Capítulo 6
Pasado
Jueves, 20 de diciembre
Quince años atrás
Traducido por Lilu🥰
Corregido por Nea
Editado por Banana_mou
Nunca había pasado la Navidad fuera de casa pero, a principios de diciembre de ese primer año en la cabaña, Papá dijo que íbamos a tener una aventura. Para algunos padres esto podría significar un viaje a París o un crucero a algún lugar exótico. Para mi papá, significaban unas fiestas a la antigua en nuestra nueva casa, encendiendo la kalendarlys danesa, una vela navideña, y disfrutando del pato asado, repollo, remolacha y patatas para la cena navideña.
El día 20 llegamos alrededor de la hora de la cena con nuestro auto repleto de paquetes y adornos recién comprados, seguidos de cerca por un hombre del pueblo con un diente de oro, una pata de palo y un remolque con nuestro árbol de Navidad recién cortado.
Observé mientras luchaban con el mamut que teníamos de árbol, preguntándome brevemente si incluso entraría por nuestra puerta principal. Afuera hacía frío y arrastré los pies en el suelo para mantenerme caliente. Sin pensar, miré por encima del hombro hacia la casa Petropoulos.
Las ventanas brillaban, algunas de ellas empañadas por la condensación. Un flujo constante de humo se elevaba desde la chimenea torcida, rizándose como una cinta antes de desaparecer en la oscuridad.
Habíamos estado en la cabaña tres veces desde octubre y, durante cada visita, Elliot se acercaba a la puerta, llamaba y Papá lo dejaba subir. Nos tumbábamos en el suelo de mi armario, convertido poco a poco en una pequeña biblioteca, y leíamos durante horas.
Pero aún no había visitado su casa. Intenté adivinar qué habitación era la suya, para imaginar qué podría estar haciendo. Me pregunté cómo sería la Navidad para ellos, en una casa con un papá y una mamá, cuatro niños y un perro que parecía más caballo que canino. Apuesto a que olía a galletas y a pino recién cortado. Decidí que probablemente era difícil encontrar un lugar tranquilo para leer.
Apenas llevábamos una hora cuando sonó el viejo timbre de la puerta. La abrí para encontrar a Elliot y a la señora Dina sosteniendo un plato de papel cargado con algo pesado y cubierto con papel aluminio.
—Les trajimos galletas —dijo Elliot, empujando sus gafas hacia el puente de su nariz. Su boca estaba nuevamente con aparatos. Su rostro estaba cubierto por una red metálica de arneses.
Lo miré con los ojos muy abiertos y él me miró con el ceño fruncido y las mejillas enrojecidas.
—Concéntrate en las galletas, Macy.
—¿Tenemos invitados, min lille blomst6? —preguntó Papá desde la cocina. En su voz escuché la leve desaprobación; el tácito «¿El chico no puede esperar hasta mañana?».
—No me quedaré, Duncan —gritó la señora Dina—. Solo pasaba para dejar estas galletas, pero manda a Elliot a casa cuando estén listos para comer, ¿está bien?
—La cena está casi lista —dijo papá en respuesta, con voz tranquila ocultando cualquier reacción externa a cualquiera que no lo conociera tan bien como yo.
Caminé hacia la cocina y deslicé el plato de galletas a su lado en la isla. Una ofrenda de paz.
—Vamos a leer —le dije—. ¿Está bien?
Papá me miró, luego miró las galletas y cedió.
—Treinta minutos.
Elliot vino de buena gana, siguiéndome más allá del enorme árbol y subiendo las escaleras.
La música navideña se filtró por el rellano abierto de la cocina pero se desvaneció cuando entramos al armario. En el tiempo transcurrido desde que compramos la casa, Papá había cubierto las paredes con estantes y había agregado un puf en la esquina, frente al pequeño sofá tipo futón frente a la pared. Los almohadones de la casa estaban esparcidos por todos lados y comenzaba a sentirse acogedor, como el interior de la botella de un genio.
Cerré la puerta detrás de nosotros.
—Así que, ¿qué pasa con los nuevos aparatos? —pregunté, señalando su rostro. Él se encogió de hombros, pero no dijo nada—. ¿Tienes que usar la máscara todo el tiempo?
—Es un aparato extraoral, Macy. Usualmente solo cuando duermo, pero he decidido que quiero quitármelos pronto.
—¿Por qué?
Me miró fijamente y, sí, lo entendí.
—¿Son molestos? —pregunté.
Su rostro se torció en una sonrisa sarcástica.
—¿Se ven cómodos?
—No. Se ven dolorosos y nerds.
—Tú eres dolorosa y nerd —bromeó.
Me tumbé en el puf con un libro y lo observé mientras miraba las estanterías.
—¿Tienes todos los libros de Ana de las tejas verdes? —dijo.
—Sí.
—Nunca los leí. —Sacó uno de la fila y se acurrucó en el futón—. ¿Palabra favorita?
Ya este ritual parecía salir de él y entrar en la habitación. Esta vez ni siquiera me tomó desprevenida. Mirando hacia mi libro, pensé por un segundo antes de contestar.
—Silencioso. ¿Y tú?
—Caqui.
Sin más conversación comenzamos a leer.
—¿Es difícil? —preguntó Elliot repentinamente y levanté la vista para encontrarme con sus ojos: ámbar, profundos y ansiosos. Se aclaró la garganta torpemente—. ¿Las fiestas sin tu mamá?
Me sorprendió tanto la pregunta que parpadeé rápidamente. Por dentro, le rogué que no preguntara más. Incluso tres años después de su muerte, el rostro de mi madre nadaba continuamente en mis pensamientos: sus danzantes ojos grises, el cabello negro y grueso, la piel morena y su sonrisa ladeada que me despertaba todas las mañanas hasta la primera que se perdió. Cada vez que miraba el espejo la veía a ella reflejada en mí. Así que sí, difícil no lo abarcaba. Difícil era como describir una montaña como un bulto, como describir el océano como un charco.
Y ninguna de esas cosas podría contener mis sentimientos sobre la Navidad sin ella.
Me observó de una manera cuidadosa.
—Si mi mamá muriera, las fiestas serían duras.
Sentí mi estómago apretado, mi garganta ardiendo, preguntando.
—¿Por qué? —Aunque no lo necesitaba.
—Porque les da mucha importancia. ¿No es lo que hacen las mamás? —Me tragué un sollozo y asentí con fuerza—. ¿Qué haría tu mamá?
—No puedes preguntar cosas así. —Me puse de espaldas y miré al techo.
Su disculpa salió en un repentino estallido.
—¡Lo lamento!
Ahora me siento como una idiota.
—Además, sabes que estoy bien. —Incluso solo decirlo respaldaba el emocional camión de dieciocho ruedas. Sentí que las lágrimas bajaban por mi garganta—. Han pasado casi cuatro años. No tenemos que hablar de eso.
—Pero podemos.
Tragué de nuevo y luego miré la pared, duro.
—Ella comenzaba la navidad de la misma manera todos los años. Hacía muffins de arándanos y jugo de naranja natural. —Las palabras salieron en un staccato de pájaro carpintero—. Comíamos frente a la chimenea, abriendo calcetines mientras ella y papá me contaban historias de su infancia hasta que finalmente comenzábamos a inventarnos historias locas. Los tres empezábamos a cocinar el pato y luego abríamos los regalos. Y después de la cena, nos acurrucábamos frente a la chimenea y leíamos.
Su voz era apenas audible.
—Suena perfecto.
—Lo era —estuve de acuerdo, más suavemente ahora, perdida en el recuerdo—. Mamá también amaba los libros. Cada regalo era un libro, o un diario, o bolígrafos geniales, o papel. Y ella leyó de todo. Como, todos los libros que vi en las mesas de la librería, ella ya los había leído.
—Parece que me hubiera gustado mucho tu mamá.
—Todos la amaban —le dije—. Ella no tenía mucha familia, sus padres también murieron cuando ella era joven pero juro que todos los que conoció la reclamaron como propia.
Y todos ellos ahora se tambaleaban como peces fuera del agua sin ella. Sin saber qué hacer por nosotros, sin saber cómo navegar por la tranquila reserva de papá.
—¿Ella trabajaba? —preguntó Elliot.
—Era compradora de Books Inc.
—Wow. ¿En serio? —Parecía impresionado de que ella formara parte de un minorista tan grande de la zona de la bahía, pero por dentro sabía que ella se había cansado de eso. Siempre quiso tener su propia tienda. Solo cuando empezó a enfermar, ella y papá estuvieron en condiciones de pagarla—. ¿Es por eso que tu papá está construyendo este armario para ti?
Sacudí la cabeza, pero la idea no se me había ocurrido hasta que él lo dijo.
—No creo. Tal vez.
—Tal vez quería un lugar donde pudieras sentirte cerca de ella.
Seguía sacudiendo la cabeza. Papá sabía que no podía pensar aún más en mamá. Y tampoco quiso ayudarme a pensar menos en ella. No ayudaría. Así como contener la respiración no cambia la necesidad de oxígeno de tu cuerpo.
Y como si lo hubiera dicho en voz alta, preguntó:
—Pero ¿piensas más en ella cuando estás aquí?
«Por supuesto», pensé, pero lo ignoré, jugueteando nerviosamente con el borde de la manta que colgaba del costado del puf. «Pienso en ella en todas partes. Ella está en todas partes, en cada momento, y también no está en ningún momento. Se perderá cada uno de mis momentos y no sé para quién es más difícil: para mí sobrevivir aquí sin ella, o para ella sin mí, existiendo donde quiera que esté».
—¿Macy?
—Qué.
—¿Piensas en ella aquí? ¿Es por eso por lo que amas esta habitación?
—Amo esta habitación porque amo leer.
«Y porque cuando encuentro ese libro que me hace perderme durante una hora, quizás más, me olvido».
«Y porque papá piensa en mamá cada vez que me compra un libro».
«Y porque estás aquí y me siento mil veces menos sola contigo».
—Pero…
—Por favor, detente. —Apreté los ojos, sintiendo cómo me sudaban las manos, cómo se me aceleraba el corazón, cómo se me hacía un nudo en el estómago por todos los sentimientos que a veces me parecían demasiado grandes para mi cuerpo.
—¿Alguna vez lloras por ella?
—¿Estás bromeando? —jadeé y sus ojos se abrieron de par en par, pero no se echó atrás.
—Es que es Navidad —dijo en voz baja—. Y cuando mi mamá horneaba las galletas antes, me di cuenta de lo familiar que era. Debe ser raro para ti, eso es todo.
—Sí.
Se inclinó, tratando de que lo mirara.
—Solo quiero que sepas que puedes hablar conmigo.
—No necesito hablar de esto.
Se sentó, me observó durante unos momentos más en silencio y luego volvió a su libro.