Capítulo 12
Pasado
Jueves, 13 de marzo
Catorce años atrás
Traducido por Nea
Corregido por Banana_mou
Editado por Banana_mou y ♡Herondale♡
A medida que se acercaba mi decimocuarto cumpleaños me di cuenta de que papá no estaba seguro de qué hacer. Desde que tenía uso de razón, siempre habíamos hecho lo mismo: él preparaba aebleskivers9 para el desayuno, veíamos una película por la tarde y luego yo me zampaba un helado gigante para cenar y me iba a la cama jurando que no volvería a hacerlo.
Después de la muerte de mamá, la rutina no cambió. La constancia era importante para mí, un pequeño recordatorio de que ella realmente había estado aquí. Pero este era el primer año que teníamos la casa de fin de semana, y el primer año que tenía un amigo cercano como Elliot.
—¿Podemos ir a la casa este fin de semana?
La taza de café de papá se detuvo en el aire, sus ojos se encontraron con los míos sobre el hilo de vapor. Sopló por encima de la tapa antes de dar un sorbo, tragar y volver a dejarla en la mesa. Cogió el tenedor y pinchó un trozo de huevo revuelto, haciendo todo lo posible por actuar como si no hubiera nada que le entusiasmara o decepcionara en particular.
Era la primera vez que le pedía ir, y le conocía lo suficiente como para saber lo aliviado que se sentía al poder contar continuamente con las perfectas indicacione en la lista de mamá.
—¿Es eso lo que te gustaría hacer este año? ¿Para tu cumpleaños?
Miré mis propios huevos antes de asentir.
—Sí.
—¿Te gustaría también una fiesta? ¿Podríamos traer a algunos amigos a la casa? Podrías enseñarles tu biblioteca.
—No... mis amigos de aquí no lo entenderían.
—No como Elliot.
Tomé un bocado y me encogí de hombros despreocupadamente.
—Sí.
—¿Es un buen amigo?
Asentí con la cabeza, mirando fijamente mi plato mientras probaba otro bocado.
—Sabes que eres demasiado joven para salir con alguien —dijo papá.
Levanté la cabeza y abrí los ojos con horror.
—¡Papá!
Se rió.
—Solo me aseguro de que entiendes las reglas.
Parpadeando, volví a mirar mi comida y murmuré:
—No seas asqueroso. Es que me gusta estar allí, ¿de acuerdo?
Mi padre no era una persona sonriente, no era una de esas personas en las que piensas inmediatamente con una gran sonrisa en la cara, pero ahora mismo, cuando miré hacia arriba, estaba sonriendo. Sonriendo de verdad.
—Por supuesto que podemos ir a la casa, Macy.
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Llegamos el sábado por la mañana temprano, el primer día de mis vacaciones de primavera. Había dos cosas que papá quería marcar en la lista esta semana, incluyendo los puntos cuarenta y cuatro y cuarenta y tres: plantar un árbol que pudiera ver crecer durante muchos años y enseñarme a cortar madera.
Antes de que pudiera correr hacia mi país de las maravillas, papá sacó un pequeño árbol joven de la parte trasera del coche y lo arrastró hasta el patio lateral.
—Coge la pala de atrás —dijo, arrodillándose para cortar el contenedor de plástico lejos del manzano usando una hoja de afeitar—. Trae los guantes de trabajo.
En cierto modo, siempre asumí que era hija de mi madre: me gustaba el color y el desorden de nuestra casa de Berkeley. Me gustaba la música alegre y los días cálidos, y bailaba cuando lavaba los platos. Pero en la cabaña me di cuenta de que también era hija de mi padre. En el frío del viento de marzo que serpenteaba entre los árboles, cavamos un profundo pozo en silencio, comunicándonos con la punta de un dedo o la inclinación de la barbilla. Cuando terminamos, y un orgulloso arbolito de Gravenstein fue plantado en nuestro jardín lateral, en lugar de rodearme con sus brazos con entusiasmo y derramar su amor en mi oído, papá tomó mi rostro y se inclinó, presionando un beso en mi frente.
—Buen trabajo, min lille blomst10. —Me sonrió—. Voy a la ciudad a buscar víveres.
Con este permiso, me puse en marcha. Mis zapatos golpeaban el suelo mientras avanzaba en línea recta desde el final de nuestro camino de entrada hasta la el final del de Elliot. El timbre de la puerta sonó en toda la casa, llegando hasta mí desde las ventanas abiertas. Un fuerte ladrido llegó a mis oídos, seguido del torpe arañazo de las uñas de un perro contra las puertas de madera.
—Cállate, Darcy —dijo una voz somnolienta, y el perro se calló, solo para soltar unos pequeños gemidos de disculpa.
Se me ocurrió que en los casi seis meses que habíamos tenido la cabaña, no había entrado en la casa de Elliot. La señora Dina nos había invitado, por supuesto, pero papá parecía sentir que estaba mal entrometerse. Creo que también le gustaba la soledad de nuestra casa en los fines de semana, exceptuando la presencia de Elliot, por supuesto. A papá le gustaba no tener que salir de su caparazón.
Di un paso atrás, con los nervios a flor de piel, cuando la puerta se abrió y, con un bostezo y con el pelo desgreñado, Andreas estaba frente a mí.
El segundo hermano mayor de los Petropoulos se había levantado de la cama, pelo castaño desordenado, líneas de sueño en la cara, sin camiseta y con unos pantalones cortos de baloncesto que desafiaban la gravedad y apenas se ajustaban a sus caderas. Tenía el tipo de cuerpo que yo no había estado completamente segura hasta ese momento de que realmente existía.
¿Así se vería Elliot en un par de años? Mi mente apenas podía manejar la idea.
—Hola, Macy —dijo. Sonó como un gruñido, como un pecado. Se apartó, manteniendo la puerta abierta y esperando a que le siguiera—. ¿Entras o no?
Hice fuerza para que mis cejas volvieran a bajar por la frente.
—Oh, claro.
Sí que olía a galletas por dentro. A galletas y a niño. Andreas sonrió y se rascó perezosamente el estómago.
—¿Están aquí por el fin de semana?
Asentí y su sonrisa se amplió.
—Y muy conversadora, por lo que veo.
—Lo siento —dije y luego me quedé de pie, con los brazos a los lados, los puños tirando de mis pantalones cortos, aún sin saber qué decir—. ¿Está Elliot en casa?
—Lo traeré. —Andreas sonrió y se dirigió hacia la escalera—. ¡Eh, Ell! ¡Tu novia está aquí! —Su voz resonó en la entrada de madera mientras mi cuerpo estalló en un rubor abrasador.
Antes de que pudiera responder, se oyó el sonido de unos pies golpeando el piso por encima de nosotros.
—¡Eres un idiota! —dijo Elliot, bajando las escaleras y chocando con su hermano. Andreas gruñó por el golpe y agarró a Elliot, haciéndole una llave de cabeza. Andreas era más alto y bastante musculoso, pero Elliot parecía tener el deseo de evitar la humillación pública.
Los dos chicos lucharon, estuvieron peligrosamente cerca de derribar una lámpara, dijeron un montón de palabras que ni siquiera debía pensar y luego, finalmente, se separaron, jadeando.
—Lo siento —me dijo Elliot, todavía mirando a Andreas. Se ajustó las gafas y se arregló la ropa—. Mi hermano se cree muy gracioso y, por lo visto, no sabe vestirse solo. —Señaló el pecho desnudo de Andreas.
Andreas desordenó aún más el pelo de Elliot y puso los ojos en blanco.
—Apenas es mediodía, imbécil.
—Creo que mamá debería hacerte una prueba de narcolepsia.
Con un golpe sordo en el hombro de Elliot, Andreas se volvió hacia las escaleras.
—Me dirijo a casa de Amie. Me alegro de verte, Macy.
—Igualmente —dije sin ganas.
Andreas me guiñó un ojo por encima del hombro.
—Ah, ¿y Elliot? —llamó.
—¿Sí?
—Puerta abierta.
Su estruendosa carcajada recorrió el vestíbulo del piso superior antes de desaparecer junto con el chasquido de una puerta cerrada.
Elliot se dirigió a las escaleras, pero se detuvo y frunció el ceño.
—Vamos a tu casa.
—¿No quieres enseñarme la casa?
Con un gemido, se giró y señaló a nuestro alrededor.
—Salón, comedor, cocina por allí. —Giró en su lugar, indicando cada habitación con un movimiento de su dedo índice. Subió las escaleras y yo le seguí mientras murmuraba—. Escalera, pasillo, baño, habitación de los padres. —Y una lista de etiquetas monótonas hasta que nos encontramos frente a una puerta blanca cerrada con una tabla periódica pegada a ella.
—Este es mío.
—Vaya, eso es... esperado —dije riendo. Estaba tan feliz de ver su espacio, que me sentí un poco mareada.
—Yo no puse eso ahí, lo hizo Andreas. —Su voz adquirió un tono defensivo, como si sólo pudiera soportar que lo vieran como un nerd al noventa y ocho por ciento.
—Pero no lo has quitado —señalé.
—Es un buen cartel. Lo consiguió en una feria de ciencias. —Se volvió hacia mí y se encogió de hombros, bajando la mirada—. Sería un desperdicio deshacerse de él y me echaría la bronca infinita si lo pusiera en mi habitación.
Abrió la puerta y no dijo nada, solo dio un paso atrás para dejarme pasar a su dormitorio. La ansiedad y la emoción me golpearon de golpe: estaba entrando en el dormitorio de un chico.
Estaba entrando en la habitación de Elliot.
Era escaso e inmaculado: la cama hecha, solo unas pocas prendas de ropa sucia en un cesto en la esquina, los cajones de su cómoda pulcramente cerrados. El único desorden estaba en una pila de libros apilados en su escritorio y una caja de libros en el rincón.
Percibí la tensa presencia de Elliot detrás de mí, pude oír la espasmódica cadencia de su respiración. Sabía que quería alejarse del caos de su casa y adentrarse en la soledad del armario, pero no podía apartarme. Detrás de su escritorio había un tablón de anuncios con unas cuantas cintas clavadas, una fotografía y una postal con una imagen de Maui.
Acercándome, me incliné, estudiando.
—Solo algunas ferias de ciencias —murmuró detrás de mí, explicando las cintas.
Primer puesto en su categoría en la feria de ciencias del condado de Sonoma, tres años seguidos.
—Vaya. —Le miré por encima del hombro—. Eres inteligente.
Su sonrisa salió torcida, sus mejillas estallaron de color.
—No.
Me volví, examinando la fotografía clavada en la esquina. En ella estaban tres chicos, incluido Elliot, y una chica en el extremo izquierdo. Parecía que había sido tomada hace unos años.
El malestar me picó en el pecho.
—¿Quiénes son?
Elliot se aclaró la garganta y luego se inclinó, señalando. Traía consigo una ráfaga de desodorante, suavemente ácido y con sabor a pino, y algo más, un aroma que era completamente de chico y que me hizo un nudo en el estómago.
—Hum, esos somos Christian, yo, Brandon y Emma.
Había escuchado estos nombres de pasada: historias casuales sobre una clase o un paseo en bicicleta en el bosque. Con una aguda punzada de celos me di cuenta de que, aunque Elliot se estaba convirtiendo en mi persona, mi lugar seguro y el único ser humano, aparte de papá, en el que podía confiar de verdad, no conocía en absoluto su vida. ¿Qué lado de él veían estos amigos? ¿Recibieron la sonrisa que empezaba como una ceja levantada y se extendía lentamente hasta un giro divertido de sus labios? ¿Recibieron la risa que anulaba su tendencia a cohibirse y se disparó en un ruidoso jajaja?
—Se ven agradables. —Me incliné hacia atrás y sentí que se alejaba rápidamente detrás de mí.
—Sí. —Se quedó callado y el silencio pareció convertirse en una brillante burbuja alrededor de nosotros. Mis oídos empezaron a sonar, el corazón me latía al imaginar a Emma sentada en el suelo de la esquina, leyendo con él. Su voz llegó en un susurro detrás de mí—: Pero tú eres más agradable.
Me giré y me encontré con sus ojos mientras él hacía su rápida maniobra de apretar la nariz para subirse las gafas.
—No tienes que decir eso solo porque...
—Mi madre está embarazada —soltó.
Y la burbuja estalló. Oí el ruido de los pies en el pasillo y los ladridos del perro.
Mis ojos se abrieron de par en par cuando sus palabras calaron.
—¿Qué?
—Sí, nos lo dijeron anoche. —Se apartó el pelo de la frente—. Al parecer, sale de cuentas en agosto.
—Mierda. Tienes catorce años. Va a ser como, quince años más joven que tú.
—Lo sé.
—Elliot, eso es una locura.
—Lo sé. —Se agachó, volviendo a atar su zapato—. En serio, sin embargo, no quiero hablar de ello. ¿Podemos ir a tu casa? Mamá ha estado mareada durante algunas semanas, papá está actuando como un loco. Mis hermanos son unos idiotas. —Señalando con la cabeza la caja de libros, añadió—: Y tengo algunos clásicos para añadir a tu biblioteca.
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Papá nos echó una mirada cómplice mientras entrábamos y subíamos las escaleras.
—¿No es tu cumpleaños el martes? —preguntó Elliot, siguiéndome por el pasillo. Sus zapatos se estaban deshaciendo, su par favorito de Vans a cuadros, y una de las suelas sonaba a cada paso.
Le miré por encima del hombro.
—Te lo dije una vez, como hace cinco meses.
—¿No debería bastar con que me lo dijeras solo una vez?
Me volví, llevándonos a mi habitación y hasta el armario. Desde que nos habíamos mudado, el espacio había cobrado lentamente vida propia y estaba completa: por supuesto, estaban las estanterías a lo largo de toda la pared, el sillón puf en la esquina más alejada y el sofá futón en la pared opuesta a la librería. Pero sólo un par de semanas antes, papá había pintado las paredes y el techo de color azul noche, con estrellas plateadas y amarillas salpicadas en constelaciones en lo alto. Dos pequeñas lámparas iluminaban el espacio, una cerca de cada uno de los asientos. En el centro del suelo había mantas y más almohadas. Era el fuerte perfecto.
Elliot se acurrucó en el suelo, tirando de una manta de lana en su regazo.
—¿Y estás de vacaciones de primavera?
Me mordí el labio, asintiendo.
—Sí.
Se quedó callado y luego preguntó:
—¿Te molesta no estar con amigos?
—Estoy con un amigo. —Le miré, abriendo los ojos significativamente.
—Me refiero a tus amigas —dijo, pero no se me escapó la forma en que se sonrojó.
—Oh —dije—. No, está bien. Nikki se va a Perú a visitar a la familia.
Elliot no dijo nada. Me observó elegir un libro y reacomodar mis almohadas antes de ponerse cómodo. Pensando en cómo me sentía al ver una foto de él con sus amigos, y en lo mucho que quería saber sobre su vida fuera de este armario, pensé en mis próximas palabras, dejando que dieran vueltas en mi cabeza antes de hablar.
—Dejé de salir con la mayoría de mis amigos durante un tiempo cuando mamá enfermó, para poder pasar tiempo con ella.
Asintió con la cabeza y, aunque sus ojos permanecían fijos en el cuaderno que tenía delante de él, me di cuenta de que su atención se centraba únicamente en mí.
Ojeé la primera página y pasé al capítulo que acababa de empezar.
—Y entonces, cuando se fue, no me apetecía ir a pijamadas y hablar de chicos. Es como si todos hubieran crecido mientras yo me recomponía. Nikki y yo seguimos siendo buenas amigas, pero creo que es porque ella tampoco sale a otros lugares aparte de la escuela. Tiene una familia enorme a la que ve mucho.
Podía sentir que me miraba ahora, pero no me volví, sabiendo que nunca sería capaz de terminar si lo hacía. Las palabras parecían burbujear en mi pecho, cosas que nunca había hablado con nadie.
—Papá intentó que saliera más —continué—. Incluso hizo arreglos para que fuera a un club de niños cerca de su trabajo. —Miré rápidamente a Elliot y luego volví a mirar hacia abajo—. Dijo que era para socializar y hacer amigos, pero no fue así. Era un grupo para niños afligidos.
—Oh.
—Sin embargo, todos sabíamos lo que estábamos haciendo allí —le dije—. Recuerdo entrar en esta enorme habitación blanca. Las paredes estaban cubiertas de cosas que creo que se suponía que estaban relacionadas con los adolescentes: posters de bandas de chicos, grafitis rosas y morados en tablones de anuncios, bolsas de peluche y cestas de revistas. —Me rasgué un hilo perdido en mis vaqueros—. Era como si la madre de alguien hubiera entrado y puesto todas estas cosas que creía que las adolescentes debían tener en su habitación.
—Recuerdo haber mirado a mi alrededor ese primer día —continué, tirando de mi gruesa cola de caballo por encima del hombro y jugueteando con las puntas—, pensando en lo raro que era que todos estuviéramos allí para pasar el rato. Después de unos días me di cuenta de que todas las chicas tenían casi el mismo corte de pelo. Como siete chicas, todas alrededor de mi edad con esos peinados hasta la barbilla. Unas semanas después descubrí que todas esas chicas eran como yo, todas habían perdido a sus madres. La mayoría de ellas se hicieron estos cortes de pelo sencillos y fáciles. —Me detuve y empecé a enroscar las puntas de mi pelo alrededor de mi dedo—. Pero mi padre aprendió a hacerme colas de caballo, qué tipo de champú comprar, incluso hizo que alguien le enseñara a hacer trenzas y a usar el rizador para ocasiones especiales. Podría haber hecho lo más fácil para él y cortarlo todo. Pero no lo hizo.
Por primera vez levanté la vista para ver a Elliot observándome. Sus ojos estaban muy abiertos de comprensión y se acercó y tomó una de mis manos.
—¿Te he dicho alguna vez que tengo el pelo de mi madre? —le dije.
Negó con la cabeza, pero me dedicó una sonrisa de verdad.
—Creo que tienes el pelo más bonito que he visto nunca.