responder defensivamente. Elliot siempre ha sido brutalmente honesto pero nunca había salido bruscamente conmigo. Para mí, sus palabras siempre fueron suaves y adoradoras. Ahora mi corazón está latiendo tan fuerte que siento que se desliza entre nosotros, y me hace preguntarme si nuestras tristezas individuales están sacando silenciosamente esto del interior de nuestros cuerpos.
—Lo siento —murmura Elliot, extendiendo la mano al otro lado de la mesa antes de pensar mejor en tocarme—. No quise que saliera así. Es rápido, eso es todo.
Lo miro y le doy una débil sonrisa.
—Lo sé. Sí, fue muy rápido.
—¿Cómo es él?
—Dulce. Agradable. —Giro mi servilleta en mi regazo, deseando poder encontrar mejores adjetivos para describir al hombre con el que planeo casarme—. Tiene una hija.
Elliot escucha, casi sin pestañear.
—Es un benefactor del hospital —le digo—. Bueno, en cierto modo. Es un artista. Su trabajo es… —Siento que estoy empezando a presumir y no sé por qué me deja sintiéndome inquieta—. Es bastante popular en este momento. Dona muchas de las nuevas instalaciones de arte en Benio Mission Bay.
Elliot se inclina.
—¿Sean Chen?
—Sí. ¿Has oído hablar de él?
—Los libros y el arte corren en círculos similares por aquí —explica, asintiendo—. He oído que es un buen tipo. Su arte es impresionante.
El orgullo se hincha, cálido en mi pecho.
—Lo es. Sí. —Y otra verdad sale de mí antes de que pueda atraparla—: Y él es el primer tipo con el que he estado que no…
Mierda.
Trato de pensar en una mejor manera de terminar esta oración que con la cruda verdad, pero mi mente está completamente en blanco de no ser por la expresión sincera de Elliot y la forma suave en que sus manos están ahuecando su vaso de agua. Me desentraña.
Espera y pregunta:
—¿Que no qué, Mace?
Maldita sea.
—Qué no se sintió como una especie de traición a…
Elliot recoge mi frase sin adornos con un suave:
—Oh. Sí.
Me encuentro con sus ojos.
—Nunca he tenido una de esas.
En realidad, este es un campo minado. Parpadeando hacia la mesa, con el corazón en la tráquea, me quedo diciendo:
—Por eso dije que sí cuando me lo propuso, impulsivamente. Siempre me he dicho a mí misma que el primer hombre con el que estuviera y no se sintiera mal, me casaría con él.
—Eso parece como… algunos criterios sólidos.
—Se sintió bien.
—Pero en serio —dice Elliot, pasando un dedo a través de una gota de agua que se ha acercado a la mesa—, de acuerdo con ese criterio, ¿técnicamente esa persona no sería yo?
El camarero es mi nuevo ser humano favorito porque se acerca con la intención de tomar nuestro pedido justo después de que Elliot dice esto, evitándome el incómodo baile de una no respuesta.
Viendo hacia el menú, digo:
—Voy a querer los tacos dorados y la ensalada de cítricos.
Mirando hacia arriba, agrego:
—Dejaré que él elija el vino.
Como probablemente podría haber adivinado, Elliot pide el caldo tlalpeño, siempre le gustó la comida picante y una botella de Sauvignon Blanc Horse & Plow antes de entregar su menú al camarero con un tranquilo agradecimiento.
Volteándose, me dice:
—Sabía exactamente lo que ibas a pedir. ¿Ensalada de cítricos? Es como el sueño alimenticio de Macy.
Mis pensamientos se tropiezan unos con otros por esto, por lo fácil que es, por lo sincronizados que todavía estamos justo al salir de la puerta. Es demasiado fácil, en serio, y se siente infiel de una manera realmente surrealista y retrógrada hacia el hombre que está a un par de millas de distancia, instalando un televisor en la pequeña casa que compartimos. Me siento, trabajando para infundir cierta distancia emocional en mi postura.
—Y ella se retira… —dice Elliot, estudiándome.
—Lo siento —digo. Él lee cada pequeño movimiento que hago. No puedo culparlo por ello; yo hago lo mismo—. Comenzó a sentirse un poco demasiado familiar.
—Por lo del prometido —dice, inclinando la cabeza hacia atrás, señalando hacia otra parte—. ¿Cuándo es la boda?
—Mi horario es bastante loco, así que aún no hemos fijado una fecha. —Es en parte verdad.
La postura de Elliot me dice que le gusta esta respuesta, por falsa que sea, y despierta la ansiedad en mi vientre.
—Pero, estamos pensando en el próximo otoño —agrego rápidamente, alejándose aún más de la verdad ahora. Sean y yo no hemos discutido las fechas, en absoluto. Elliot entrecierra los ojos.
—Aunque si depende de mí, sucederá con lo que sea que llevemos puesto en el juzgado. Aparentemente no estoy muy interesada en planificar una boda.
Elliot no dice mucho durante unos segundos, solo deja que mis palabras reverberen a nuestro alrededor. Luego me da un simple:
—Ah.
Me aclaro la garganta torpemente.
—Entonces, dime lo que has estado haciendo.
Es interrumpido brevemente cuando el camarero regresa con nuestro vino, mostrando la etiqueta a Elliot, abriéndola a un costado de la mesa y ofreciendo una degustación. Hay maneras en las que la condescendencia de Elliot me atrapa, y esta es una. Creció en el corazón de la región vinícola de California, por lo que debe sentirse cómodo con esto, pero nunca lo había visto probar vino en la mesa. Éramos tan jóvenes…
—Es perfecto —le dice al camarero, luego se vuelve hacia mí mientras sirve, claramente despidiendo al hombre de sus pensamientos—. ¿Qué tan atrás debo ir?
—¿Qué tal comenzar con ahora?
Elliot se inclina en su silla, pensando por unos momentos antes de que parezca averiguar por dónde comenzar. Me dice que sus padres todavía están en Healdsburg –«No pudimos pagarle a papá para que se jubilara»–; que Nick Jr. es el fiscal de distrito del condado de Sonoma –«La forma en que se viste es directamente de un mal programa de crimen y solo lo diría en este espacio seguro, pero nadie debería usar piel de tiburón»–; Alex está en secundaria y es una ávida bailarina –«Ni siquiera puedo culpar a mi rubor por el orgullo fraternal, Mace. Es realmente buena»–; George, según sé, está casado con Liz y vive en San Francisco –«Es un ejecutivo, en una oficina. Honestamente, nunca puedo recordar realmente cuál es el nombre de su trabajo»–; y Andreas vive en Santa Rosa, enseña matemáticas de quinto grado y se casa a finales de este año –«De todos nosotros, para terminar trabajando con niños, él habría sido el menos probable, pero resulta que es el mejor en eso»–.
Todo el tiempo que me actualiza, en todo lo que puedo pensar es en que estoy recibiendo la crema desnatada desde la parte superior. Debajo de ella todavía hay mucho. Volúmenes de pequeños detalles que me he perdido.
La comida viene y es muy buena, pero la como sin prestarle atención porque parece que no puedo obtener suficiente información, y él tampoco. Los años universitarios se describen en las formas monocromáticas de la retrospectiva, las historias de terror de la escuela de posgrado se intercambian con la risa cómplice de alguien que ha sufrido y visto el otro lado. Pero no hablamos de enamorarnos de otra persona y de dónde nos deja eso ahora y, por mucho que esté con nosotros en cada respiración y en cada palabra, no hablamos de lo que pasó la última vez que lo vi, hace once años.