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Chapter 10

Capítulo 4


Capítulo 4

Pasado

Viernes, 11 de octubre

Quince años atrás

Traducido por Dani Fray

Corregido por ♡Herondale♡

Editado por Banana_mou

La familia Petropoulos al completo estaba en su patio delantero cuando nos estacionamos con la camioneta de la mudanza dos meses más tarde. La camioneta solo estaba medio llena porque Papá y yo habíamos pensado, cuando estábamos en el mostrador de renta de autos, que tendríamos más cosas que traer. Pero al final, solo habíamos comprado los suficientes muebles en la mueblería para tener dónde dormir, comer, leer y nada más.

Papá los llamó «muebles para acampar». No le entendí.

Probablemente lo hubiera entendido si me hubiera permitido pensar sobre ello por unos segundos, pero lo único que tuve en mente durante los noventa minutos de viaje era que íbamos a una casa que Mamá nunca había visto. Sí, ella quería que nosotros hiciéramos esto, pero en realidad no lo había escogido, no la había visto. Había algo horriblemente amargo sobre esa realidad. Papá aún manejaba su ruidoso Volvo verde. Todavía vivíamos en la misma casa en Rose Street. Todos los muebles de adentro habían estado ahí cuando Mamá estaba viva. Yo tenía ropa nueva pero siempre se sentía un poco como si ella las eligiera a través de una intervención divina cuando comprábamos porque Papá tenía la tendencia de escogerme las prendas más grandes y holgadas que podía encontrar y siempre había una simpática vendedora que se abalanzaba con una gran pila de ropa más adecuada asegurándole que «sí, esto es lo que usan las chicas ahora», y «no, no se preocupe, Sr. Sorensen».

Bajando de la furgoneta enderecé mi blusa sobre la cintura de mis pantalones cortos y levanté la mirada al grupo de personas que se encontraban en nuestra entrada. Primero vi a Elliot, su cara familiar en la multitud. Pero alrededor de él había otros tres chicos y dos padres sonrientes.

La visión de la gran familia, esperando para ayudar, solo magnificó el dolor que se abría paso hacia mi garganta desde mi pecho.

El hombre, claramente el padre de Elliot, con el cabello negro y grueso y una nariz roja, dio un paso adelante, acercándose para estrechar la mano de papá. Era más bajo que él solo por un par de centímetros, una rareza.

—Nick Petropoulos —dijo, volteándose para estrechar mi mano—. Tú debes de ser Macy.

—Sí, señor.

—Llámame Nick.

—Está bien, Se... Nick. —Nunca en la vida imaginé llamar a un padre por su nombre.

Con una risa, volteó nuevamente a Papá.

—Pensé que podrías necesitar una mano para bajar todo esto.

Papá sonrió y habló con su característica simplicidad.

—Eso es muy amable de tu parte. Gracias.

—Además, pensé que a mis chicos podría serles de utilidad el ejercicio para que no se estén peleando entre ellos todo el día. —El señor Nick extendió un grueso y velludo brazo e indicó—. Por allá verás a mi esposa, Dina. Mis chicos: Nick Junior, George, Andreas y Elliot.

Tres chicos fornidos… y Elliot, se encontraban parados en la base de nuestros escalones delanteros, mirándonos. Intuía que ellos tenían entre quince y diecisiete, excepto Elliot, quien era tan diferente físicamente a sus hermanos que no estaba tan segura de qué edad tenía. Su madre, Dina, era formidable, alta y curvilínea, pero con una sonrisa que mostraba profundos y amigables hoyuelos a sus mejillas. Aparte de Elliot, que era la versión delgada de su padre, todos sus hijos lucían justo como ella. Ojos adormilados, con hoyuelos y altos pómulos.

Lindo.

El brazo de Papá me rodeó los hombros, acercándome a él. Me pregunté si era un gesto protector o si él también estaba sintiendo lo lánguida que nuestra familia se veía en comparación.

—No sabía que tenías cuatro hijos. ¿Creo que Macy ya conoció a Elliot? —Papá me miró para confirmar.

En mi visión periférica podía ver a Elliot moviéndose sobre sus pies, incómodo. Le di una sonrisa ladeada.

—Sí —dije, añadiendo mi mejor tono de «¿quién hace eso?»—. Estaba leyendo en mi clóset.

El señor Nick señaló hacia acá.

—El día de la exhibición de la casa, lo sé, lo sé. Seré honesto, ese chico ama los libros y ese clóset era su lugar favorito. Su amigo Tucker solía venir los fines de semana pero ya se ha mudado. —Mirando a Papá, añadió—: La familia se trasladó a Cincinnati, Ohio, ¿la región del vino? Una tristeza, ¿no? Pero no te preocupes, Macy. No volverá a ocurrir. —Con una sonrisa, siguió la caminata estoica de Papá hacia los escalones—. Hemos vivido en la casa de al lado los últimos diecisiete años. He estado en esta casa miles de veces. —Un escalón crujió bajo su bota de trabajo y lo pisó con el ceño fruncido—. Ese escalón siempre ha sido un problema.

Incluso a mi edad, vi lo que eso le hizo a la postura de Papá. Era un tipo de la ciudad despreocupado pero la familiaridad del señor Nick con la propiedad inmediatamente empujó una rigidez de macho hacia su columna.

—Lo puedo arreglar —dijo Papá, en una voz inusualmente profunda mientras se inclinaba hacia el escalón que crujía. Ansioso por asegurarse de que cualquier pequeño problema sería arreglado, añadió con calma—: No me entusiasma la puerta de entrada tampoco, pero eso es fácil de reemplazar. Y cualquier cosa que veas, dime. Quiero que sea perfecto.

—Papá —dije, dándole un suave empujón—, ya es perfecto, ¿ok?

Mientras los chicos Petropoulos caminaban hacia la camioneta de la mudanza, Papá tanteaba con sus llaves, buscando la correcta en un anillo pesado con llaves para otras puertas, para nuestra otra vida a ciento veinte kilómetros de aquí.

—No, estoy seguro de que necesitaremos para la cocina —me murmuró papá entre dientes—. Y probablemente hay algunas renovaciones que hacer…

Me miró con una sonrisa incierta y se dirigió hacia la puerta principal. Yo aún estaba evaluando el amplio porche que se extendía hacia un lado, escondiendo una vista desconocida de árboles gruesos más allá del patio lateral. Mi mente se había desviado a duendes y a trotar por el bosque buscando puntas de flechas. A lo mejor un chico me besaría en ese bosque algún día.

Tal vez sería uno de los chicos Petropoulos.

Mi piel se encendió con un rubor que escondí agachando mi cabeza y dejando que mi cabello cayera hacia adelante. Hasta la fecha, mi único crush había sido Jason Lee en séptimo grado. Después de habernos conocido desde el jardín de niños, habíamos bailado rígidamente una canción en la Fiesta de Primavera y luego nos separamos torpemente para nunca más volver a hablar. Aparentemente yo estaba bien para ser amiga de casi cualquier persona, pero añade una química romántica suave y me convertía en un robot de plástico.

Creamos una eficiente línea de brazos pasando cajas y, rápidamente, vaciamos la camioneta, dejando los muebles a los más grandes. Elliot y yo tomamos cada uno una caja con la etiqueta «Macy» para llevar arriba. Lo seguí por el largo pasillo y dentro del vacío de mi cuarto.

—Puedes poner eso en la esquina —dije—. Y gracias.

Él miró hacia mí, asintiendo mientras dejaba la caja en el suelo.

—¿Son libros?

—Sí.

Con una pequeña mirada hacía mí para asegurarse que estaba bien, Elliot levantó la solapa de la caja y miró hacia dentro. Sacó el libro de encima. Cadena de Favores.

—¿Has leído esto? —preguntó dudosamente.

Asentí y tomé el querido libro de sus manos y lo coloqué en el estante vacío dentro del clóset.

—Es bueno —dijo él.

Sorprendida, levante la mirada hacia él, preguntando.

—¿También lo has leído?

Él asintió, diciendo sin pena:

—Me hizo llorar.

Metiendo la mano, cogió otro libro y arrastró sus dedos por la cubierta.

—Este también es bueno. —Sus grandes ojos parpadearon hacia mí—. Tienes buen gusto.

Lo miré fijamente.

—Tú lees un montón.

—Usualmente un libro al día.

Mis ojos se abrieron de par en par.

—¿Hablas en serio?

Se encogió de hombros.

—Muchas personas vienen a Río Russian de vacaciones y muchas veces dejan sus lecturas de vacaciones aquí cuando se van. La librería consigue un montón y yo tengo un trato con Sue: yo consigo una primera vista a las donaciones siempre y cuando las recoja el lunes y las regrese el miércoles. —Se subió las gafas por el puente de la nariz—. Una vez, ella consiguió seis libros nuevos de una familia que estaba de visita durante la semana y los leí todos.

—¿Te leíste todos en tres días? —pregunté—. Eso es una locura.

Elliot frunció el ceño, entrecerrando sus ojos.

—¿Crees que estoy mintiendo?

—No creo que estés mintiendo. ¿Cuántos años tienes?

—Catorce, desde la semana pasada.

—Te ves más chico.

—Gracias —dijo rotundamente—. Contaba con eso. —Exhaló, soplando su cabello de su frente.

Una carcajada salió de mí garganta.

—No quise decirlo así.

—¿Cuántos años tienes tú? —preguntó.

—Trece. Mi cumpleaños es el dieciocho de marzo.

Se arregló los lentes en el puente de su nariz.

—¿Estás en secundaria?

—Sí, ¿tú?

Elliot asintió.

—También. —Miró alrededor del espacio vacío, observando.

—¿Qué hacen tus padres? ¿Trabajan en la ciudad?

Sacudí mi cabeza, mordiendo mi labio. Sin darme cuenta, de verdad había disfrutado hablar con alguien que no sabía que me quedé sin madre, que no me había visto rota y desmoronada después de que la perdí.

—Mi papá es dueño de una compañía en Berkeley que importa y vende cerámica hecha a mano, arte y cosas por el estilo. —No agregué que todo comenzó cuando empezó a importar las piezas de cerámica de su padre y se agotaron a lo loco.

—Genial. ¿Qué hay de…?

—¿Qué hacen tus padres?

Él entrecerró sus ojos ante mi arrebato pero respondió de todos modos.

—Mi mamá trabaja medio tiempo en la sala de cata en Toad Hollow. Mi papá es el dentista de la ciudad…

El dentista de la ciudad. ¿El único dentista? Supongo que no me había dado cuenta de qué tan pequeño era Healdsburg hasta que dijo eso. En Berkeley, había tres consultorios de dentistas solamente en mi camino de cuatro cuadras a la escuela.

—Pero solo trabaja tres días a la semana y te puedes dar cuenta que no le gusta quedarse quieto. Hace de todo en la ciudad —dijo Elliot—. Ayuda en el mercado de la granja. Con las operaciones de algunas vitivinícolas.

—Sí, el vino es un gran negocio por aquí, ¿no? —Me di cuenta mientras hablaba de cuántas bodegas habíamos pasado en el camino hacia acá.

—Vino: es lo que hay para cenar —dijo Elliot con una risa.

Y ahí, justo en ese segundo, se sintió como si tuviéramos una amistad normal.

No había tenido una amistad normal en tres años. Tenía amigas que dejaron de saber cómo hablarme, o se cansaron de que estuviera deprimida, o estaban tan centradas en chicos que ya no teníamos nada en común.

Pero luego lo arruinó.

—¿Tus padres están divorciados?

Aspiré un poco de aire, extrañamente ofendida.

—No.

Inclinó su cabeza y me miró, sin hablar. No necesitaba señalar que las dos veces que había visitado esta ciudad, había venido sin una madre.

Solté el aliento en lo que se sintió como una hora después.

—Mi mamá murió hace tres años.

La verdad reverberó en la habitación y supe que mi admisión cambió, irrevocablemente, algo entre los dos. Las cosas simples ya no lo eran: su nueva vecina, una chica, potencialmente interesante, también potencialmente poco interesante. Ahora era la chica que había sido dañada permanentemente de por vida. Era alguien que debía ser tratada con cuidado.

Sus ojos se habían abierto de par en par detrás de sus gruesos lentes.

—¿En serio?

Asentí.

¿Deseé no haberle dicho? Un poco. ¿Cuál es el punto de un retiro de fin de semana si no podía retirarme de la única verdad que parecía detener mi corazón cada pocos minutos?

Él miró hacia sus pies, jugando con un hilo perdido en sus pantalones cortos.

—No sé lo que haría.

—Yo aún no sé qué hacer.

Se quedó callado. Nunca he sabido cómo recuperar una conversación luego del tema de la madre muerta. Y tampoco qué era peor: tenerla con un semi desconocido como él, o tenerla de vuelta en casa con alguien que me había conocido toda mi vida y que no sabía cómo hablarme sin una sonrisa falsa o con simpatía.

—¿Cuál es tu palabra preferida?

Sobresaltada, levanté la mirada hacia él, insegura de haberlo escuchado bien.

—¿Mi palabra favorita?

Asintió con la cabeza, deslizando sus gafas por su nariz con un rápido y practicado gesto que le hizo parecer enfadado y luego sorprendido en un solo segundo.

—Tienes siete cajas de libros aquí arriba. Tengo la ligera sospecha de que te gustan las palabras.

Supongo que nunca había pensado que tendría una palabra favorita pero, ahora que me preguntó, me gustó un poco la idea. Dejé que mis ojos perdieran enfoque mientras pensaba.

—Ranunculus —dije después de un momento.

—¿Qué?

—Ranunculus. Es un tipo de flor. Es una palabra tan rara pero las flores son tan bonitas, me gusta lo inesperado que es.

«Eran las favoritas de mi mamá», fue lo que no dije.

—Eso es algo que una chica diría.

—Bueno, soy una chica.

Mantuvo sus ojos en sus pies pero sabía que no estaba imaginando el brillo de interés que había visto cuando dije ranunculus. Apuesto que había esperado que dijera unicornio, margarita o vampiro.

—¿Qué hay de ti? ¿Cuál es tú palabra favorita? Apuesto a que es tungsteno. O algo como anfibio.

Él torció una sonrisa, respondiendo:

—Regurgitar.

Arrugando mi nariz, lo miré fijamente.

—Es una palabra asquerosa.

Eso lo hizo sonreír aún más.

—Me gusta el sonido de las consonantes fuertes en ella. Suena casi exacto a lo que verdaderamente significa.

—¿Una onomatopeya?

Yo medio esperaba que unas trompetas hicieran sonar música reveladora desde un altavoz invisible en la pared por la forma en la que Elliot me miraba, con los labios entreabiertos y las gafas deslizándose lentamente por la nariz.

—Exacto —dijo él.

—No soy una completa idiota, ¿sabes? No tienes que lucir tan sorprendido porque conozco algunas palabras grandes.

—Nunca pensé que fueras idiota —dijo silenciosamente, mirando hacia la caja y sacando otro libro para entregármelo.

Por un largo tiempo, después de que volvimos a nuestro lento e ineficiente método de desempacar los libros, pude sentirlo levantar la mirada y mirarme, pequeños destellos de miradas robadas.

Pretendí que no me daba cuenta.