Capítulo 11
Presente
Jueves, 5 de octubre
Traducido por Nea
Corregido por Banana_mou
Editado por Banana_mou y ♡Herondale♡
Liz Petropoulos, qué loco.
Es de estatura media, tiene curvas y una piel increíble. Además, no menos de cuatro veces le he dicho lo mucho que codicio sus pómulos. Ella es toda sonrisas, saludando a todo el que entra por las puertas del edificio de Mission Bay y deteniendo a cualquiera que no tenga una placa, haciéndole señas para que se registre.
Levanto mi placa como cada mañana. Por suerte, ayer estaba de descanso cuando irrumpí, agotada después de mí no-desayuno con Elliot, pero hoy sonríe con un pequeño brillo en los ojos, como si supiera más ahora que la última vez que la vi.
—Bueno, hola, Liz Petropoulos —digo, acercándome a ella, dejando de lado cualquier pretensión.
Ella vacila sólo un instante antes de decir:
—Hola, Macy Sorensen. —Sin tener que comprobar mi placa. Cuando me acerco, vuelve a sonreír—. Vaya, he oído hablar mucho sobre esta persona llamada Macy en los últimos siete años. Y pensar que es la dulce Dra. Sorensen que halagaba mis pómulos.
—Supongo que Elliot y George deberían rendirse y dejar que nos casemos —digo y ella se ríe. Es un sonido redondo y encantado.
Su expresión se endereza rápidamente.
—Lamento haberle dicho cuándo ibas a estar. —Levanta una mano cuando empiezo a hablar y añade en voz más baja—: Me dijo que se había encontrado contigo y sumamos dos y dos. Tú no puedes saber lo que significa para él que te haya visto. Sé que no es asunto mío, pero...
—Sobre eso. —Apoyo los codos en el amplio mostrador de mármol de la recepción y le sonrío para que sepa que no estoy a punto de hacer que la despidan—. ¿Qué te parece si me haces un favor y después dejamos de compartir información no aprobada?
—Sin duda —dice Liz, con los ojos muy abiertos—. ¿Qué puedo hacer por ti?
—Su número de celular sería fantástico.
Los amigos llaman a los amigos, me digo. El primer paso para arreglar las cosas es hablar, para aclarar las cosas de una vez por todas y así poder seguir adelante con mi vida.
Liz saca su teléfono, abre su lista de favoritos y se inclina, garabateando su número de teléfono.
Elliot está en su marcación rápida.
Pero lo entiendo: Elliot, atento, considerado y emocionalmente maduro, sería el cuñado de ensueño. Por supuesto que está en contacto con él.
—Pero no le digas que lo tengo —le digo mientras lo arranca y me lo entrega—. No sé cuánto tiempo pasará antes de que se me ocurra qué decir.
A quién quiero engañar; esto es una mala idea. Elliot tiene una historia que contar. Yo también tengo una historia que contar. Ambos tenemos tantos secretos, que ni siquiera estoy segura de que podamos retroceder tanto.
Durante todo el camino por el pasillo hasta la sala de descanso de los residentes, sigo comprobando el bolsillo de mis pantalones para asegurarme de que no he perdido el pequeño post-it doblado dentro. No es que lo necesitara en primer lugar. Me quedé mirando los números todo el camino hasta el cuarto piso. Supongo que nunca se me ocurrió que él tuviera el mismo número de teléfono todo este tiempo. Su número solía ser un ritmo que se me pegaba en la cabeza como una canción.
Dejo mi bolsa en una taquilla de la sala de descanso y miro fijamente mi teléfono. Mis rondas comienzan en cinco minutos y, a donde voy, tengo que ser sensata. Si no lo hago ahora, será una piedra en el zapato durante todo el turno. Mi corazón es un trueno en mi oído.
Sin pensarlo demasiado, envío un mensaje de texto:
Hoy trabajo de 9 a 6. ¿Quieres que quedemos para cenar? Para hablar.
Solo unos segundos después aparece una burbuja de respuesta. Está escribiendo. Inexplicablemente, mis palmas comienzan a sudar. No se me había ocurrido hasta ahora que podría decir: «No, eres demasiado idiota, olvídalo».
¿Macy?
O que no tendría este número. Soy una idiota.
Sí, lo siento. Debería haber dicho quién era.
En absoluto.
Dime dónde y allí estaré.