Capítulo 7
Presente
Miércoles, 4 de octubre
Traducido por Nicola♡
Corregido por Nea
Editado por Banana_mou
Dejo el cómodo calor de la cama y me arrastro hacia la cocina besando la parte superior de la cabeza de una maraña café. A estas alturas Sean ya debería saber que no podemos ser escurridizos en las mañanas: Phoebe siempre se levanta antes que nosotros de todas maneras.
Phoebs es una niña de ensueño. Tiene seis años, es inteligente y cariñosa, y bulliciosa de una manera que me habla un poco de su madre, porque su padre es toda la calma contenida. Quién diablos sabe dónde está Ashley, su madre irresponsable, pero me apuñala ver a Phoebe crecer sin ella. Al menos yo tuve diez años con mamá y su desaparición de mi vida no se siente como una traición. Phoebe solo tuvo tres antes de que Ashley se fuera a un retiro de fin de semana por su trabajo en la banca de inversión y volviera a casa con un gusto por la cocaína que se convirtió en un anhelo por el crack, lo que finalmente la llevó a dejarlo todo por los speedballs7. ¿En qué momento Sean se verá obligado a decirle a su hija perfecta que su madre amaba las drogas más que a ellos?
Recuerdo salir de su habitación la mañana siguiente de nuestro primer ligue achispado para encontrar a Phoebe sentada en la mesa de la cocina comiendo Rice Chex, el cabello hecho en coletas torcidas, vistiendo medias disparejas, mallas de cachorrito y un suéter de lunares. En su bruma de coqueteo, Sean no había mencionado que tenía una niña. Trato de verlo más como una prueba de cuán magníficos se veían mis pechos en ese suéter azul, que una enorme y estúpida omisión por su parte.
Esa mañana, ella me miró, los ojos lo suficientemente amplios como para confirmar lo que él me dijo la noche anterior, que no había traído a una mujer a casa con él en tres años, y preguntó si era una nueva compañera de cuarto.
¿Cómo podría haberle dicho que no a unas mallas de cachorrito y coletas torcidas? He estado ahí cada noche desde entonces.
No es un sacrificio en realidad. Sean es un ensueño en la cama, despreocupado y prepara una buena taza de café. A los cuarenta y dos, también es financieramente estable, lo que contribuye en gran medida cuando estás sometida a una presión por los préstamos de la escuela de medicina. Y quizás fue inicialmente el alcohol, pero el sexo con él fue solo el segundo sexo de mi vida que inmediatamente después no se sintió como si hubiese enviado algo valioso a estrellarse contra el piso.
—¿Chex? —le pregunto, buscando a tientas el filtro de café sobre el lavabo.
—Sí, por favor.
—¿Dormiste bien?
Ella da un pequeño gruñido de afirmación y luego, después de un minuto, murmura:
—Estaba caliente.
Así que no solo era la respuesta claustrofóbica de mi cuerpo al ver a Elliot y despertar junto a Sean; su papá ha estado peleando con el termostato de nuevo. Ese hombre nació para el clima del centro de Texas, no del Área de la Bahía. Me muevo a través de la habitación, apagando la calefacción.
—Pensé que anoche estabas en el Servicio de Calentar a Papá.
Phoebe se ríe.
—Él se escabulló de mí.
El sonido de la ducha encendiéndose llega a la cocina y siento como si me hubiesen dado un desafío en un concurso con una alarma en conteo regresivo: ¡Sal de la casa en los siguientes dos minutos!
Sirvo el cereal de Phoebe, troto a la habitación, me pongo un uniforme limpio, vierto mi café, me pongo los zapatos y planto un beso más en la cabeza de Phoebe antes de salir por la puerta.
Es descabellado −al menos me hace sonar loca− pero si Sean me preguntase por mi día de ayer, sé que sin duda todo saldría disparado.
«Vi a Elliot Petropoulos ayer por primera vez en exactamente casi once años y me di cuenta de que todavía sigo enamorada de él y probablemente siempre lo estaré.
¿Todavía te quieres casar conmigo?».
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Desafortunadamente, «un par de días de distancia» no parece estar en las cartas: Elliot está esperando afuera del hospital cuando camino por la colina desde la parada del bus.
No es acertado decir que mi corazón se detiene porque en realidad siento su existencia intensamente, un miembro fantasma. Mi corazón se aprieta y luego cobra vida, golpeándome brutalmente desde adentro. Pauso mis pasos y trato de averiguar qué decir. La irritación estalla en mí. Él no puede ser culpado por aparecer en la casa de Saul cuando yo estaba ahí ayer, pero hoy es suya.
—Elliot.
Él se gira cuando digo su nombre y su postura se desinfla un poco por el alivio.
—Esperaba que hoy aparecieras pronto.
¿Pronto?
Lo observo mientras me acerco, ojos entrecerrados. Deteniéndome a unos pocos pies de donde él está parado, manos hundidas en los bolsillos de sus jeans negros, pregunto:
—¿Cómo sabías dónde y a qué hora se supone que trabajo?
La culpa vacía el color de sus mejillas.
—La esposa de George trabaja en recepción ahí. —Levanta su quijada, indicando a la mujer que está sentada justo adentro de las puertas corredizas y a quién he visto cada mañana durante los últimos meses.
—Su nombre es Liz —confirmo rotundamente, recordando las tres letras grabadas en su etiqueta plástica azul para nombres.
—Sí —dice en voz baja—. Liz Petropoulos.
Me rio con incredulidad. Bajo ninguna otra circunstancia puedo imaginarme a un trabajador administrativo dando información sobre el horario de trabajo de una médico. La gente se vuelve muy irrazonable cuando un ser querido se enferma. Haz a ese ser querido un niño y olvídate de ello. Incluso en el poco tiempo que he estado trabajando aquí, he visto a padres ir detrás de los doctores que fallaron en curar a sus hijos.
Elliot me observa sin parpadear.
—Liz sabe que no soy peligroso, Macy.
—Ella podría estar despedida. Soy una médica en pediatría crítica. Ella no puede solo dar mi información, ni siquiera si es su propia familia.
—Está bien, mierda. No debería haber hecho eso —dice, genuinamente arrepentido—. Mira. Trabajo a las diez. Yo… —Entrecerrando los ojos más allá de mi por Mariposa, dice—: Esperaba que tuviésemos tiempo para hablar un poco antes de eso. —Cuando no digo nada en respuesta, se inclina para mirarme a los ojos, presionando—. ¿Tienes tiempo?
Lo miro y nuestros ojos se enganchan, cavándome en un túnel de regreso a todas las otras veces que compartimos un intenso y silencioso intercambio. Incluso muchos años después, pienso que podemos leernos tan malditamente bien.
Rompiendo la conexión, echo una mirada a mi reloj. Es justo después de las siete y media. Y a pesar de que nadie arriba se quejaría si me presentase a trabajar una hora y media antes de lo que está previsto, Elliot sabría que, si digo que tengo que entrar, estaría mintiendo.
—Sí —le digo—. Tengo cerca de una hora.
Él ladea su cabeza, lentamente la inclina hacia la derecha y, mientras una sonrisa curva su boca, arrastra los pies para dar un paso, luego otro, como si me atrajese con su ternura.
—¿Café? —Su sonrisa crece y me doy cuenta de cuán parejos están sus dientes. Un destello de Elliot a los catorce, usando una máscara extra oral, corre a través de mis pensamientos—. ¿Panadería? ¿Comida rápida?
Señalo a la siguiente cuadra y al pequeño café de cuatro mesas que ya tiene que estar invadido con residentes y ansiosos miembros de familia esperando por noticias después de la cirugía.
Adentro está caliente, bordeando lo demasiado caliente, el tema de mi mañana, y todavía hay dos mesas vacías enfrente de nosotros. Sentándonos, tomamos los menús y leemos detenidamente en un silencio tenso.
—¿Qué es bueno? —pregunta.
Me rio.
—Nunca he desayunado aquí.
Elliot me mira, pestañea pausadamente y algo en mi estómago se derrite en un líquido caliente que se extiende más abajo. Lo que es raro, me doy cuenta, es que Elliot y yo comimos fuera solo un puñado de veces, y nunca solos.
—Usualmente devoro un pastelito o una rosquilla de la cafetería. —Rompo el contacto visual y me decido por el yogurt y la granola semi-fría antes de bajar el menú—. Apuesto a que todo es muy sabroso.
Disimuladamente, lo observo leer, sus ojos rápidamente escaneando a través de las palabras. Elliot y las palabras. Mantequilla de maní y chocolate. Café y bizcocho. Ama las combinaciones hechas en el cielo.
Levanta el brazo, rascándose el cuello perezosamente mientras canturrea.
—¿Huevos o panqueques? ¿Huevos o panqueques?
Mientras se inclina hacia adelante en un codo, el músculo de su hombro se tensa debajo de su camiseta de algodón. Frota un dedo hacia adelante y hacia atrás justo debajo de su labio inferior. Su teléfono zumba cerca de su brazo pero lo ignora.
«Ten piedad». El único pensamiento que tengo, sorprendente y sin aliento, es que Elliot se ha convertido en un hombre que sabe cómo usar su cuerpo. No lo noté ayer, no pude.
Mientras sonríe con su decisión,
mientras desliza el menú con cuidado de vuelta en el sostenedor,
mientras agarra su servilleta y la coloca cuidadosamente sobre su regazo,
mientras me mira, frunciendo sus labios con un poco de felicidad,
de repente me siento agradecida por los once años intermedios, porque ¿cómo habría notado todas estas pequeñas cosas de otra manera? O ¿se habrían mezclado, difuminado, conocido como la constelación de pequeños gestos que lentamente se convierten en Elliot?
Parpadeo cuando nuestra mesera viene a la mesa a tomar nuestra orden.
Cuando se va, él se inclina de nuevo.
—¿Es posible que me pongas al corriente de una década en el desayuno?
Los recuerdos se enredan en mis pensamientos: dejar el colegio en una bruma. Vivir en la residencia con Sabrina y, después, en un pequeño apartamento fuera del campus que siempre parecía estar lleno de libros y botellas de cerveza y nubes de humo de marihuana. Mudarme con ella a Baltimore para la escuela de medicina y las largas noches que pasé pseudo-rezando para quedar en la UCSF y así poder vivir cerca de casa de nuevo, incluso si la casa estaba vacía. ¿Cómo uno comprime una vida en el tiempo que toma compartir una taza de café?
—Mirando hacia atrás, no se siente tan ajetreada —digo—. Universidad. Escuela de medicina.
—Bueno, y amigos y amantes, alegría y pérdida, asumo —dice, dando con el clavo directamente en la cabeza. Su expresión se endereza con reconocimiento.
Un silencio incómodo crece como un cañón entre nosotros.
—No quise decir nosotros —dice, añadiendo en un murmullo—, necesariamente.
Con una risa seca, me reclino en mi asiento.
—No he estado marinando en los malos sentimientos, Ell.
Wow, eso es una mentira.
Cuando su teléfono vibra de nuevo junto a él, lo rechaza.
—¿Por qué no llamar entonces?
—Muchas cosas pasaron. —Me muevo un poco hacia atrás de nuevo en mi asiento mientras llegan nuestras bebidas.
Sus cejas se inclinan hacia abajo con una confusión justificable. Le acabo de decir que mi vida era esencialmente rutinaria y sencilla, pero luego que mucho sucedió para molestarme en llamarlo.
Mi mente se desplaza por un calendario de años transcurridos, y otra ácida información pasa sobre mí. Elliot cumple veintinueve años mañana. Me he perdido casi todos sus veinte.
—Feliz cumpleaños adelantado, por cierto —digo en voz baja.
Sus ojos se suavizan, la boca curvándose en los bordes.
—Gracias, Mace.
El 5 de octubre siempre ha sido un día duro para mí. ¿Qué se sentirá este año, ahora que he puesto mis ojos en él? Ahueco mis manos alrededor de mi taza caliente, cambiando el tema.
—¿Qué hay de ti? ¿Qué has hecho?
Se encoge de hombros y sorbe de su capuchino, pasando un dedo despreocupado a través de su labio superior cuando queda con espuma. La evidente comodidad en su propio cuerpo causa un renovado calor que ondula a través del mío. Nunca he conocido a alguien tan plenamente él mismo como Elliot.
—Me gradué pronto de Cal —dice—, y me mudé a Manhattan por un par de años.
Esto presiona el botón de parada en mi cerebro. Elliot personifica a Carolina del Norte con todo su caos greñudo. No lo puedo imaginar en Nueva York.
—¿Manhattan? —repito.
Él se ríe.
—Lo sé. Locura total. Pero es el tipo de lugar que solo podía soportar en mis veinte. Después de unos pocos años ahí, me interné en una agencia literaria por un tiempo, pero no lo amaba. Volví aquí hace casi dos años y empecé a trabajar para un grupo de alfabetización sin fines de lucro. Todavía estoy ahí un par de días a la semana, pero… empecé a escribir una novela. Está yendo realmente bien.
—Escribir un libro. —Sonrío—. ¿Quién lo habría imaginado?
Él se ríe más fuerte esta vez, y el sonido es cálido y creciente.
—¿Todos?
Me encuentro mordiéndome ambos labios para refrenar mi sonrisa y su expresión lentamente se endereza.
—¿Te puedo preguntar algo? —pregunta.
—Seguro.
—¿Qué te hizo decidir venir conmigo esta mañana?
Realmente no necesito señalar que él hizo su camino en mi horario, porque sé que eso no es en realidad lo que él quiere decir. Lo que dijo sobre Liz es cierto; todos sabemos que Elliot no es peligroso. Le pude haber dicho que se fuera a casa y que no me contactase de nuevo y habría escuchado.
Así que, ¿por qué no lo hice?
—No tengo idea. No creo que haya sido capaz de decirte que no dos veces.
Le gusta esa respuesta. Una pequeña sonrisa curva su boca y la nostalgia inunda mis venas.
—Fuiste a la escuela de medicina en Hopkins —dice con un asombro silencioso en su voz—. Licenciada en Tufts. Estoy tan orgulloso de ti, Mace.
Mis ojos se amplían en entendimiento.
—Rata. ¿Me Googleaste?
—¿Tú no me Googleaste? —replica—. Vamos, ese es el paso uno después de una guardia.
—Llego a casa del trabajo a las dos de la mañana. Caigo de cara en la almohada. No sé si me he cepillado los dientes en esta semana.
Su sonrisa es tan genuinamente feliz, que funciona como una chirriante bisagra dentro de mí.
—¿Siempre fue tu plan mudarte de regreso aquí, o fue solo donde fuiste emparejada?
—Esta fue mi primera opción.
—Querías estar cerca de Duncan. —Está asintiendo con su cabeza como si esto tuviese perfecto sentido y eso me apuñala—. ¿Cuándo murió?
—¿Fue siempre tú plan mudarte de regreso aquí?
Lo puedo ver trabajando a través de mi desviación, pero toma una respiración profunda y la deja salir lentamente.
—Mi plan siempre ha sido vivir donde sea que tú estés. Ese plan falló, pero descubrí que mis probabilidades de verte de nuevo eran muy buenas de vuelta en Berkeley.
Esto me desconcierta. Como si fuese un ladrillo y hubiese sido lanzada a la ventana de vidrio.
—Oh.
—Sabías eso. Tenías que haber sabido que estaría aquí, esperando.
Trago un sorbo de agua rápidamente para responder.
—No creo que hubiese sabido que tú todavía esperabas que yo…
—Te amé.
Asiento rápidamente ante este bombazo de interrupción, buscando el rescate de nuestra camarera trayendo comida. Pero ella no está aquí.
—Tú también me amaste, lo sabes —dice en voz baja—. Lo era todo.
Me siento como si hubiese sido empujada y apartada un poco de la mesa, pero él se inclina.
—Lo siento. Esto es muy intenso. Solo estoy aterrado de no tener la oportunidad de decirlo.
Su teléfono salta a través de la mesa de nuevo, zumbando.
—¿Necesitas atender eso? —pregunto.
Elliot restriega su cara y luego se reclina en su silla, ojos cerrados, rostro inclinado hacia el techo. Es solo ahora que me doy cuenta de lo barbudo que está, cuán cansado luce.
Me recuesto hacia atrás.
—Elliot, ¿está todo bien?
El asiente, enderezándose.
—Sí, estoy bien. —Mirándome por un prolongado momento él parece decidir contarme qué está pasando en su mente—: Rompí con mi novia anoche. Está llamando. Ella cree que creo que quiere hablar, pero en realidad creo que solo quiere gritarme. No se sentirá muy bien después así que nos lo estoy ahorrando a ambos por ahora.
Me trago un enorme nudo en mi garganta.
—¿Rompiste con ella anoche?
Él asiente, jugando con el envoltorio de la pajilla y agradeciendo a la camarera en voz baja mientras deposita nuestra comida en frente de nosotros. Cuando se va, él admite en voz baja:
—Tú eres el amor de mi vida. Asumí que te superaría con el tiempo pero ¿verte ayer? —Sacude su cabeza—. No pude ir a casa con alguien más y pretender que la amaba con todo lo que tengo.
Las náuseas me atraviesan. Honestamente no sé ni siquiera cómo traducir esta pesada emoción en mi pecho. ¿Es que me veo reflejada tan intensamente con lo que está diciendo pero soy mucho más cobarde? ¿O es lo contrario, que lo he superado, encontrado a alguien y no quiero la intromisión de Elliot en mi fácil y sencilla vida?
—Macy —dice, más urgentemente ahora y abre su boca para continuar pero otro gatillo se ha apretado, otro desafío del concurso. Busco mi billetera, compitiendo con el zumbido, pero esta vez Elliot me detiene, atrapando mi brazo en su agarre suave, sus mejillas rosadas por la ira—. No puedes hacer esto. Solo no puedes correr constantemente de esta conversación. Han sido once años en ciernes. —Inclinándose, aprieta su mandíbula mientras añade—: Sé que metí la pata, pero ¿fue tan malo? ¿Tan malo que tú solo desapareciste?
No, no lo fue. No al principio.
—Esto —digo, mirando alrededor de nosotros—, es una idea terrible. Y no por tu pasado. Está bien, sí, en parte es eso, pero también son los años transcurridos desde entonces. —Me encuentro con su mirada—. Tú rompiste con tu novia anoche después de verme por dos minutos. Elliot, me voy a casar.
Él suelta mi brazo, parpadeando un par de veces y parece −por primera vez he sido testigo de esto−, que no tiene palabras.
—Me voy a casar… y hay mucho que tú no sabes —le digo—. Y mucho de eso no es tu culpa, pero esto… —explico y agito un dedo hacia atrás y hacia adelante en el pequeño espacio que nos separa a través de la mesa—, ¿entre nosotros? Es una mierda que se acabó y también me duele. Pero se terminó, Ell.