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Chapter 1

Sinopsis


Sinopsis

La mujer fatal más infame de Boston encuentra su pareja en un inglés peligrosamente gentil que ha jurado no casarse nunca.

Emmabelle Penrose ha ido por la vida sin necesitar a un hombre, un plan que ha funcionado sorprendentemente bien hasta hace unos cinco minutos, cuando decidió que debía tener un bebé.

Devon Whitehall tiene 1,90 metros con ADN de primera calidad, seguridad financiera y títulos de la realeza británica. Lo mejor de todo es que él teme lo que ella más teme: casarse.

Emmabelle cree que es una obviedad cuando Devon le ofrece sus servicios, su esperma y su participación en la vida de su futuro hijo.

Lo que comienza como un inocente y moderno acuerdo familiar, rápidamente se erosiona en una red de mentiras, pasados oscuros y secretos desvelados.

Dentro de este caos, Emmabelle y Devon se ven obligados a enfrentarse a la terrible verdad: son capaces de amar.

Y lo que es peor, podrían sentirlo entre ellos.

Advertencia

Esta historia contiene temas que algunos pueden considerar desencadenantes, como el abuso de menores y el grooming1.

Este libro NO está pensado para que te sientas cómodo y relajado por dentro.

Por favor, tenlo en cuenta antes de empezarlo.

Prólogo

Me habían prometido poco antes de concebirme.

Mi futuro está escrito, sellado y acordado antes de que mi madre tuviera su primera cita para la ecografía.

Antes de tener un corazón, un pulso, unos pulmones y una columna vertebral. Ideas, deseos y preferencias. Cuando no era más que una idea abstracta.

Un plan de futuro.

Una casilla que hay que marcar.

Su nombre era Louisa Butchart.

Lou, realmente, para los que la conocían.

Aunque no sería consciente del acuerdo hasta que cumpliera los catorce años. Contado justo antes de la tradicional excursión de caza prenavideña que los Whitehalls hacían con los Butchart.

No había nada malo en Louisa Butchart. Nada que pudiera encontrar, al menos.

Era encantadora, bien educada, de excelente pedigrí.

No hay nada malo en ella, excepto una cosa: no fue mi elección.

Supongo que así fue como empezó todo.

Cómo me convertí en quien soy hoy.

Un hedonista amante de la diversión, bebedor de whisky, aficionado a la esgrima y al esquí, que no respondía ante nadie y se metía en la cama con todo el mundo.

Todos los números y variables estaban ahí para crear la ecuación perfecta.

Grandes expectativas.

Multiplicado por las exigencias de aplastamiento.

Moralmente dividido por más dinero del que podría quemar.

Había sido bendecido con el físico adecuado, la cuenta bancaria adecuada, la sonrisa adecuada y la cantidad adecuada de encanto. Solo faltaba una cosa invisible: el alma.

Lo que pasa es que al no tener alma ni siquiera era consciente de ello.

Hizo falta alguien especial para mostrarme lo que me había estado perdiendo.

Alguien como Emmabelle Penrose.

Me abrió y el alquitrán se derramó.

Pegajoso, oscuro e interminable.

Este es el verdadero secreto de los libertinos reales.

Mi sangre nunca fue azul.

Era como mi corazón, negro puro.

Catorce años.

Montamos al atardecer.

Los sabuesos lideraban el camino. Mi padre y su camarada, Byron Butchart Sr., les seguían de cerca. Sus caballos galopaban a un ritmo perfecto. Byron Jr., Benedict y yo íbamos detrás.

Les dieron a los jóvenes las yeguas. Eran rebeldes y más difíciles de domar. Domar a las hembras jóvenes y enérgicas era un ejercicio que los hombres de mi clase habían recibido desde una edad temprana. Después de todo, habíamos nacido en una vida que requería una esposa bien entrenada, bebés regordetes, croquet y amantes seductoras.

Con la barbilla y los talones bajos, la espalda recta, era la imagen de un ecuestre real. No es que eso me ayudara a evitar que me arrojaran al sweat box, acurrucándome sobre mí mismo como un caracol.

A papá le encantaba arrojarme allí para verme retorcerme, sin importar lo duro, lo diligente, lo desesperado que tratara de complacerlo.

El sweat box, también conocido como cubo de aislamiento, era un montacargas del siglo XVII. Tenía forma de ataúd y ofrecía la misma experiencia. Como era muy claustrofóbico, mi padre me castigaba siempre que me portaba mal.

Sin embargo, portarse mal no era algo que hiciera a menudo, o incluso en absoluto. Esa era la parte triste. Deseaba con todas mis fuerzas que me aceptaran. Era un alumno de sobresaliente y un esgrimista dotado. Incluso había llegado al Campeonato Juvenil de Inglaterra en sable, pero aun así me arrojaron al montacargas cuando perdí contra George Stanfield.

Tal vez mi padre siempre supo lo que yo trataba de ocultar a la vista.

Por fuera, era perfecto.

Sin embargo, por dentro estaba podrido hasta los huesos.

A los catorce años, ya me había acostado con dos de las hijas de los criados, había conseguido montar el caballo favorito de mi padre hasta su prematura muerte y había coqueteado con la cocaína y el Special K2 (no el cereal).

Ahora, íbamos a la caza del zorro.

Odiaba bastante la caza del zorro. Y por bastante, quiero decir mucho. Lo detestaba como deporte, como concepto y como afición. No obtenía ningún placer matando animales indefensos.

Mi padre decía que el deporte de la sangre era una gran tradición inglesa, al igual que rodar el queso y la danza Morris. Personalmente, pensaba que algunas tradiciones no envejecían tan bien como otras. La quema de herejes en la hoguera era un ejemplo, la caza del zorro otro.

Cabe distinguir que la caza del zorro era -o debería decir que es- ilegal en el Reino Unido. Pero los hombres de poder, como llegué a saber, tenían una intrincada y a menudo tempestuosa relación con la ley. La aplicaban y la determinaban, pero la ignoraban casi por completo. Mi padre y Byron padre disfrutaban aún más de la caza del zorro porque estaba prohibida para las clases bajas. Le daba al deporte un brillo adicional. Un eterno recordatorio de que habían nacido diferentes. Mejores.

Nos adentrábamos en el bosque, pasando por el camino empedrado de la gran puerta de hierro forjado del castillo de Whitehall Court, la finca de mi familia en Kent. Se me revolvió el estómago al pensar en lo que estaba a punto de hacer. Matar animales inocentes para apaciguar a mi padre.

El suave repiqueteo de las Mary Janes sonó detrás de nosotros, golpeando los guijarros.

—¡Devvie, espera!

La voz era sin aliento, necesitada.

Me apoyé en Duquesa, empujando mis pies hacia delante, tirando de las riendas. La yegua volvió a galopar. Louisa apareció a mi lado, agarrando algo envuelto al azar. Llevaba su pijama rosa. Sus dientes estaban cubiertos de coloridos y horrendos aparatos.

—Te tengo algo —Se quitó de un manotazo los trozos de cabello castaño que se le pegaban a la frente. Lou era dos años menor que yo. Yo estaba en la desafortunada etapa de la adolescencia en la que cualquier cosa, incluidos los objetos afilados y ciertas frutas, me resultaba sexualmente atractiva. Pero Lou seguía siendo una niña. Con las articulaciones sueltas y el tamaño de un bolsillo. Sus ojos eran grandes e inquisitivos, bebiendo el mundo a tragos. No era precisamente una chica guapa, con sus rasgos medios y su complexión infantil. Y su aparato de ortodoncia le provocaba un impedimento en el habla del que era consciente.

—Lou —dije, frunciendo una ceja—. A tu madre le va a dar un ataque si descubre que te has escapado.

—No me importa —Se puso de puntillas y me entregó algo envuelto en uno de sus sensatos jerséis de punto. Tiré el jersey, encantado de encontrar dentro la petaca grabada de mi padre, cargada de bourbon.

—Sé que no te gusta la caza del zorro, así que te he traído algo para... ¿cómo lo dice papá? Para quitarte el miedo.

Los demás siguieron adelante, adentrándose en el espeso y musgoso bosque que rodea el castillo de Whitehall Court, sin saber o sin interesarse por mi ausencia.

—Pequeña loca —Tomé un trago de la petaca, sintiendo el fuerte ardor del líquido rodando por mi garganta—. ¿Cómo conseguiste esto?

Lou sonrió con orgullo, ahuecando su boca para cubrir todo el metal.

—Me he colado en el estudio de tu padre. Nadie se fija en mí, así que puedo salirme con la mía —El abatimiento en su voz me hizo sentirme triste por ella. Lou soñaba con ir a Australia y convertirse en salvadora de la fauna, rodeada de canguros y koalas. Esperaba por su bien que lo hiciera. Los animales salvajes, por muy agresivos que fueran, seguían siendo superiores a los humanos.

—Me fijo en ti.

—¿De verdad? —Sus ojos se hicieron más grandes, más marrones.

—Lo juro —Rasqué detrás de la oreja de Duquesa. Las hembras, me había dado cuenta, eran ridículamente fáciles de complacer—. Nunca te librarás de mí.

—¡No quiero librarme de ti! —dijo acaloradamente—. Haré cualquier cosa por ti.

—Oh, ¿Cómo cualquier cosa, ahora? —Me reí. Lou y yo teníamos la relación de un hermano mayor y una hermana menor. Ella hacía cosas para intentar ganarse mi afecto, y yo, a cambio, le aseguraba que era buena y cariñosa.

Ella asintió con entusiasmo.

—Siempre te cubriré la espalda.

—Bien entonces —Estaba listo para seguir adelante.

—¿Crees que alguna vez les dirás a tus padres que eres vegetariano? —soltó. ¿Cómo lo sabía ella?

—Me he dado cuenta de que rehúyes la carne e incluso el pescado cuando cenamos —Enterró una de sus Mary Janes en los guijarros, clavando los dedos de los pies, mirando hacia abajo avergonzada.

—No —Sacudí la cabeza, con un tono frío—. Hay algunas cosas que mis padres no necesitan saber.

Y entonces, como no teníamos nada más que decir, y tal vez porque temía que papá me arrojara al montacargas si me veía merodeando detrás, dije:

—Bueno, gracias por la bebida.

Levanté la petaca en señal de saludo, apreté el vientre de Duquesa con mis botas de montar y me uní a los demás.

—Oh, mira, si es Posh Spice —Benedict, el hermano mediano de Lou, se llevó un dedo para aflojar la correa de su casco—. ¿Qué fue lo que te retuvo?

—Lou nos dio un amuleto de buena suerte, Baby Spice —Incliné la petaca en su dirección. A diferencia de Louisa, que era un poco ansiosa, pero en general agradable, sus hermanos -a falta de una mejor descripción- eran unos completos y absolutos imbéciles. Matones de gran tamaño a los que les gustaba pellizcar a las sirvientas en el culo y hacer un desorden innecesario solo para ver cómo los demás ordenaban después de ellos.

—Maldita sea —resopló Byron—. Es patética.

—Querrás decir considerada. Pasar tiempo con mi padre requiere cierto nivel de intoxicación —dije con sarcasmo.

—No se trata de eso. Está obsesionada con tu lamentable culo —dijo Benedict.

—No seas ridículo —gruñí.

—No seas ciego —me gruño Byron.

—Eh. Lo superará. Todas lo hacen —Tomé otro trago, agradeciendo que mi padre y Byron padre estuvieran tan absortos en la discusión de asuntos relacionados con el parlamento, que no consideraran oportuno girar la cabeza para ver cómo estábamos.

—Espero que no lo haga —se burló Benedict—. Si está destinada a casarse con tu mierda de cerebro, al menos debería disfrutarlo.

—¿Dijiste casarse? —Bajé la petaca. También podría haber dicho enterrar—. Sin ofender a tu hermana, pero si está esperando una propuesta, mejor que se ponga cómoda porque no va a llegar una.

Byron y Benedict intercambiaron miradas, sonriendo conspiradoramente. Tenían el mismo color que Louisa. Hermosos como la nieve recién caída. Solo que parecían haber sido dibujados con la mano izquierda.

—No me digas que no lo sabes —Byron ladeó la cabeza, una sonrisa cruel se extendió por su cara. Nunca me ha gustado. Pero especialmente no le tenía cariño en ese momento.

—¿Saber qué? —grité, aborreciendo que tuviera que seguirles la corriente para saber de qué estaban hablando.

—Tú y Lou van a casarse. Está todo arreglado. Incluso hay un anillo.

Me reí a lo loco, dando una patada en el costado derecho de Duquesa para que chocara con la yegua de Benedict, haciéndole perder el equilibrio. Qué montón de estupideces. Mientras seguía riendo, me di cuenta de que sus sonrisas habían desaparecido. Ya no me miraban con picardía.

—Me estás jodiendo —Mi sonrisa cayó. Sentí la garganta llena de arena.

—No —dijo Byron, rotundamente.

—Pregúntale a tu padre —desafió Benedict—. Está decidido en nuestra familia desde hace años. Eres el hijo mayor del marqués de Fitzgrovia. Louisa es la hija del Duque de Salisbury. Una Lady. Algún día te convertirás en marqués, y nuestros padres quieren que la sangre real permanezca en la familia. Mantener las propiedades intactas. Casarse con una plebeya debilitaría la cadena.

Los Whitehall eran una de las últimas familias de la nobleza a las que la gente seguía prestando atención. Mi bisabuela, Wilhelmina Whitehall, era la hija de un rey.

—No quiero casarme con nadie —dije con los dientes apretados. Duquesa comenzó a acelerar, entrando en el bosque.

—Bueno, ob-via-mente —Benedict puso una cara d'uh poco favorecedora—. Tienes catorce años. Todo lo que quieres es jugar a los videojuegos y acariciar tu carne con pósters de Christie Brinkley. Sin embargo, te vas a casar con nuestra hermana. Demasiados asuntos entre nuestros padres para dejar que esta oportunidad se desperdicie.

—Y no te olvides de las propiedades que ambos conservarán —añadió Byron con ánimo de ayudar, dándole a su yegua una patada viciosa para hacerla ir más rápido—. Yo diría que buena suerte al darle hijos. Parece el Alien de Ridley Scott.

—¿Hijos...? —Lo único que me impidió vomitar las tripas fue el hecho de que no quería desperdiciar el coñac perfectamente bueno que estaba chapoteando en mi estómago.

—Lou dice que quiere tener cinco cuando sea mayor —dijo Byron, disfrutando—. Creo que te va a mantener ocupado en la cama, amigo.

—Sin mencionar exhausto —dijo Benedict con desprecio.

—Sobre mi cadáver.

Se me hizo un nudo en la garganta y se me pusieron las manos tiesas. Me sentía como si fuera el blanco de una terrible broma. Por supuesto, no podía hablar de ello con mi padre. No podía enfrentarme a él. No cuando sabía que siempre estaba a una palabra equivocada del montacargas.

Todo lo que podía hacer era disparar a animales indefensos y ser exactamente quien él quería que fuera.

Su pequeña máquina bien engrasada. Lista para matar, follar o casarse según se le ordene.

Esa misma noche, Byron, Benedict y yo nos sentamos frente a uno de los zorros muertos del granero. El olor pavloviano de la muerte envolvía la habitación. Mi padre y Byron padre habían llevado todos sus preciados zorros muertos al taxidermista y nos habían dejado uno para que nos deshiciéramos de él.

—Quémenlo, jueguen con él, déjenlo para que se lo coman las ratas por lo que a mí respecta —Había escupido mi padre antes de dar la espalda al cadáver.

Era una hembra. Pequeña, desnutrida y de pelaje opaco.

Tenía cachorros. Me di cuenta por las tetas que se asomaban a través del pelaje de su vientre. Pensé en ellos. Cómo estaban solos, hambrientos y abandonados en el oscuro y vasto bosque. Pensé en cómo le disparé cuando papá me lo ordenó. Cómo le clavé una bala entre los ojos. Cómo me miró con una mezcla de asombro y terror.

Y cómo miré hacia otro lado porque había sido papá el que quería disparar.

Benedict, Byron y yo nos pasamos una botella de champán de un lado a otro, discutiendo los acontecimientos de la noche, con Frankenfox mirándome acusadoramente desde el otro lado del granero. Benedict también consiguió cigarrillos enrollados de uno de los sirvientes. Los fumamos con ganas.

—Vamos, amigo, casarse con nuestra hermana no es el fin del mundo —Byron soltó una carcajada de villano de Bond mientras se colocaba sobre la zorra, con una de sus botas apoyada en su espalda.

—Es una niña —escupí. Tumbado en un taburete de madera, sentí que mis huesos tenían un siglo de antigüedad.

—No va a ser una niña para siempre —Benedict clavó el filo de su bota en la tripa del zorro.

—Para mí, lo será.

—Te hará aún más rico —añadió Byron.

—Ningún dinero puede comprar mi libertad.

—¡Ninguno de nosotros nació libre! —Benedict tronó, pisando fuerte—. ¿Cuál es el incentivo para seguir vivo, si no es para ganar más poder?

—No sé cuál es el sentido de la vida, pero te aseguro que no voy a aceptar indicaciones de un niño rico y regordete que necesita pagar a las criadas para que le den un toque —gruñí, enseñando los dientes—. Elegiré a mi propia novia, y no será tu hermana.

Francamente, no quería casarme en absoluto. Por un lado, estaba seguro de que sería un marido terrible. Perezoso, infiel, y con toda probabilidad obtuso. Pero quería mantener mis opciones abiertas. ¿Y si me encontraba con Christie Brinkley? Me casaría con ella si eso significara meterme en sus bragas.

Byron y Benedict intercambiaron miradas de desconcierto. Sabía que no eran leales a su hermana menor. Ella era, después de todo, una chica. Y las chicas no eran tan distinguidas, ni tan importantes como los chicos en la sociedad de la nobleza. No podían continuar con el nombre de la familia y, por lo tanto, no eran tratadas más que como un adorno que había que recordar para incluir en las fotos de las tarjetas de Navidad.

Lo mismo ocurrió con mi hermana menor, Cecilia. Mi padre ignoraba en gran medida su existencia. Siempre la mimaba después de que la enviara a su habitación o la arropase por ser demasiado redonda o demasiado “aburrida” para desfilar por la alta sociedad. Le llevaba galletas a escondidas, le contaba cuentos para dormir y la llevaba al bosque, donde jugábamos.

—Bájate de tu maldito caballo, Whitehall. No eres demasiado bueno para nuestra hermana —gimió Byron.

—Puede ser, pero no me voy a acostar con ella.

—¿Por qué? —Byron exigió—. ¿Qué le pasa?

—Nada. Todo —Hice un agujero en el heno con la punta de mi bota. Ya estaba bastante borracho.

—¿Prefieres besar la boca de este zorro o la de Lou? —presionó Benedict, sus ojos vagando por el granero, detrás de mi hombro, y más allá.

Le dirigí una mirada irónica.

—Prefiero no besar a ninguno de los dos, feto de clase A.

—Bueno, debes elegir uno.

—¿Debo hacerlo? —Tenía hipo, recogí una herradura perdida y se la lancé. Fallé por una milla—. ¿Por qué demonios es eso?

—Porque —dijo Byron lentamente—, si besas al zorro, le diré a mi padre que eres gay. Eso arreglaría todo. Te librarías del problema.

—Gay —repetí insensiblemente—. Podría ser gay.

Técnicamente, no. Amaba demasiado a las mujeres. En todas las formas, colores y peinados.

Byron se rio.

—Seguro que eres bastante guapo.

—Eso es un estereotipo —dije e inmediatamente me arrepentí. No estaba en condiciones de explicar la palabra estereotipo a estos dos imbéciles.

—Liberal de corazón sangriento —rio Byron, dando un codazo a su hermano.

—Quizá sea gay —reflexionó Benedict.

—No —Byron negó con la cabeza—. Ya se ha tirado a un par de pájaros que conozco.

—¿Y bien? ¿Vas a hacerlo o no? —exigió Benedict.

Consideré la propuesta. Benedict y Byron eran conocidos por este tipo de estratagemas. Hacían girar las mentiras alrededor de la gente, y otros simplemente se lo creían. Lo sabía porque fui a la misma escuela con ellos. ¿Qué era un tonto beso en la boca de un zorro muerto en el gran esquema de las cosas?

Esta era mi única esperanza. Si me enfrentaba a mi padre, uno de los dos moriría. Tal como estaba ahora, ese alguien iba a ser yo.

—Bien —Me levanté del taburete, zigzagueando hacia Frankenfox.

Me agaché y acerqué mis labios a la boca del zorro. Estaba gomosa y fría y olía a hilo dental usado. La bilis me cubrió la garganta.

—Amigo, oh Dios. Realmente está haciendo esto —Benedict resopló a mis espaldas.

—¿Por qué no tengo una cámara? —Byron gimió. Ahora estaba en el suelo, agarrándose el estómago de lo mucho que se reía.

Me retiré. Me pitaban los oídos. Mi visión se volvió borrosa. Veía todo a través de una niebla amarilla. Alguien detrás de mí gritó. Giré rápidamente hacia atrás, cayendo de rodillas. Lou estaba allí. En las puertas dobles abiertas del granero, todavía con su pijama rosa. Su mano presionada contra su boca mientras temblaba como una hoja.

—¡Tú... tú... tú... pervertido! —maulló.

—Lou —gruñí—. Lo siento.

Y lo sentía, pero no por no querer casarme con ella. Solo por cómo se enteró de ello.

Benedict y Byron se revolcaban en el heno, dándose puñetazos, y riendo.

Me habían tendido una trampa. Sabían que estaba allí, junto a la puerta, observando todo el tiempo. Nunca iba a salir de este acuerdo.

Lou se dio la vuelta y salió corriendo. Sus lágrimas, como pequeños diamantes, volaron detrás de sus hombros.

El grito que salió de su boca fue salvaje. Como el que lanzó Frankenfox antes de que la matara.

Me desplomé y vomité, desplomándome sobre los restos de mi cena.

La oscuridad giraba a mí alrededor.

Y yo, en cambio, sucumbí a ella.

Mi padre me entregó un whisky a la mañana siguiente. Estábamos en su gran estudio de roble, con un carrito de bar dorado y cortinas de color burdeos. Uno de los criados me había llevado a su despacho minutos antes. No hacía falta ninguna explicación. Simplemente me arrastró por las alfombras y me arrojó a los pies de papá.

—Toma. Para tu resaca.

Papá me indicó el sillón reclinable de cuero marrón que había frente a su escritorio. Me senté y acepté la bebida.

—¿Me estás dando whisky? —Lo olfateé, mis labios se curvaron con desagrado.

—Pelo de perro3 —Se desperezó en su sillón de ejecutivo, alisándose el bigote con los dedos—. Tomar el pelo del perro que te mordió alivia la abstinencia.

Tomé un trago del veneno, haciendo una mueca de dolor mientras se abría paso hasta mis entrañas. Había pasado una noche sin dormir en el heno del granero. Me despertaba con un sudor frío, soñando con pequeños bebés como Louisa corriendo detrás de mí. El sabor del beso del zorro muerto tampoco suavizó el golpe.

El aroma del té negro y de los bollos frescos recorría los pasillos del castillo de Whitehall Court. El desayuno aún no había terminado. El estómago se me revolvió, recordándome que el apetito era un lujo para los hombres que no estaban recién comprometidos.

Me bebí el whisky.

—¿Querías verme?

—No quiero verte nunca. Desgraciadamente, es una necesidad que viene con el hecho de engendrarte —Papá no se anduvo con rodeos—. Esta mañana me han informado de algo bastante inquietante. Lady Louisa les contó a sus padres lo que sucedió ayer, y su padre me transmitió la situación —Mi padre -alto, delgado y llamativo, con el cabello rubio arenoso y un traje pulcramente planchado- habló con acusación en su voz, invitándome a explicarme.

Ambos sabíamos que yo le desagradaba a nivel personal. Que engendraría nuevos sucesores, si no fuera porque yo seguía siendo el mayor y, por tanto, el heredero de su título. Era demasiado agraciado, demasiado ratón de biblioteca, demasiado parecido a mi madre. Había permitido que otros chicos me dominaran, que me hicieran un animal.

—No quiero casarme con ella.

Esperaba una bofetada o una paliza. Ninguna de las dos cosas me sorprendería. Pero lo que obtuve fue una ligera risa y un movimiento de cabeza.

—Lo entiendo —dijo.

—¿No tengo que hacerlo? —Me animé.

—Oh, te casarás con la chica. Tus deseos no tienen importancia. Tampoco tus pensamientos, para el caso. Los matrimonios por amor son para las personas comunes y corrientes. Gente nacida para seguir las ingratas reglas de la sociedad. No debes desear a tu esposa, Devon. Su propósito es servirte, engendrar hijos y lucir hermosa. Un consejo: mantén tu deseo para aquellos de los que puedas disponer. Es más inteligente y más limpio. Las reglas plebeyas no se aplican a la clase alta.

La necesidad de aplastar violentamente su cabeza contra la pared era tan urgente que mis dedos se curvaron en mi regazo. Cuando permanecí en silencio durante varios minutos, puso los ojos en blanco, mirando hacia el cielo, como si fuera yo el que estaba siendo poco razonable.

—¿Crees que quería casarme con tu madre?

—¿Qué le pasa a mamá? —Era bonita y razonablemente agradable.

—¿Qué no? —Sacó un cigarro de una caja y lo encendió—. Si corriera tanto como su boca, estaría en buena forma. Sin embargo, ella era un paquete. Ella tenía el dinero. Yo tenía el título. Lo hicimos funcionar.

Me quedé mirando el fondo de mi vaso de whisky vacío. Aquello parecía el eslogan de la comedia romántica más deprimente del mundo.

—No necesitamos más dinero, y ya tendré un título.

—No es solo el dinero, imbécil —Golpeó la palma de la mano contra su escritorio entre nosotros, rugiendo—: ¡Todo lo que se interpone entre nosotros y los plebeyos que nos sirven es el pedigrí y el poder!

—El poder corrompe —dije secamente.

—El mundo está corrupto —Su labio se curvó con disgusto. Sabía muy bien que estaba a punto de ser arrojado al montacargas—. Estoy tratando de explicarle en un inglés sencillo que el asunto de tus nupcias con la señorita Butchart no está en discusión. En todo caso, difícilmente va a ocurrir mañana.

—No. Ni mañana ni nunca —Me oí decir—. No me casaré con ella. Mamá no lo tolerará.

—Tu madre no tiene nada que decir.

Sus ojos azules se oscurecieron en un espejo jaspeado. Pude verme en su reflejo. Me veía pequeño y hundido. No era yo mismo. No el muchacho que montaba a caballo con el viento bailando en su cara. El que metía la mano bajo el vestido de una sirvienta y la hacía reír sin aliento. El chico con la velocidad explosiva y el deslumbrante juego de pies que hizo llorar a algunos de los mejores esgrimistas de Europa. Ese chico podía atravesar el negro corazón de su padre con una espada puntiaguda y comerse su corazón mientras aún latía. Este chico no podía.

—Te casarás con ella y me darás un nieto varón, preferiblemente uno superior a ti —Mi padre terminó su cigarro y lo apagó en un cenicero cercano—. Este asunto está resuelto. Ahora ve a disculparte con Louisa. Te casarás con ella cuando termines la Universidad de Oxford, y ni un momento después, o perderás toda tu herencia, tu apellido y los parientes que, por una razón que desconozco, aún te toleran. Porque no te equivoques, Devon: cuando le diga a tu madre que debe repudiarte, no se lo pensará dos veces antes de dar la espalda a su hijo. ¿Me entiendes?

Mi astucia me superó en ese momento, como tenía la tendencia a hacer, lavando mi piel como un ácido. Haciendo que me volviera del revés y me convirtiera en otra persona. No tenía sentido luchar contra él. No tenía ninguna ventaja. Podía ser golpeado, encerrado, burlado y torturado... o podía jugar bien mis cartas.

Hacer lo que él y el Sr. Butchart hicieron tan a menudo. Jugar con el sistema.

—Sí, señor.

Mi padre entrecerró los ojos con desconfianza.

—Te digo que te cases con Louisa.

—Sí, señor.

—Y discúlpate con ella ahora.

—Desde luego, señor —Incliné más la cabeza, un fantasma de sonrisa rondando mis labios.

—Y bésala. Demuéstrale que te gusta. Sin lengua ni cosas raras. Solo lo suficiente para demostrar que eres fiel a tu palabra.

La bilis subió por mi garganta.

—La besaré.

Sorprendentemente, parecía aún menos complacido, la punta de su labio superior se torció mientras gruñía.

—¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?

Mi padre era a la vez malo e idiota, una combinación horrible. Tenía más temperamento que cerebro, lo que lo llevaba a cometer muchos errores en los negocios. En casa, reinaba con un puño de hierro que, la mayoría de las veces, caía en mi cara. Los errores en los negocios eran más fáciles de tratar: mi madre se había hecho cargo de los libros sin que él lo supiera, y casi siempre estaba demasiado borracho para darse cuenta. En cuanto a mis abusos... ella sabía muy bien que, si intentaba protegerme, él también le pondría el cinturón.

—Supongo que tienes razón —Me recosté en mi asiento, cruzando las piernas despreocupadamente—. ¿Qué más da con quién me case, mientras pueda entrar dormido en los libros de historia?

Se rio, la oscuridad de sus ojos se derritió. Esto era más bien lo suyo. Tener un hijo pagano y pecador con un déficit de escrúpulos y aún menos rasgos positivos.

—¿Ya te acostaste con alguien?

—Sí, señor. A los trece años.

Se pasó el pulgar por la barbilla.

—Me acosté por primera vez con una mujer a los doce años.

—Brillante —dije. Aunque la idea de que mi padre follara a una mujer por detrás a los doce años me hizo querer acurrucarme en el sofá de un terapeuta y no salir de allí en una década.

—Bien entonces —Se dio una palmada en el muslo—. Adelante y arriba, jovencito. La aristocracia inglesa no es barata. Hay que conservarla para mantenerla.

—Entonces haré mi parte, papá —Me puse de pie, lanzándole una sonrisa socarrona.

Ese fue el día en que realmente me convertí en un libertino.

El día en que me convertí en el hombre astuto y desalmado que ahora veía cuando me miraba en el espejo.

El día en que efectivamente me disculpé con Louisa, incluso la besé en la mejilla, y le dije que no se preocupara. Que había estado borracho, que había sido un error. Que definitivamente nos casaríamos y que sería un evento hermoso. Con floristas y arzobispos y una tarta más alta que un rascacielos.

Jugué bien mis cartas durante la siguiente década.

Le enviaba regalos de cumpleaños, la colmaba de tarjetas y me reunía con ella a menudo durante las vacaciones de verano. Le puse flores en el cabello y le dije que todas las demás chicas con las que me había acostado no tenían sentido. La dejé esperar, suspirar y tejer un futuro para los dos en su cabeza.

Incluso convencí a mis padres para que me financiaran la carrera de Derecho en Harvard al otro lado del charco y pospusieran el matrimonio un par de años, explicándoles que volvería en cuanto me graduara para tomar a Louisa como esposa.

Pero la verdad es que el día que terminé la educación secundaria y me enviaron a Boston fue la última vez que pisé suelo británico.

La última vez que mi padre me vio.

Fue la traición perfecta, realmente.

Utilicé su riqueza y sus conexiones hasta que ya no las necesité.

Una licenciatura en Derecho por una escuela de la Ivy League fue suficiente capital para conseguir un puesto de socio de 400.000 euros al año en uno de los mayores bufetes de Boston. En mi tercer año, tripliqué esa cantidad, incluidas las primas.

¿Y ahora? Ahora era un millonario hecho a sí mismo.

Mi vida era mía. Para liderar, para gobernar, y para fastidiar.

Y el único montacargas en el que estaba atrapado era el de mi cabeza.

Las voces de mi pasado seguían resonando en su interior, recordándome que el amor no era más que una aflicción de la clase media.

Uno

Presente

—Malformación uterina —repetí entumecida, mirando fijamente al doctor Bjorn.

Me sentía ridícula. Con mi ajustada falda lápiz de cuero rojo y mi camisa blanca recortada, una pierna colgando sobre la otra, mis sandalias Prada de tacón alto colgando de los dedos de los pies. Todo en mí gritaba mujer. Todo menos el hecho de que, aparentemente, no podía tener hijos.

—Eso es lo que indicó la ecografía —Mi ginecólogo me miró con simpatía, entre un respingo y una mueca—. Pedimos la resonancia magnética para confirmar el diagnóstico.

Era curioso que lo que pensaba en ese momento no era la implicación de mi condición, sino lo profunda y extrañamente estúpido que era el doctor Bjorn.

Como un Pomerania de Taza de Té, aunque no es ni la mitad de bonito, parecía tener unos sesenta años, con el cabello sal y pimienta cubriéndole la mayor parte. Desde las cejas pobladas y la melena salvaje hasta los mechones esponjosos de los dedos. El vello de su pecho se enroscaba fuera de su bata verde, como si escondiera una mascota de chía.

—Explícame otra vez lo que significa. Malformación uterina —Me acuné la rodilla, enviándole una sonrisa con brillo en los labios.

Se movió en su asiento y se aclaró la garganta.

—Bueno, su diagnóstico es septo uterino, la forma más común de malformación uterina. En realidad, es una buena noticia. Estamos familiarizados con él y podemos tratarlo de varias maneras. Tu útero está parcialmente dividido por una pared muscular, lo que te pone en riesgo de infertilidad, abortos repetidos y partos prematuros. Puedes verlo aquí.

Señaló la foto de la ecografía que había entre nosotros. No estaba de humor para establecer un contacto visual directo con el fracaso de mi útero, pero miré de todos modos.

—¿Infertilidad? —No tenía la costumbre de repetir como un loro las palabras de la gente, pero... ¿qué demonios? ¡Infertilidad! Apenas tenía treinta años. Tenía al menos cinco años más para cometer errores magníficos y memorables con hombres al azar antes de tener que pensar en tener bebés.

—Correcto —El doctor Bjorn asintió, todavía hipnotizado por mi falta de emoción. ¿No sabía que no tenía ninguna?—. Junto con su SOP, podría ser un problema. Estoy feliz de discutir los próximos pasos con usted...

—Espera —Levanté una mano, agitando mi manicura francesa de punta roja de un lado a otro—. Vuelve a esa abreviatura. ¿SO-qué?

—SOP. Síndrome de ovario poliquístico. Dice en tu expediente que te diagnosticaron a los quince años.

Sí. Las cosas estaban un poco confusas cuando llegué al hospital esa vez.

—Supongo que tampoco es bueno —dije con tono inexpresivo.

Pasó un pulgar por su teléfono: para mí era un punto bajo en mi vida, pero para él era un miércoles más.

—Podría causar más problemas de infertilidad.

Genial. Mi vientre le dio a Mónica de Friends una larga competencia. Quería empezar una pelea. Dirigí mi ira hacia el doctor Bjorn.

—¿Qué significa eso? —resoplé—. ¿No es la malformación uterina un problema que se desarrolla a lo largo del embarazo?

Con otra sonrisa de disculpa, el doctor Bjorn se volvió hacia la pantalla que tenía delante y frunció el ceño, con las cejas pobladas chocando entre sí. Hizo clic en su ratón para desplazarse por mi historial médico. Un ratón estúpido con clics que suenan estúpidos.

—Aquí dice que tuviste un aborto espontáneo a los quince años.

Un aborto espontáneo.

Como si decidiera ir a tomar un café con un amigo.

El doctor Bjorn parecía tan avergonzado que me sorprendió que no hiciera un agujero en la alfombra y desapareciera en el piso de abajo. Sus ojos me preguntaron si era verdad. Su boca no lo hizo. Sabía la respuesta.

—Uy —Sonreí de forma macabra—. Así es. Debo haberlo olvidado. Fue un año muy ocupado.

El doctor Bjorn se acarició el brazo peludo.

—Mira, sé que esto es abrumador...

Dejé escapar una carcajada.

—Por favor, doctor. Ahórrese el discurso de los folletos y vayamos al grano. ¿Cuáles son mis opciones?

—¡Tienes muchas opciones! —anunció, animándose. Con esto podría trabajar. Soluciones. Hechos. La ciencia—. Hay formas de asegurar tu futura maternidad. Si estás interesada en ser madre, por supuesto.

Tuve la tentación de decir que no, que no estaba por la labor de cambiar pañales o de hacer dibujos poéticos de figuras de palo. Que la maternidad era una fuerza de desempoderamiento para las mujeres en una sociedad altamente patriarcal. Hasta cierto punto, incluso me creí esta ideología postfeminista. Al fin y al cabo, yo era una empresaria autónoma cuya ambición vital era cabrear a la gente. Rompía un bote de pepinillos en el suelo y me lo comía, con cristal y todo, antes de pedirle a un hombre que me lo abriera.

Pero no pude sacar las palabras de mi boca.

La verdad es que sí quería ser madre. Con cada fibra de mi ser.

No era sofisticado ni ambicioso ni destacable, pero era cierto. Por eso, hacía unas semanas, había visitado por primera vez al doctor Bjorn para asegurarme de que mi sistema reproductivo estaba en perfecto estado y listo para salir, cuando me decidiera a hacerlo. No hace falta decir que no lo estaba.

—Sí —Me encogí de hombros sin compromiso—. Quiero, supongo.

El doctor Bjorn ladeó la cabeza y frunció el ceño. Intentó descifrar por qué, exactamente, me estaba comportando así. Como si estuviera tratando de venderme paneles solares y yo lo rechazara. ¿No era yo un ecologista?

—En ese caso, la primera etapa es congelar los óvulos.

Le lancé una sonrisa dulce e impaciente.

—¿Piensas llevar a tus futuros hijos a término? —preguntó.

—¿Puedo evacuarlos durante el segundo trimestre? —Bostecé, revisando mis uñas—. ¿Los bebés no necesitan estar completamente cocidos?

—Lo que quiero decir es que tu edad debe ser una de tus consideraciones. Cada año que pasa, aumenta el riesgo de aborto o de parto prematuro.

—¿Qué estás diciendo, exactamente? —presioné.

—Puedes considerar la gestación subrogada si planeas tener hijos más adelante. Lo ideal, y teniendo en cuenta las complicaciones, es que, si estás preparada, intentes quedarte embarazada enseguida. Pero en última instancia, no quiero que te sientas apurada.

Un poco tarde para eso, boo. Pasé de tener cinco años a ser arrojada a la autopista de la maternidad en el momento en que dijo eso. Porque, de nuevo, ¿qué mierda? Esta no era mi vida. Se suponía que debía esperar hasta los treinta y cinco años, elegir un donante de esperma guapo -incluso iba a derrochar y conseguir la membresía realmente cara del banco de esperma para poder ver las fotos de esos hombres potenciales- y luego tener un par de hijos y crear mi propia mini familia.

—El mes que viene parece un buen momento para quedarse embarazada —Me oí decir—. Déjame ver si puedo mover mi cita de depilación.

—Señorita Penrose —reprendió el doctor Bjorn, levantándose para servirme un vaso de agua. Me lo dio. Lo engullí de un trago—. Sé que no es la noticia que quería oír. No tienes que ser valiente aquí. No pasa nada por estar disgustada.

Esto, por supuesto, era falso. Venirse abajo era un privilegio que tenían otras personas. Estaba programada para no tener miedo. La vida me lanzaba bolas curvas a diestro y siniestro. Me deslizaba por ellas como un personaje de dibujos animados con una sonrisa en el rostro.

Recogí mi bolso Chanel del suelo.

—Si tengo que quedarme embarazada este año, lo haré. ¿No hay hombre? No hay problema. Conseguiré un donante de esperma. He oído que son altos, inteligentes y buenos con los números. ¿Qué más se puede pedir en un padre de un bebé? —Solté una carcajada y me puse de pie. El ginecólogo permaneció sentado, todavía mirándome con total asombro.

Sí, lo sé. No tengo corazón. Sin emociones. Y, desde hace cinco minutos, clínicamente sin útero también.

—¿No quieres pensar en ello? —preguntó.

—No hay nada que pensar. El tiempo corre en mi contra. Conseguiré un donante de esperma y lo haré.

Tampoco tenía el dinero necesario para recurrir a un vientre de alquiler. Además, quedarme embarazada era parte del trato. En los últimos años, había visto a mis amigas y a mi hermana parir niños como si fueran dispensadores de PEZ. Con vientres redondos y hermosos, antojos excéntricos y sonrisas vertiginosas, mientras reflexionaban sobre la eterna pregunta: ¿pintura pastel o papel pintado para el cuarto del bebé?

Quería todas esas cosas.

Cada una de sus experiencias mundanas y triviales.

Excepto por uno.

El esposo.

Casarme no estaba en mis planes.

Los hombres eran volátiles, poco fiables y, sobre todo, un peligro para mí.

—Bueno, en ese caso... —El doctor Bjorn me tendió la mano para que la estrechara—. Te voy a recetar 50 miligramos de clomifeno. Debes tomarlo a partir del segundo día de tu ciclo menstrual del mes en que pretendes quedarte embarazada. Cinco píldoras, una para cada día, durante cinco días. Debe tomarse a la misma hora. Mantente hidratada y vigila tu ciclo. Los test de ovulación van a ser tu nuevo mejor amigo. Cuando encuentres a tu donante perfecto, avísame. Quiero leer su historial médico para ver si es apto para ti.

—¡Maravilloso! —Me di la vuelta y salí pavoneándome de la habitación, huyendo antes de que consiguiera colar otro diagnóstico grave sobre mi cuerpo.

Me despedí de la recepcionista con la mano y salí del edificio sin recordar haberlo hecho. Supongo que estaba teniendo una experiencia extracorporal.

Avancé hacia mi deportivo BMW, cuando sonó mi móvil. Lo saqué del bolso. Era mi hermana, Persy.

—Hola, Pers —La saludé afectuosamente, sin ningún indicio de angustia en mi voz. Fingir que tenía las cosas claras era un arte que había perfeccionado hacía tiempo.

—Hola, Belle. ¿Dónde te encuentro?

—Acabo de salir del ginecólogo.

—No hay nada como que un completo desconocido te pinche las entrañas con una lupa —Suspiró con lo que sospeché que era un anhelo genuino. Maldita sea, ella y su marido Cillian eran pervertidos—. ¿Todo bien ahí abajo?

Escuché a mi sobrino, Astor, haciendo sonidos de explosión en el fondo. Le encantaba imaginar que la mierda explotaba cuando jugaba a los Legos. Ese niño se estaba convirtiendo en un tirano al noventa y nueve por ciento, y yo estaba aquí para ello. La tía necesitaba nuevos rompehielos y tener un sobrino dictador era un gran tema de conversación.

—Mi vagina está en un estado inmaculado, para alguien que trabaja demasiado y está mal pagado —Deslicé mis lentes de sol de diseño por la nariz, pavoneándome por la calle—. ¿Necesitas algo?

Mi hermana y yo hablábamos al menos cuatro veces al día, pero normalmente no me preguntaba dónde estaba. Quizá quería que cuidara a Astor. Ahora que tenía un recién nacido -el bebé Quinn, el más guapo del planeta Tierra-, a menudo necesitaba que le echara una mano.

—No. Mamá va a venir a cuidar a los niños. Cillian me va a llevar a una cita. Nuestra primera desde que nació Quinn. He tenido esta extraña necesidad de llamarte para asegurarme de que estás bien. No sé qué me ha pasado —se lamenta mi dulce e intuitiva hermanita.

Persephone “Persy” Fitzpatrick era todo lo que yo no era: romántica, maternal y seguidora de las normas.

Oh, y la esposa del hombre más rico de América. No es gran cosa.

Me detuve, apoyando una mano en una pared de ladrillos rojos. La calle Salem se extendía frente a mí en todo su esplendor veraniego, salpicada de panaderías, cafés de colores y flores que brotaban de cestas colgadas.

—No, Pers. Tenías toda la razón. Necesitaba escuchar tu voz.

Un silencio incómodo llenó mis oídos. Cuando Persy se dio cuenta de que no iba a explicar por qué necesitaba oír su voz, dijo:

—¿Puedo hacer algo por ti, Belle? ¿Cualquier cosa?

¿Puedes tener un bebé para mí?

¿Puedes arreglar mi útero?

¿Puedes borrar mi pasado, que me ha jodido tanto, tan exhaustivamente, que ya no puedo confiar en nada ni en nadie más que en mí misma?

—Solo con oír tu voz es suficiente —Sonreí.

—Te quiero, Belle.

—Lo mismo digo, Pers.

Volví a meter el teléfono en el bolso y sonreí despreocupadamente, como si no pasara nada.

Y entonces... entonces sentí que mis mejillas se mojaban con lágrimas furiosas e imparables.

¿Estaba llorando a mares en medio de una calle principal muy transitada? Puedes apostar tu culo a que sí.

Más bien berreando. Jadear también funcionaba. Mis lágrimas eran amargas y calientes, llenas de autocompasión y rabia fresca. La injusticia de mi situación hizo que se me cortara la respiración. ¿Por qué estaba sucediendo esto? ¿Por qué a mí? Yo no era una mala persona.

En realidad, era una bastante buena.

Hacía donaciones a organizaciones benéficas, cuidaba a los hijos de mis amigas y siempre compraba galletas de las Girl Scouts. Incluso las de limón, que, admitámoslo, eran tan malas que deberían ser ilegales en los cincuenta estados.

¿Por qué iba a ser más difícil para mí tener un hijo -si es que era posible- cuando todas las que me rodeaban se quedaban embarazadas en cuanto sus maridos les pedían que les pasaran la sal?

Abatida, ansiosa y confundida, entré a trompicones en el templo.

No, no el lugar donde se reza. Un lugar llamado Temple Bar.

Emborracharse a plena luz del día puede no ser lo más inteligente, pero seguro que era reconfortante. Además, necesitaba prepararme antes de ir a una fiesta esta noche. Y definitivamente iba a ir de fiesta esta noche.

Empujé la puerta, me dirigí a la barra y pedí un vaso alto de cualquier cosa que me emborrachara en tiempo récord.

—Un After Shock y una copa de vino en camino —El camarero saludó, pasando un paño de limpieza por encima del hombro y sacando una copa llena de vapor del lavavajillas.

Me desplomé en un taburete, masajeándome las sienes mientras intentaba procesar mi nueva realidad. Era tener un bebé ahora o prácticamente nunca.

Turistas y profesionales descansaban en cabinas de madera verde, disfrutando de pintas de Guinness, bacalaos y guisos irlandeses.

Las canciones populares irlandesas sonaban en los altavoces, alegres y llenas de alegría. ¿No sabía el mundo que me dolía?

El lugar parecía un auténtico pub irlandés, con techos altos adornados y paredes empapadas de licor.

El camarero volvió con mis bebidas antes de que pudiera romper a llorar espontáneamente. No había llorado desde que tenía cinco, tal vez seis años, y no iba a empezar a encender las lágrimas con regularidad ahora que había descubierto que tenía que quedarme embarazada a los treinta años mientras estaba insegura económicamente.

Me bebí el After Shock de un tirón, golpeando el vaso sobre la encimera y pasando directamente al vino.

Un tipo alto, moreno y guapo apareció en mi periferia. Apoyó un codo en la barra y su cuerpo se inclinó en mi dirección.

—¿No eres Emmabelle Penrose?

—¿No eres un hombre de mediana edad con suficiente experiencia en la vida como para saber que no debes interrumpir a la gente cuando intenta emborracharse? —solté, lista para otra ronda.

Se rio.

—Peleonera, tal como pensé que serías. Quería decirte que aprecio tu modelo de negocio. Y tu culo. Ambos se ven muy bien colgados de una valla publicitaria frente a mi edificio —Se inclinó hacia delante, a punto de susurrarme al oído.

Me giré en el taburete, le agarré la muñeca con un apretón mortal y se la retorcí hacia abajo, girando todo el brazo en el proceso, a punto de romperlo. Dejó escapar un gemido, apretando los ojos.

—¿Qué mier...?

Fue mi turno de inclinarme hacia él.

—La mierda es que estoy tratando de disfrutar de mi bebida aquí sin ser acosada sexualmente. ¿Crees que es mucho pedir? Que yo sea la dueña de un club de burlesque no te da permiso para intentar manosearme. Igual que si fueras dentista, no me daría autoridad para tumbarme en tu mesa en un restaurante y pedirte que me rellenes la caries. Ahora lárgate.

Empujé al tipo, enviándolo a toda velocidad a través de la barra, de vuelta a su taburete, escupiendo blasfemias a su paso. Recogió su abrigo y salió furioso del bar.

—Vaya. ¿Es tu día tan malo como la resaca que vas a tener mañana por la mañana? —El camarero me sonrió pícaramente. Parecía tener unos veinticinco años, el cabello pelirrojo y un tatuaje de trébol en el antebrazo.

—Mi día es peor que cualquier intoxicación etílica registrada en el planeta Tierra —Golpeé mi copa de vino contra la barra—. Confía en mí.

—No confíes en ella. Es una huidiza —Un elegante acento inglés rió tres taburetes más abajo. La persona a la que pertenecía estaba ensombrecida en el fondo de la barra, una mancha de oscuridad ocultaba su elegante silueta. No tuve que entrecerrar los ojos para saber de quién se trataba.

Solo un hombre en Boston sonaba a poder, a humo y a orgasmo inminente.

Saluda a Devon Whitehall.

También conocido como el bastardo que rompió mi estricta regla de una sola noche.

Llegó a una tercera aventura antes de que entrara en razón y lo dejara libre. Desde el momento en que nos tiramos los trastos a la cabeza, hace unos tres años, en la casa de campo de mi cuñado Cillian en el bosque, supe que Devon Whitehall era diferente.

Era una criatura peligrosamente gentil, el más erudito de su grupo de amigos. Manipulador, arrogante, y en una liga propia.

Otros hombres de su entorno tenían defectos evidentes: Cillian, mi cuñado, era un pez frío con traje; Hunter, el marido de mi mejor amiga, era de lengua suelta y bobo; y Sam, el marido de mi amiga Aisling, era... bueno, un asesino en serie. Pero Devon no tenía ningún cartel gigante de neón que te advirtiera que te mantuvieras alejada. No estaba dañado, ni roto, ni enfadado. Al menos, no por fuera. Sin embargo, tenía esa misma cualidad intocable que te hacía querer arder como un meteorito, que inevitablemente, te reduciría a nada más que cenizas.

Él era todo lo que una mujer quería, envuelto en un paquete divino.

Y ese paquete tenía un cuerpo de última generación, hasta los músculos de los antebrazos acordonados, tipo Moisés de Miguel Ángel, que hacían que mi coeficiente intelectual bajara a temperatura ambiente cada vez que los tocaba.

Había puesto fin a nuestra cita después del tercer polvo, con el argumento de que no era un idiota. Siempre me gusta decir que donde hay una polla, hay un camino. Pero en el caso de Devon, parecía el tipo de hombre por el que podría sentir algo.

En ese encuentro, después de haber tenido sexo animal, Devon se dio la vuelta, dejó caer su cabeza sobre la almohada a mi lado e hizo algo escandaloso y vulgar. Se quedó dormido.

—¿Qué crees que estás haciendo? —pregunté, horrorizada.

¿Qué es lo siguiente? ¿Llevarme a cenar? ¿Sudaderas con capucha a juego de Minnie y Mickey? ¿Ver juntos Schitt's Creek?

—Durmiendo —Había dicho con su tono paciente, de todos los que me rodean son idiotas. Sus ojos, azules y plateados como el hielo fundido, parpadearon. Una sonrisa diabólica se formó en sus labios. Me senté erguida, mirando fijamente.

—Ve a dormir a tu propia cama, hermano.

—Son las tres de la mañana. Mañana tengo que ir al juzgado temprano. Y, por favor, no utilices el término 'hermano'. El uso excesivo de apelativos comunes es indicativo de mala cultura lingüística.

—Una historia genial, hermano. ¿Tienes una versión de esa frase en inglés? —Y luego, como estaba realmente cansada, dije—: No importa. Solo vete de aquí.

—¿Me estas jodiendo? —Tenía una expresión neutra como si estuviera vestido de etiqueta.

—Fuera.

Me dirigí a la puerta y tiré su ropa y sus mocasines. Salió a trompicones y semidesnudo por mi pasillo, recogiendo los objetos de diseño del suelo. A decir verdad, no fue mi mejor exhibición de carácter. Me invadió un miedo que me obstruía la garganta de que me encariñara.

Ahora, Devon estaba delante de mí, alto, guapo y follable. Capté su figura en el margen de mi vista, con las manos en los bolsillos, la mandíbula cuadrada tan afilada como una cuchilla.

—Llamarme indigna de confianza es una calumnia, Sr. Abogado Hot Shot —Fruncí los labios, me metí en el papel de sirena fastidiosa. No estaba de humor para ser la excéntrica e ingeniosa Belle, pero ésa era la única versión de mí que la gente conocía.

—En realidad, es una difamación. La calumnia es cuando se trata de una acusación falsa por escrito. Puedo enviarte un mensaje de texto, si te apetece —Se dirigió al camarero, arrojando una tarjeta Amex negra sobre la barra—. Un Stinger para mí, y un Tom Collins para la dama.

—P-por qué, sí, Su Alteza. —El camarero se puso nervioso—. Quiero decir, señor. Quiero decir... ¿cómo debo llamarle?

Devon enarcó una ceja.

—Sinceramente, preferiría que no lo hicieras. Estás aquí para servirme bebidas, no para escuchar la historia de mi vida.

Con eso, el camarero se fue a buscar nuestras bebidas.

—No veo a ninguna dama por aquí —murmuré en mi vaso de chardonnay.

—Hay una justo detrás de ti, y está bastante en forma —dijo con el rostro estoico.

Una de las cosas buenas de Devon Whitehall (y por desgracia, eran muchas) era que nunca se tomaba a sí mismo en serio. Después de que lo desterrara vergonzosamente de mi cama, había dejado de llamarme. Sin embargo, la siguiente vez que nos vimos, en una fiesta de Navidad, me abrazó cariñosamente, me preguntó cómo me iba, e incluso mostró interés en invertir en mi club.

Se había comportado como si no hubiera pasado nada. Y para él supongo que nada había pasado. No sabía por qué Devon nunca se había casado, pero sospechaba que sufría la misma fobia a las relaciones que yo. A lo largo de los años, le había visto desfilar una mujer tras otra. Todas eran de piernas largas y elegantes, y tenían títulos en materias que yo apenas podía pronunciar.

También tenían la vida útil de un aguacate.

Devon nunca intentó volver a estar conmigo, pero siguió teniéndome un cariño irónico, del mismo modo que tú le tenías cariño a la manta de tu infancia con la que te acurrucabas, pero con la que nunca más te encontrarían desprevenida en la misma habitación. Esos días me hacían sentir crónicamente indeseable.

—¿Qué es lo que te tiene en apuros? —preguntó, pasándose los dedos por su espesa cabellera. Mechas de trigo fresco y oro.

Me limpié los ojos rápidamente.

—Vete, Whitehall.

—Querida, tus posibilidades de expulsar a un inglés de un bar un viernes por la tarde son escasas. ¿Alguna petición que pueda cumplir realmente? —La benevolencia despreocupada que desprendía me dio náuseas. Nadie debía ser tan perfecto.

—¿Morir en el infierno? —Apreté mi frente contra la barra fría.

No lo decía en serio. Devon solo me había dado buena conversación, cumplidos y orgasmos. Pero estaba realmente molesta.

Se deslizó en el taburete a mi lado, moviendo la muñeca para comprobar su Rolex. Sabía que no me contestaría. A veces me trataba como a un niño de ocho años.

Llegaron nuestras bebidas. Me empujó el Tom Collins, devolviendo mi copa de chardonnay al camarero en silencio.

—Toma, ahora. Esto te hará sentir mejor. Y luego significativamente peor. Pero como no voy a estar allí para lidiar con las consecuencias... —Se encogió de hombros sin cuidado.

Tomé un sorbo y sacudí la cabeza.

—No soy una buena compañía en este momento. Lo pasarías mejor entablando conversación con el camarero o con alguno de los turistas.

—Querida, apenas eres civilizada, y aun así eres mejor compañía que cualquiera en este código postal —Me dio un rápido pero cálido apretón de manos.

—¿Por qué eres amable conmigo? —pregunté.

—¿Por qué no? —Una vez más, sonaba completamente a gusto.

—No he sido más que horrible contigo en el pasado.

Pensé en la noche en que lo eché de mi apartamento, con el pánico de que encontrara una grieta en mi corazón, la abriera y se colara en él. El hecho de que estuviera aquí, pragmático y sin inmutarse, solo demostraba que tenía el desamor escrito por todas partes.

—No es así como recuerdo nuestra breve pero alegre historia —Dio un sorbo a su Stinger.

—Te eché.

—Mi trasero había sufrido algo peor —Ofreció un movimiento despectivo de su muñeca. Tenía buenas manos. Tenía todo bonito—. No hay necesidad de tomarlo como algo personal.

—¿Qué te tomas como algo personal?

—No hay muchas cosas en la vida, para ser sincero. —Frunció el ceño, pensándolo de verdad—. ¿El impuesto de sociedades, tal vez? Es esencialmente una doble imposición, un concepto escandaloso, debes admitirlo.

Parpadeé lentamente mirándolo, preguntándome si estaba empezando a ver un atisbo de imperfección en el hombre al que todo el mundo admiraba. Bajo las capas de modales y aspecto cincelado se escondía, sospeché, un hombre verdaderamente extraño.

—¿Te importan los impuestos, pero no que te haya humillado? —lo desafié.

—Emmabelle, amor —Me dio una sonrisa que haría que el hielo se derritiera—. La humillación es un sentimiento. Hay que someterse a ella para experimentarla. Tú nunca me has humillado. ¿Me decepcionó que nuestra aventura siguiera su curso más rápido de lo que yo quería? Claro, pero estabas en tu derecho de terminar las cosas en cualquier momento. Ahora cuéntame lo que pasó —insistió Devon.

Su acento parecía tener una línea directa con ese lugar entre mis piernas. Sonaba como Benedict Cumberbatch leyendo un audiolibro erótico.

—No.

Me estudió con frialdad, esperando. Me molestó. Lo seguro que era. Lo poco que hablaba y lo mucho que transmitía con las pocas palabras que utilizaba.

—¿Qué quieres? Somos unos completos desconocidos —Mi tono era muy serio.

—Rechazo ese encuadre —Deslizó una hoja de menta que decoraba su vaso a lo largo de su lengua. Desapareció en su boca—. Conozco cada centímetro y curva de tu cuerpo.

—Solo me conoces bíblicamente.

—Me gusta La Biblia. Fue una buena lectura, ¿no crees? Los pasajes sobre Sodoma y Gomorra estaban bastante llenos de acción.

—Prefiero la ficción.

—La mayoría de la gente lo hace. En la ficción, la gente tiene lo que se merece. —Reprimió una sonrisa—. Además, muchos argumentarían que La Biblia es ficción.

—¿Crees que la gente tiene lo que se merece en la vida real? —pregunté abatida, pensando en el diagnóstico del doctor Bjorn.

Devon se pasó un dedo por la barbilla, frunciendo el ceño.

—No siempre.

Parecía tan experimentado, mucho mayor que yo a los cuarenta y un años. Por lo general, me inclinaba por hombres que eran todo lo contrario a Devon. Jóvenes, imprudentes y desordenados. Tipos que sabía que no se quedarían y que tampoco esperarían que yo lo hiciera.

Desechable.

Devon tenía la autoridad innata de un hombre que siempre tenía el control, ese ethos masculino de la realeza.

—¿Por qué me acosté contigo? —solté, sabiendo que estaba siendo una malcriada y descargando mi ira contra él y permitiéndome hacerlo de todos modos.

Devon deslizó la yema del dedo sobre el borde de su vaso.

—Porque soy guapo, rico, divino en la cama y nunca te pondría un anillo en el dedo. Exactamente lo que buscas.

No me sorprendió que Devon se hubiera imaginado que yo tenía problemas de compromiso, teniendo en cuenta cómo nos habíamos separado.

—También: arrogante, mucho mayor, y el designado amigo espeluznante de la familia —Hice una cruz con los dedos para mantenerlo alejado, como si fuera un vampiro.

Devon Whitehall era el mejor amigo y abogado de mi cuñado Cillian. Lo había visto en funciones familiares al menos tres veces al año. A veces más.

—No soy psicólogo, pero si huele a problemas de papá y camina como tal... —Un cubito de hielo se deslizó entre sus labios carnosos cuando bebió un sorbo de su coñac, y lo aplastó entre sus dientes blancos y rectos, con una sonrisa persistente en su cara.

—No tengo problemas con mi padre —dije.

—Claro. Yo tampoco. Ahora dime por qué estabas llorando.

—¿Por qué te importa? —gemí.

—Eres la cuñada de Cillian. Es como un hermano para mí.

—Si esta es la parte en la que nos haces parecer vagamente relacionados, voy a vomitar en mi boca.

—Lo harás esta noche, de todos modos, al ritmo que estás bebiendo. ¿Y bien?

No lo estaba dejando pasar, ¿verdad?

—No voy a ceder ni un centímetro, Whitehall.

—¿Por qué no? Te di veinte.

¿Veinte centímetros? ¿De verdad? No es de extrañar que siga teniendo sueños vívidos sobre nuestros polvos

—Por última vez, no te lo voy a decir.

—Muy bien —Se inclinó sobre la barra y sacó una botella de coñac y dos copas limpias, colocándolas entre nosotros—. Lo averiguaré yo mismo.

Dos

Una hora antes.

Estaba sentado en la sala de conferencias de Whitehall & Baker LLP, discutiendo mi tema favorito en todo el mundo, las provisiones (otras P, como el coño4 y el póquer, le siguen de cerca), cuando mi mundo explotó en minúsculas partículas.

—¿Sr. Whitehall? ¿Señor?

Joanne, mi asistente personal, irrumpió por la puerta, con sus rizos grises habitualmente domados y sus gafas de lectura desviadas. Levanté la vista de Cillian, Hunter y el resto de la junta directiva de Royal Pipelines.

—Como puedes ver, Jo, estoy en una reunión —Los americanos eran un grupo notoriamente grosero e innecesariamente dramático, pero esto era impropio.

—Es una emergencia, señor.

Eso, por supuesto, era imposible. Las emergencias pertenecían a otras personas, con cosas que perder. Yo tenía muy poca familia y un puñado de amigos. La mayoría de ellos estaban en ese momento en la habitación conmigo, y si fuera sincero, no perdería un miembro para salvar a uno. O incluso una noche de sueño completo, para el caso.

Me quedé en mi sillón reclinable, tirando el bolígrafo sobre el escritorio.

—¿Qué pasa?

Jadeando, Joanne se llevó una mano al pecho, sacudiendo la cabeza.

—Es una llamada telefónica —resolló—. Personal.

—¿De quién?

—Tu familia.

—No tengo ninguna. Inténtalo de nuevo.

—Tu madre no está de acuerdo.

¿Mamá?

Hablaba con mi madre dos veces por semana. Una vez el sábado por la mañana y otra el martes. Nuestras llamadas telefónicas estaban planificadas por nuestros respectivos asistentes personales, y apenas nos apartamos de ese acuerdo. Naturalmente, mi interés se despertó.

Cillian y Hunter, que estaban sentados a ambos lados de mí, me lanzaron miradas curiosas. Nunca les había susurrado nada sobre mi vida familiar. En parte porque dicha vida familiar era una gran mierda. No es que los Fitzpatricks estuvieran en riesgo de ganar algún premio de la Tribu Brady, pero la privacidad era crucial para mí.

—Dile que la llamaré —Me enfrenté a Cillian con una mirada que decía, continúa.

Joanne no abandonó su lugar junto a la puerta.

—Lo siento, Sr. Whitehall, creo que no entiende. Tiene que atender esta llamada.

Hunter se crujió el cuello con fuerza, haciéndolo rodar a derecha e izquierda.

—Solo toma la maldita llamada para que todos podamos seguir con nuestros planes diarios. Tengo mierda que hacer.

—¿Planes diarios? —Me maravillé. El hombre era tan productivo como un ladrón de tumbas en un crematorio—. Puedes pajearte en el baño. Tengo uno privado en mi oficina —Le entregué la llave en sus manos. El pequeño imbécil era el hombre más guapo que había visto fuera de una película de Marvel. Además, poseía la capacidad intelectual de un cartel de cine roto. Aunque había que decirlo, el matrimonio estaba de acuerdo con él. Todavía no lo pondría a cargo de ninguna instalación de investigación nuclear, pero al menos, ya no era un imbécil imprudente.

—Ja —Hunter me devolvió la llave—. Ve a ocuparte de tus asuntos antes de que mi puño te toque la cara.

—No puedo creer que esté diciendo esto, pero Hunter tiene razón —dijo Cillian, con aburrimiento—. Acaba con esto. Algunos de nosotros tenemos responsabilidades que van más allá de elegir con quién dormir esta noche.

Era inútil decirles que ya había elegido a Allison Kosinki. La esperaban en mi piso a las ocho y media.

—¡Vamos! —rugieron al unísono.

Con una buena dosis de irritación, seguí los pasos apresurados de Joanne hacia mi despacho.

—¿Cómo están los niños, Jo?

—Muy bien, gracias, Su Señoría. Quiero decir, Su Alteza... —La gente siempre se pone nerviosa cerca de un miembro de la realeza. Incluso si trabajaban con ellos a diario—. ¿Está usted bien?

—De hecho, lo estoy.

—Bien. Solo recuerde que estamos aquí para usted.

Ajá. Nunca se recibían buenas noticias después del “estamos aquí para ti”.

Joanne me abrió la puerta y volvió corriendo a su puesto, evitando el contacto visual.

Me quedé mirando el teléfono durante un rato.

Más vale que alguien esté terriblemente herido, o incluso mejor, muerto.

Tomé el auricular, pero no dije nada. Esperé a que mamá diera el primer paso.

—¿Devvie? ¿Estás ahí?

—Mami —El término cariñoso no era mi favorito -me hacía parecer un niño de cuatro años-, pero los ricos, por desgracia, a menudo hablaban como si aún llevaran pañales.

—Oh, Devvie. ¡Estoy desolada! ¿Estás sentado?

Todavía de pie, miré alrededor de mi despacho, diseñado a la antigua usanza: techo artesonado, armarios empotrados, un gran escritorio ejecutivo.

—Sí.

—Papá ha fallecido esta noche.

Esperaba sentir algo -cualquier cosa- ante la noticia de que mi padre había estirado la pata. Pero por mi vida, no podía.

Edwin Whitehall había pasado la mayor parte de mi infancia recordándome que no era suficiente. No me dejó otra opción que huir de mi patria, de mi país, y me negó el privilegio más básico de todos: elegir a mi propia esposa.

Ninguna parte de mí lloraba su muerte, y aunque había mantenido una estrecha relación con mamá y Cecilia, se había negado a verme hasta que me casara con Louisa Butchart, a lo que yo respondí, no me amenaces con pasar un buen rato.

Desde entonces me lo he pasado en grande.

—Eso es terrible —dije rotundamente—. ¿Estás bien?

—Estoy... —Resopló— ... bien.

De hecho, no parecía estar bien.

—¿Fue repentino? —Apoyé una cadera en mi escritorio, metiendo una mano en el bolsillo delantero de mis pantalones. Sabía que lo era. Mamá se empeñó en contarme todo lo que hacía en el golf y en la caza.

—Sí. Un ataque al corazón. Me desperté esta mañana y estaba a mi lado, sin reaccionar.

—Por qué, sí, pero ¿Cuándo descubriste que estaba muerto? —murmuré en voz baja. Afortunadamente, ella no me escuchó.

—Simplemente no puedo entenderlo —Rompió a llorar de nuevo—. ¡Papá se ha ido!

—Terrible —repetí insensiblemente, sintiendo un regocijo silencioso y descarado. El mundo no era lo suficientemente grande para mí y para Edwin.

—Tenía muchas ganas de verte —gimió mamá—. Especialmente los últimos años.

Yo sabía que eso era cierto. No porque me hubiera echado de menos, Dios no lo quiera, sino porque yo era el heredero de facto de las propiedades, el dinero y su título de marqués. Todo lo que los Whitehalls valoraban y representaban estaba a mis pies, y él quería asegurarse de que no lo echaría a perder.

—Mis condolencias, mamá —dije ahora, con toda la sinceridad de un vendedor de autos usados.

—¿Vas a asistir al funeral?

—¿Cuándo es? —pregunté.

—La próxima semana.

—Maldita sea —Fingí sonar devastado—. No estoy seguro de poder hacerlo. Tengo reuniones de fusión seguidas. Pero ciertamente voy a ir allí y apoyarte tan pronto como pueda.

Mamá y Cece me visitaban dos veces al año desde que me mudé a Estados Unidos. Siempre les hacía pasar un buen rato, las colmaba de regalos y me aseguraba de que fueran felices. Pero volver a Inglaterra para mostrar respeto a Edwin era un error moral con el que no podría vivir.

—Tendrás que venir aquí en algún momento, Devon —Su tenor se endureció—. No solo para la lectura del testamento, sino que, como bien sabes, el castillo de Whitehall Court es ahora legalmente tuyo. Sin mencionar que, ahora que Edwin está muerto, eres oficialmente un marqués. El soltero más codiciado de Inglaterra.

El soltero más codiciado de Inglaterra, mi trasero. Casarse con una familia real era solo marginalmente peor que casarse con la mafia. Al menos Carmella Soprano no tenía que lidiar con los fotógrafos del Daily Mail tomando fotos del contenido de su basurero.

—Llegaré para asegurar la transición sin problemas de la herencia y los fondos —dije—. Y, por supuesto, para estar ahí para ti y Cece. ¿Cómo lo está llevando ella?

—No está bien.

Mi madre vivía en el castillo de Whitehall Court y también mi hermana Cecilia y su marido, Drew. Tenía la intención de cederles el castillo -nunca iba a vivir en esa maldita cosa, de todos modos- y asignarles una asignación mensual para que estuvieran cómodos.

—Llegaré allí tan pronto como pueda —Lo cual, para que conste, seguiría siendo demasiado pronto.

La última vez que vi a mi madre fue hace un año. Me pregunté qué aspecto tendría ahora. ¿Seguiría siendo trágicamente bella, vestida de pies a cabeza con sedas negras? ¿Mantendría el hábito de tomar una taza de café por la tarde con sus amigas, en la que se permitía comer media galleta que luego quemaba en la cinta de correr?

—Han pasado más de veinte años —dijo.

—Sé contar, mamá.

—Y aunque nos hemos visto a menudo... no es lo mismo cuando no estás aquí.

—Yo también lo sé. Y siento haber tenido que irme —No lo sentía. Boston me convenía. Era culturalmente diversa, intrínsecamente áspera y empapada de historia, como Londres. Pero sin los paparazzi persiguiéndome ni las mujeres de clase alta arrojando a sus hijas a mi puerta con la esperanza de que hiciera de una de ellas mi legítima esposa.

—¿Estás saliendo con alguien? —Mamá sonaba como una viuda aplastada como yo sonaba como Celine Dion. Debe ser el shock, pensé.

—Algunas —En plural. Soy, como bien te informan tus amigos del otro lado del charco, un libertino bien establecido.

Esta parte era cierta. Me encantaban las mujeres. Las amaba aún más sin su ropa. Y me propuse repasarlas como si fueran el periódico de la mañana: una vez era suficiente, y había que cambiarlas a diario.

—También lo fue tu padre, hasta cierto punto —reflexionó mamá.

Agarré una pipa de madera, haciéndola girar en mi mano.

—Ese punto no fue después de casarse, así que no lo llores demasiado.

Gimió en señal de protesta, pero cambió de tema, sabiendo que era demasiado tarde para convencerme de que mi padre era cualquier cosa menos un monstruo.

—Louisa está soltera de nuevo. Te habrás enterado.

—No debo haberlo hecho —Volví a poner la pipa sobre el escritorio, mientras el aroma de las hojas de tabaco añejo y el almizcle ambarino llenaban mis fosas nasales.

Louisa era el tema que menos me gustaba para hablar con mamá, aunque salía a relucir con bastante frecuencia. Estuve muy tentado de enroscar el cable del teléfono alrededor de mi cuello y tirar. —No vigilo a nadie desde casa.

—El hecho de que sigas llamándolo casa lo dice todo.

Me reí suavemente.

—La esperanza es como el helado. Cuanto más lo disfrutas, más te asquea.

—Bueno —dijo alegremente, negándose a admitir la derrota—, Louisa es, en efecto, soltera. Perdió a su prometido en un accidente de polo hace un año. Fue bastante terrible. Había niños viendo el partido.

—Dios mío —asentí—. El polo es aburrido para el adulto medio, y mucho más para los niños. Qué atroz.

—¡Oh, Devvie! —reprendió mamá—. Estaba destrozada cuando ocurrió, pero ahora... bueno, casi creo que es el destino, ¿no? —Mamá resopló.

¿Esta mujer acaba de encontrar el lado bueno de un hombre que encontró su muerte prematura en un violento accidente público? Damas y caballeros, mi madre, Úrsula Whitehall.

—Me alegro de que veas lo positivo en las dos muertes que nos llevarían a Louisa y a mí al mismo código postal —dije con una leve sonrisa.

—Ella ha estado esperando por ti, no tan pacientemente.

—Llámame escéptico.

—Puedes verlo por ti mismo cuando llegues aquí. Le debes, al menos, una disculpa adecuada.

Esta era una verdad de la que no podía escapar. Antes de tomar un avión a Boston a los dieciocho años, le había dicho a Louisa que volvería por ella. Eso nunca sucedió, aunque ella había esperado pacientemente los primeros cuatro años, enviándome impresiones de trajes de novia y anillos personalizados. En algún momento, la pobre muchacha se dio cuenta de que nuestro compromiso no se cumpliría y siguió adelante. Pero le llevó una o dos décadas.

Le debía una disculpa y se la iba a dar, pero pensar que le debía todo un matrimonio era absurdo.

—Sabes —dijo mi madre, bajando la voz de forma conspiratoria—, fue el último deseo de tu padre que te casaras con Louisa.

Sabes, quería decir, en el mismo tono, que no le daría ni una sola oportunidad.

—Aunque comprendo tu dolor, me resulta muy difícil hacer concesiones por Edwin. Especialmente ahora, cuando él no está cerca para apreciarlas —dije suavemente.

—Necesitas sentar cabeza, mi amor. Tener tu propia familia.

—No va a suceder.

Pero Úrsula Whitehall no dejaba que una cosa tan insignificante como la realidad se interpusiera en su camino hacia un buen discurso. Prácticamente pude imaginarla subiendo al estrado.

—Oigo hablar de ti todo el tiempo a los conocidos de la Costa Este. Dicen que eres muy listo, astuto, y que nunca dejas escapar una buena oportunidad.

—También dicen que tu vida personal es un caos. Que te pasas las noches apostando en ese antro del pagano Sam Brennan, bebiendo y acompañando a mujeres tontas de la mitad de tu edad.

La primera acusación fue acertada. La última, sin embargo, era una simple mentira. Yo tenía un estricto máximo de cinco años. Aceptaba amantes cinco años más jóvenes o mayores. De hecho, solo había roto la regla una vez, con la deliciosamente exasperante Emmabelle Penrose. A pesar de todos mis defectos, no era un sórdido. No había nada tan patético como andar con una mujer que podría ser confundida con tu hija. Por suerte, nadie en su sano juicio habría pensado que dejaría que mi hija se vistiera como Emmabelle Penrose.

—Entiendo que estés molesta, mamá, pero no me van a convencer de que me case.

A través de la gran puerta de cristal, pude ver a Cillian, Hunter y el resto de la junta directiva de Royal Pipelines saliendo de la sala de conferencias. Hunter me miró de reojo al salir, mientras que Cillian me hizo un gesto de asentimiento para hablar después.

Esta llamada telefónica me había retrasado una hora. Era más tiempo del que le había dado a mi padre en tres décadas. Iba a enviarle una fuerte factura directamente al infierno. Mientras tanto, mamá continuaba con el zumbido.

— ...fuera de contacto con tus raíces, con tu linaje. Sospecho que muchas cosas resurgirán cuando vuelvas a casa. Puedo enviar el jet privado si quieres.

El jet privado pertenecía a los Butchart, no a los Whitehall, y yo sabía que no debía aceptar favores de gente con la que no tenía intención de estar en deuda.

—No es necesario. Volaré en avión comercial, con los otros campesinos.

—La primera clase es tan común, a menos que sea Singapore Airlines —Si había algo que podía distraer a mi madre del hecho de que acababa de enviudar, era hablar de riqueza.

—Vuelo por negocios —dije con sorna—. Me rozo con la gente común y corriente.

Sabía que, para mi madre, volar en clase preferente era como hacer el viaje en un barco de papel mientras sobrevivía exclusivamente a base de pescado crudo del océano y rayos de sol.

—Oh, Devvie, odio eso para ti —Prácticamente podía imaginarla agarrando sus perlas—. ¿Cuándo te esperamos?

—Me pondré en contacto en los próximos días.

—Por favor, date prisa. Te echamos mucho de menos.

—Yo también te echo de menos.

Cuando colgamos, sentí como si me hubieran desgarrado la carne.

Podría haber echado de menos a mi madre y a mi hermana.

Pero no eché de menos el castillo de Whitehall Court.

Me tomé el resto del día libre. En contra de la creencia general, no estaba casado con mi trabajo. De hecho, ni siquiera estaba comprometido con él. Tenía una relación casual con la empresa que había incorporado y aprovechaba cualquier oportunidad para pasar tiempo fuera de la oficina.

Perder a un padre, aunque haya olvidado su aspecto, fue una brillante excusa para tomarse un tiempo libre.

Las nubes se deslizaban perezosamente por encima, observando con curiosidad cuál sería mi siguiente movimiento. Como no soy partidario de hacer esperar a la naturaleza, entré en Temple Bar, un pub irlandés situado al final de la calle de mi oficina. Estaba sentado en la barra cuando Emmabelle Penrose irrumpió a través de las pegajosas puertas de madera, con lágrimas en el rostro, con el aspecto de un tren descarrilado segundos después de una colosal explosión.

Emmabelle era la mujer más bella del planeta Tierra. No era una exageración, sino un hecho. Su cabello, largo y frondoso, parecía beber todos los rayos de sol a los que se exponía, cayendo en hilos de diferentes tonos de rubio. Sus ojos felinos, del color de un granizado de arándanos, estaban siempre entrecerrados. Sus labios estaban picados por las abejas, hinchados como si la hubieran besado salvajemente.

Y eso sin hablar de su cuerpo, del que me inclinaba a sospechar que podría provocar una Tercera Guerra Mundial algún día.

Ella era joven. Once años más joven que yo. La primera vez que la vi, tres años atrás, cuando fui a entregarle a su hermana menor, Persy, los papeles del contrato prenupcial de Cillian, la vislumbré dormida y me pasé el mes siguiente fantaseando con conquistar la cama de la ninfa rubia.

Lo que hacía a Belle aún más atractiva era el hecho de que, al igual que yo, rechazaba el matrimonio como institución y trataba sus asuntos románticos con la misma practicidad que sus finanzas. Su fuego, su intelecto y su inconformismo me parecieron refrescantes. Lo que no me pareció refrescante fue la forma en que me echó de su apartamento en mitad de la noche, poco después de que empezáramos a acostarnos juntos.

La Srta. Penrose podría ser la mismísima Afrodita, surgiendo de la espuma del mar en la orilla del Ciprés, pero yo seguía siendo un hombre con respeto por mí mismo y con posición social.

He perdonado, pero no he olvidado.

Aunque ahora que la miraba detenidamente, parecía un poco... ¿deshilachada?

Como si estuviera a punto de berrear en su copa de chardonnay.

Un hombre se le echó encima ni siquiera un segundo después de que entrara en el bar, y yo me senté en la esquina, viendo cómo casi le partía el brazo en dos, riéndome para mis adentros.

Pero con la diversión llegó un sentido de responsabilidad bastante exasperante que me roía las entrañas. Por muy poco atractiva que me pareciera la idea de ayudar a esa zorra mocosa, sabía que la esposa de Cillian y hermana de Belle, Persy, me haría pasar por los nueve círculos del infierno de Dante si se enteraba de que simplemente la había ignorado.

Además, Emmabelle no era de las que se autocomplacen con un colapso mental en toda regla por una uña rota. Como abogado, siempre había tenido curiosidad antropológica. ¿Qué podía hacer que esta mujer tan dura se desmoronara?

Me acerqué a ella, la colmé de elogios y de seguridad, e intenté sonsacarle la información. Belle se negó a cooperar, como yo sabía que haría. La chica era más espinosa que un jardín de rosas, e igual de hermosa.

Decidí aflojar la lengua de Belle mediante el suero de la verdad internacional y no oficial. El alcohol.

Fue después del tercer coñac cuando se giró para mirarme, con sus grandes ojos turquesa encendidos, y dijo:

—Tengo que quedarme embarazada inmediatamente si quiero tener un hijo biológico.

—Tienes treinta años —dije, todavía sorbiendo el mismo Stinger con el que empecé la noche—. Tienes mucho tiempo.

—No —Belle sacudió la cabeza furiosamente, con hipo. Supongo que hoy era el día de las mujeres histéricas. Parecía que no podía escapar de ellas—. Tengo una... condición médica. Es necesario que se produzca cuanto antes. Pero no tengo a nadie con quien tenerlo. O la estabilidad financiera.

Una idea práctica, aunque enfermiza, comenzó a formarse en mi mente. Una situación de dos pájaros y una piedra.

—Lo del padre no es gran cosa —Belle resopló, a punto de dar otro sorbo a su bebida. Se lo quité de la mano y le puse un vaso alto de agua en su lugar. Si tenía problemas de fertilidad, convertirse en alcohólica no era un paso en la dirección correcta—. Siempre podría conseguir un donante de esperma. Pero Madame Mayhem acaba de empezar a dar beneficios sustanciales después de meses de estar en equilibrio. No debería haber comprado a los otros socios.

Belle era la única propietaria de un club de burlesque en el centro de la ciudad. Por lo que me había explicado su cuñado, era una astuta mujer de negocios con instintos asesinos en la vía rápida para obtener beneficios de siete cifras. La compra de los otros dos socios del club hizo mella en su cuenta bancaria.

—Los bebés cuestan dinero —dije con pesar, sentando las bases de lo que iba a proponer.

—Uf —Dio un sorbo al agua con desgana, apoyando los brazos en la barra—. No me extraña que la gente suela parar a los dos.

—Sin mencionar que tendrás que volver a trabajar en algún momento. Trabajas de noche, ¿no? Alguien tendrá que cuidar al niño. O una costosa niñera o el padre.

Iba a ir al infierno, pero al menos iba a ir con estilo.

—¿Un padre? —Me miró incrédula, como si le hubiera sugerido que lo dejara con una banda callejera—. Ya he dicho que voy a usar un donante de esperma.

¿Lo decía en serio?

Embarazar a Emmabelle Penrose era la solución perfecta para todos mis problemas acuciantes.

No le propondría matrimonio, no. Ninguno de los dos quería casarse, y sospechaba que Belle era más difícil de domar que un tejón de la miel drogado. Pero llegaría a una especie de acuerdo con ella. Yo la mantendría. Ella, a cambio, sería mi marca de Caín. Mi boleto de salida de la realeza.

Mi madre estaría fuera de mi caso, Louisa no querría tener nada que ver conmigo, y otras mujeres no tendrían falsas ilusiones de hacerme sentar la cabeza. Por no mencionar que yo quería de verdad un heredero. No quería que el título de marqués muriera conmigo. Recientemente, el Parlamento británico, en un esfuerzo por ser más progresista, introdujo un proyecto de ley para decir que los hijos nacidos fuera del matrimonio eran ahora herederos legítimos. Fue como si el universo me enviara un mensaje.

Emmabelle era una candidata perfecta para mi plan.

Distante. Despiadadamente protectora de su independencia. Dueña de un vientre.

Además, había que decirlo, preñar a la mujer no iba a ser la tarea más difícil que se me había encomendado.

Mientras mi mente empezaba a redactar la letra pequeña de dicho acuerdo, Belle iba cuatro pasos por detrás de mí, todavía lamentando la insuficiencia de su cuenta bancaria.

— ...probablemente tenga que pedir un préstamo a mi hermana. Quiero decir, ¿quiero hacerlo? No. Pero no puedo operar desde un lugar de orgullo aquí. Nunca he dejado de pagar un préstamo, Devon. Es difícil dormir por la noche cuando sabes que le debes dinero a la gente. Incluso si es tu hermana...

La interrumpí, girando en mi taburete para mirarla.

—Tendré un bebé contigo.

La mujer estaba tan borracha que su respuesta inicial fue entrecerrar los ojos lentamente, como si acabara de darse cuenta de que yo estaba allí en primer lugar.

—Tú... ¿qué?

—Te daré lo que quieres. Un hijo. Seguridad financiera. Las nueve yardas completas. Necesitas un bebé, dinero y un co-padre. Puedo darte todas esas cosas, si me das un heredero.

Se alejó de mí.

—No quiero casarme, Devon. Sé que funcionó para Persephone, pero todo eso de la monogamia no me gusta.

No. Ha dicho que no. Recoge tus cosas y vete.

Mi polla me obligó a quedarme.

Tomé el vaso de agua que tenía delante y se lo llevé a los labios.

—No te estoy ofreciendo matrimonio, querida. A diferencia de Cillian, no tengo ningún interés en transmitir al mundo que he sido domesticado y privado de derechos. Todo lo que quiero es alguien con quien tener un hijo. Hogares separados. Vidas separadas. Piénsalo.

—Debes estar drogado —Esplendido, viniendo de una mujer que actualmente no podría contar el número de dedos de su mano derecha.

—Tu hijo puede ser Su Alteza, si dices que sí —siseé.

No había ni una sola persona en Boston que no conociera mis títulos reales. La gente me trataba como si fuera el siguiente en la línea de sucesión al trono, cuando en la práctica, unas treinta personas de la monarquía tendrían que encontrar su prematura -e improbable- muerte antes de que yo fuera nombrado rey.

Dejé mi vaso, haciendo una señal al camarero y pidiéndole algo grasiento en un bollo para ayudarle con su inminente resaca. Fuera del pub, la noche caía sobre las calles de Boston. El reloj avanzaba. Sabía que Emmabelle se pasaba las noches trabajando en Madame Mayhem o de fiesta.

—¿Y ese niño sería un marqués? —Masticó un mechón de su cabello amarillo, más divertida que contemplativa.

—O una marquesa.

—¿Serían invitados a funciones reales en Inglaterra? ¿Al bautizo de un bebé? ¿Tendría que llevar sombreros tontos y hacer reverencias?

—Tal vez, si te apetece castigarte confirmando tu asistencia.

—No tengo ningún sombrero raro —Ella arrugó la nariz.

—Te regalaría uno si nos reproducimos —dije con brusquedad, enamorándome más y más de la idea cada segundo que pasaba. Ella era perfecta. Y por perfecta, me refería a un desastre. Nadie me tocaría ni con un palo de tres metros si la dejara embarazada. Y mucho menos Louisa Butchart—. Mira, ya hemos tenido sexo, así que sabemos que la parte de la concepción sería dinamita. Soy rico, local, y con buena salud y coeficiente intelectual. Pagaría la manutención, te pondría en un buen lugar y ayudaría a criar al niño. Podríamos optar por la custodia compartida, o podrías dejarme las visitas durante los fines de semana y las vacaciones. De cualquier manera, insistiría en pasar tiempo regularmente con el bebé, ya que le dejaría una herencia astronómica y un título real.

Inclinó la cabeza hacia un lado, estudiándome como si fuera yo el que no fuera razonable entre nosotros dos.

—Piénsalo. De ese modo, consigues todo lo que necesitas -más que un donante de esperma, un padre para el niño y dinero por las molestias- sin todo lo que no quieres, es decir, un marido, alguien que te ate y una persona a la que responder.

—¿Estás loco? —Se frotó la frente. Me lo pensé de verdad, por si nos habíamos saltado la parte de la ascendencia del ADN sin que me diera cuenta.

—Es una posibilidad, pero no debe ser hereditaria.

—¡No puedo hacer esto contigo! —Ella lanzó sus brazos hacia el cielo.

—¿Por qué no?

—Para empezar, no soy una cazafortunas.

—No lo eres —acepté mientras el camarero deslizaba un plato con una hamburguesa con queso y patatas fritas hacia Belle—. Lo cual es una pena. Las cazafortunas están infravaloradas. Son cazadoras con un plan.

—Nuestras familias se volverían locas —dijo alrededor de un saludable bocado lleno de condimento, carne y ketchup, chupándose los dedos. No había nada más sexy que Belle Penrose disfrutando de la carne. Aparte de, quizás, Belle Penrose disfrutando de mi carne.

Iba a ser un placer poner un bebé dentro de esta mujer.

—No estoy seguro de la tuya, pero la mía ya no está precisamente cuerda —dije impasible, quitando pelusas de mi chaquetón—. Bromas aparte, yo tengo cuarenta y pocos años. Tú tienes treinta y tantos. Ambos somos los individuos más independientes de nuestro grupo de amigos. Todos los demás que nos rodean han heredado o se han casado con sus posiciones. Nadie podría despreciar este acuerdo.

—Yo lo vería con malos ojos —Belle se metió una patata frita en la boca y la masticó pensativamente—. Me complicaría las cosas. Un donante de esperma no tendría ningún derecho sobre mi hijo. No tendría que pedirles permiso para hacer nada. A qué escuela enviarlos, cómo criarlos, cómo vestirlos. El control sería todo mío. No me gusta renunciar al poder.

—Cariño —Saqué un cigarrillo de la caja de lata que llevaba en el bolsillo y me lo metí entre los labios, encendiéndolo—. Muy pocas cosas en tu vida están en tu poder. Fingir lo contrario te expone a que te rompan el corazón. Si realmente no quieres jugar con las reglas de los mortales, ata tu destino al mío.

—Se supone que no debes fumar aquí, cara de culo —Dejó caer la hamburguesa a medio comer en su plato, volviéndose a observar al camarero con atención para ver qué hacía.

—La realidad dicta lo contrario —Podría cagar allí mismo en la barra y nadie pestañearía. Me giré para mirar al camarero, echando una bocanada de humo directamente en su cara.

—¿No es así, Brian? —siseé.

—Sí, mi señor, y es Ryland —Inclinó la cabeza.

Belle ladeó la cabeza, mirándome con escepticismo.

—¿Cuál es el truco aquí?

—No hay truco. El respeto se da a los que nacen en él.

—¿Este es tu punto de venta, Einstein? Porque ninguna parte de mí quiere un engendro tan condescendiente y mimado como tú.

Sonriendo cordialmente -ambos vimos más allá de esta tontería- dije:

—Dime tu precio.

—Para empezar, deja de llamarla 'eso'.

—¿Cómo sabes que vas a tener una niña? —Me hizo mucha gracia. No pensaba en Emmabelle como una mujer emocional y llena de sueños. Si vives, aprendes.

—Simplemente lo hago.

—¿Y bien? —pregunté secamente—. ¿Vamos a hacer la persona más genéticamente dotada del planeta Tierra o qué?

Belle se levantó, recogió su bolso de diseño de segunda mano y me miró de reojo.

—O qué. Búscate otra mujer que sea tu vientre de alquiler. Voy a salir a beber hasta que esta conversación se borre de mi conciencia. No merece ningún espacio en mi materia gris.

Se marchó, dejándome con la cuenta, una idea que me estaba enamorando y un teléfono móvil con una docena de llamadas perdidas de Inglaterra y una frustrada Allison Kosinki que había estado esperando fuera de mi apartamento durante la mayor parte de la noche en tacones altos, un abrigo y nada más... esperando a que la follaran.

Maldita sea.

Tres

Catorce años.

Primer flechazo.

Así es como lo llaman.

Ahora empiezo a entender por qué.

Se siente como si me estrellara en el océano.

Tampoco es un cañonazo. Más bien golpeando horizontalmente. Ya sabes, cuando romper la superficie se siente como golpear el hormigón.

Duele mucho.

Duele mirar sus ojos marrones. La forma en que brillan cuando nuestras miradas se encuentran en el pasillo o en la clase.

Duele cuando suelta una carcajada, y siento que me hace vibrar los huesos, y luego siento su felicidad extendiéndose en mi cuerpo, cálida y pegajosa, como si fuera miel.

Me duele cuando veo a otras chicas hablar con él, y solo quiero agarrarlas por los hombros y GRITAR que es mío. Porque lo es. Por eso guarda esas sonrisas y miradas y cejas ladeadas solo para mí.

No sé si es normal sentirse así. Como si este tipo tuviera la llave de mi estado de ánimo.

Lo raro es que... esto no es lo mío. No soy una adolescente tonta. Soy más bien... no sé, una niña alocada.

Una marimacho. Una picarona. Siempre en algo turbio. Haciendo travesuras, subiéndome a los árboles, suplicando a mamá que me deje quedarme fuera y jugar unos minutos más antes de la cena. Este es mi primer encuentro con sentimientos que no tienen nada que ver con mi familia.

Nunca he tenido un enamoramiento antes. Así que no puedo saber si está bien sentirse así. Como si llevara mi corazón en el bolsillo.

Una cosa es segura.

El noveno grado va a ser un año largo.

¿Porque la persona de la que estoy enamorada?

Bueno, es el Sr. Locken, mi entrenador.

Cuatro

Hace poco más de una década, mi hermana Persy, mi mejor amiga Sailor, Aisling y yo estábamos en un baile benéfico, organizado por los Fitzpatrick.

Mientras veíamos cómo una de nuestras amigas del instituto era paseada como un caballo preciado por uno de los hombres mayores, hicimos un pacto allí mismo. Nos prometimos que solo nos casaríamos por amor.

No por el dinero, ni por las circunstancias, ni por ningún otro motivo ulterior.

No todos cumplimos esa promesa con igual éxito.

Sailor, siempre superada, había cumplido su palabra. La suya era una pareja de amor de libro, llena de emojis de corazón y bebés de mejillas regordetas, y un marido puto reformado que besaba el suelo que ella pisaba.

Persy se casó con Cillian Fitzpatrick, el hermano de Hunter. Esos dos eran lo que yo llamaba un lío caliente expreso. Habían empezado como algo estrictamente comercial. Pero sabía que mi hermana siempre había amado al mayor de los hermanos Fitzpatrick. Él, a cambio, se enamoró de ella como se cae en un abismo. Fuerte y rápido, sin nada a lo que agarrarse en el camino hacia abajo.

Aisling quedó atrapada en las garras venenosas del monstruo favorito de Boston, solo para descubrir que era letal para todos menos para ella. Sam Brennan no temía a Dios, pero si le tocaban un cabello a su mujer, destrozaba la ciudad.

Y luego estaba yo.

Sabía que nunca me casaría, pero aun así participé en el pacto. No porque creyera que iba a cambiar de opinión, sino porque entendía que mi hermana, Aisling, y Sailor necesitaban esa tranquilidad.

La seguridad de que estaba bien. Que nada estaba roto. Que era capaz de enamorarme, aunque no lo estuviera.

O tal vez sí. No lo sabría, porque nunca había corrido el riesgo de enfrentarme a semejante parodia.

—¿Señora? ¿Señora de la mansión? ¿Está usted con nosotros? —Sailor chasqueó los dedos delante de mi rostro, intentando sacarme de mi ensoñación. Estábamos todas tiradas en el sofá de mi apartamento, disfrutando de nuestra comida semanal para llevar. Esta vez, peruana. Yo, Sailor, Persy y Aisling, la hermana pequeña de Cillian y Hunter.

—Su cerebro sufrió un cortocircuito —Aisling se quitó el cabello negro cuervo del rostro y me quitó el teléfono de entre los dedos mientras comía una paella de marisco—. Debe estar abrumada. Pásame el vino, por favor. Yo me encargo.

Aisling estaba arropada a mi lado. Persy, con su cabello dorado ondeando sobre mi hombro en sedosas cintas, se sentó a mi otro lado, asomándose por encima de mi cabeza para mirar la pantalla mientras Aisling se desplazaba por mi teléfono. Sentada en la mesa de café, Sailor, pelirroja, pecosa y juvenil, llenaba todas nuestras copas de vino y engullía el ceviche.

Había diseñado mi apartamento para expresar mi personalidad. Y mi personalidad, según el diminuto lugar que ocupaba, era esquizofrénica, divertida y necesitaba desesperadamente una buena limpieza.

Con un papel pintado de palmeras, un techo verde intenso y un sofá naranja brillante, no se me podía acusar de tener un gusto conservador. Tenía cuadros de arte pop, una colección de jarrones de todo el mundo y láminas de citas feministas que me parecían especialmente atractivas.

Ah, y enormes carteles promocionales en los que aparecía sin más ropa que un tanga y una sonrisa, disfrutando de un baño de champán en una enorme copa. Esos también estaban pegados por todas las vallas publicitarias de Boston.

Madame Mayhem: Donde tu moral va a morir

—No puedo creer que estés bebiendo —Sailor miró a Persy y Aisling, ambas madres de bebés lactantes. Aisling, sobre todo, era el tipo de mujer que ni siquiera podía cruzar la calle sin que le diera urticaria. Ambrose, su hijo, era aún muy pequeño.

—No puedo creer que nunca hayas bombeado y dejado. —Aisling “Ash” Fitzpatrick se encogió de hombros, tomando otro sorbo de su vino—. Y la gente piensa que yo soy la nerd.

—¡Lo eres! —dijimos todas al unísono.

Ash había llegado tarde a la fiesta de las Boston Belles. Persy y yo conocíamos a Sailor de la escuela, pero Aisling se integró en la pandilla solo después de que Sailor conociera a Hunter. Ella era la más buena de las cuatro. La doctora. La pedigrí, la hija adinerada de una familia petrolera que fue y se casó con el príncipe mafioso más brutal y prohibido de Boston.

—Sé que llaman a la leche materna oro líquido. ¿Pero esto? —Persy levantó su copa, chasqueando la lengua—. Esto no tiene precio. Tengo que disfrutarlo mientras pueda.

—¿Por qué? —Sailor frunció el ceño.

Las pestañas negras de Persy ocultaban sus ojos mientras miraba hacia abajo, sonriendo.

—Cillian y yo intentaremos tener un tercero en unos meses.

—Son como conejos —Me dio una arcada.

—Ya sabes cómo es cuando quieres un pequeño —dijo Persy a la defensiva.

Una puñalada de agonía me atravesó las entrañas. Había estado saliendo y emborrachándome cada noche desde que el doctor Bjorn me informó de que mi útero era más inútil que la G de Lasagña. Había estado intentando beber y salir de fiesta para disipar el dolor. No podía creer cómo, de la noche a la mañana, pasé del infierno en los tacones a un montón de hormonas. No podía reconciliar mi antiguo yo con el nuevo. ¿Por qué quería un hijo? Eran desordenados, caros y te quitaban el sueño.

Pero eran tuyos. Tu familia. Tu constante. Tu brújula.

Me sorprendió cómo se tomaron mis amigas y mi hermana la noticia de que estaba en una carrera contrarreloj para quedar embarazada. Me apoyaron tanto, estaban tan emocionadas, que me hicieron sentir un poco menos de pena por mí misma.

Persy se ofreció a hacer de canguro todo lo que quisiera (“Ya tengo dos en casa, ¿qué es uno más?”), Ash se ofreció a hacer las tareas nocturnas (“Soy médico, pasar la noche en vela no me cuesta nada”), y Sailor dijo que me daría todos sus artículos y muebles para el bebé (“Mi forma de decirle a Hunter que de ninguna manera vamos a tener un tercero”).

Ahora solo quedaba el mísero y pequeño asunto de, ya sabes, quedarse embarazada.

Aceptar la oferta de Devon Whitehall era un tema prohibido. No tenía ningún deseo de obligar a mi hijo a ingresar en una institución anticuada de blancos estirados y endogámicos.

Por eso estábamos buscando en los perfiles de los donantes de esperma para ver si había alguien que me gustara. Lo cual era deprimente, porque las cualidades significativas de los seres humanos no eran algo que se pudiera encontrar en una lista de supermercado. Había que experimentar con una persona para apreciarla plenamente. Por eso las citas en línea eran casi siempre una mierda.

El rubio y tímido, alias donante número 4322, nacido en 1998, cuyo animal favorito era un delfín, podría ser genéticamente genial, pero ¿qué pasaría si fuera un terrible humano?

—¿Y este? —Ash me puso la pantalla del teléfono en el rostro. No había ninguna foto del tipo -solo otro avatar gris y sin rostro-, pero sí una descripción muy detallada de él y un nombre de perfil que había elegido para sí mismo.

—¿Maestro de la parrilla? ¿De verdad? —dije—. Si lo único que elige destacar de sí mismo es su talento para voltear hamburguesas, voy a tener que pasar. Si estoy pagando por semen, quiero que mi dinero valga la pena.

Y el esperma no era barato. Me prometí que iría por lo premium. El que costaba cuatro cifras. Mi hijo se merecía lo mejor.

—El hombre mide 1,90 y tiene hoyuelos. En las notas del personal dicen que se parece a un joven Sean Connery —exclamó Persy.

—¿Y éste? —Sailor señaló otro perfil—. Multiétnico. Alto. Atlético. Coeficiente intelectual muy alto. Mejor amigo de su madre.

Le quité el teléfono, frunciendo el ceño.

—Sí. Su tipo de sangre es AB negativo, lo que significa que, si Dios no lo quiera, sería una putada encontrar donaciones de sangre para mi hijo. También se llama a sí mismo Come Together5. Quiero decir, ¿puede ser más irónico? Literalmente, fue el único bastardo que se corrió al crear nuestro hipotético bebé.

—Muy bien, Pantalones Gruñones. Alguien entró en toda esta experiencia con algunos prejuicios —Sailor curvó una ceja.

—Oh, lo encontrarás, Belly-Belle. Te lo prometo —Persy me acaricio el cabello cariñosamente mientras Ash negaba con la cabeza, aun desplazándose en mi teléfono.

Revisamos los perfiles durante unos cuarenta minutos más antes de encontrar la pareja perfecta. Se hacía llamar Friendly Front Runner, medía 1,90 m, era de Asia oriental y tenía un máster en ciencias políticas y políticas públicas. Su almuerzo soñado sería con Nikola Tesla, y su perfil parecía atractivo, divertido e inteligente sin parecer que se esforzaba demasiado.

—El tipo es perfecto —Sailor golpeó con la mano la mesa de café en la que estaba sentada—. Sinceramente, me quedaría embarazada de él si tuviera la oportunidad.

—¿Qué pasó con lo de no querer otro hijo? —se burló Persy, trenzando mi cabello.

Sailor levantó las manos.

—Solo estoy intentando que nuestra chica se ponga de acuerdo con un donante antes de que todos nuestros óvulos mueran de viejos.

—Hay un número limitado de viales para este tipo, así que tienes que ser rápida en ello —advirtió Ash, hojeando todo su historial en mi teléfono.

Sabía que tenía razón. También sabía que Friendly Front Runner era probablemente la mejor opción que había. Parecía realmente divertido y atractivo. Con los pies en la tierra y brillante. Y sin embargo... no podía entusiasmarme con la idea de elegirlo como padre de mi hijo.

Quiero decir, ¿qué sabía realmente de este tipo, aparte de sus credenciales y las cosas que probablemente me diría en una primera cita?

¿Era amable con los extraños?

¿Masticaba muy fuerte?

¿Creía que la pizza de piña era un plato aceptable en la sociedad civilizada?

Había muchas cosas que se hicieron o se rompieron y que seguirán siendo un misterio para mí.

Y había algo más. Algo en lo que no podía dejar de pensar, aunque sabía que era una receta para el desastre.

La sugerencia de Devon Whitehall.

—Oh-oh. La estamos perdiendo de nuevo. Me siento como si estuviera en un mal episodio de Anatomía de Grey —Sailor se llevó a la boca una gamba en salsa tempura.

—Todos eran malos, y muy inexactos, médicamente hablando —comentó Aisling.

—Belle —Persy apoyó su barbilla en mi hombro, sus azules de bebé brillando llenos de preocupación—. ¿Está todo bien?

Dejé mi copa de vino.

—Olvidé mencionar que hay otra opción.

Aisling inclinó la cabeza hacia un lado.

—Sabes que Dios no te va a hacer el mismo favor que a la Virgen María, ¿verdad?

—Duh. He sido tan mala cristiana que tengo más posibilidades de tirarme a una cigüeña —Puse los ojos en blanco.

—¿Qué quieres decir, entonces? —Sailor se sentó más erguida, utilizando la yema del dedo para sacar el resto de su comida del recipiente, llevándoselo a los labios.

Jugué con un mechón de mi cabello trenzado. Llevaba un pijama de raso rosa que decía Tienes pinta de necesitar una copa.

—Devon Whitehall ofreció sus servicios y su polla. Básicamente dijo que le encantaría tener un heredero, pero que no quiere casarse. A cambio, me ayudaría económicamente y sería co-padre. Eso es tan cringe6, ¿verdad?

—Mierda —Sailor se tapó la boca con una mano—. ¿No es él, como, un duque?

—Un marqués —corregí, como si tuviera idea de lo que eso significa—. No creo que lo sea. Al menos, todavía no.

—Lo que sí es, es un millonario, inteligente y un atractivo caliente. ¿Qué haces escudriñando los perfiles de los universitarios cuando una oferta así está sobre la mesa? —preguntó Aisling—. No es propio de ti, Belle. Tú sueles ser la inteligente de la calle.

Cierto, quise decir. Y como soy inteligente, sé que no debo darle a un hombre como Devon las llaves de mi vida.

—Además, aquí tienes una oportunidad real de dar a tu bebé una figura paterna —añadió Persy.

—No es tan sencillo —Fruncí el ceño, dejando caer mi caja de comida para llevar en la mesa de café junto a Sailor—. Todo el ejercicio de tener un hijo por mi cuenta es para asegurar que nadie se meta en mis asuntos y me diga cómo criar a mi hijo.

—¿Una segunda opinión sobre las cosas de vez en cuando sería realmente tan horrible? —preguntó Aisling en voz baja—. Los niños son un trabajo duro. Necesitarás toda la ayuda posible.

—Y, de todos modos —intervino Persy—, la paternidad es como un trabajo de oficina. Los que llevan más tiempo en él son ahora tus superiores. Te van a dar opiniones no solicitadas, las quieras o no. Quiero decir que mamá no me dejó sacar a Astor a pasear por el parque en todo el invierno porque pensaba que le daría una neumonía.

—Es fácil para ti decirlo —Tomé otro sorbo de mi vino—. Todas están en relaciones con hombres que son certificables cuando se trata de ustedes. Por supuesto que para ti fue una decisión fácil sacar unos cuantos hijos. Yo no conozco a Devon, Devon no me conoce a mí, y no me entusiasma la idea de que un extraño con dinero y una reputación cuestionable tome las decisiones cuando se trata de mi futuro hijo.

Pero por dentro, ya veía signos de dólares y colegios privados de lujo para mi hijo. Había renunciado a los hombres por una buena razón. Pero aún podía montar la polla de Devon -y su tarjeta de crédito- manteniéndolo a distancia.

—Lo siento, Belle, ¿has empezado a hablar con el culo? —Sailor fingió inclinarse hacia mi culo, como para comprobar su teoría—. ¿Qué bebes? No finjas que vas a educar en casa o a criar a tu hijo de forma vegana o pagana. Vas a criar a este niño como a cualquier otro niño normal de Estados Unidos. Solo que con más dinero y un papá cuyo acento hace que a las mujeres les flaqueen las rodillas.

—¿Y si nos peleamos? —desafié.

—Dale un respiro —Sailor resopló, recogiendo los envases vacíos de comida para llevar y llevándolos a la cocina—. El hombre hizo una fortuna haciendo que la gente lo quisiera mientras simultáneamente los jodía. Es un diplomático experimentado. ¿Por qué iba a tener una discusión?

—Pero voy a romper el pacto —dije finalmente.

Sailor dejó los envases de la comida para llevar en mi cubo de basura mientras Aisling enjuagaba las copas de vino en el fregadero. Persy se quedó a mi lado.

Mi hermana me murmuró al oído.

—Las historias de amor no son como los musicales. No es necesario tener un principio, un medio y un final perfectamente construidos para que funcionen. A veces el amor empieza por el medio. A veces incluso empieza por el final.

—Yo no soy como tú —Me giré para mirarla, bajando la voz para que nadie nos oyera—. Escucha, Pers, yo...

Iba a decir que nunca me iba a casar, a enamorarme, a vivir el sueño poco inspirador de la valla blanca, cuando mi hermana me puso un dedo en los labios, sacudiendo la cabeza solemnemente.

—No digas lo que vas a decir. Puedes, y lo harás. Nada es más fuerte que el amor. Ni siquiera el odio. Ni siquiera la muerte.

Mi hermana se equivocaba, pero no se lo dije.

La muerte era más fuerte que todo.

Había sido mi camino hacia la liberación y el renacimiento.

Mi alma había sido su precio.

Eso, y cualquier esperanza de amor.

Esa misma noche, mientras estaba en la cama, me aburrí y le envié un mensaje a Devon. Todavía tenía su número de teléfono de hace tres años, cuando monté su cara de camino a Villaorgasmo antes de echarlo.

Belle: ¿Por qué quieres un hijo de todos modos?

Contestó después de veinte minutos. Probablemente estaba ocupado entreteniendo a una de sus amigas con patas de palillo y doctorado.

Devon: ¿Es el censo nacional?

El bastardo borró mi número o nunca lo guardó en primer lugar. Eso definitivamente me bajó un par de muescas en cuanto a mi ego.

Belle: Soy Belle. Responde a la pregunta.

Devon: ¿Por qué tiene que haber una razón tortuosa detrás de mi deseo de tener un heredero?

Belle: Porque eres inteligente, y no confío en la gente inteligente.

Devon: Poner tu confianza en gente estúpida es peor. Las personas inteligentes son, como mínimo, muy predecibles.

Belle: Todo lo que sé de ti es que eres de la realeza. Y rico.

Devon: Eso es suficiente para que la mayoría de las mujeres me ofrezcan su completa sumisión.

Belle: No soy la mayoría de las mujeres, Devon. Incluso tus amigos más cercanos no saben una mierda de tu culo. Si hacemos esto, y no digo que lo hagamos, no quiero estar en la oscuridad.

Me hizo esperar unos minutos. Me pregunté si era porque quería dejar claro que no iba a dejar lo que estaba haciendo esta noche para conversar conmigo o porque realmente estaba con otra mujer. No me importaba si estaba teniendo sexo con todo el equipo de las bailarinas de los Miami Heat. O si estaba en el antro de Sam Brennan, bebiendo y fumando hasta una tumba temprana y un cuestionable conteo de esperma.

Devon: No estarás en la oscuridad. Te follaría a plena luz del día.

Me puse boca abajo en el colchón. Mis dedos volaron sobre mi pantalla.

Devon: ¿Quién no querría esto? <imagen adjunta>

Pensé, con toda seguridad, que el estirado me había enviado una foto de la polla. Pero cuando abrí la imagen, era una foto de un bebé con un mechón de cabello rubio y ojos azules penetrantes con un traje completo de marinero. El traje parecía un vestido, y el bebé era tan querubín, que quería morder sus suaves muslos.

Belle: CIERRA LA PUTA BOCA.

No había respuesta. Maldita sea, era tan literal.

Belle: ¿Eres tú?

Devon: Soy yo.

Era el bebé más bonito del mundo, eso estaba claro. Pero, por alguna razón, mi yo con problemas mentales no podía hacerle este simple cumplido.

Belle: El azul y el blanco no son tus colores, hermano. Y ese vestido hace que tus tobillos parezcan enormes.

Sabía que se estaba riendo, al igual que sabía que no iba a escribir LOL. Devon estaba por encima de las abreviaturas y los acrónimos. Una vez le tiró una pastilla de jabón a Hunter cuando utilizó la palabra “rando” para referirse a un desconocido, e insistió en que se lavara la boca con ella, ya que ensuciaba el inglés de la reina.

Devon: He refrescado mi programa de cardio desde entonces. Esgrima, principalmente.

Belle: ¿Por qué quieres tener un hijo?

Insistí, preguntando de nuevo.

Devon: Necesito a alguien que herede todo lo que voy a dejar.

Belle: ¿Has oído hablar de la caridad?

Devon: Suena como una stripper.

Belle: Ja, ja. Ahora en serio.

Devon: La caridad empieza en casa. Pregúntale a Dickens.

Belle: Estoy bastante segura de que está demasiado muerto para responder. ¿Se trata de eso? ¿El dinero?

No tenía ni idea de en qué momento me había crecido la conciencia, pero ahí estábamos. ¿Qué derecho tenía yo a juzgarlo cuando (tal vez) estaba entrando en este acuerdo por su pasta y para ser invitado a las bodas reales?

Devon: No. Además, me gustan bastante los niños. Creo que son entretenidos, perspicaces y, en general, más cultos que la mayoría de los adultos.

Belle: Si hacemos esto (y de nuevo, no estoy diciendo que lo hagamos), nunca me acostaría contigo después de concebir. Nunca saldría contigo, nunca me casaría contigo, nunca te daría todas las cosas que los hombres quieren de las madres de sus hijos.

Me estaba gustando la idea de hacer esto con él. El dinero era un factor importante, pero también me gustaba que no fuera un avatar gris en un mar de donantes de bancos de esperma. Tenía puntos de referencia que podía comparar después con mi futuro bebé. Sabía que era un esgrimista dotado, que le parecía de mal gusto hablar de dinero y que era un nazi de la gramática. Sabía que le horrorizaba el fútbol americano y que le gustaba la historia universal. Que era un esquiador y que tenía un Aga7 y viejas chaquetas Barbour. Sabía cómo olía después del sexo. La masculinidad sudorosa, el cuero caro y el sándalo de él.

Y sabía que no me debía nada y que podía tener un hijo con cualquier otra mujer de la Costa Este. La mayoría caería a sus pies solo por una oportunidad.

Devon: Entendido y subestimado. Mantener relaciones sexuales con la misma persona durante más de cinco meses es desalentador para todas las partes implicadas.

¿Quién hablaba así? ¿Quién?

Belle: Eres muy viejo.

Devon: Eres una filibustera8.

Belle: La gente pensaría que eres un asqueroso si me dejas embarazada.

Devon: Tal vez, pero no sería la realeza más espeluznante, así que lo superarían rápidamente.

Belle: ¿Cómo ves esto?

Belle: (Si hacemos esto, y no estoy diciendo que lo hagamos).

Devon: Podríamos empezar este mes. Tengo algunos asuntos que llevar a cabo en Inglaterra, pero debería estar libre en adelante. Llama cuando sea el momento.

Belle: Necesitaré ver una prueba de ETS para saber que estás limpio.

Devon: Lo enviaré por fax.

Fax. El hombre todavía utilizaba un fax. Era tan antiguo que me sorprendió que no me enviara los resultados por paloma mensajera.

Devon: Redactaré un contrato en el que se resuelvan aspectos como la custodia, las finanzas, etc. Requeriría una cierta participación para garantizar que el contrato sea satisfactorio para ambas partes.

Belle: Realmente estamos haciendo esto, ¿no?

Devon: ¿Por qué no?

Belle: Bueno, veamos...

Belle: ¿Porque es una locura?

Devon: No es ni la mitad de la locura que quedarse embarazada de un desconocido sin rostro, y sin embargo la gente lo hace todo el tiempo. La evolución, querida. Al fin y al cabo, no somos más que monos glorificados que intentan que nuestra huella en este mundo no sea olvidada.

Belle: ¿Acabas de llamarme mono? Fuerte juego romántico, Whitehall.

No respondió. Tal vez Devon no era tan viejo, sino que me sentía tan joven en comparación con él.

Belle: Una pregunta más.

Devon: ¿Sí?

Belle: ¿Cuál es tu animal favorito?

Pensé que seguramente diría un delfín o un león. Algo cursi y predecible.

Devon: Pez de mano rosa.

Oh, increíble. Más mierda rara.

Belle: ¿Por qué?

Devon: Parecen hooligans9 de fútbol borrachos tratando de iniciar una pelea en un bar. Y sus manos son espeluznantes. Sus defectos exigen compasión.

Belle: Eres raro.

Devon: Es cierto, pero te interesa, cariño.

Cinco

Al día siguiente, paré en Walgreens de camino al trabajo y compré un kit de ovulación y vitaminas prenatales masticables. Al pasar junto a un cartel en el que aparecía desnuda, me metí cuatro en la boca y leí las instrucciones del kit. Empujé la puerta que daba a la oficina trasera de Madame Mayhem.

Madame Mayhem estaba a un paso de Chinatown Gate, en el centro de Boston. Estaba metida entre dos casas de piedra rojiza, una agencia de viajes y una tienda de productos agrícolas. El precio era muy barato cuando lo compré con otros dos socios y lo convertí de un restaurante en decadencia a un bar de moda. Hace dos años, el dueño de la lavandería de al lado quebró y lo convencí para que nos vendiera el solar a precio reducido. Iba de un lado a otro del ayuntamiento, tratando de conseguir la aprobación para derribar las paredes divisorias entre las dos propiedades. Al final del proceso, se había inventado el nuevo y mejorado Madame Mayhem: grande, atrevido y arriesgado.

Como yo.

Ahora era la orgullosa propietaria de uno de los establecimientos más infames de la ciudad. El local no era solo un club nocturno de moda con una carta de cócteles obscenamente cara, sino que también ofrecía espectáculos de burlesque, con recreaciones al estilo de los años 50 de la farándula de Nueva Orleans, mujeres y hombres en fina lencería, así como una noche de aficionados todos los jueves, en la que los exhibicionistas en ciernes tenían la oportunidad de alardear de sus bienes.

Sobre el papel, obtuve grandes beneficios. Pero desde que compré a los otros dos socios y reformé el local por completo, mis ingresos personales eran modestos. No tan malos, pero lo suficientemente malos como para que tener un bebé hiciera mella en mis ahorros.

Aun así, era muy trabajadora y no me dejaba intimidar por los contratiempos. Trabajaba en la trastienda durante el día y ayudaba a mis camareros por la noche.

—Belly-Belle —me saludó Ross en cuanto entré en la caja de zapatos gris de mi despacho. Deslizó una taza de café a lo largo de mi escritorio y tomó asiento en el borde del mismo. Mi mejor amigo del colegio había crecido hasta convertirse en mi camarero jefe y gerente de personal en Madame Mayhem. También había crecido hasta convertirse en un bombón—. Boston no está acostumbrado a verte con ropa. ¿Cómo te sientes?

—Alto en la vida y bajo en el efectivo. ¿Qué hay de nuevo? —Tomé un sorbo de mi café, con el bolso aún colgado en el antebrazo. Necesitaba orinar en uno de los palos de ovulación antes de ponerme a trabajar.

Ross levantó un hombro.

—Solo quería asegurarme de que estabas bien después del espectáculo de mierda de la semana pasada.

—¿Hubo un espectáculo de mierda la semana pasada? —Estaba algo ocupada bebiendo el peso de mi propio cuerpo y tratando de olvidar las noticias que me dio el doctor Bjorn, así que mi memoria estaba borrosa.

—Frank —aclaró.

—¿Quién demonios es Frank? —Parpadeé.

Ross me echó una mirada de “tienes que estar bromeando”.

—De aacuuueerdoo, esa bolsa de mierda —Frank era un antiguo camarero. La semana pasada, lo sorprendí acosando sexualmente a una de las chicas de burlesque en la trastienda. Lo despedí en el acto. Frank había accedido a marcharse, pero no antes de decirme lo que pensaba sobre el desastre de perra borracha que era. Por suerte para mí, siempre estaba preparada para una pelea, especialmente con un hombre. Así que cuando me gritó, grité más fuerte. Y cuando trató de lanzarme una lámpara... bueno, le lancé una silla, y luego le desconté el coste de reemplazar la silla rota de su último sueldo.

—Ahí tienes, pedazo de mierda que gasta oxígeno. Ahora asegúrate de salir de la ciudad, ¡Porque esta ciudad seguro que va a salir de ti después de que informe a todos mis amigos propietarios de clubes sobre lo que hiciste!

No me detuve ahí. También envié su foto de empleado a los periódicos locales y les conté lo que había hecho.

¿Demasiado duro? Demasiado malo. La próxima vez, no debería haber manoseado al personal.

—Ya está todo olvidado —Agité la mano en el aire con displicencia. No tenía tiempo para hablar de Frank. Necesitaba comprobar si mis óvulos estaban haciendo su maldito trabajo.

—Necesitaremos llenar su lugar —Ross seguía apoyado a mi escritorio. Reanudé mi paso hacia el baño.

—Sí, bueno, solo asegúrate de que están completamente investigados.

Entré en el baño, me agaché y oriné en el palito de la ovulación. En lugar de dejarlo a un lado y esperar los resultados como una adulta de verdad, miré el bastón con desprecio, rezando por ver dos líneas rosas fuertes en lugar de una opaca.

Cuando efectivamente aparecieron dos líneas en el palo, le saqué una foto con mi teléfono y se la envié a Devon con el texto: es un éxito.

Salí, me senté en mi escritorio e intenté concentrarme en las hojas de Excel que tenía delante. Mis ojos no dejaban de mirar de reojo a mi teléfono, esperando que Devon respondiera. Cuando no me devolvió nada durante una hora, le di la vuelta al teléfono para que la pantalla no fuera visible.

Es hora de calmar las tetas, me reprendí internamente. El hombre tenía una carrera. Cada hora de su jornada laboral era facturable. Por supuesto que no podía dejarlo todo y correr a Madame Mayhem para ponerme un bebé.

Unas dos horas después de enviar el mensaje de texto, Ross entró de nuevo en mi despacho. Puso una botella de champán de aspecto caro sobre mi mesa. Tenía una pequeña tarjeta dorada colgando del cuello.

—¿Dom Perignon? —Levanté una ceja escéptica. Esta edición específica costaba alrededor de mil dólares—. No lo tenemos aquí. ¿De dónde lo has sacado?

—Ah, esa es la pregunta del momento. Abre el maldito sobre y lo averiguaremos —Ross levantó la barbilla hacia la tarjeta, que, tras un segundo examen, parecía un sobre en miniatura. El miedo me llenó las tripas. Esto se parecía mucho a un romance, y yo no lo hacía. Me gustaba más cuando Devon nos comparaba con monos.

—¿Cómo sabes que es para mí? —Lo miré con desconfianza.

—Perra, por favor. La única bebida que me compran mis citas es un refresco de fuente. Sigue. ¿De quién es?

Mis dedos trabajaron rápidamente para desenvolver el misterioso sobre. Dos boletos salieron fuera del sobre. Tomé uno, notando que me temblaban los dedos.

—¿Entradas para la ópera? —preguntó la voz de Ross con asombro—. ¿Qué clase de mentiras le estás dando a estos pobres hombres en Tinder? Este tipo obviamente no te conoce.

Esto es una burla a mi culo. Sabe muy bien que no tengo citas.

—Dije que me gustaba Oprah, no la ópera. Obviamente, ha escuchado mal —Dejé escapar un provocador bostezo. De ninguna manera le iba a contar a Ross lo de Devon. Ya era lo suficientemente duro admitir mi infertilidad ante mis amigas. Era una mujer muy orgullosa.

—¿Cómo es que los hombres nunca me llevan a ningún sitio bonito? —Ross hizo un mohín.

—Regalas la mercancía demasiado rápido —murmuré, todavía mirando el boleto en mi mano como si fuera un cadáver del que tuviera que deshacerme.

—Tú también lo haces. Y ni siquiera sales con ellos.

—Puedes quedarte con mi boleto, si lo quieres.

Hoy no iba a ver una ópera. Tenía trabajo que hacer. Nos faltaba un camarero.

Me recordé a mí misma que Devon hacía esto por la misma razón por la que hacía todo lo demás: manipular, jugar y desconcertar a la gente. Probablemente pensó que era divertidísimo hacerme sentir como si estuviéramos saliendo. Tenía que dejar las cosas claras.

Belle: Hola, engreído, con chaleco, presumido de regata, eres tú. Hoy no podré acompañarte a la ópera, pero puedes pasarte por mi apartamento a partir de medianoche y te prometo que tocaré esas notas altas. - B.

También ese mensaje quedó sin respuesta.

Trabajé hasta la noche, atendiendo la barra junto con otros seis camareros, vestida con un vestido de encaje con volantes y corsé. El olor de mi propio sudor se había vuelto tan familiar para mí durante los años que había construido mi carrera, que lo disfrutaba.

Serví bebidas, corté limas y me apresuré a ir al almacén a buscar más sombrillas para cócteles. Bailé en la barra, coqueteé con hombres y mujeres y toqué la campana varias veces, señalando un maratón de propinas.

El telón de color burdeos había ascendido sobre el escenario delantero, revelando una banda en directo vestida de esmoquin. Su melodía de jazz empapaba las altas paredes. Las bailarinas de burlesque se paseaban lentamente por el escenario con tacones altos y vestidos de lentejuelas de color salvia. La gente aplaude, grita y silba. Me detuve, con una caja de paraguas de cóctel en los brazos, el sudor goteando de mi frente, y los observé con una sonrisa.

Mi decisión de comprar Madame Mayhem no fue accidental ni improvisada. Surgió de mi deseo de promover la idea de que ser una criatura sexual no era pecaminoso. El sexo no significaba suciedad. Podía ser casual y seguir siendo bello. Mis bailarinas no eran strippers. No podías tocarlas, ni siquiera podías respirar en su dirección sin que te echaran del local, pero ellas tomaban el control de su sexualidad y hacían lo que les daba la gana.

Esto, en mi opinión, era la verdadera fuerza.

Cuando volví a la barra, eran casi las once. Sabía que tenía que terminar pronto si quería llegar a casa antes de la medianoche, con tiempo suficiente para ducharme, afeitarme las piernas y tener el aspecto de la pareja sexual de Devon Whitehall.

—Ross —rugí por encima de la música, deslizándome por el suelo pegajoso detrás de la barra y apuntando con una pistola de refrescos a un vaso, preparando una coca-cola light con vodka para un caballero con traje—. Salgo en diez minutos.

El pulgar de Ross se levantó en el aire para indicar que me había oído. Con la otra mano tomó un billete de cincuenta dólares de una mujer apoyada en la barra, cuyos pechos se desprendían de un sujetador deportivo amarillo neón.

Estaba a punto de tomar una orden de un grupo de mujeres que llevaban bandas de despedida de soltera (Dama de la Deshonra, Mala Influencia y Borracha Designada). Cuando me incliné hacia delante para hacerlo, una mano salió disparada hacia mí desde la oscuridad, agarrando mi antebrazo y dándole un doloroso apretón.

Giré la cabeza en dirección a la mano y estaba a punto de apartar el brazo cuando me di cuenta de que la persona unida a dicha mano me miraba con la muerte en los ojos.

Su cara tenía tantas cicatrices que no podría adivinar su edad, aunque quisiera. Una gran parte de ella estaba tatuada. Iba vestido de negro de los pies a la cabeza y no se parecía en nada a la clientela habitual de este lugar.

Me dio vibraciones de Lucifer... y no me soltaba.

—Te sugiero que retires tu mano de mi brazo ahora mismo, a menos que no te sientas especialmente unida a ella —siseé entre dientes apretados, con la sangre hirviendo.

El hombre sonreía con una sonrisa horrible y podrida. No es que sus dientes fueran malos. Al contrario, eran grandes, blancos y brillantes, como si se hubiera sometido a una intervención dental recientemente. Era lo que había detrás de él lo que me inquietaba.

—Tengo un mensaje que entregarte.

—Si es de Satanás, dile que venga a verme personalmente si tiene bolas —le espeté, apartando el brazo con fuerza. Su mano cayó, y utilicé cada gramo de mi autocontrol para no clavarle el cuchillo de limas.

—Te sugiero que escuches con atención, Emmabelle, a menos que quieras que te pasen cosas muy malas.

—¿Quién lo dice? —Me reí.

—Si no...

Justo cuando empezó a hablar, una forma alta y elegante se materializó desde las sombras del club, arrojando al hombre como si no pesara más que una paja. Mi ofensor cicatrizado se desplomó en el suelo. Devon apareció en mi línea de visión, vestido con un esmoquin de diseño, con el cabello engominado hacia atrás y los pómulos afilados como cuchillas. Se paró sobre el hombre -deliberadamente- frunciendo el ceño ante sus mocasines como si necesitara limpiar la suciedad de ellos.

—Estaba en medio de algo —Le enseñé los dientes.

—Permíteme que no me compadezca.

—¿Eres capaz de sentir compasión?

—¿Generalmente? Sí. ¿Con las mujeres que me dejan esperando? No tanto.

Devon se inclinó sobre la barra con un rápido movimiento y me lanzó sobre su hombro, dándose la vuelta y marchando hacia las puertas de entrada. Levanté la vista y capté la expresión de Ross, congelado con una botella de cerveza en una mano y un abridor en la otra.

—¿Debo llamar a seguridad? ¿A la policía? ¿A Sam Brennan? —cacareó Ross desde el fondo del bar, por encima de la música. Devon no redujo la velocidad.

—No, está bien, lo mataré yo misma. Pero consigue los datos de este cretino —Estaba a punto de señalar a Caracortada donde lo vi por última vez en el suelo, solo para descubrir que había desaparecido.

No luché contra Devon. Ser cargada después de trabajar de pie durante seis horas seguidas no era el peor castigo del mundo. En cambio, le lancé un ataque verbal.

—¿Por qué estás vestido como un camarero elegante?

—Se llama traje. Es una forma apropiada de vestir. Aunque, deduzco que los hombres que te gustan suelen llevar monos naranjas.

—¿Quién te lo ha dicho? ¿Persy? —chillé—. Solo me acosté con un ex convicto. Y fue por un esquema Ponzi. Es muy parecido a acostarse con un político.

—Te estuve esperado —dijo rotundamente, su voz se volvió gélida.

—¿Por qué? —resoplé, resistiendo las ganas de pellizcarle el culo—. Ya te he dicho que no voy a la ópera.

—No, no lo hiciste —dijo secamente, sus dedos se curvaron más profundamente en la curva de mi culo—. Mi champán y mis entradas llegaron sanos y salvos, y como no había tenido noticias tuyas, supuse que el plan era quedar esta noche.

Eso era imposible. Le envié un mensaje.

Oh. Oh. El mensaje no debe haber llegado. Mi compañía celular tenía muy mala recepción. Especialmente cuando estaba en el búnker subterráneo llamado mi oficina.

—Te envié un mensaje. No lo recibiste. ¿Crees que toda esta farsa de macho alfa me excita o algo así? —Dejé escapar un bufido. Porque, déjame decirte, lo hacía absolutamente. No es que lo admitiera en voz alta. Pero, por Dios. Hacía un minuto que no me manejaba con tanta confianza.

—No todos nos dedicamos al teatro para sobrevivir, mi querida Emmabelle. Lo que pienses de mí no es en absoluto asunto mío —Devon salió de mi club en la fresca y crujiente noche, caminando a grandes zancadas hacia su auto—. Dices que quieres un hijo, pero también vas por ahí haciendo malabares, bebiendo y trabajando hasta los huesos. Uno de nosotros sabe cómo dejarte embarazada, y me temo que esa persona no eres tú.

El descaro de este imbécil. Me estaba dando explicaciones sobre el sexo. Podría apuñalarlo si no estuviera, de hecho, un poco borracha y muy agotada por el trabajo del día.

Devon abrió la puerta del pasajero de su Bentley verde oscuro, me metió dentro y me abrochó el cinturón.

—Ahora dime quién era ese hombre. El que te sujetó el brazo.

Cerró la puerta y dio la vuelta al auto antes de que pudiera responder y se deslizó a mi lado. Una ráfaga de su irresistible y rico aroma llegó hasta mí.

—No tengo ni idea. Estaba a punto de averiguarlo cuando entraste como un trueno, dándome tu mejor imitación de El Complejo del Salvador.

—¿Es una ocurrencia ordinaria? ¿Los hombres te agarran en el trabajo? —Arrancó el auto y se dirigió a mi apartamento por las calles cubiertas de hielo. Mi corazón no tenía por qué saltarse un latido porque él recordara mi dirección. Más vale que lo que pasaba en mi pecho fuera un maldito soplo.

—¿Qué te parece? —dije con sorna.

—Creo que algunos hombres sienten que pueden tocarte por tu línea de trabajo —respondió con sinceridad.

De hecho, ocurría a menudo. Sobre todo, cuando bailaba en la barra o subía al escenario con mis bailarines. Pero sabía poner límites y poner a la gente en su sitio.

—Es cierto —Sonreí—. Constantemente tengo que luchar contra los hombres. ¿Cómo crees que he desarrollado estos bebés? —Me besé los bíceps.

Cuando no dijo nada, abrí su guantera y empecé a rebuscar en su mierda. A menudo hacía cosas así. Provocaba a la gente para que reaccionara. Podías aprender mucho sobre los humanos por la forma en que se comportaban cuando se enfadaban. Encontré un pequeño fósil grabado y lo saqué.

—No me impresiona lo que he visto esta noche —Devon, tan tranquilo como el Dalai Lama me quitó el fósil de las manos y lo dejó entre nosotros.

—¡Dios mío, no lo estas! —Me pasé una mano por el escote, exhibiendo mi mejor acento británico falso—. Por todos los cielos. Tengo que dejarlo ahora mismo y hacerme institutriz o monja. Lo que sea de su gusto, milord.

—Eres exasperante —Se restregó el perfecto pómulo, exasperado.

—Y tú te interpusiste en mi camino —concluí, tomando de nuevo el pequeño fósil y jugueteando con él—. Puedo luchar mis propias batallas, Devon.

—Apenas eres capaz de mantenerte con vida —Su expresión glacial me dijo que no estaba siendo gracioso. Él realmente pensaba eso.

En mi edificio, Devon subió las escaleras hasta mi apartamento, en lugar de utilizar el ascensor, llevándome todavía en brazos. Más rarezas. ¿Cómo es que ninguno de sus superfans en esta ciudad se dio cuenta de lo raro que era?

—Hay un ascensor justo aquí. Bájeme, Sr. Cavernícola.

—Yo no hago eso —Su voz era cortada.

—¿No usas ascensores? —pregunté, saboreando la sensación de sus abdominales y pectorales contra mi cuerpo.

—Correcto. O cualquier tipo de espacio reducido del que no pueda salir con facilidad.

—¿Y los autos? ¿Aviones? —Ahí se fue mi sueño de la milla con alguien de la realeza. Fue bueno mientras duró. Además: muy específico.

—La lógica dicta que use ambos, pero trato de alejarme de ellos siempre que sea posible.

—¿Por qué? —Estaba desconcertada. Parecía un miedo tan irracional para un hombre que era puro racionalismo.

Su pecho se estremeció con una risa. Me miró, divertido.

—Eso no es de tu incumbencia, cariño.

Cuando llegamos a mi apartamento, me sorprendió ver que Devon no tenía ninguna prisa por quitarme la ropa y tener sexo salvaje y desenfrenado conmigo. En su lugar, sacó un lote de documentos de un elegante maletín de cuero y lo puso sobre la mesa de centro, tomando asiento. Me tiré en un colorido sillón reclinable, mirándolo fijamente.

—¿Qué estás haciendo? —pregunté, aunque era bastante obvio que estaba sacando suficientes documentos de papel como para hacer papel maché de la Estatua de la Libertad, poniéndolos sobre la mesa.

Devon no se molestó en levantar la vista de los archivos.

—Atendiendo a nuestro contrato legalmente vinculante. Mientras tanto, siéntete libre de ponerte al día con la ópera que te has perdido esta noche. La bohème.

Me ofreció su teléfono, en el que ya estaba sonando una grabación.

—¿Cómo has entrado? Me enviaste dos entradas.

—Quería asegurarme de que tuvieras un repuesto en caso de que se perdiera una, así que compré toda la fila.

Hijo de puta. Eso fue muy sensacional, pero de una manera muy estúpida, porque él todavía trabajaba bajo la suposición de que yo no iba a tener mi mierda junta.

Le arrebaté el teléfono de las manos.

—¿Cómo sabes que no revisaré tus mensajes?

—¿Cómo sabes que es mi teléfono personal y no el que utilizo para el trabajo? —respondió con una palmada.

Le lancé una mirada de “no sé qué”. Porque, aparentemente, la diferencia de edad entre nosotros no era suficiente. Tenía que actuar como un adolescente.

—Cuidado —Levantó la barbilla hacia el teléfono, sin inmutarse por mis malas miradas.

—¿Lo has grabado todo?

No hay mucha gente que tenga la capacidad o el talento de escandalizarme, pero esto lo hizo. Generalmente era yo quien armaba un escándalo.

Devon tomó un Sharpie rojo, leyendo el material que tenía delante, sin dejar de prestarme atención.

—Correcto.

—¿Pero por qué? Te he fastidiado.

—Y estoy a punto de follarte sin sentido. ¿Qué quieres decir? —Su cara impalpable no vaciló—. Ahora, por favor, mira la ópera mientras leo el contrato una vez más.

Durante los siguientes cuarenta minutos, hice precisamente eso. Observé la ópera mientras él trabajaba. Los primeros diez minutos, le robé miradas. Fue agradable, sabiendo que estaba a punto de estar bajo este potente y sofisticado hombre.

Pero a los diez minutos de la ópera, sucedió algo extraño. Empecé a... bueno, a meterme en ella. La bohème era una historia sobre una pobre costurera y sus amigos artistas. Todo estaba en italiano y, aunque no sabía ni una palabra del idioma, sentía todo lo que sentía la heroína. Había poder en ella. La forma en que la música tiraba de mis emociones como si yo fuera una marioneta en una cuerda.

En algún momento, Devon me quitó el teléfono de la mano y se lo volvió a meter en el bolsillo. Ahora estaba sentado más cerca de mí.

—¡Oye! —Le envié una mirada asesina—. Estaba en medio de algo. Mimi y Rodolfo decidieron quedarse juntos hasta la primavera.

—El final es exquisito —me aseguró, sacando una pluma de aspecto caro de su maletín—. Te habría encantado, si me hubieras acompañado a la ópera.

—Quiero ver el final.

—Juega bien tus cartas y lo harás. Repasemos juntos el contrato.

—¿Y entonces? —Levanté una ceja, cruzando los brazos sobre el pecho.

—Y entonces, mi querida Emmabelle —sonrió diabólicamente—. Voy a follar tus sesos.

Una hora y veintitrés minutos.

Eso fue lo que tardamos Devon y yo en repasar todas las disposiciones del contrato que nos había redactado.

Entonces procedió a mostrarme su prueba de ETS -el hombre estaba limpio como una patena- y procedió a hacerme saber que estaba de acuerdo en renunciar a mi propia prueba con el argumento de intentar crear un entorno de trabajo respetable y de confianza.

Me gustó que se refiriera al acuerdo como un trabajo. Se sentía clínico, distante.

El problema era que, para cuando terminamos de revisar los documentos legales, era plena noche y yo estaba acurrucada en el sofá junto a él, bostezando sobre una almohada. Todavía llevaba el mismo vestido encorsetado que utilizaba para trabajar y parecía una prostituta medieval a punto de corromper al primer hijo del rey.

—¿Esta es tu arma secreta? ¿Extinguir a la gente hasta la sumisión? —ronroneé contra la almohada, luchando contra el insoportable peso de mis párpados.

Oí cómo Devon volvía a meter los contratos firmados en su maletín de cuero y cerraba la cremallera.

—Entre otros —Su mandíbula se tensó y me pareció ver que algo frío y sin emoción pasaba por su expresión.

Dejé que mis ojos descansen durante unos segundos.

—Hmm —respondí, abrazando la almohada contra la que me apoyaba, enroscándome alrededor de ella como un gato—. Creo que acabas de conocer a tu pareja. Nunca me inclino ante nadie.

—¿Has tenido alguna vez un novio? —preguntó.

—No.

—Eso es lo que pensaba.

—¿Y tú? —Ya estaba medio dormida cuando lo pregunté.

—No un novio. He tenido algunas novias. Aunque ninguna sobrevivió a los seis meses.

—Eso es lo que pensaba —balbuceé, dejando escapar un suave ronquido. En ese momento, estaba roncando en mi propia axila, en una exhibición de encanto desbordante y delicada feminidad.

—Suecia —Su voz grave rodó como una nube oscura sobre mi cabeza—. Arriba.

—¿Te vas a Suecia? —Ahora se me caía la baba sobre mi almohada. La saliva fría y pegajosa pegaba mi mejilla contra ella.

Se rio.

—No es Suecia, Sweven.

—Oh —Una pausa. Todavía estaba dormida, pero de alguna manera seguía hablando con él—. ¿Qué es eso?

—Un sueño, una visión. Algo que viene a ti mientras duermes. Eres una fantasía, Emmabelle. Demasiado buena para ser verdad. Demasiado mala para ser experimentada.

—Qué me pasa a mí —gemí. Esperaba que no me pidiera que me casara con él. Estaba agotada y privada de sueño como para considerarlo.

—Es hora de tomar una ducha.

—Mañana —dije en voz baja.

—Es mañana —argumentó—. Y Google me dijo que tu ventana de ovulación es solo de doce a veinticuatro horas. Métete en la ducha para que podamos cumplir nuestro contrato.

Rápidamente, y sin hacer ruido, Devon me levantó al estilo luna de miel y me llevó a lo largo de mi apartamento. Por fin, pensé, con los ojos aún cerrados. El imbécil me estaba llevando a mi cama. Lo haríamos mañana, o al día siguiente, o...

¿Qué demonios?

Mis ojos se abrieron de golpe cuando me encontré con agujas heladas de agua congelada. Desorientada, me encontré tumbada en el suelo de mi ducha. Las dos duchas me escupían. Miré frenéticamente a mi alrededor y vi a Devon de pie al otro lado de la puerta de cristal, con su estrecha cadera apoyada en la pared y las mangas de la camisa remangadas hasta los codos, dejando al descubierto unos antebrazos venosos que se me hacían la boca agua.

La sonrisa del diablo se dibujó en su cara.

Me despojé de mí ya arruinado vestido, que se volvió pesado por el líquido, arrojándolo con una bofetada al suelo a mi lado.

—¡Te voy a matar! —Agarré la puerta como un felino mojado, completamente despierta y desnuda. Estaba a punto de abrirla y abalanzarme sobre él. Él se dirigió al otro lado de la puerta de cristal, tirando de la manilla y manteniéndola cerrada.

—Mátame después. Primero, te necesito limpia y alerta.

—Lo único que vamos a hacer cuando salga de aquí es apuñalarte en la cara —Enseñé los dientes a través del cristal.

No lo recordaba ni la mitad de exasperante cuando teníamos sexo casual. ¿Tenía un trasplante de personalidad de mierda o algo así?

—El sexo furioso es el mejor sexo —Devon se pasó el pulgar por el labio inferior, lanzándome al borde de la cordura.

—¡Me moriré de frío! —Ahora estaba tratando de negociar.

—Te escribiré una bonita esquela.

—¡No puedes ser tan desalmado! —Golpeé la puerta de cristal con mi puño.

—Por supuesto que sí —Sonrió cordialmente, como un anfitrión en un restaurante con estrellas Michelin—. Además, los diamantes se hacen bajo presión.

—Suelta la manija.

—Lávate primero.

—¿O qué? —Me sentí loca por la necesidad de tomar represalias por lo que me estaba haciendo. Mi mente comenzó a trabajar horas extras. No iba a dejar que se saliera con la suya. De ninguna manera.

—O esta será la única manera de que te mojes esta noche. Y dejando de lado las amenazas, ambos sabemos que has estado soñando con esto desde la noche que me echaste hace tantos años.

Sus palabras me hicieron bajar la mirada hacia sus pantalones. A la impresionante tienda que esperaba mi atención. Mis ojos volvieron a mirar hacia él.

—Lo siento, amigo. Mi tiempo contigo no figura en los primeros veinte polvos memorables que he tenido.

Devon sonrió, con pequeñas arrugas de felicidad decorando sus ojos color joya.

—Mentirosa.

Se dio la vuelta y salió del baño, todo confianza y suavidad. Aproveché la oportunidad y me lancé fuera de la ducha, saltando delante de él e impidiéndole el paso. Lo empujé hacia el baño, y mi cuerpo empapó su esmoquin con agua.

—No tan rápido, Duque de Cuntington. Creo que es tu turno...

Antes de que pudiera terminar la frase, me empujó contra la pared y me cubrió la boca con un beso castigador y contundente.

Sus manos recorrieron mi espalda, bajando hasta mi culo y ahuecándolo con fuertes dedos. Me empujó contra su erección a través de los pantalones. El aire que nos rodeaba zumbaba de rabia, frustración y oscuridad. Los dos estábamos hambrientos.

Separó su boca de la mía, pasando el pulgar por mis labios, abriéndolos eróticamente.

—Ya, ya, Sweven. No te enfades tanto. Sabía que necesitaba despertarte para estar dentro de ti, y tocarte antes de embarcar en un avión a Inglaterra era de suma importancia.

—¿Cuándo te vas? —Saqué la lengua para pasarla por su pulgar. Sus labios se separaron y en su cara de Adonis se dibujó una mirada medio embriagada.

Mis dedos desabrocharon sus pantalones. Mi cuerpo se encendió como un cable de alta tensión.

—Mañana.

—¿Por qué?

—Negocios —Su boca se sumergió entre nosotros, hacia mis pechos, y tomó uno de mis pezones entre sus dientes, mirándome y sonriendo antes de que desapareciera dentro de su boca al succionar.

—Pero ¿Qué pasa si nos perdemos mi ventana de ovulación? —Dejo que mi cabeza ruede hacia atrás, y se me escapa un gemido bajo. Enhebré mis dedos en su cabello, el intenso placer de estar en sus brazos volviendo a mí con toda su fuerza.

Los labios de Devon se curvaron.

—Entonces me temo que tendremos que pasar otro mes follando el uno con el otro. Recuerda que tienes cinco meses antes de que me deshaga de tu precioso culo.

Su polla se liberó de sus pantalones cuando sus nudillos rozaron mi hendidura. Sabía que no me iba a meter el dedo. No era el estilo de Devon. Había algo escandalosamente correcto en su forma de follar. Te follaba de una manera que se sentía a la vez limpia y sucia. Por eso estaba tan obsesionada con él, en la cama, en primer lugar. Mi cuerpo temblaba de anticipación, como lo había hecho hace años, cuando me acorraló en la cabaña de Cillian Fitzpatrick y me retó a que lo dejara hacerme correr cinco veces en una noche. Había cumplido su promesa. Con creces.

Devon empujó su gruesa e hinchada polla, haciéndola rodar a lo largo de mi hendidura, golpeando mi clítoris con ella. Los dos mirábamos atentamente, nuestras respiraciones calientes se mezclaban.

Introdujo su punta dentro de mí y descubrió que estaba completamente empapada. Sus ojos viajaron hacia arriba. Ambos nos sonreímos. Asentí una vez, dándole permiso.

Deslizó toda su polla dentro de mí, me agarró por la parte trasera de los muslos y empezó a follarme contra la pared. La fría superficie detrás de mí se clavó entre mis omóplatos.

Y, sin embargo, no me importó.

No me importó que Devon siguiera completamente vestido.

No me importó que fuera de madrugada y que estuviera gimiendo lo suficientemente fuerte como para despertar a la gente de Wisconsin.

No me importaba. Nada más que el momento que estábamos compartiendo.

El intenso placer de tenerlo de nuevo dentro de mí era gratificante, pero era la posibilidad de crear otra vida lo que me hacía sentir frenética.

Nos corrimos juntos, una ola tras otra de placer que me atravesaba. Fue diferente a las veces anteriores. El orgasmo fue grande, pero cuando él empezó a correrse y yo sentí el líquido caliente y pegajoso derramándose dentro de mí, ambos nos sostuvimos la mirada, estremeciéndonos en los brazos del otro, sonriendo. El hecho de que estuviera tan presente me estimuló.

Me bajó al suelo con cuidado, dando un paso atrás. Había leído en alguna de mis búsquedas en Internet que era buena idea tumbarse en la cama con las piernas en alto para aumentar las posibilidades de concebir. De repente, me entraron ganas de hacer precisamente eso.

—Bueno —Moví las caderas mientras agarraba una bata de una percha y la envolvía, sintiéndome menos digna de lo que parecía mientras los restos de su semen se deslizaban por el interior de mi muslo—. Gracias por tus servicios. Ahora, si fueras tan amable de salir de mi apartamento, te lo agradecería mucho.

De nuevo, utilicé el mismo acento británico falso que esperaba que hiciera que no le gustara.

Los pantalones -o los pantalones10, si nos atenemos a lo que él llamaba- le llegaban a las rodillas. Se metió la camisa dentro de ellos, tomándose su tiempo para ponerse presentable.

—Me iré a Inglaterra el resto de la semana, como ya he dicho... —empezó, pero ahora me tocó a mí tomarlo desprevenido.

—Amigo. No te voy a necesitar hasta el mes que viene, si es que lo hago. Comparte tu horario con alguien que se preocupe.

Lo empujé hacia la puerta principal. Normalmente, mover a un hombre alto y de su tamaño no era tan fácil. Pero como sus pantalones estaban todavía a medio hacer, perdió el equilibrio y tropezó un poco hacia atrás.

—Eres tan refinada como un gato callejero —dijo con gran satisfacción.

—No fui yo quien lanzó a una persona medio dormida a una ducha fría —Le di otro empujón.

Hizo el ademán de fingir que me mordía la mano mientras le empujaba.

—No me arrepiento de nada, Sweven. Ha sido un placer follar contigo.

—Y una sola vez —le recordé, abriendo la puerta detrás de él y dándole un último empujón—. Además, no intentes convertir a Sweven en algo. No somos esa clase de personas.

Fuera, en el pasillo común, a medio vestir y riendo con rudeza, todavía saltando de un lado a otro mientras se ponía los pantalones, me dedicó la sonrisa más demoledora que jamás había visto. Tuve que recordarme a mí misma que era un coqueto y un libertino. Un hombre que, a pesar de su hermosa cara, tenía un feo historial con las damas.

—No sabes qué clase de persona soy. Pero estás a punto de descubrirlo.

Seis

La mala noticia fue que accidentalmente había llegado al funeral de mi padre.

La buena noticia fue que estaba tan feliz de ver a mamá y Cece, ni siquiera el hecho de que estuviera allí honrando a mi padre logró poner un freno a mi estado de ánimo.

El plan original era llegar un día después del funeral. Deben haber llevado a cabo el funeral un día antes, ya que ya no necesitaban acomodar mi horario. Me presenté durante el último acto, cuando el ataúd fue bajado al suelo.

Mi padre fue enterrado en la parte trasera del castillo de Whitehall Court, junto a una iglesia desierta, donde sus antepasados habían sido enterrados. Donde, presumiblemente, algún día descansaría por la eternidad también.

La casa de mi infancia era una gran fortaleza. Con torretas de estilo medieval, arquitectura neogótica, granito y mármol, y una cantidad impía de ventanas arqueadas. El castillo estaba rodeado por un jardín en forma de herradura en la parte delantera y una antigua iglesia fuera de servicio en la parte posterior. Había dos graneros, cuatro cabañas de sirvientes y un sendero bien cuidado que conducía a un bosque salvaje.

En un día claro, se podía ver la costa francesa desde la azotea del castillo de Whitehall Court. Los recuerdos de mi yo más joven, delgado y bronceado, desafiando al sol a quemarme vivo y derretirme en la piedra sobre la que me había acostado, se persiguieron unos a otros en mi cabeza.

Caminé hacia el denso grupo de personas vestidas de negro, marcando mentalmente la lista de asistencia en mi cabeza.

Mamá estaba allí, delicada y digna como siempre, acariciando su nariz con un fajo de pañuelos.

Mi hermana, Cecilia, estaba allí con su esposo Drew Hasting, a quien había conocido varias veces cuando me visitaron en los Estados Unidos. Aunque me salté su boda en Kent, me aseguré de regalarle a la pareja un encantador estudio en Manhattan para que pudieran visitarme regularmente.

Cecilia y Drew eran regordetes y altos. Supongo que, a simple vista, parecían gemelos. Se pararon hombro con hombro, pero no se reconocieron. Aunque me había esforzado mucho por gustarme Hasting por el bien de mi hermana, no podía ignorar lo asombrosamente poco impresionante que era todo su ser.

Si bien provenía de un buen pedigrí y una familia altamente conectada, había sido conocido en los clubes de caballeros en Inglaterra como un hombre bastante aburrido e ingenioso que no podía aferrarse a un trabajo si uno se encadenaba a su pierna.

Byron y Benedict estaban de pie en el otro extremo de la multitud. Tenían alrededor de cuarenta años, ambos luciendo hinchados y arrugados. Era como si hubieran pasado cada momento de vigilia desde que dejé bebiendo y fumar en su estado actual.

Y luego estaba Louisa Butchart.

A los treinta y nueve años, Louisa había logrado ser agradable a la vista. Tenía el cabello tan oscuro como mi alma, corto y brillante, labios escarlata, y una estructura ósea fina y elegante. Su figura recortada estaba vestida con un abrigo negro de doble pecho.

Una mujer que cualquier hombre respetable de mi posición y título querría en su brazo.

Tenía que admitir que, si no fuera por el hecho de que necesitaba rechazarla por principio, Louisa seguramente haría muy feliz a un hombre como yo algún día.

Metí un rollie en el costado de mi boca y lo encendí mientras me dirigía al enorme agujero en la exuberante hierba verde. Me detuve cuando mi pecho chocó con la espalda de Cecilia. Me incliné hacia adelante, mis labios encontraron su oreja.

—Hola, Hermana.

Cecilia se volvió hacia mí, sus ojos azules nadando con conmoción. Mantuve mi mirada en el ataúd mientras poco a poco, montones de tierra lo ocultaban de la vista. Por un momento, fui muy consciente del hecho de que la atención de todos se había desviado del ataúd y se había centrado en mí. No podía culparlos. Probablemente pensaron que era un holograma.

—¡Devvie! —Cecilia arrojó sus brazos sobre mis hombros, enterrando su rostro en mi cuello—. ¡Cómo te hemos extrañado! Mamá dijo que no estarías aquí hasta mañana.

Envolví mis brazos alrededor de ella, besando la parte superior de su cabeza.

—Encantadora chica, siempre estaré aquí para ti.

Incluso si tengo que honrar al wanker11 que me dio la vida.

—Dios mío. ¡Casi tuve un ataque al corazón! —Madre gritó. Ella cojeó hacia mí, sus tacones se hundieron en el suelo fangoso. El aire olía a lluvia inglesa. Como en casa. La recogí en mis brazos y la apreté, besando su mejilla.

—Mami.

Los dolientes comenzaron a amontonarse hacia nosotros, miradas curiosas en sus rostros. Me hizo estar muy contento, sabiendo que una vez más le había robado el protagonismo a Edwin, incluso en su último viaje.

Mamá levantó la cabeza hacia atrás, colocando sus palmas congeladas en mis mejillas, las lágrimas haciendo que sus ojos brillaran.

—Eres tan guapo. Y tan... ¡tan alto! Sigo olvidando tu cara si no te veo en unos meses.

A pesar de mí mismo, algo entre una queja y una risa se me escapó.

Había sido tan inflexible en no regresar a Inglaterra mientras mi padre estuviera vivo, que casi olvidé cuánto había extrañado a mi madre y Cecilia.

—¿Te las arreglaste para hacerlo? Bien por ti, compañero. —Drew me aplaudió.

Todavía abrazando a mi madre, sentí una mano vacilante en mi brazo. Cuando giré la cabeza, atrapé a Cecilia sonriendo tímidamente, su piel rosada, frágil como un vidrio de bombilla.

—Te he extrañado, hermano —dijo en voz baja.

—Cece —gruñí, casi con dolor. Salí del abrazo con mi madre y reuní a mi hermana en mis brazos. Sus rizos amarillos me hacían cosquillas en la nariz. Me sorprendió descubrir que todavía olía a manzanas verdes, al invierno y al bosque. De una infancia con demasiadas reglas y muy pocas risas.

El arrepentimiento me abrió.

Casi había abandonado a mi hermana menor. La dejé a su suerte cuando era adolescente.

Mamá tenía razón. Volver a Inglaterra resurgió viejos recuerdos y problemas no resueltos.

—¿Te quedarás por un tiempo? —Cece suplicó.

—Me quedo unos días —Le acaricié el cabello, mirando por encima de la parte superior de su cabeza y haciendo contacto visual con Drew, quien se movió inquieto, luciendo cualquier cosa menos feliz de tener otro hombre en la casa—. Al menos —agregué significativamente.

Ella tembló en mis brazos, y de repente, me puse furioso conmigo mismo por no estar más involucrado en su vida. Al crecer, ella siempre me había necesitado, y yo siempre estaba allí. Sin embargo, de alguna manera mi odio hacia mi padre me hizo extrañar su boda hace tres años.

—¿Estás contento con él? —Articule en su cabello para que solo ella pudiera oírme.

—Yo… —empezó.

—Bueno, bueno —dijo Benedict, con Byron pisándole los talones. Me apretó el hombro—. Pensé que vería volar a los cerdos antes de ver a Devon Whitehall en suelo británico.

Me desconecté de Cecilia, estrechando su mano y la de su hermano.

—Mis disculpas, pero los únicos cerdos que conozco están aquí en la tierra, y parece que podrían usar un viaje a rehabilitación.

La sonrisa de Benedict se derrumbó.

—Muy divertido. —Apretó los dientes—. Tengo problemas de tiroides, para tu información.

—¿Y tú, Byron? —Me volví hacia su hermano—. ¿Qué problemas te impiden parecer un miembro sobrio y funcional de la sociedad?

—No todos somos tan vanidosos como para importarnos tanto su apariencia. Escuché que ahora eres un millonario hecho a sí mismo —Byron alisó su traje con la mano.

Rematé a mi cigarrillo y tiré la colilla hacia la tumba.

—Me las arreglo.

—Ser conocido por tus logros es un trabajo muy duro. Mejor ser conocido por tu apellido y herencia. —Benedict cacareó—. De cualquier manera, es bueno tenerte de vuelta.

La cosa era que no había vuelto. Yo era solo un visitante. Un espectador en una vida que ya no era la mía.

Había construido una vida en otro lugar. Estaba ligado a la familia Fitzpatrick, que me tomó bajo su ala. Con mi bufete de abogados, y mi esgrima, y las mujeres que cortejé. Con un nuevo giro en mi historia, Emmabelle Penrose, una chica que tenía más demonios que vestidos en su armario.

Mientras la gente me envolvía desde todas las direcciones, exigiendo escuchar sobre mi vida en Estados Unidos, mis compañeros, mis socios, mis clientes, mis conquistas, noté que solo una persona se mantenía alejada, al otro lado de la tumba poco profunda llena de tierra.

Louisa Butchart me estudió desde una distancia segura bajo sus pestañas. Su boca estaba enroscada en un ligero fruncido, su espalda arqueada, como si hiciera alarde de sus nuevos activos.

—Ven ahora —Madre ató mi brazo en el suyo, tirando de mí hacia la extensa mansión—. Tendrás mucho tiempo para hablar con Lou. No puedo esperar para mostrarte a todos los sirvientes.

Pero no había nada que discutir.

Le debía una disculpa a Louisa Butchart.

Y nada más.

Una hora más tarde, me senté en una gran mesa en uno de los dos comedores del castillo de Whitehall Court. Yo estaba a la cabeza de la mesa. Mi familia y amigos de la infancia me rodeaban.

Me sorprendió cómo nada había cambiado en los años que me había ido. Hasta la alfombra a cuadros, muebles de madera tallada, candelabros y papel tapiz floral. Las paredes estaban empapadas de recuerdos.

Coma sus verduras o termine en el montacargas.

Pero, papá...

No papá. Ningún hijo mío crecerá para ser regordete y suave como los hijos de Butcharts. Coma todas sus verduras ahora, o está pasando la noche en la caja.

¡Vomitaré si lo hago!

Igual de bien. Vomitar le haría bien a tu corpulenta figura.

Mientras miraba a mí alrededor, no pude evitar sentir lástima por Cece y mi madre, incluso más de lo que era para mí. Al menos fui y me construí otra vida. Se quedaron aquí, agobiadas por el temperamento horrible de mi padre y las demandas interminables.

—Así que, Devon, cuéntanos todo sobre tu vida en Boston. ¿Es tan terrible y gris como dicen? —Byron exigió, masticando en voz alta el shepherd’s pie y el pastel de carne—. He oído que no es muy diferente de Birmingham.

—Supongo que la persona que te dijo eso nunca ha estado en ninguno de los dos —dije, tragando un trozo de pastel de pastor sin probarlo—. Prefiero disfrutar de las cuatro estaciones de la ciudad, así como de los establecimientos culturales —Los establecimientos culturales eran el club de caballeros de Sam, en el que jugaba, practicaba esgrima y fumaba hasta la muerte.

—¿Y qué hay de las mujeres? —Benedict sondeó, hasta bien entrada su quinta copa de vino—. ¿Cómo se posicionan en comparación con Inglaterra?

Mis ojos se encontraron con los de Louisa desde el otro lado de la mesa. Ella no rehuyó mi mirada, pero tampoco ofreció ningún tipo de emoción.

—Las mujeres son mujeres. Son divertidas, necesarias y una mala inversión financiera en general —murmure. Tenía la esperanza de transmitir que seguía siendo el mismo maldito mujeriego, no bueno, que se había escapado de Inglaterra para evitar el matrimonio.

Benedict se rio.

—Bueno, si nadie va a dirigirse al elefante en la habitación, también podría hacerlo yo mismo. Devon, ¿no tienes nada que decirle a nuestra querida hermana después de dejarla plantada? Cuatro años, ella te esperó.

—Benedict, basta —espetó Louisa, inclinando la barbilla hacia arriba con sorna—. ¿Dónde están tus modales?

—¿Dónde están los suyos? —gritó—. Alguien tiene que llamarlo por esto, ya que mamá y papá no pueden.

—¿Dónde está el duque de Salisbury y su esposa? —pregunté, dándome cuenta de que por primera vez no habían asistido al funeral.

Hubo un latido de silencio antes de que mi madre se aclarara la garganta.

—Fallecieron, me temo. Un accidente automovilístico.

Cristo. ¿Por qué no me lo había dicho?

—Mis condolencias —dije, mirando a Louisa en lugar de a sus hermanos, a quienes todavía no había considerado en la misma escala evolutiva que yo.

—Estas cosas suceden —Byron agitó una mano desdeñosa. Claramente, estaba demasiado enamorado de ser duque en estos días como para preocuparse por el precio de su nuevo título.

Hubo otro silencio de corta duración antes de que Benedict volviera a hablar.

—Ella le había dicho a todos sus amigos que volverías con ella, ya sabes. Louisa. Pobre pajarito fue a ver lugares para fiestas de compromiso en todo Londres.

Louisa se mordió la mejilla interior, girando su copa de vino y mirándola sin beber. Quería arrastrarla a un lugar aislado y privado. Para disculparme por el desastre que había creado en su vida. Para asegurarle que me jodí tanto como la jodí a ella.

—Gawd, ¿te acuerdas? —Byron cacareó, abofeteando la espalda de su hermano—. Incluso eligió un anillo de compromiso y todo. Consiguió que nuestro padre lo pagara porque no quería que pensaras que era demasiado exigente. La engañaste adecuadamente, compañero.

—Esa no era mi intención —dije con los dientes apretados, sin encontrar apetito por mi plato ni por la compañía—. Los dos éramos niños.

—Creo que esto es algo que Devon y Louisa abordarán en privado. —Mi madre se golpeó las comisuras de la boca con una servilleta, aunque no había rastro de comida en su rostro—. Es inapropiado abordar este asunto en compañía, sin mencionar en la cena fúnebre de mi esposo.

—Además, hay mucho más de qué hablar —exclamó Drew, el esposo de Cece, con falsa emoción, sonriéndome—. Devon, tenía la intención de preguntar: ¿cuáles son tus pensamientos sobre el auge hipotecario de Gran Bretaña? El riesgo de inflación es bastante alto, ¿no lo reconoces?

Abrí la boca para responder, cuando Byron cortó la conversación, levantando su copa de vino en el aire como un emperador tiránico.

—Por favor, a nadie le importa el mercado de la vivienda. Estás hablando con personas que ni siquiera saben cómo deletrear la palabra hipoteca, y mucho menos que alguna vez tuvieron que pagar una. —Golpeó la copa de vino sobre la mesa, su contenido rojo carmín se derramó sobre el mantel blanco—. En cambio, ¿por qué no hablamos de todas las promesas que Devon Whitehall no ha cumplido a lo largo de los años? A nuestra hermana. A su familia. Cómo la realidad finalmente ha alcanzado a Lord Handsome, y ahora necesita hacer algunas concesiones serias si quiere mantener lo que queda de su vida anterior.

Louisa se puso de pie y golpeó su servilleta sobre su plato aún lleno.

—Si me disculpas —Su voz temblaba, pero su compostura seguía siendo perfecta—. La comida fue fantástica, señora Whitehall, pero me temo que la compañía de mis hermanos no lo fue. Lamento terriblemente tu pérdida.

Se dio la vuelta y se alejó.

Mi madre y yo intercambiamos miradas.

Sabía que necesitaba rectificar la situación, a pesar de que no fui yo quien la creó.

Pero primero, tenía que lidiar con los dos payasos que ocupaban mi mesa.

Fulminé con la mirada a Benedict y Byron con una mirada feroz.

—Si bien simpatizo con la reciente pérdida de tus padres, esta es la última vez que me hablas de esta manera. Nos guste o no, soy el señor de la mansión. Elijo a quién entretener y, lo que es más importante, a quién no entretener. Has cruzado la línea y has hecho que tu hermana y mi madre se molesten. La próxima vez que hagas esto, te encontrarás con una bala en el trasero. Puede que sea un libertino de pocos escrúpulos, pero como todos sabemos, soy un maldito buen tirador, y sus culos son un blanco fácil.

Las sonrisas engreídas de Byron y Benedict se evaporaron en el aire, reemplazadas por ceños fruncidos.

Me puse de pie e irrumpí en la dirección en la que iba Louisa. A mis espaldas, escuché a los hermanos Butchart gritar una disculpa a medias sobre su comportamiento, culpando al vino por sus malos modales.

Encontré a Louisa en mi antiguo invernadero acristalado, rodeada de plantas exóticas, grandes ventanales y madera de color menta. Sus dedos se movieron sobre una variedad de rosas de colores en un jarrón caro. Un regalo de un vizconde francés, que data del siglo XIX.

En lugar de tocar los pétalos aterciopelados, Louisa jugó con las espinas. Me quedé en el umbral asombrado. Me recordó a Emmabelle. Una mujer que estaba más encantada por el dolor de una cosa hermosa que por el placer que ofrecía.

Louisa pinchó la punta de su dedo índice. Se retiró de la espina sin prisa, chupando la sangre, sin mostrar signos de angustia.

Cerré la puerta detrás de mí.

—Louisa.

No levantó la vista, su cuello se volvió hacia abajo como un elegante cisne.

—Devon.

—Creo que una disculpa está en orden —Enrollé un dedo a lo largo de un panel de madera, encontrando que estaba en capas con una gruesa manta de polvo. Dios mío. El castillo de Whitehall Court solía ser impecable. ¿Mi madre y Cece tenían problemas de dinero?

—¿A mí o a tu familia? —Louisa volvió a acariciar las espinas, y me encontré incapaz de apartar la vista de ella.

Parecía tan tranquila. Aceptando tan fácilmente, incluso después de todos estos años.

Me adentré más profundamente en la habitación, la humedad abrumadora y la fuerte dulzura de las flores me asfixiaban.

—Ambos, supongo.

—Bueno, considérate perdonado por mí. No soy de los que guardan rencor. Aunque no estoy muy segura de que se pueda decir lo mismo de Cece y Úrsula.

—Nos llevamos bien —recorté con sutileza.

—Eso puede ser así, pero han estado muy solas y tristes desde que te fuiste.

Mi garganta se obstruyó con autodesprecio.

—¿Cuál es la situación con mi hermana y mi madre? —pregunté, tomando asiento frente a ella en el reposabrazos de un sofá tapizado verde—. Cada vez que las veo, se ven felices y contentas con sus vidas.

Por otra parte, hice un hábito de alojarlas en los mejores apartamentos, llevarlas a los mejores restaurantes y tratarlas con las juergas de compras más lujosas cada vez que venían de visita.

—El Sr. Hasting está positivamente quebrado. No tiene ni un centavo a su nombre y no ha estado tirando de su peso en esta casa, que, ahora que el dinero de tu padre está retenido en el testamento, podría plantear un problema. —Louisa frunció sus delicadas cejas, rozando una espina con su dedo picado—. Cece es bastante miserable con él, pero siente que es demasiado vieja y no es lo suficientemente bonita o lograda como para divorciarse de él y buscar a otra persona. Tu madre y Edwin tuvieron un matrimonio menos que ideal, y sospecho que ella ha estado muy sola, especialmente en la última década.

Me puse de pie, deambulando contra el vidrio y apoyando un codo contra él. Una bandada de patos se paseaba por el césped.

—¿Mamá tiene algún apoyo?

¿Cómo no supe la respuesta a mi propia pregunta?

—Ella ha dejado de recibir llamadas sociales en los últimos años. Parece inútil. Con su hija menor casada con un tonto, y su hijo mayor siendo el libertino más infame que Gran Bretaña ha producido, nunca tiene buenas noticias que compartir. Aunque trato de visitarla cada vez que estoy en Kent.

Incluso cuando dijo esto, Louisa no sonó particularmente acusadora o antagónica. Ella era exactamente lo contrario de Emmabelle Penrose. Suave y flexible.

—Cece nunca tuvo hijos —reflexioné.

—No —Louisa vino a pararse frente a mí, con su modesto escote presionando contra mi pecho. Noté que sus dedos estaban llenos de carne rota, magullada por espinas—. Dudo que Hasting tenga un gusto por algo más que el juego y la caza. Los niños no ocupan un lugar destacado en su lista de tareas pendientes.

Su cuerpo presionó más fuerte contra el mío. El juego había cambiado entre nosotros, y Louisa ya no era la tímida niña que me había rogado que le arrojara migajas de atención a su manera.

Huye de nuevo, dijeron sus ojos, si te atreves.

Ninguna parte de mí quería moverse. Era atractiva, atenta e interesada. Pero no podía quitarme la mente de Sweven. La mujer que se coló en mis sueños como un ladrón, inundándolos de deseo y necesidad.

—¿Y qué hay de ti, Lou? —Enrosqué mis dedos alrededor de la parte posterior de su cuello y la alejé un centímetro de mí. Su piel pinchada con piel de gallina bajo mi tacto—. Escuché que perdiste a tu prometido. Lo siento.

—Sí, bueno —Louisa se lamió los labios, alisando mi traje con una risa oscura—. Supongo que se podría decir que nunca he tenido la mejor de las suertes cuando se trata de hombres.

—Lo que nos pasó no tuvo nada que ver con la suerte. Yo era un wanker egoísta que huía de la responsabilidad. Siempre fuiste colateral, nunca el objetivo principal.

—Nunca guardé rencor, ya sabes, —murmuró, con la voz tranquila, recogida. Me sorprendió. Imaginé que las cabezas rodarían si estuviera en su posición—. La ira parece un sentimiento tan derrochador. Nunca sale nada bueno de eso.

—Esa es una forma encantadora de ver las cosas. —Sonreí gravemente, pensando: Si la gente soltara su ira, nosotros los abogados nos quedaríamos sin trabajo.

—Has vuelto ahora —Sus ojos oscuros se encontraron con los míos, retándome de nuevo.

Tomé su mano, que estaba en mi pecho, cerca de mi corazón, y presioné sus nudillos fríos contra mis cálidos labios. —No para bien. —Sacudí la cabeza, mi mirada sostenía la de ella—. Nunca para siempre.

—Nunca digas nunca, Devon.

Después de meter a unos borrachos Benedict y Byron en sus Range Rovers e instruir a sus conductores para que no se detuvieran hasta que estuvieran al otro lado de la isla, me despedí de Louisa. Prometí llamarla la próxima vez que estuviera en Inglaterra, una promesa que tenía toda la intención de cumplir.

Cuando nuestros invitados se fueron, me colé en el jardín y fumé tres rollies seguidos, verificando si tenía algún mensaje de texto o llamadas telefónicas de los Estados Unidos. En concreto, de cierta zorra americana. No los tenía.

Ella está demasiado sangrienta y rota, y tampoco estaba en peligro de ganar ningún premio de cordura en el corto plazo. Volví a la extensa y oscura mansión a través de la cocina trasera, pasando a Drew roncando frente a la tele en uno de los salones y a Cece sentada en el piano de cola, mirándolo en silencio sin tocar.

A la mierda, embarazarla y olvidarse de ella.

Las cosas se veían terribles en todos los frentes.

Me dirigí a lo que solía ser la oficina de mi padre. Mi madre estaba allí.

Parecía estar en su hábitat natural detrás de su escritorio victoriano, garabateando en los márgenes de algunos documentos mientras escribía números en una calculadora a su lado. Me recordó lo que supe que era la verdad durante años: que mi madre era de hecho la fuerza operativa detrás del imperio de Whitehall. Mi padre era un libertino con un título, mientras que Úrsula era la hija inteligente e ingeniosa de su padre. Tony Dodkin podría haber sido un conde común, pero era un genio de las matemáticas y un magnate de bienes raíces que sabía mucho. Mamá lo persiguió. Ella era extremadamente capaz.

Lo que planteaba la pregunta, ¿cómo no había sabido ella que él estaba abusando de mí? Pero abrir esa vieja herida no iba a ayudar mucho.

—Devvie, mi amor. —Dejó escapar un pequeño suspiro, bajando su pluma e inclinando la cabeza hacia arriba con una sonrisa, como una flor que se estira y se abre al sol—. Siéntate.

Me senté frente a ella, mirando el retrato detrás de ella: papá y yo, cuando era un niño de tal vez cuatro o cinco años. Ambos nos veíamos tan completamente miserables y fuera de lugar, que lo único que nos conectaba era el ADN. Nuestros agudos rasgos nórdicos y ojos glaciales.

—El invernadero está polvoriento —susurre.

—¿Lo está, ahora? —Se lamió el dedo antes de pasar una página del documento frente a ella—. Bueno, debo decirles a los limpiadores que presten especial atención a la habitación mañana.

—¿Estás teniendo problemas financieros?

Todavía fruncía el ceño ante el número que figuraba en el papel.

—Oh, Devvie. ¿Hay que hablar de finanzas? Es muy vulgar. Acabas de llegar aquí. Quiero que almorcemos y nos pongamos al día adecuadamente. Tal vez asistir a una carrera de caballos.

—Haremos todo eso, mamá. Pero necesito saber que te cuidan.

—Sobreviviremos —Ella levantó la vista, ofreciéndome una sonrisa tambaleante.

—¿Cuándo es exactamente la lectura del testamento? ¿Mañana o al día siguiente?

—En realidad... —Terminó de escribir una frase en un documento, baja su pluma— ...la lectura del testamento, se retrasará severamente, me temo.

—¿Severamente? —Arqueé una ceja—. ¿Por qué?

—El Sr. Tindall está actualmente en el extranjero.

Harry Tindall era el abogado de confianza de mi difunto padre.

—¿Y no mencionaste eso antes de abordar un avión?

Ella sonrió pensativamente, mirando mi cabello como si quisiera deslizar sus dedos maternos a través de él amorosamente.

—Supongo que se podría decir que la oportunidad de verte se presentó, y el humano que soy, cedí a la tentación. Lo siento. —Sus ojos brillaban con lágrimas sin derramar—. Terriblemente.

Eso calmó mi ira.

—Shsh, mamá. Estoy aquí para ti.

Me estiré sobre el escritorio y agarré su mano. Ella era frágil bajo mi toque.

—Te enviaré dinero para que te ayude hasta la lectura del testamento —me escuché decir.

—No, querido, no podríamos...

—Por supuesto que puedes. Eres mi madre. Es lo menos que puedo hacer por ti.

Por un momento, todo lo que hicimos fue mirarnos el uno al otro, bebiendo cada nueva línea y arruga que habíamos acumulado en el último año.

—Escuché que Drew deja mucho que desear en el departamento de hacer feliz a Cecilia. —Me extendí en mi asiento, cruzando mis tobillos sobre el escritorio.

Mi madre volvió a tomar su bolígrafo y garabateó en los bordes del documento, royendo su labio inferior, como lo hacía cada vez que mi padre no estaba haciendo nada bueno y sabía que estaba a punto de limpiar su desorden.

—Bastante.

—¿Qué puedo hacer para ayudar?

—No hay nada que puedas hacer, de verdad. Eso es para que tu hermana lo maneje.

—Cece no está acostumbrada a ocuparse de esas cosas. —Subestimación del maldito siglo. Cuando éramos niños, me metía en agua caliente a diario para salvar el trasero de mi hermana.

Mamá tiró de su labio inferior, reflexionando sobre esto.

—De todos modos, es hora de que comience a aprender a defenderse. Lo único que puede hacer por mí ahora es abstenerse de proporcionarnos cualquier titular escandaloso. Ciertamente no los necesitamos.

En ese momento, mi madre parecía tan rota, tan cansada, tan desgastada por las tragedias que la vida le había arrojado, que no podía aplastarla por completo. No cuando le quedaba tan poca esperanza.

Por eso no podía decirle que estaba planeando impregnar a una dueña de un club burlesco fuera del matrimonio, quien, por cierto, estaba extendida en vallas publicitarias por toda la Costa Este definitivamente desnuda.

Pero Belle ni siquiera estaba embarazada. ¿Cuál fue el punto de contarle a mi madre sobre esto? Esta situación podría revisarse en tres, cuatro o cinco meses, cuando el polvo en la tumba de mi padre se había asentado.

No hay necesidad de darle más malas noticias a mi madre.

—No hay titulares escandalosos... —Le devolví la sonrisa—. Promesa.

Siete

Devon: ¿Todavía ovulando?

Belle: ¿Seis días después? ¿Parezco una hormiga conductora africana?

Tuve que buscar la referencia en Google para saber que la hormiga conductora africana media producía de tres a cuatro millones de huevos cada mes y se consideraba el animal más fértil del planeta Tierra.

Devon: No desde este ángulo. Ponte de rodillas con el trasero levantado y sujeta una miga de pan para que me asegure.

Belle: De todas formas, ¿por qué lo preguntas?

Devon: Intentar concebir esta noche no podría perjudicar nuestras posibilidades, ¿verdad?

Belle: Técnicamente no, pero las posibilidades serían escasas.

Devon: Escasas, pero en existencia.

Belle: ¿Esperas una invitación?

Devon: ¿De tu trasero maleducado? No. Ya estoy en camino.

Belle: Esto se va a acabar en cuanto esté embarazada.

Devon: Absolutamente.

Belle: Lo digo en serio. Ya me siento personalmente atacada por tu presencia en mi vida.

Devon: No tiene sentido preguntar por qué odias tanto a los hombres, supongo.

Belle: Ninguno, si quieres una respuesta directa y sincera.

Devon: Entendido. Considera que te has librado de mí en cuanto tengas un hijo.

Belle: UN NIÑO.

Belle: Me avergüenzas el alma.

Belle: Estoy esperando en Madame Mayhem.

Devon: Me estoy deteniendo. No lleves bragas.

Ni siquiera me molesté en meterme en la ducha tras aterrizar en el aeropuerto internacional Logan de Boston.

Fui en taxi directamente a Madame Mayhem, confiando en mis buenos amigos, el chicle de menta y el desodorante.

Durante todo el viaje de Inglaterra a Estados Unidos, lo único en lo que pensé fue en enterrarme dentro de la voluptuosa y acalorada mujer. No estaba del todo seguro del origen de mi fascinación por Emmabelle, pero si tuviera que hacer una conjetura, diría que era porque era realmente independiente. No dependía de un hombre rico -a diferencia de su hermana y sus amigas- y parecía no inmutarse por ser la única persona soltera en la habitación, aparte de mí, incluso cuando las cosas se ponían incómodas.

Era franca, feroz y segura de sí misma.

Además, era una mujer impresionante.

En el taxi de camino a Belle, le envié a mi madre una buena cantidad de dinero. Justo cuando estaba a punto de guardar el dispositivo en mi bolsillo, un mensaje apareció en la pantalla:

Número desconocido: ¿Todavía estás en casa? Lou. x

Louisa y yo habíamos intercambiado números de teléfono antes de que ella abandonara el castillo de Whitehall Court tras el funeral de mi padre. Como no quería repetir mi error de esquivarla dos veces, la añadí a mis contactos y le contesté.

Devon: De vuelta en Boston, pero me dirijo a Gran Bretaña para la lectura del testamento. ¿Almuerzo?

Louisa: Y bebidas.

Devon: Nunca digo que no a eso.

Louisa: Bien. Entonces me aseguraré de abrir ese coñac Remy Martin.

Cuando llegué a Madame Mayhem, corté la línea de cuatrocientos metros, le di unos cuantos benjamines en el pecho a uno de los porteros y entré, dejando un rastro de gente descontenta tras de mí.

Encontré a Belle atendiendo la barra de nuevo, sirviendo cervezas y echándose el cabello rubio por detrás del hombro. Iba vestida con un top que parecía crema, un corpiño rasgado y unos pantalones de cuero rojo cereza que pronto iba a destruir con los dientes.

Adiós a mi promesa de no hacer escándalos. Fue bueno mientras duró... un par de días y algo cambió.

Centrándome en ella, me abrí paso a través del club, pasando por delante de la gente que bailaba y se reía ebria en los oídos de los demás.

Belle estaba tan concentrada en atender a sus clientes que ni siquiera me miró cuando preguntó.

—¿Qué puedo ofrecerte, cariño?

Cariño.

La mujer era una vergüenza nacional. ¿Qué diablos me impulsó a ponerle un bebé?

—Agáchate, a cuatro patas, mientras no llevas nada más que una expresión sensual, mientras me suplicas que te folle.

Su cabeza se torció mientras la sorpresa aparecía en su hermoso rostro. Su mirada se transformó en una sonrisa divertida.

—Tengo veinte minutos más aquí —Sus manos se movieron rápidamente detrás de la barra. No parecía tener prisa por atenderme, todo lo contrario que Louisa.

—No, no los tienes. Me estarás esperando en tu oficina en no más de diez minutos, desnuda y en la posición que quiero.

—¿O? —Resopló, apuntando la pistola de refresco en mi dirección amenazadoramente.

—O... —Agarre la pistola de refresco del otro lado de la barra y se la metí en el escote, justo entre las tetas, bajando la voz una octava, mis labios se cernían sobre la concha de su oreja —...me encargaré de que pases la noche con tu buena amiga, Varita Mágica.

—Al menos la Varita Mágica no hace promesas vanas —me susurró ella.

Apreté el botón y rocié coca dietética fría entre sus pechos. Las burbujas salieron de su sujetador push-up. Dejó escapar un chillido, apartándome.

—¿Qué crees que estás haciendo, imbécil?

—Enfrentándome a ti, a diferencia de todos los otros pobres imbéciles que eliges como amantes —dije secamente.

—¿Impedirme el sexo como castigo es tu idea de enfrentarte a mí? —Dejó escapar una carcajada, inclinándose para coger un paño y secarse el pecho— Chico, estás drogado. Puedo conseguirlo cuando quiera, donde quiera.

—No hay discusión en eso. Pero no es sexo lo que buscas, Sweven. Es un niño, y sé que soy el único que lo hará. —Di un paso atrás, mirando mi reloj—. Tengo una conferencia con Tokio. Te veo en diez.

—Vas a pagar por ese pequeño truco —advirtió, golpeando el paño contra la barra.

Lanzó más amenazas al aire, pero yo ya me había ido, aceptando la llamada a la que me conectó Joanne.

La llamada no duró más de cuatro minutos. Mientras Emmabelle se ocupaba de las cosas, escribí un correo electrónico al abogado de mi difunto padre, el Sr. Tindall, para ver cuándo tendría lugar la lectura del testamento. La preocupación me carcomía las entrañas. Mamá y Cece estaban en problemas.

Tuve la precaución de dejar que Emmabelle esperara ocho minutos más antes de abrir la puerta de su despacho. Me esperaba en su escritorio, que estaba lleno de papeles, sobres y un ordenador portátil, tal y como le había pedido. Desnuda y a cuatro patas. Estaba de cara a la pared, no a la puerta, y su cabello amarillo se desparramaba en capas por su espalda.

Al oír el sonido de la puerta al abrirse, giró la cabeza.

Chasquee.

—Culo arriba y ojos en la pared.

—He escuchado mejores palabras sucias de las plantas decorativas de la casa, pero me estoy divirtiendo demasiado como para echarte —Se volvió hacia la pared.

Cerré la puerta y entré en la habitación sin prisas. Su pertinaz culo estaba en el aire, el centro rosado ya brillaba. Estaba lista para mí, y yo iba a tomarme mi tiempo para disfrutarla.

Me detuve frente a ella, admirando en silencio cada curva perfecta de ella. Emmabelle Penrose era exquisita hasta el punto de no necesitar trabajar ni un día en su vida si lo deseaba. Podría casarse con la fortuna. Sin embargo, no lo había hecho.

—¿Sigues ahí? —gimió. En secreto, su deliberada mala gramática me divertía, aunque el mismo rasgo me ponía de los nervios en cualquier otra persona.

—Paciencia. —Pasé los nudillos por el lado de su culo, el toque fue tan breve, tan fugaz, que todo su cuerpo se sonrojó y su espalda se arqueó como si le hubiera metido la polla.

—Eres un provocador —gimió—. Ya me has dejado sin palabras.

—Con mucho gusto. —Mordí suavemente el costado de su trasero, mis dientes se hundieron en su derrière12 como si fuera un jugoso melocotón.

Abrí los labios de su coño con mis pulgares desde atrás, y lamí su raja, usando la punta de mi lengua para volverla loca.

—Arghhhhhh —Se ahogó, dejando caer la cabeza mientras sus brazos empezaban a temblar.

Colocando una mano sobre la parte inferior de su espalda para bajar la parte superior de su cuerpo, la abrí aún más, lamiendo en largas y profundas caricias. Bebí su dulzura, observando cómo agitaba la cabeza, reprimiendo sus pequeños gruñidos de placer solo para fastidiarme. Le temblaban las rodillas. Era fuego líquido, cada centímetro de su cuerpo ardía de excitación.

—Oh. Oh. Mierda. Mierda. Mierda —murmuró. La futura madre de mi hijo, damas y caballeros.

—Mi lady —dije con sarcasmo, mientras mis dedos rodeaban con más fuerza la carne de su culo y la lamían con más fervor. Se corrió tan violentamente que cayó boca abajo sobre el escritorio.

—Maldita sea. —Pegó su frente sudorosa al escritorio—. Eso nunca me había pasado antes. Eso fue rápido.

—Mejor tú que yo —Le di una palmadita condescendiente en el trasero.

—Maldita sea, amigo. ¿Usaste algún tipo de truco? Eso fue intenso.

En lugar de responder a su observación, la puse de espaldas y la agarré por detrás de las rodillas, arrastrándola por el escritorio hasta que su trasero se posó en su borde, envolviendo sus piernas desnudas alrededor de mi cintura.

Me desabrochó el cinturón. El regocijo con el que se movían sus manos me decía que estaba más que contenta de que yo estuviera de vuelta en suelo americano.

—¿Alguna vez vas a estar completamente desnudo cuando tengamos sexo? —bromeó, con su lengua haciendo círculos a lo largo de mi cuello.

—Tú eres la que quiere mantenerlo separado —Mi tono aburrido no correspondía con la monstruosa erección que la mujer que tenía delante acababa de liberar de mis pantalones. O el torrente de excitación erótica que me recorría.

—Tienes razón —Se rio.

La atormenté unos minutos antes de presionar.

Ella ohhhh.

Estar con ella de nuevo era mejor que la última vez, y que todas las anteriores. Esa era la cuestión con Emmabelle Penrose. Ella sabía al mayor de los pecados, y yo era un conocido transgresor cada vez que la tentación llamaba a mi puerta.

Volvió a correrse antes de que derramara mi semilla dentro de ella. Me derrumbé sobre ella, agotado, el jet lag me alcanzó de golpe.

—Hermano —dijo Belle después de unos segundos de mi jadeo encima de ella—. ¿Muy pesado? Suéltame.

Me despegué y tomé asiento en la silla frente a su escritorio, esta vez negándome a salir como una vulgar prostituta. Tenía que establecer algún tipo de autoridad con esta niña salvaje.

Apoyé las piernas en su desordenado escritorio y me encendí un pitillo13, hundiéndome ociosamente en mi asiento.

—¿No vas a preguntar cómo fue mi viaje a Inglaterra? —Envié una columna de humo hacia el cielo, observando cómo se enroscaba sobre sí misma.

Ella se bajó de la mesa y se vistió bajo la lámpara, sin inmutarse por la luz cruda y poco favorecedora. —No. Me importa una mierda lo que hagas o a quién hagas cuando yo no esté.

—Mi padre murió. —Ignoré su vulgaridad.

Eso hizo que se detuviera. Hizo una demostración de presionar un puño contra sus labios, como si estuviera rellenando sus palabras. —Ese fue un momento de metida de pata para mí. Lo siento mucho, Dev.

—No lo siento, —dije rotundamente—. Pero gracias.

—¿Cómo estás... eh, manejando las cosas? —Metió una pierna en sus pantalones de cuero.

—Bastante bien, teniendo en cuenta que lo detestaba con cada átomo de mi cuerpo.

—Me sorprende que Cillian y Sam no hayan dicho nada. —Belle me observó atentamente en busca de una reacción. Una chica inteligente. Ambos sabíamos que no había compartido nada de mi vida personal con mis compañeros. Debió preguntarse qué asunto tenía que confiarle a ella de entre toda la gente. Yo me preguntaba lo mismo. En cuanto a las audiencias comprensivas, ella era un poco más fría que la Antártida.

—Mantengo mi vida privada en privado. —Exhalé anillos de humo, enviando flechas hacia ellos.

—Aun así... —Belle se sacó el cabello por detrás de la blusa y se acercó a mí, apoyándose en el escritorio— ...perder a un padre siempre es duro. Incluso si -y a veces especialmente- no te llevas bien con ellos. Te recuerda tu propia mortalidad. Vivir es un asunto desordenado.

—También lo es tu escritorio —comenté, dispuesto a cambiar de tema—. ¿Por qué parece que ha explotado una sucursal de Office Depot por todas partes?

Ella soltó una carcajada.

—Soy una persona desordenada, Devon. Bienvenido a mi vida.

—Eso no es cierto. —Me giré hacia delante, quitando mis mocasines de su escritorio y rebuscando entre los sobres arrugados y manchados que había en él—. Tu eres muy calculadora y motivada. Tienes una valla publicitaria de cuatro metros de altura en la que te bañas en una enorme copa de champán y un negocio que podrías vender mañana mismo y vivir cómodamente. Sin embargo, aquí hay montones y montones de cartas sin abrir. Guíame por tu lógica.

Para reforzar mi afirmación, levanté un lote de una docena de sobres en el aire. Todos parecían escritos a mano y dirigidos a ella personalmente. Sweven me los arrebató de la mano y los dejó caer en la papelera que teníamos debajo. Una sonrisa de bruja le marcó el rostro. Sabía que había dado en el clavo.

—¿Por qué debería hacerlo? No son facturas; a diferencia de algunos dinosaurios que utilizan el fax, yo pago las mías por Internet. Y no son de amigos, porque ellos levantarían el teléfono y me llamarían. El 99% de estas cartas las escriben lunáticos ultraconservadores que quieren informarme de que voy a arder en el infierno por dirigir un club de burlesque. ¿Por qué iba a pasar por eso?

—¿Eso es todo lo que son estas cartas? —presioné—. ¿Cartas de odio?

—Todas y cada una de ellas —Recogió otro lote, sacando uno de los papeles de un sobre. Se aclaró la garganta teatralmente y empezó a leer:

—Estimada Sra. Penrose,

» Me llamo Howard Garrett, y soy un mecánico de sesenta y dos años de Telegraph Hill. Le escribo hoy con la esperanza de que cambie sus costumbres y vea la luz, ya que la considero el único responsable de la corrupción y la venalidad -escribió mal la venalidad- de nuestra juventud.

» Mi nieta visitó su establecimiento el otro día después de ver un anuncio con mujeres desnudas en una revista local. Tres días después, llegó a mi casa para informarme de que ahora era gay. ¿Una coincidencia? No lo creo. La homosexualidad es, en caso de que no lo sepas, un acto de guerra contra Dios... ¿debo continuar...? —apoyó su barbilla en los nudillos, con una mirada falsamente angélica en su rostro— ¿...o tu cerebro hizo un cortocircuito?

—Suena como si fuera de la Edad de Piedra.

—Tal vez sean vecinos —Sonrió.

—Hay docenas de cartas aquí. ¿Son todas de viejos religiosos que se quejan del sexo? —presioné.

Belle era una cesta llena de complicaciones. Su trabajo, su personalidad, su actitud. Y, sin embargo, no podía encontrar en mí la posibilidad de echarme atrás en nuestro acuerdo.

—Sí, estoy segura. —Belle frunció el ceño, arrancó el cigarrillo de entre mis dedos, le dio una calada y me lo devolvió—. Soy una chica grande. Puedo cuidarme sola.

—Que te cuiden no es un pecado.

—Lo sé —Me sonrió diabólicamente con un guiño—. Si lo fuera, estaría por todas partes.

—¿Sabías que hay un pájaro llamado picozapato que se parece increíblemente a Severus Snape?

—¿Sabías que los ciervos de agua chinos se parecen a Bambi después de haberse puesto un nuevo bigote? —Me devolvió la sonrisa y, así, se acabó la tensión entre nosotros.

El teléfono de Belle empezó a bailar sobre el escritorio, parpadeando en verde con una llamada entrante. Ella estiró el cuello para ver el nombre en la pantalla, dejó escapar un suspiro y lo contestó.

—Hola.

Se bajó del escritorio y corrió lo más lejos posible de mí en la pequeña oficina. Me di cuenta de que no quería que me quedara durante esta conversación, lo que naturalmente me hizo buscar un lugar aún más cómodo para poder escuchar con atención.

—Sí, estoy bien, gracias. ¿Y tú? —preguntó secamente.

Me sorprendió lo flexible y educada que sonaba. No era ella misma. No había ni rastro de la bola de fuego que se burlaba de mí hace un segundo.

Se detuvo frente a un grupo de fotos pegadas en un tablero de corcho junto a la ventana, tocando distraídamente los coloridos alfileres. Parecían ser los miembros de su familia, aunque no podía verlos desde lejos.

—Ahora es un buen momento. ¿Por qué? ¿Ha pasado algo? —preguntó.

Hubo una pausa mientras escuchaba a la persona en la otra línea y luego respondió con una risa incómoda.

—Sí, bueno, dile que acepto su invitación. ¿Qué vino debo llevar?

Pausa.

—Sí, seguro que todo está bien. Solo estoy en el trabajo.

Pausa.

—Ocupada.

Pausa.

—Te he comprado todo el material de pesca. No, no tienes que pagarme. Somos familia. Los llevaré cuando vaya.

Algo en su intercambio con la misteriosa persona hizo que mi sangre se convirtiera en hielo. Sonaba extraña, lejana. Se despojó de su personalidad como una serpiente antes de atender la llamada.

Finalmente colgó, acomodando su cabello distraídamente.

—¿Quién era?

—Mi padre. —Se dirigió a la puerta, abriéndola de golpe. Inclinó la cabeza en su dirección—. Fuera.

—¿Tus padres siguen juntos? —pregunté, sin prisa por dejar mi lugar detrás de su escritorio. Los había conocido en algunos actos familiares, como la boda de Cillian y Persy y los bautizos de sus hijos, pero nunca había prestado mucha atención a ninguno de ellos. Eran, en efecto, tan aburridos como extraordinaria era su hija.

—Felizmente —Golpeó el pie con impaciencia—. Pero esa es otra historia, para contársela a alguien de quien soy realmente, ya sabes, amiga. Ya hemos terminado, Devon. Vete.

Me tomé mi dulce tiempo para levantarme solo para fastidiarla, preguntándome por millonésima vez por qué estaba haciendo esto. Sí, ella era impresionante, inteligente y de carácter fuerte. Pero también era absolutamente horrible para mí y para cualquier otro hombre con el que me hubiera cruzado. No había forma de descongelarla. Incluso cuando estábamos físicamente juntos, ella estaba tan lejos que bien podría haber estado en la luna.

—Puede que su matrimonio sea feliz, pero su hija no lo es cada vez que la llama —dije, dirigiéndome hacia la puerta.

Belle se abalanzó sobre el umbral, bloqueando mi salida. Una sonrisa venenosa y dolorosa se dibujó en sus labios.

—Ah, Devvie. Me olvidé de decir que no se hablará de la familia.

Sonriendo -no debería haberme empujado- me di la vuelta y me acerqué al tablón de anuncios, entrecerrando los ojos para verlo mejor. Mi especialidad era hurgar en los talones de Aquiles de la gente hasta que gritaran la verdad. No quería hacérselo a ella -no era una clienta-, pero Belle también era una mujer que sabía cómo apretar todos mis botones. Y no había muchos.

Mi sospecha resultó ser correcta.

Emmabelle tenía fotos de todos los miembros de su familia: su madre, su hermana, sus sobrinos e incluso algunas fotos de esa banshee pelirroja a la que llamaba amiga, Sailor.

Pero ninguna de su padre.

—La teoría del problema de papá se está calentando, Sweven, —dije de camino a la puerta.

—Sí, bueno, tal vez no soy el único con problemas con su padre. Pareces demasiado contento de que tu padre haya muerto.

—La fiesta es mañana por la noche. Ponte algo divertido —respondí.

—Wowza14. No soy adivino, pero veo mucha terapia en tu futuro, amigo.

—Estoy perfectamente bien con cómo he salido. Tú, sin embargo, tienes un gran secreto, Emmabelle, y no te equivoques. Voy a descubrirlo.

Como siempre, dio un portazo en cuanto salí de ella.

Como siempre, me reí.

Solo cuando volví a casa me di cuenta de la venganza de Belle por haberle llenado el escote con una bebida fría.

En definitiva, fue una pequeña y encantadora sorpresa.

Un par de bragas usadas de mujer metidas en el bolsillo delantero de mis pantalones.

Sentado en mi estudio, las saqué, sonriendo ante la tela rosa de encaje. Me recosté en mi sillón, echando la cabeza hacia atrás, y olfateé con fuerza. Me coloqué las bragas por encima de la cabeza y gemí de placer, poniéndome duro, cuando una nota cayó de ellas.

La recogí.

Hey Dev,

Acabas de oler las bolas de mi mejor amigo, Ross.

Espero que lo hayas disfrutado.

-Sweven

Ocho

Catorce años.

—Qué asco.

Anuncio al universo, porque honestamente, lo es. Ver a tus padres besándose en el asiento delantero de su Honda Accord Wagon como si fueran dos adolescentes es algo que da asco.

Persy no parece compartir el sentimiento, suspirando románticamente a mi lado en el asiento trasero.

—Déjalos.

—No, tu hermana tiene razón. Hay un momento y un lugar para todo, y este no lo es —Papá se separa de mamá y le da un último beso en el hombro antes de poner las manos donde puedo verlas: en el volante.

Para empeorar las cosas (y hay que admitir que la situación ya es bastante grave si tengo que ver a mis padres intercambiando saliva sin poder huir), estamos en la cola del autoservicio, a punto de recoger nuestras hamburguesas y batidos. Como si tuviera apetito después de esa sesión de sexo.

Las hamburguesas y los batidos son un elemento básico de los domingos por la noche y una tradición de Penrose que dura una década. Cada semana, tomamos la comida, conducimos hasta Piers Park y aniquilamos las grasientas patatas fritas y los batidos mientras vemos las luces danzantes de Boston.

Ya he decidido que cuando me case, dentro de un trillón de años, voy a mantener esta tradición con mi marido y mis hijos.

El auto que nos precede se aleja del autoservicio y nos toca a nosotros. Papá baja la ventanilla y saca un fajo de billetes de su destartalada cartera, agitándolo ante el adolescente uniformado de la ventanilla.

—Aquí tienes, cariño. Y yo también pagaré por la persona que está detrás de nosotros.

Lo hace todas las semanas.

Paga por la persona que está detrás de nosotros.

A veces es una madre soltera en un auto destartalado.

A veces, como hoy, es un grupo de universitarios revoltosos. Sus ventanillas están abiertas y una espesa nube de humo de hierba sale de su Buick LeSabre.

—Es muy amable, señor —dice la cajera, inclinándose hacia delante para entregarle las bolsas de papel marrón con nuestra comida y nuestras bebidas.

Mamá suelta una risita ahogada.

—Con un poco de amabilidad se llega lejos. —Papá pasa el brazo por el asiento del copiloto de mamá. Le sonríe como si estuvieran en su primera cita y quisiera causar una buena impresión. Desearía que el entrenador Locken me sonriera así.

Creo que estuvo cerca. Una vez.

Locken es mi entrenador de atletismo y campo traviesa. Y resulta que soy la estrella de su mediocre equipo. Un equipo en el que ni siquiera pensé en presentarme antes de que él entrara en mi clase en la primera semana de noveno grado y nos rogara que nos presentáramos.

Ya han pasado unas semanas y creo que estoy consiguiendo que se fije en mí. Ese casi es mi haz de avance.

Sucedió en la cafetería la semana pasada. Ese día estaba de servicio en el almuerzo. Llevaba una chaqueta azul con el logotipo de la escuela, unos pantalones caqui y unas modernas zapatillas de deporte. Era mucho más alto que todos los demás chicos, incluso los de último año, y tenía barba incipiente y hoyuelos en las mejillas.

—Deja de mirarlo —me reprendió Ross, mi mejor amigo, agachando la cabeza en nuestra mesa—. Es un hombre adulto.

—Como si alguna vez te hubiera detenido. —Le lancé una patata frita. Ross acababa de salir del armario hace dos semanas. No fue impactante. Me di cuenta de que ambos compartíamos el mismo aprecio por Channing Tatum mientras veíamos Magic Mike.

—Solo miro, no toco —Ross esquivó la patata frita como si fuera una bala. Creo que ha estado cuidando su peso desde el preescolar.

—Yo no toco al Sr. Locken. —Le señalé con una zanahoria bebé.

—Todavía no. —Se inclinó hacia delante y tomó la zanahoria entre los dientes, masticando—. Siempre consigues lo que quieres. La verdad es que da un poco de miedo.

Eché otra mirada al entrenador Locken, y he aquí que me sonrió.

No solo sonrió... fue radiante.

Estaba a punto de levantarme y caminar hacia él. Pero entonces el resto del equipo de cross-country se apiñó en la cafetería. Todos los chicos. También había un equipo de campo traviesa para chicas, pero yo era tan ridículamente mejor que el entrenador decidió dejarme practicar con los chicos. También les limpié el piso con sus traseros, pero al menos se acercaron un poco.

Plantando mi trasero en el banco, los maldije interiormente. No podía ser vista entablando conversación con Steve Locken ahora. La gente pensaría que estaba moviendo los hilos, cortando las esquinas.

—Necesitas a Jesús. —Ross sacudió la cabeza al ver el anhelo en mi rostro.

Solo hay un problema con Steve Locken.

Bueno, dos, si se cuenta el hecho de que tiene veintinueve años y es mi profesor.

También está casado.

—¿Belly-Belle? Es hora de salir. —Papá se retuerce en su asiento y me da unas palmaditas en la rodilla. Salto, sobresaltada. Oh, mierda. Sí. Estoy con mi familia en una excursión dominical. Miro por la ventana. Estamos en Piers Park.

Mañana es lunes, lo que significa una práctica de pista temprana en el bosque.

Lo que significa más tiempo del entrenador Locken.

Lo que significa felicidad.

—Ah, mira la sonrisa soñadora en su rostro. Echo de menos esos días cuando era joven —comenta papá, sacándome de mi ensoñación—. ¿En qué estás pensando, cariño?

—En nada. —Me desabrocho el cinturón de seguridad.

En todo, pienso mientras salgo del auto.

Nueve

Resultó que el kit de ovulación por el que había desembolsado un buen dinero en Walgreens era tan necesario como la protección solar cuando se toman unas largas vacaciones de verano al sol.

Porque ese mes, después de que Devon volviera de Inglaterra, tuvimos sexo todos los días. Ya sabes, por si acaso.

En realidad, a veces teníamos sexo dos veces al día, lo que era totalmente innecesario y, sin embargo, muy divertido. Sabía que esto no era algo que volvería a hacer después de quedarme embarazada, así que pensé ¿por qué no?

(Al parecer, la respuesta a la pregunta ¿por qué no? se puede encontrar en sitios médicos. Se explica que el recuento de esperma -y su calidad- disminuye si las parejas lo hacen todos los días. Es una broma para ellos, porque Devon y yo no éramos una pareja).

Nos reuníamos por las mañanas, después de que él volviera de sus sesiones de esgrima y antes de ir a trabajar. O durante sus descansos para comer. O cuando pasaba por su oficina para dar mis diez mil pasos diarios y decidía pasar a saludarlo.

Y luego otra vez por la noche, cuando terminaba de trabajar.

Follábamos en todas las posiciones, a todas las horas del día.

Devon siempre fue encantador, cordial y distante. Aceptaba todas mis rarezas y defectos, incluso cuando me mostraba deliberadamente insoportable para recordarle que no era casable. Al mismo tiempo, su distanciamiento me asustaba. Nunca había visto a un hombre tan desconectado de sus sentimientos.

Me imaginé, por sus llamadas telefónicas cada vez que estábamos juntos, que estaba esperando un mensaje importante de Inglaterra. Algo sobre su herencia. Hablaba con su madre por teléfono. Mucho. La arrullaba y la adoraba de una manera que me hacía feliz de que fuera a ser el padre de mi hijo.

Incluso cuando hablaba con su hermana, siempre utilizaba un tono tranquilo y dulce que hacía que mis huesos se volvieran papilla. En cierto modo, era muy cruel por su parte ser tan amable. Una chica podría olvidarse de mantener la guardia alta con un tipo tan perfecto. Esa chica, afortunadamente, no iba a ser yo.

Los hombres amables siguen siendo hombres. No te acerques.

Aunque me esforcé por mantener a Devon a distancia, sabía que él estaba obteniendo visiones íntimas de mi vida. En mi familia. En mi historia.

No me gustaba.

Por eso, cuando nuestro acuerdo llegó a la marca de cuatro semanas, y miré el calendario y me di cuenta de que mi período se había retrasado un día, me llené de euforia teñida de mortificación.

Había una posibilidad de que estuviera embarazada.

Del heredero de un marqués.

Retuve la prueba de embarazo durante dos días más, lo que me supuso un esfuerzo hercúleo.

Principalmente, tenía miedo. Miedo a un resultado negativo -que las hormonas no funcionaran- y miedo a un resultado positivo -¡un bebé!- ¡No puedo cuidar de un maldito bebé! Apenas puedo cuidar de una mascota de chía. De hecho, no me hice cargo de mi última mascota chía. Aisling me la quitó en algún momento y trató de salvarla, pero estaba demasiado deteriorada.

Finalmente, al tercer día, me atreví a entrar en Walgreens y compré una prueba de embarazo. Me hice con la más sofisticada. La prueba de lujo del 99,99%, en la que se explica el resultado. Me di cuenta, de camino a la caja, de que nada era tan aterrador como una prueba de embarazo. Cada mujer que compraba una tenía sentimientos muy fuertes sobre lo que quería ver. El embarazo no era como el pan integral. No podías ser indiferente al respecto.

O realmente querías quedarte embarazada.

O realmente no querías quedarte embarazada.

No había término medio.

Cuando la cajera pasó la prueba por el escáner, noté que miraba mi dedo de la mano desnudo. Enarboló una ceja juzgadora.

Sí, bueno, mi hijo está a punto de convertirse en la realeza inglesa, Karen.

Con una sonrisa de oreja a oreja, le dije: —¿No da miedo?

—Depende de tu situación —respondió con brío.

—Sí. La mía no es tan mala. Solo tengo que averiguar quién es el padre.

Ella palideció. Me reí. Tomé la bolsa de plástico y me fui corriendo al trabajo. Me encerré en el baño, tratando de no recordar todas las veces que Devon me había devorado en mi escritorio, en mi silla y en el suelo durante las semanas que estuvimos intentando tener un bebé.

En cuclillas sobre el inodoro para orinar en un palo, decidí ocuparme en mi charla de grupo con las chicas mientras mi orina se abría paso a lo largo de la prueba de embarazo.

El grupo era siempre súper activo, así que lo único que tenía que hacer era meterme en él.

Sailor: Hunter quiere ir a Cancún en verano. ¿Se apuntan?

Persy: Claro. Solo tienes que darme las fechas y le diré a Cillian que las bloquee en su agenda.

Aisling: No sé si yo y Sam. Queremos visitar Suiza durante unas semanas. Tengo que visitar la clínica.

Persy: Oh sí. Cillian mencionó reunirse con ustedes en Zúrich. ¿Algo sobre reunirse con sus banqueros?

Mira a estas zorras de culo de lujo, haciendo planes para el verano como si aún no fuera invierno.

Sailor: ¿Qué hay de ti, Belle? ¿Te apetece tomar margaritas junto a la piscina con los Fitzpatrick?

Belle: Por mucho que quiera sentirme como una tercera rueda en este maratón de parejas de zorras básicas, algunas de nosotras tenemos negocios reales que dirigir.

Sailor: Veo que la tía Flow está en la ciudad. Recoge tu actitud, Belle. Se está notando.

Estaba tan fuera de lugar que era cómico. Al menos, esperaba que lo fuera.

Persy: Vamos, @Belle Penrose. Trabajas muy duro. Nuestro regalo.

No quería que me invitaran a cosas. Quería ser lo suficientemente independiente como para no depender nunca de la gracia de los demás. Era algo que mi hermana, que siempre había sido una romántica, no podía entender del todo. Estaba bien dejando que la gente se ocupara de ella porque estaba en su naturaleza ocuparse de ellos. Incluso cuando se casó con Cillian, no fue por su dinero. En realidad, no.

Belle: Eres muy amable, Persy, pero realmente tengo mucho trabajo.

Persy: No digas que no lo he intentado.

Sailor: No te preocupes, Pers. La etiquetaremos cuando la veamos.

Belle: Ah, como en la universidad. Solo que no eres todo el equipo de béisbol.

Aisling: ¿Has hecho alguna vez un trío, Belle?

Aisling: (Y antes de que preguntes, sí, me estoy sonrojando).

Belle: Más bien un harén inverso.

Comprobé la marca de tiempo del inicio de la conversación y me di cuenta de que habían pasado seis minutos. Respirando hondo, cogí el test de embarazo del tocador del baño y cerré los ojos.

Todo va a salir bien.

Te quedarás embarazada.

Estás haciendo esto con un hombre que movería montañas para conseguir lo que quiere, y quiere un heredero.

Volteé la prueba de embarazo y abrí los ojos.

Embarazada.

El jadeo que salió de mi garganta hizo temblar las paredes. Estaba segura de ello. Había alegría, miedo y placer en ello.

Estaba embarazada.

Iba a ser madre.

Esto estaba sucediendo.

Tal vez. El problema no era solo concebir, sino mantener al bebé, ¿recuerdas? advirtió una voz en mi interior.

Durante unos instantes, no supe qué hacer conmigo misma. Me paseé por el pequeño cuarto de baño, me detuve junto al espejo del lavabo y me pellizqué las mejillas, gritando en silencio como Macaulay Culkin en Mi pequeño angelito.

Una madre.

Yo.

No iba a necesitar a nadie más.

Nadie más que mi bebé. Íbamos a estar ahí el uno para el otro. Por fin iba a tener a otra persona a la que cuidar, alguien que se ocuparía de mí como lo hicimos Persy y yo antes de que se casara con Cillian y formara su propia y unida familia.

Después de recomponerme, tomé una foto de la prueba de embarazo y se la envié a Devon. No hacía falta un pie de foto. Quería ver su reacción.

Las dos V azules que indicaban que Devon había recibido y abierto el mensaje aparecieron en la pantalla.

Luego... nada.

Diez segundos.

Veinte segundos.

Después de la marca de treinta segundos, empecé a sentirme incómoda. Casi a la defensiva.

¿Cuál era su problema?

Empecé a escribir un mensaje mordaz, con muchas palabrotas y una buena dosis de acusaciones, cuando apareció una llamada en mi pantalla.

Devon Whitehall

Me aclaré la garganta, adoptando su tono soso y molesto.

—¿Qué honda?

—Hacemos un buen equipo, Sweven. —La risa de Devon resonó desde el otro lado de la línea, llegando a la boca de mi estómago. Hizo una parada en mi corazón, haciendo que mi pulso tartamudeara de forma irregular.

No esperaba la alegría en su voz. No esperaba ningún tipo de sentimiento de esta estatua de Adonis que es un hombre.

—Quiero decir, hemos trabajado mucho y muy duro en esto —dije con sorna.

—No te olvides lo grueso —Lo escuche encender un cigarrillo.

—Nunca podría olvidar la parte gruesa. Es la cosa por la que te recordaré cuando sea vieja y arrugada y tú estés muerto hace tiempo y enterrado junto a tu amado fax.

—La máquina de fax es incinerada. Quiere que sus cenizas se esparzan en el océano, y sabes que no puedo negarme. —Maldita sea, era gracioso, de una manera extraña.

—Un bebé —susurré de nuevo, sacudiendo la cabeza—. ¿Puedes creerlo?

—Todavía lo estoy digiriendo —Se rio. Pero no parecía tan abrumado como yo, para bien o para mal—. Bueno, ha sido un placer hacer negocios con usted. —Oí el ajetreo de su oficina en el fondo—. Por supuesto, empezaré a transferirte una cantidad de veinte mil dólares al mes. Discutiremos el alojamiento y el mobiliario de las habitaciones del bebé en nuestros respectivos lugares durante el segundo trimestre. Aunque, por supuesto, según nuestro contrato, esperaré actualizaciones semanales de tu parte.

Um, de acuerdo.

Técnicamente, Devon no dijo nada malo. Al contrario. Le dije que no quería tener nada que ver con su culo después de quedarme embarazada, y él solo se ciñó al guion. A lo que firmamos esa noche lo dejé plantado en la ópera. Pero no podía deshacerme de esta extraña sensación de haber sido descartada como un calcetín viejo.

Querías ser descartada como un calcetín viejo. De hecho, te tiraste de cabeza al cesto de la ropa sucia.

—Dah —Bostecé de forma audible, fingiendo no inmutarme por su actitud empresarial—. ¿Está bien el correo electrónico para las actualizaciones? Las enviaría por fax, pero tengo menos de setenta y cinco años.

—El correo electrónico está muy bien. También deberíamos programar una llamada semanal.

Eso sí que sonaba más personal.

—Me apunto —dije, un poco demasiado rápido.

¿Qué me pasaba? Las hormonas, decidí. Además, iba a celebrarlo consumiendo mi peso corporal en pastel. Ahora comía por dos, aunque la otra persona dentro de mí fuera actualmente más pequeña que un grano de arroz.

—Le diré a mi secretaria, Joanne, que se ponga en contacto contigo para hablar de las horas y fechas que nos convienen a los dos.

De acuerdo, tacha eso. Totalmente no personal.

—Probablemente tendré que ver a mi médico cada semana porque mi útero es hostil y mis ovarios son poliquísticos.

Hice una nota para añadir esto a mi perfil de Tinder cuando volviera a la piscina de ligues de una noche. Me hacía parecer un buen partido. No.

—Sweven... —Devon dijo. Sentí como si me hubieran echado miel en las tripas cuando me llamó por ese estúpido apodo—. Prometo ser el padre que este niño merece. Un padre mejor que el que ambos tuvimos.

Su comentario fue como un cubo de hielo derramado sobre mi sentimiento borroso. Nunca le dije nada malo sobre mi padre. Él solo hizo esa suposición a partir de la llamada telefónica de dos minutos. Pero eso era mentira. Mi padre y yo estábamos perfectamente bien.

Incluso muy bien.

Yo derramaría una o dos lágrimas cuando muriera, a diferencia del frío e indiferente Devon, que parecía prácticamente aliviado cuando su padre estiró la pata.

Como no quería mostrar más emoción de la que ya tenía, me reí con la garganta.

—Habla por ti, Devon. Mi padre es la bomba punto com.

—Puede que tenga setenta y cinco años, pero al menos nunca me atraparías diciendo lo que acabas de decir.

—¿Qué he dicho? —Lo desafié.

Se rio.

—Buen intento.

—¿Qué tal un momento de zen? —Le ofrecí—. Hablemos de animales raros. ¿Has visto alguna vez un tenrecs de tierras bajas?

—No puedo decir que lo haya hecho.

—Parecen mofetas blanqueadas que acaban de despertarse después de una noche de fiesta y MDMA15 y necesitan arreglarse las raíces.

—¿Y los markhors? —preguntó—. Parecen mujeres de los anuncios de BabyLiss. Que tengas un buen día, Sweven. Gracias por las buenas noticias.

Después de colgar, le envié al doctor Bjorn un correo electrónico informándole de la noticia y preguntándole si tenía que hacer algo más que comer bien, dormir bien, descansar y todas las demás tonterías que ya había leído en las docenas de artículos sobre el embarazo que consumía a diario.

Volví a abrir el chat con las chicas, con los dedos temblando de emoción. Era demasiado pronto. Lo sabía. Y totalmente irresponsable teniendo en cuenta que era un embarazo de alto riesgo. Pero nunca se me dio bien retrasar la gratificación.

Belle: Tengo noticias que compartir. ¿Quedamos mañana en el Boston Common?

Aisling: Por supuesto.

Persy: Creo que sé lo que es y estoy emocionada.

Sailor: Nos vemos allí.

No necesitaba a Devon.

Tenía a las Boston Belles.

Diez

Catorce años.

La primera vez es inocente.

Ni siquiera creo que se pueda llamar primera vez.

Ya estamos metidos de lleno en el noveno curso: exámenes, deberes, grupos de chicas. Me mantengo alejada del ruido blanco y me ciño a la meta: correr lo más rápido posible, asegurarme de que no se metan con mi hermanita Persephone y su amiga Sailor en la escuela y fantasear con besar al entrenador Locken.

Durante uno de nuestros agotadores entrenamientos de atletismo, siento un fuerte dolor en la rodilla.

Sigo corriendo, no me rindo. Pero cuando Locken hace sonar el silbato que lleva eternamente metido en la boca, me detengo y vuelvo cojeando hacia él con el resto de los corredores. Intento disimular mi cojera, porque empiezo a entender algo sobre la naturaleza humana. Cuando la gente huele la debilidad, es cuando se abalanzan.

—Mierda, amiga. Eso parece duro —Adam Handler hace una mueca, moviendo la barbilla en dirección a mi rodilla. Miro hacia abajo, todavía tambaleándome hacia el entrenador. Mierda, en efecto. Mi rodilla está hinchada y roja.

—Está bien —digo a la defensiva—. Apenas la siento.

—¿Qué está pasando aquí, Penrose? —El Sr. Locken apoya sus puños en la cintura. Su voz es tierna, más suave que el tono que utiliza con los chicos. Nadie le llama la atención. ¿Por qué lo harían? Soy la única chica del equipo, así que la gente se imagina que se trata de hacer que me sienta bienvenida.

Solo yo sé la verdad.

La verdad es que últimamente me ha estado sonriendo más y más.

Y que yo le he estado devolviendo el gesto.

Sé que está mal. Sé que está casado. Que su mujer está embarazada. No soy tonta. Pero no planeo llevar esto a ninguna parte. Solo quiero disfrutar de su atención. Eso es todo. En cierto modo (un modo realmente jodido, indirecto), incluso creo que le estoy haciendo un favor a su mujer. Mientras mantenga sus ojos en mí, no corre el peligro de actuar según sus impulsos. Al menos no la engañará.

De todos modos, es una tontería. No la conozco y no le debo nada. Y, además, tal vez solo esté en mi extraña cabeza. Tal vez no me está mirando después de todo.

—Todo bien, entrenador. —Sonrío a través del dolor, mostrándole que soy un soldado.

—A mí no me parece bien. Ven aquí.

Lo hago. Todos los demás chicos me rodean, con piernas de palillo y orejas crecidas asomando por sus cuerpos. Todos hacen una mueca y me señalan la rodilla.

Aquí vienen los problemas, como le gusta decir a papá.

El entrenador Locken se inclina sobre una rodilla y frunce el ceño ante mi pierna. Puedo sentir su aliento rozando mi piel. Está caliente y húmeda. Unos hormigueos excitados se persiguen unos a otros por mi columna.

—Te traeré una bolsa de hielo. Espera en mi despacho.

—No, en serio, estoy bien —protesta mi boca tonta, aunque mi cerebro le dice que me calle y aproveche. Nunca he tenido un tiempo a solas con el entrenador Locken.

—Nada será bueno cuando te quedes en el banquillo toda la temporada por culpa de una rodilla de corredor y yo pierda a mi estrella del campo traviesa y tú pierdas tu beca —Locken ya me da la espalda mientras conduce al resto de los chicos a los vestuarios.

Me dirijo cojeando a su despacho, que está escondido al final del pasillo. La puerta está abierta. Tomo asiento frente a su escritorio y suelto un gemido, porque, maldita sea, me duele. Buscando una distracción, miro a mí alrededor. En sus estanterías hay un montón de libros sobre atletismo, algunos trofeos y fotos enmarcadas de él abrazando a atletas famosos. En su escritorio de madera rubia está la foto de compromiso con su mujer. Están en una especie de campo de heno, besándose, y la mano de ella está inclinada hacia la cámara para captar el anillo de diamantes. Parece pequeña y es castaña y... no sé... buena. Parece una buena persona, no como todo lo que yo esperaba que fuera. Me invade una terrible y asquerosa culpa por fantasear constantemente con que me bese.

Esto es una estupidez. Debería levantarme e irme.

Dejar el campo traviesa mientras estoy en ello. El voleibol suena más a mi gusto.

Me apoyo en los reposabrazos, a punto de levantarme, cuando entra en su despacho y cierra la puerta. Es más grande de lo que recordaba. Más alto. Llena la habitación. Me recuerda a mi padre, y estoy loca por mi padre. Pero el señor Locken también sigue teniendo un aspecto lo suficientemente infantil como para que, a diferencia de mi padre, no resulte espeluznante pensar en besarle.

Me recuesto en mi silla. Con normalidad.

El entrenador Locken levanta una bolsa de hielo en el aire y me la lanza.

—Presiona.

Hago lo que me dice. El frío se siente bien contra mi rodilla. Gimoteo.

—Será mejor que consiga una beca. Ni siquiera me gusta correr.

Se ríe y, para mi sorpresa, arrastra su silla y la coloca frente a la mía. Mi corazón late a mil por hora.

—¿Cómo se siente ahora? —me pregunta. Su timbre es bajo, rudo.

—Sí. Bien —Me siento tan tonta, tan joven, tan juvenil. Ojalá tuviera algo sofisticado que decir. Algo que lo deje sin palabras. Para asegurarme de que sepa que soy más que una niña.

—Déjame ver —Se da una palmadita en la rodilla en señal de invitación.

Dirijo mi mirada hacia él, sin saber qué me está pidiendo. Seguro que no está sugiriendo...

—Pon tu pie en mi regazo. Quiero ver cuál es el daño.

Hago lo que me dice, mi pecho se hincha de orgullo. Estoy bastante segura de que nunca ofrecería esto a ninguno de los otros chicos de mi equipo.

Su regazo está tenso de músculos. Duro como una roca. Mi pierna es larga y delgada y, si se mira de cerca, hay una capa de vello rubio cubriéndola. Se inclina hacia delante y me quita la bolsa de hielo que tengo apretada contra la rodilla. Frunce el ceño.

—No tiene mejor aspecto.

—Me siento bien —miento.

—Intenta girar la pierna.

Lo intento. Falla. Quiero decir, puedo hacerlo. Solo que me duele como un hijo de puta.

El entrenador Locken suelta un suspiro resignado.

—Ayudará si fomentamos la circulación de la sangre. ¿Puedo? —Levanta las manos -buenas manos, observo- y las mantiene en el aire, mirándome interrogativamente.

¿Quiere tocarme? ¿De verdad?

—Solo para que la sangre vuelva a fluir hacia la rodilla —explica.

Claro. Por supuesto. Tengo que sacar mi mente de la alcantarilla. Esto es muy embarazoso.

Trago saliva, mirando a esos ojos marrones.

Se parece a Matthew Broderick en Ferris Bueller's Day Off. Un hombre muy atractivo. El tipo de hombre atractivo en el que puedes confiar porque el mundo aún espera que se comporte.

Honestamente, ni siquiera estoy segura de por qué estoy siendo rara al respecto. No es que me esté acosando sexualmente. Literalmente me está preguntando si está bien. Un violador se lanzaría sobre mí sin permiso. Estoy dando demasiada importancia a esto.

Asiento con la cabeza y lo observo con ojos inquisitivos mientras empieza a masajearme la rodilla. Se siente inocente. Estoy en una fase en la que siento curiosidad por los besos, las caricias y esas cosas, pero los penes siguen siendo una gran molestia. Son tan... extra. Como, siéntate. No tienes que quedarte ahí como una barra de stripper cada vez que alguien se quita el sujetador.

Empuja sus pulgares hacia mi rodilla para ayudar a la circulación. El dolor, que antes era agudo, ahora es leve. Siento que los músculos se deshacen bajo sus dedos.

—¿Está mejor? —pregunta Locken.

Vuelvo a asentir con la cabeza. Trago. Miro fijamente sus dedos. Su anillo de boda. En la forma en que sus manos se enroscan y masajean la parte posterior de mi rodilla, el punto sensible, y me rio y me retuerzo a pesar de mí misma.

—Tienes los músculos muy tensos. —Su ceño se frunce. Ese maldito anillo de casado se siente como fuego cada vez que toca mi piel. ¿Por qué tiene que estar ahí? Podría haber esperado hasta que me graduara -qué son cuatro años en comparación con toda una vida- y podríamos estar juntos.

—Necesitas trabajar en tus estiramientos, Penrose. Tus músculos se están acortando. Probablemente sea genético.

—Probablemente por parte de mi madre —Estoy de acuerdo. Cuenta con que mamá me ha transmitido los músculos cortos.

Sus dedos suben hasta mi muslo. Ahora ya no se siente tan inocente. Siento un cosquilleo en el cuerpo. Pero también hay algo más. Una bola de ansiedad en mi garganta.

—S-sí —tartamudeo, llenando el silencio, que ahora se ha vuelto incómodo—. Debería estirar más. Lo añadiré a mi rutina nocturna.

—Es importante.

Mi pierna se siente suelta y flexible bajo su contacto. Ni siquiera me importa que vea que no me he afeitado.

—Dios, esto es tan bueno. —Echo la cabeza hacia atrás y gimo.

Se ríe.

—Tienes suerte de tener tanto talento, Penrose. No todo el mundo recibe un trato especial.

¿Pero es mi talento lo que le hace hacer esto por mí?

Su dedo índice roza una vez el borde de mis pantalones de deporte, cerca de mi ingle. Estoy a punto de retroceder, pero él se aparta por completo y se levanta. Su sonrisa es tímida pero tranquila. Me mira directamente a los ojos.

—¿Estás mejor?

Nerviosa, tomo la bolsa de hielo que tengo al lado y me levanto.

—Todo mejor.

—Avísame si vuelves a necesitar ayuda. Cuando quieras. A veces, los diamantes necesitan un poco de masaje para brillar.

Ese mismo día, asalto el baño de mi padre, encuentro una maquinilla de afeitar y me afeito las piernas hasta la zona de la ingle.

Acudo a él para que me masajee la rodilla -el muslo- durante los dos meses siguientes.

Me decía que todo era por la beca.

Once

Al día siguiente me encontré con Aisling, Sailor y Persy en Boston Common.

Las tres jóvenes madres llegaron con sus cochecitos, sus bebés y sus dos centavos para opinar sobre mi situación.

Eran un recordatorio de que pronto iba a tener que transportarme de un mundo de tangas y clubes nocturnos a las maravillas de los protectores de pecho de bambú, los paños para eructar y los pañales.

Los cochecitos de mis amigas iban a juego con sus personalidades.

Sailor empujó a un cochecito de ciudad. Deportivo, eficiente y todo negro. -El favorito de los clientes- me presumió una vez cuando estaba de muy buen humor y fingí que me importaba.

Persephone tenía el Bugaboo doble tanto para Astor como para Quinn, de color blanco hueso y adornado, aunque a Astor le ató una correa tipo perro y lo dejó vagar por el parque como un chihuahua borracho.

Luego estaba Aisling, que tenía el cochecito Balmoral de cruz de plata. Tenía un aspecto elegante y caro, como la mujer a la que pertenecía. Ambrose se sentía como en casa dentro de él.

Estábamos todas abrigadas, caminando por la zona arbolada, pasando por el Freedom Trail y los monumentos a los soldados y marines.

El cielo era una cortina de hielo, las nubes se movían en azul marino como la multitud matinal de los profesionales del centro.

—¿Sabías que en el siglo XVII una mujer llamada Ann Hibbins fue ejecutada en el Boston Common acusada de brujería? —preguntó Sailor mientras empujaba el cochecito con Xander—. La colgaron para que todos la vieran.

—Cristo, Sailor. —Aisling se persignó, mirando de reojo a nuestra amiga—. Qué hecho tan divertido para empezar el día.

Persy se rio. Una puñalada de melancolía me atravesó. Devon habría apreciado ese golpe. Pero no podía enviarle un mensaje de texto sin más. Se suponía que no podíamos hablar de cosas no relacionadas con el bebé. Mi regla, que yo apoyaba. Pero era una mierda.

—¡De todos modos! —exclamó Persephone—. Por mucho que me guste oír hablar de mujeres colgadas por brujería, Belle tiene algo que contarnos.

—Gracias por la sutil transición, hermanita.

Como yo era la única que no tenía un cochecito que empujar, sujeté a Rooney, la hija pequeña de Sailor, con una de esas correas mientras intentaba perseguir a las palomas fuera del camino pavimentado. Parecía un pequeño borracho tratando de buscar pelea. Yo estaba aquí para eso.

—Todavía es pronto, pero quería que supieran que hay un bollo en este horno. —Señalé mi estómago.

Las chicas dejaron de empujar sus cochecitos y saltaron sobre mí con abrazos y chillidos de alegría. Rooney y Astor, que no tenían ni idea de lo que estaba pasando, pero percibían la emoción, se metieron entre las piernas y me abrazaron también, chillando:

—¡Tía Belle! ¡Tía Belle!

Reuní a todos en mis brazos y me reí, un poco avergonzada. Iba a decírselo a mis padres por teléfono esta misma tarde. No iban a estar muy contentos de que tuviera un hijo fuera del matrimonio, pero sabía que no esperaban nada mejor de mí. Sabían que no era de las que se casan. No se hacían ilusiones de que siguiera los pasos de mi hermana menor.

—¿Tú y Devon se encerraron básicamente en el dormitorio durante un mes entero? Eso fue rápido. —Sailor volvió a tomar su cochecito, la alegría seguía bailando en sus ojos verdes.

—No estoy segura de querer tener esta conversación cuando la edad media de este grupo es de unos dos años y medio. —Hice un gesto con la mano hacia los cochecitos y los niños.

—Los niños no tienen ni idea de lo que estamos hablando —dijo Aisling con desparpajo—. Para ser sinceras, el mío todavía es daltónico, es muy joven.

—Ahí están Rooney y Astor —le recordó Persy con una sonrisa—. Dejémoslo para nuestra noche semanal de comida para llevar.

—En el que Belle no beberá vino. —Sailor sonrió triunfalmente—. Más para nosotras.

—Tampoco va a salir de fiesta pronto. —Persy parecía particularmente feliz por ese giro de los acontecimientos—. Lo que significa que nadie puede meter nada en su bebida.

No es que haya sucedido nunca, pero mi hermana era muy preocupada.

—De todos modos, espero que sepas que estamos aquí para ti. Cualquier cosa que necesites, solo dilo. Aunque creo que Devon quiere desempeñar un gran papel en el embarazo —Persephone inclinó la barbilla hacia abajo, inspeccionándome.

—Devon puede irse a la mierda. Él sabía el resultado. Espera... —dije mientras reanudábamos nuestra caminata—. ¿Cómo sabes eso?

—Devon no pudo evitarlo. Anoche llamó a Cillian para darle la buena noticia. —El rostro de Persy casi se parte de su enorme sonrisa—. Cillian me lo dijo.

Hice una nota mental para mutilar a Devon con la prueba de embarazo por su falta de discreción.

—Esa es una total tontería. ¿No hay algún código de abogados o lo que sea? —me quejé, aunque no me sentó nada mal saber que Devon estaba informando al mundo occidental de que iba a ser un gran padre. Sobre todo, después de su frígida reacción cuando le dije que estaba embarazada.

—No es tu abogado, dum dum —Sailor fingió golpear mi sien—. Aunque, estoy bastante segura de que tendrá que serlo en algún momento con las travesuras en las que te metes.

—Además, probablemente le dijo a Cillian que no lo contara, y Cillian no pudo evitarlo. Mi hermano revelaría secretos nacionales y del Estado de Texas sin pestañear para conseguir la aprobación de su esposa —Aisling desvió su mirada hacia Persephone con una sonrisa.

Las mejillas de Persy se colorearon. Agachó la cabeza. Aisling tenía razón. Cillian estaba indefenso ante su mujer. Hunter y Sam tampoco eran muy buenos para decir que no a sus respectivas esposas.

Sacudí la cabeza.

—No importa. Me alegro de que no haya pasado mucho tiempo. El verdadero riesgo es mantener el embarazo. Quedarse embarazada era la parte fácil. Pero, aun así.

—Hmm, ¿chicas? No quiero ser un aguafiestas, pero ¿soy yo o hay un tipo con un abrigo negro que nos sigue? —Sailor levantó una ceja.

—¿Dónde? —Aisling miró a izquierda y derecha, confundida.

—A las tres.

Aisling y Persephone se congelaron de inmediato, tratando sutilmente de lanzar algunas miradas furtivas. Yo tenía menos delicadeza que eso. Giré la cabeza bruscamente, estrechando los ojos hacia un hombre que estaba escondido detrás de un árbol a unas decenas de metros de nosotras. Era alto y ancho. Llevaba un sombrero y estaba vestido de negro de pies a cabeza, así que no pude ver su cara.

—¿Esto es algo que deberías contarle a Sam? —preguntó Persy a Aisling.

Aisling frunció el ceño, juntando las cejas.

—No lo creo. Ahora mismo no tiene problemas abiertos con nadie. Desde que desmanteló a los rusos, las cosas han estado tranquilas. Quizá demasiado tranquilas para su gusto. Si pensara que estoy en peligro, no me dejaría salir por la puerta sin al menos dos de sus soldados.

Era cierto. Sam reclutaría un ejército entero para mantener a Aisling a salvo. Si ella no tenía guardaespaldas, eso significaba que Sam estaba teniendo un año tranquilo.

—¿Y tú? —Sailor se giró hacia Persephone. Aunque el marido de mi hermana estaba limpio como una patena en sus negocios, no se podía negar que secuestrar a su familia era una idea lucrativa.

Persy negó con la cabeza.

—El clan Fitzpatrick trabaja con una empresa de seguridad. Todos son antiguos agentes de los servicios secretos. Siempre sabemos a qué nivel de amenaza nos enfrentamos en cada escenario, incluido el secuestro. Ahora mismo es bajo porque las acciones de Royal Pipeline se están hundiendo en Wall Street.

—Pobre de ti —ronroneé—. ¿Cómo vas a pagar la hipoteca del próximo mes?

Todas las miradas se dirigieron hacia mí. Volví a mirar por encima del hombro. El hombre ya se había ido, pero seguro que había encontrado otro árbol para esconderse.

—¿Qué? —Resoplé—. ¿Quién podría ir tras de mí?

Se me ocurre una persona, en realidad, pero estaba muy muerta.

—¿Tal vez uno de los locos que te escribe cartas? —sugirió Sailor—. Eres una de las mujeres más conocidas de Boston, Belle.

—De ninguna manera. Esos tipos apenas pueden manejar un teléfono fijo, y mucho menos tramar un asesinato bien ejecutado. —Pero tiré de la pelirroja Rooney más cerca de mí, por si acaso—. Apuesto a que es solo un asqueroso que se masturbará después de que nos vayamos.

—Mami, ¿qué es masturbar? —Rooney tarareó a Sailor, que me lanzó una mirada de ¿estás contenta? Mi expresión le dijo que sí, mucho.

—Bueno... ahora puedo verlo de nuevo, y te está mirando a ti, Bell —La voz de Persephone era una hoja afilada rodando contra mi piel.

Los pequeños vellos de la nuca se me erizaron. Me sudaron las palmas de las manos. Mentalmente, repasé todos los problemas que había tenido con la gente a lo largo de los años, pero nada parecía tan importante como para justificar... esto.

La lógica dictaba que Aisling, con su marido príncipe de la mafia, y Persy, que estaba casada con uno de los hombres más ricos (y crueles) del planeta Tierra, eran los principales objetivos. Pero ambas estaban en lo cierto: precisamente porque sus maridos conocían su situación, tomaron medidas de seguridad para que fuera imposible que les hicieran daño.

—¿Hay algo que no nos hayas dicho? —Canturreó Aisling, usando su mejor tono pacificador—. Puedes decírnoslo. Sabes que estamos de tu lado. Siempre.

Pero no pude.

Porque no había nada que contar.

—Todo está bien —Intenté echar otro vistazo a mis espaldas.

El rastro de un abrigo negro desapareció detrás de una estatua.

Oh, a la mierda.

—Sujeta esto, por favor —Le di la correa de Rooney a Sailor y comencé a perseguir al hombre. Corrí hacia la estatua, con la furia ardiendo como un ácido en mi torrente sanguíneo. No importaba a quién persiguiera este hombre, tenía mucho que responder.

Salí corriendo detrás de la estatua y lo encontré apoyado en ella, mirando fotos en su teléfono. Fotos de mi espalda, me di cuenta, cuando vi mi abrigo rojo en su pantalla.

—Bonito modelo, ¿eh? Deberías ver el frente —Giré el puño hacia atrás, a punto de darle un puñetazo en la cara. Sus ojos se levantaron. Dejó escapar un gruñido y se alejó. Mi puño atravesó el aire, sin golpear nada.

Empecé a perseguirlo. Persy estaba detrás de mí.

—¡Belle! —exclamó, frenética y sin aliento— Vuelve. No puedes hacer esto.

Por supuesto que podía hacerlo.

Era mi deber hacerlo.

Hace tiempo que juré no dejar que los hombres hicieran daño a las mujeres solo porque podían hacerlo. Porque eran físicamente más fuertes.

Aceleré el paso mientras mi hermana corría detrás de mí. El hombre estaba ganando velocidad. Mientras tanto, Persy había decidido mostrar su lado atlético por primera vez desde que nació y consiguió alcanzarme, tirando de mí hacia los demás por el cuello del abrigo.

—¡Déjame en paz, Pers! —rugí—. El imbécil tuvo las agallas de hacerme fotos, ahora quiero saber por qué. —Me deshice de ella, empujando mi rodilla mala y corriendo más rápido. Persy era persistente. ¿De dónde venía toda esta nueva fuerza?

—¡No puedes! —Saltó delante de mí, sirviendo de barrera entre el hombre y yo, que ahora estaba demasiado lejos para que pudiera perseguirlo.

Este hombre podría haber sido el mismo que me abordó en Madame Mayhem hace poco más de un mes. Maldita sea.

Persy me agarró por los hombros, con los ojos desorbitados en sus cuencas.

—Escúchame ahora. Sé que eres valiente, y sé que eres una tocapelotas, pero tienes que entender que ya no eres solo tú. Hay alguien dentro de ti, y tienes que pensar en él. ¿Entiendes?

Me vinieron recuerdos de mi conversación con el doctor Bjorn.

De alto riesgo.

Peligro de aborto.

Tendremos que vigilarte de cerca.

Asentí con la cabeza. Sabía que tenía razón. ¿En qué demonios estaba pensando al salir así?

—Bien —dije con hosquedad—. Bien. Pero no puedo dejar pasar esta mierda.

—No te lo estoy pidiendo —recalcó Persephone—. Hablaré con Cillian. Veremos qué podemos hacer.

Pero no iba a dejar que un hombre, ni siquiera mi cuñado, me hiciera de niñera. Iba a manejar mis propios asuntos.

—No, yo me encargo.

—No acercándote a él por tu cuenta —dijo Persy.

Asentí con la cabeza, pero me abstuve de usar mis palabras. Dios estaba en la letra pequeña.

Persy me abrazó.

—Ahora, esa es mi hermana favorita.

—Te refieres a tu única hermana —gemí, con mi mejilla aplastada contra su pecho insanamente hinchado y lleno de leche.

Me dio una palmadita en la cabeza.

—Eso también.

Doce

Tres días después de que Emmabelle anunciara su embarazo, me puse al teléfono con mi madre para nuestra charla semanal. Sonaba sin aliento y encantada. No por mucho tiempo, pensé. El tren de la alegría se detendría en cuanto le contara que estaba a punto de ser padre.

Aunque estaba encantado de ser padre, me daba asco decepcionar a mi madre. Y lo que es peor, ahora que Sweven estaba embarazada, ya no se me permitía entrar en su cama desordenada y necesitada de un buen lavado.

Era como si me castigaran por mi buen comportamiento.

—Hola, querido Devvie. Si se trata de Harry Tindall, lamento informarte que aún está en las Islas Caimán, pero me han dicho que regresará muy pronto.

—Gracias, mamá. Pero hay algo más de lo que tenemos que hablar —Caminé a lo largo de mi apartamento -un loft en el Back Bay- sin más ropa que una toalla en la cintura después de un agotador entrenamiento.

—¿Lo hay? —preguntó mamá—. ¿Qué tienes en mente, cariño?

Me detuve frente a la chimenea de mi salón y encendí el interruptor electrónico.

—¿Estás sentada? —Le di el mismo trato que me dio cuando murió mi padre. Pude oír cómo se hundía en un asiento de cuero.

—Ahora sí —sonó tensa—. ¿Ha pasado algo malo?

—Respira.

—La respiración está sobrevalorada. Solo dime, por favor.

—Estoy a punto de ser padre.

—Yo... eh... ¿ahora qué? —Parecía realmente sorprendida.

—Un padre —cimenté—. Voy a tener un bebé con alguien.

Oí un ruido sordo -probablemente se le cayó el teléfono-, seguido de un intento de descolgar el auricular. La siguiente vez que me habló al oído, su respiración era agitada y dificultosa.

—¿Quieres decir que estás a punto de ser padre de un bastardo?

—O una bastarda —dije fácilmente—. Probablemente una bastarda. La madre del niño me dijo que cree que será una niña, y no suele equivocarse.

—Pero... pero... ¿cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo?

¿Era realmente necesario el dónde? No tenía ni idea de si había sucedido cuando embestí a Belle mientras estaba despatarrada en la mesa de su despacho, o cuando me abalancé sobre ella en su ducha.

Me dirigí a la cocina de mi apartamento de cuatro mil pies cuadrados. Nunca había visto algo tan grande y lujoso en un edificio, especialmente en Back Bay. Estaba diseñada con el mismo cuidado meticuloso y anticuado que mi despacho. Montones de roble tallado, telas caras, zócalos de bronce y un friso pintado de color carmesí.

Lo más importante es que era un espacio amplio y abierto con muy pocas paredes. Exactamente como deseaba, ya que sufría de claustrofobia.

—Su nombre es Emmabelle. Nuestra relación fue de carácter casual. Nunca estuvimos juntos oficialmente. Ella se va a quedar con el niño.

Cuando el silencio en la otra línea me indicó que mi madre necesitaba bastante más información, añadí con cuidado:

—Emmabelle se dedica al burlesque. Puedes encontrar una foto de ella en Internet. Escribió algunos artículos sobre la liberación sexual como columnista y posó para un calendario erótico. Creo que ustedes dos se llevarían muy bien.

No creía tal cosa, por supuesto, pero decepcionarla tan cerca de la muerte de mi padre no me parecía del todo bien.

—¿Por qué iba a conocerla? —mi madre replicó.

—Porque va a ser la madre de tu precioso nieto —dije fácilmente.

—No considero que lo que vaya a salir de ella sea un nieto —Estaba tan enfadada que le temblaba la voz.

Aunque no esperaba que mamá me hiciera una fiesta, tampoco esperaba que se mostrara tan hostil al respecto. Después de todo, había mantenido mi alianza con ella y con Cecilia y las había ayudado económicamente. Lo único que esperaba era que aceptara mi forma de vivir.

Y mi manera no incluía encerrar a las mujeres no consentidoras en sótanos y comer su piel. Tener hijos fuera del matrimonio era una práctica común en esta época.

Abrí de golpe la nevera y empecé a prepararme un sándwich de pavo.

—No veas a tu nieto, entonces. Tú te lo pierdes.

—Puede que cambie de opinión con el tiempo —explicó, suavizando su tono—. Solo que no quiero que un hijo ilegítimo arruine todo tu brillante futuro. Estamos en el siglo XXI. Somos perfectamente capaces de mantener esto en silencio y bajo control.

—¿Por qué querría mantenerlo en silencio y bajo control?

—Porque tal vez quieras casarte.

Juré no casarme nunca, pero no creí que mamá pudiera soportar más malas noticias en una sola llamada.

—En ese improbable caso, sería sincero con mi mujer.

—No todas las esposas estarían contentas con ello.

—¿Qué tal si nos dejamos de rodeos? Di lo que quieras decir.

—Louisa, Devvie.

Su nombre sonó en mi oído. Un recuerdo de mi padre obligándome a besarla me hizo apretar la mandíbula.

—¿Qué pasa con ella? —Cerré la puerta de la nevera de una patada y puse el pavo sobre el pan de trigo, escasamente cubierto de mayonesa ligera y algo de mostaza—. ¿Crees que va a aceptar mi acuerdo con la ninfa burlesca que dejé embarazada?

—¿Te refieres a una stripper? —Mi madre jadeó, escandalizada—. Esto es lo que se llama una stripper hoy en día, ¿no?

—Claro —Bostecé sardónicamente—. Llámala como quieras.

Mis entrañas se convirtieron en lava, chisporroteando de calor. Eso era una mentira. Una que Sweven no iba a apreciar. Así que era bueno que mamá no quisiera ver a su nieto. Porque si alguna vez intentaba mirar a Belle de frente... que Dios la ayude, ya no tendría rostro para mirar de frente.

—Sí, bueno, hay maneras de trabajar alrededor de cualquier cosa, Devvie. Los cuernos no se extinguieron del mundo con la civilización moderna. Las mujeres de la alta sociedad solo aprendimos nuevos trucos para mantener su discreción.

—No puedo casarme con Louisa —Golpeé una rebanada de queso en mi sándwich con una ferocidad que implicaba que era personalmente responsable de mi actual angustia—. ¿De dónde viene esto? Nunca me has presionado en este asunto. Solo papá lo hizo, y lo pagó perdiendo a su único hijo. No solo no puedo casarme con Louisa, sino que ni siquiera puedo ser visto con ella de nuevo. Los medios de comunicación en Gran Bretaña harían un día de campo si descubrieran que estoy a punto de tener un hijo fuera del matrimonio con una americana tonta, mientras ando detrás de la hija de un duque.

El Daily Londoner tenía un equipo entero de periodistas dedicados a seguir cada movimiento de la realeza. No había forma de que esto se mantuviera en secreto.

—No es el final de esta discusión —me informó mi madre, con tono empresarial—. ¿Para cuándo está prevista esta cosa?

—Creo que está de seis o siete semanas, así que esto no llegará hasta dentro de un tiempo.

—Es muy pronto para saber que está embarazada. Casi como si lo hubiera planeado todo —reflexionó mi madre.

No le dije que Emmabelle y yo habíamos acordado tener ese hijo. Aunque quería a mi madre, no era asunto suyo.

—No todo el mundo es tan astuto como los Whitehall, madre.

Colgué el teléfono. Dando un mordisco a mi sándwich, mastiqué sin probarlo.

Cualquiera que fuera el siguiente movimiento de mi madre, sabía que me encontraría con él de frente.

—¿Vas a asesinarme? —preguntó mi compañero de esgrima, Bruno, al día siguiente, mientras yo casi le atravesaba el cerebro a través de su máscara. Un corps-a-corps, el contacto corporal entre dos esgrimistas, era ilegal en la esgrima. Era la tercera vez que lo hacía—. ¿Qué te preocupa? —preguntó Bruno a través de su máscara de acero inoxidable.

Sin agraciar su pregunta con una respuesta, pasé al ataque de nuevo, pensando en mi conversación con mi madre, en el silencio de radio que venía de Belle.

La esgrima era un ajedrez físico. Requería un nivel de intelectualidad, no solo extremidades rápidas e instintos veloces. Por eso era mi deporte favorito. Me lancé hacia delante, mientras Bruno se ponía más en guardia, retrocediendo de la franja.

—Devon —Salió a trompicones de la colchoneta, arrancándose la máscara de la cabeza. Su cara estaba sudada, sus ojos muy abiertos—. ¡Devon, detente!

Solo después de que me rogara que parara me di cuenta de que casi lo había matado. Que era pequeño y estaba asustado, arrinconado en un rincón de la habitación, con la espada de sable bajada y el cuerpo temblando.

—Estás pasando por algo, hombre. Necesitas ponerte tu mierda junta.

Con eso, se marchó furioso. Me quité la máscara, frunciendo el ceño.

Mi mierda nunca estuvo junta, tonto.

De ahí, fui al club de Sam.

No hay que confundirlo con la cadena de almacenes al por menor. El establecimiento de mi compañero Sam Brennan, Badlands, albergaba las mejores mesas de juego, whisky y cocaína.

El club en sí no era clandestino, sino que estaba abierto al público en general. Sin embargo, las salas de póquer de la parte de atrás estaban cuidadosamente seleccionadas.

Frecuentaba esas salas todo lo que podía. Al menos tres veces por semana. A veces más.

Metidos en una de las acogedoras salas de juego, Sam, Hunter, Cillian y yo jugamos una partida de cartas alrededor de una mesa cubierta de fieltro verde. Una nube de humo de cigarro se cernía sobre nuestras cabezas. Un surtido de vasos semivacíos de brandy y whisky nos rodeaba por los codos.

—Felicidades por dejar embarazada a la mujer fatal por excelencia —Hunter me mostró su sonrisa Colgate detrás de su mano de cartas. Estábamos jugando al Rummy, lo que no ayudaba a mí ya creciente sospecha de que yo era, en efecto, un viejo pedorro a los ojos de Sweven.

Una sonrisa socarrona apareció en mis labios. —No fue ningún problema.

—¿Problema? No. ¿Raro? Sí. No creí que todavía se estuvieran acostando —reflexionó Hunter.

No tenía ningún interés en hablar de Emmabelle Penrose. No con Cillian y Hunter -dos personas a las que todavía consideraba clientes- y con Sam Brennan, a quien, a pesar de sus insistentes ruegos, no accedí a tomar como cliente.

—¿Fue accidental? —preguntó Cillian, dando una calada a su cigarro y enviándome una mirada escalofriantemente hostil. No porque haya pasado algo. Era simplemente su expresión habitual. La única vez que parecía remotamente contento era cuando estaba con su mujer y sus hijos. En cualquier otro momento, se le podía confundir con un asesino en serie con ganas de practicar su afición favorita.

—Eso no es de tu incumbencia —dije alegremente, deslizando una nueva carta del montón en el centro de la mesa.

—Estoy seguro de que fue un accidente. Nadie es tan tonto como para atar voluntariamente su futuro a esa loba —Sam dio un trago a su Guinness, escudriñando la habitación con aburrimiento.

—La última vez que lo comprobé, tu mujer se casó con un hombre con suficiente sangre en sus manos para llenar el río Místico. ¿Qué dice eso de su coeficiente intelectual? —Enarqué una ceja.

—Significa que su coeficiente intelectual es divino, como el resto de ella. El tuyo, sin embargo, es cuestionable en el mejor de los casos. Echarme en cara a mi mujer es una forma estupenda de encontrarte a dos metros bajo tierra.

—Controla esos sentimientos, hijo. Podrían ser un tremendo lastre —Le di una palmadita condescendiente en la mano, con un tono tan inexpresivo como mi expresión. Seguía olvidando que no era uno de sus fanboys. Todos los ojos se volvieron hacia mí con curiosidad.

—¿Estás enamorado de esa niña salvaje? —Hunter me lanzó una mirada lastimera—. Maldita sea, Dev. Nunca defiendes a nadie a menos que haya un anticipo de 100 mil dólares de por medio.

Cillian sonrió.

—Tuvo una buena racha.

—Una corta también, si sigue hablándome así. —Sam masticó su cigarrillo eléctrico con desapasionamiento.

Esto, a pesar de lo que podría pensar una persona ajena, fue una noche agradable en nuestro universo.

—Pero no sé si podría hacerlo, hombre —Hunter negó con la cabeza. El guapo bastardo estaba más limpio que los resultados de las ETS del Papa. No había tomado un trago fuerte en años, no desde que se juntó con su esposa.

—La hice con mucho gusto y me cuesta creer que cualquier hombre de sangre roja no lo haría. —Estudié mis cartas, tamborileando con los dedos sobre la mesa. De repente, la perspectiva de pasar toda la noche aquí no era tan atractiva.

Quería tomar el teléfono y llamar a Belle, escuchar su risa, sus agudos e ingeniosos latigazos. Sabía que no era una opción.

—No poder estar al lado de la mujer que lleva a tu hijo parece una locura. Hay tantas cosas que no vas a experimentar. Las patadas, las pequeñas volteretas que da el bebé cuando cambia de posición. Verlos por primera vez en una ecografía. Juro por Dios que la primera vez que vi a Rooney en esa pantalla en blanco y negro casi me meo encima. Me mostró el dedo y tenía las piernas abiertas —Hunter soltó una carcajada orgullosa, como si acabara de anunciar que su hija había sido nominada para el Premio Nobel.

—Las patadas son la parte buena —convino Sam con brusquedad, sacando otra carta del centro de la mesa—. Aisling solía esperarme después del trabajo con un vaso grande de agua fría y se lo bebía para que pudiera sentir a Ambrose patear.

—¿Desde cuándo se han convertido todos en una pandilla de viejas solteronas? —Me remangué. Cada vez hacía más calor aquí, o tal vez solo me estaban poniendo de los nervios.

No estaba nada seguro de que evitar el embarazo fuera algo bueno. Pero no tenía otra opción. Miré a Cillian, que permaneció en silencio todo el tiempo. De todos los hombres de la mesa, él era el que más se parecía a mí en cuanto a carácter, salvo por el hecho de que yo poseía algún tipo de corazón y una brújula moral extraña, aunque todavía funcional.

—Es todo basura, ¿no? —le espeté—. Las mujeres embarazadas son hormonales, exigentes y están fuera de sí. Mi padre enviaba a mi madre a vivir con sus padres cada vez que se quedaba embarazada solo para no tener que lidiar con ella.

Todas las miradas se dirigieron a mí. Me di cuenta de que por fin había dicho algo personal sobre mi familia, después de años -décadas- de guardar silencio sobre ella.

Cillian fue el primero en recuperarse.

—Es cierto. Una mujer embarazada puede ser todas esas cosas. —Se encogió de hombros—. Y también es la persona que lleva al ser humano más importante del mundo para ti. La verdad es que uno se enamora de una mujer dos veces. Una vez, para que quieras que te dé un hijo. Y una segunda vez, cuando lo hace y te das cuenta de que no puedes vivir sin ella.

Esa misma noche, salí a trompicones de Badlands y me encontré caminando hacia Madame Mayhem. Los dos establecimientos no estaban demasiado lejos, y me vendría bien el aire fresco del invierno.

Lo pensé durante el juego de cartas y me di cuenta de que quería tomar un papel activo en el embarazo de Emmabelle. ¿No dijo Sweven que el suyo era un embarazo de alto riesgo? Era importante que me mantuviera al tanto en caso de que ella necesitara algo.

Además, quería todas las cosas que tenían mis compañeros.

Bebés volteados.

Niños no nacidos mostrándoles el dedo durante las ecografías.

Vasos grandes de agua fría (de acuerdo, olvidé el contexto en el que se había mencionado esto).

Cuando llegué a Madame Mayhem, recordé lo acertado de su nombre. El caos bullía entre las paredes de color rojo sangre. Había tres personas detrás de la barra. Una de ellas era Emmabelle, con el cabello pegado a las sienes mientras corría de un lado a otro. El local estaba repleto de gente. No había una maldita manera de que cumplieran con el aforo máximo que podía albergar. Los clientes se amontonaban unos sobre otros tratando de llegar a la barra. La relación entre la oferta y la demanda estaba alterada. Las cosas se estaban descontrolando. La tonta tenía más que suficiente para tomarse una licencia anticipada y vigilar su embarazo, pero no era partidaria de ceder el control. Bueno, ya éramos dos.

En el escenario, las bailarinas de burlesque hacían todos los movimientos mal, demasiado distraídas por el alboroto. La banda tocaba fuera de tono.

Me puse detrás de la barra sin pensarlo mucho, me quité la chaqueta de tweed, me remangué y empecé a servir a la gente.

—¿Dónde está la nevera de la cerveza? —grité por encima de la música, usando mi culo para apartar a la madre de mi bebé por nacer—. Y los vasos limpios.

—¿Qué estás haciendo aquí? —Sweven gritó, chorreando sudor. Cabe destacar que no parecía ni medio contenta de ser rescatada por mí.

—Salvándote del colapso —Tomé unos cuantos pedidos a la vez y empecé a abrir botellas de cerveza y a hacer lo mejor posible siguiendo las recetas de los cócteles que recordaba en mi cabeza.

—No necesito... —empezó con su habitual perorata de “soy una mujer independiente”— escúchame. —Me giré bruscamente hacia ella y le puse un dedo sobre los labios—. Ayuda. Lo sé. No lo dudo ni un segundo, o no habría puesto un bebé dentro de ti. Encuentro la necesidad bastante desagradable, para ser honesto. Pero también eres la madre de mi futuro hijo, y no voy a verte trabajar hasta la muerte. ¿Entendido?

Ella me miró fijamente.

—¿Entendido?

—Sí —dijo ella, sorprendida.

Durante la siguiente hora y media, serví cócteles afrutados, rellené cuencos de guisantes con wasabi, cobré de más a la gente por latas de refresco ecológico e incluso recibí una propina similar a la que gano en los primeros quince segundos de una reunión de consulta.

Después, cuando las cosas se calmaron, agarré a Belle del brazo y la arrastré hasta su despacho. Cuando estuvo a salvo dentro, cerré la puerta, me acerqué a una mini nevera, saqué dos botellas de agua y desenrosqué una, entregándosela.

Odiaba su despacho. Era lo suficientemente pequeño y confinado como para que mi cabeza nadara, trayendo malos recuerdos.

—No tengo sed —dijo con sorna.

—Bebe esta agua —dije entre dientes apretados— o le diré a tu hermana lo poco que estás haciendo para proteger este embarazo.

—¿Me vas a delatar? —Sus ojos se entrecerraron.

—En un santiamén, cariño.

Vacilante, comenzó a sorber el agua.

—¿Por qué estás aquí, Devon? —Se apoyó en su escritorio, que, increíblemente, estaba aún más desordenado de lo que recordaba.

¿Necesitaba una intervención? ¿Era una enfermedad tratable?

—Esta noche he tenido una interesante conversación con los chicos. Después de la cual llegué a la decisión de que quiero estar presente durante tu embarazo, no solo después del parto. El primer trimestre es el más crucial, ¿sí? No puedo tenerte corriendo por ahí haciendo el trabajo de cinco personas. Quiero ayudar a cuidarte, y lo primero que pienso hacer es contratar a dos o tres camareros más. Estás terriblemente corta de personal.

—¿Crees que no lo sé? —preguntó ella, apurando el resto de su agua y limpiándose la frente.

Me sorprendió que no se opusiera a mí en ese punto. Además, tenía un aspecto especialmente verdoso y no era la ninfa habitual.

—El problema es que tengo unos estándares insanos y nadie a quien Ross y yo hayamos entrevistado hasta ahora parece lo suficientemente bueno. Tengo que asegurarme de contratar a gente que sea buena con mis bailarines y con los otros camareros.

—No puedes trabajar hasta los huesos.

—¿No puedo? —Su cabeza se balanceaba de un lado a otro, como si no estuviera totalmente conectada a su cuello. Cada vez me preocupaba más que esta mujer fuera a suicidarse solo para demostrar que tenía razón—. He hecho un buen trabajo hasta ahora, ¿no?

—¿A qué precio? —Di un paso en su dirección, usando cada gramo de mi autocontrol para no tocarla. Me parecía antinatural no poner mis manos sobre ella cuando estábamos juntos, pero era algo a lo que tenía que acostumbrarme. Tenía que respetar nuestro acuerdo—. ¿Y por qué querrías hacerlo de todos modos? ¿Esta experiencia no te ha enseñado nada? Hay más cosas en la vida que el trabajo.

Una risa burlona salió de ella. —Es fácil para ti decirlo, eres un maldito miembro de la realeza, bruh16. Naciste en el dinero.

No tenía sentido decirle que no había tenido acceso a un centavo de la fortuna de mi familia desde los veintiún años, o que bruh no era, de hecho, una palabra, sino un escupitajo en la cara al idioma inglés.

—No me engañas a mí ni a ti misma, Sweven. Todos tomamos decisiones emocionalmente y luego etiquetamos el razonamiento racional a ellas. Lo que sea que estés vendiendo, no lo voy a comprar. Debes concentrarte en lo que es importante. Deja que me ocupe de encontrarte nuevos empleados. Hablaré con ese tal Ross. Ya me siento bastante cerca de él, ya que olí sus pelotas hace unas semanas.

Dejó escapar una leve risa, dejándose caer sobre sí misma como si fuera un fuerte de mantas derrumbado, con aspecto cansado y joven.

Demasiado joven de repente.

—¿De acuerdo? —Incliné la barbilla hacia abajo.

Ella asintió.

—Lo que sea. Pero eso no significa que puedas actuar como si estuvieras dirigiendo este espectáculo. Es algo único, ¿de acuerdo?

—Algo único —acepté, cuando en mi corazón sabía que iba a ser una de tantas.

Y que tampoco había terminado de follarla.

Trece

A la mañana siguiente, corrí al baño y vomité lo poco que tenía en el estómago.

Había tenido problemas con las náuseas matutinas desde el comienzo de la semana.

El problema era que solo podía tragar tres cosas sin acercarme a la taza del váter: pasteles de arroz, caramelos de jengibre y coca-cola light.

No soy nutricionista, pero estaba bastante segura de que esas tres cosas no constituían una dieta equilibrada y rica en vitaminas y minerales ni para mí ni para mi bebé.

Sin embargo, me sirvieron para hacer un bonito plan de dieta que me haría perder los dos kilos de más con los que llevaba luchando tres años.

Pegué mi frente al asiento del inodoro, disfrutando patéticamente de su frescura contra mi frente ardiente. Estaba sudada y agotada. El cabello se me pegaba al cuello y colgaba en mechones húmedos.

Parpadeé, con manchas blancas bailando en mi visión mientras intentaba enfocar el suelo verde lima de mi baño.

—Por favor, bebé Whitehall, déjame comer hoy una tostada con algo de queso. Tú necesitas las proteínas y yo necesito la variedad. Entiendo que las náuseas matutinas son la forma que tiene la naturaleza de decir a las mujeres que se mantengan alejadas de todo lo malo, pero te prometo que no me acercaré al café, al alcohol, a la carne cruda ni al sashimi durante los próximos nueve meses. Demonios, voy a añadir pepinillos y caramelos duros si me das un respiro.

El bebé Whitehall, que según una tabla que encontré en Internet, tenía en ese momento el tamaño de un frijol y no encontraba mi súplica convincente. Como no podía ser de otra manera, comenzó otro ataque de vómitos.

Con mis últimas fuerzas, cogí el teléfono y envié un mensaje a Devon.

Belle: Sé que has dicho que quieres involucrarte más. Estoy pensando en reservar una cita con mi ginecólogo.

Devon: ¿?

Belle: No puedo estar a más de medio metro del baño en todo momento.

Devon: ¿Número 1 o 2?

Belle: Tres.

Belle: (vomitando).

Devon: Haré que Joanne reserve una cita y envíe un taxi para ti.

Ah, su secretaria de confianza. Porque cuando dijo que quería involucrarse, lo que realmente quería decir era que quería controlarme hasta que le produjera un bebé sano y regordete.

Belle: Está bien. Puedo hacerlo yo misma.

Devon: Mantenme informado.

Belle: Que te den.

Pero en realidad no envié ese último mensaje. Apestaba a emociones, y yo no lo hice.

Sumida en un charco de autocompasión, arrastré los pies por mi apartamento en forma de caja de zapatos, mirando abatida el lugar y preguntándome dónde iba a caber un bebé entero. El bebé en sí no ocuparía demasiado espacio, pero sus cosas necesitarían una habitación.

Y los bebés de esta época tenían todo tipo de cosas.

Mi hermana y todas mis amigas tenían hijos, y sus juguetes y muebles necesitaban hectáreas de terreno. Cunas, cambiadores, cómodas, sillas, moisés, juguetes. La lista era interminable, y en ese momento me esforzaba por encontrar un lugar para mis tazas de café.

Demasiado agotada para encontrar el alojamiento, pasé la primera mitad del día viendo documentales de crímenes reales en Netflix (porque nada grita más a una futura madre que seguir las crónicas de un asesino en serie). Un golpe en la puerta me sacudió.

Gemí, levantando los pies del sofá. Abrí la puerta de golpe, y solo me di cuenta de que debería haber preguntado quién era cuando el recuerdo de mi viaje al Boston Common y mi acosador resurgió.

Pues bien, la mierda en un cesto.

Había querido llamar a Sam Brennan y preguntarle cuánto cobra hoy en día por un guardaespaldas que proteja a una perra, pero mi niebla cerebral del embarazo se apoderó de mi vida. Además, las cosas habían estado tranquilas los últimos días.

—¿Sweven? —Un tipo con granos en un uniforme de una cadena de tiendas de lujo me sonrió, sosteniendo aproximadamente un montón de bolsas marrones.

Uf. No es un asesino en serie.

—Parece que últimamente respondo a ese apodo, sí —Miré a izquierda y derecha para asegurarme de que estaba solo y de que no le acompañaba un asesino en serie.

—Tengo una entrega para ti. Zumos limpios, cestas de frutas exóticas y comidas preparadas para una semana de OrganicU. ¿Dónde pongo esto?

Hice un gesto con la cabeza hacia la cocina, guiando el camino.

El papá de mi bebe era un imbécil, pero al menos era considerado.

Llegué al trabajo con el aspecto de haber sido arrastrada por un castor enfadado. Los ojos inyectados en sangre, el cabello recogido al azar en un moño y un vestido al que me refería cariñosamente como el vestido del periodo. Por una razón.

Al entrar en el club, me di cuenta de que Ross estaba de pie con tres personas que no reconocía. El corazón se me agitó inmediatamente en el pecho. No me gustaban los extraños, en general, pero sobre todo después de los incidentes con el hombre extraño en mi club y el otro hombre que me había perseguido en Common.

—Oh, bien. La bella durmiente está aquí —Ross se giró para mirarme, entregándome mi café. Lo coloqué en la barra, el mero olor de éste me hizo querer vomitar cada porción de pizza que había consumido en mi vida.

—Solo llego tres minutos tarde —Dejé caer mi bolso sobre el mostrador y no tan elegantemente me dejé caer en un asiento—. Sin ánimo de ofender, pero, ¿quién demonios es esta gente?

—Tus nuevos empleados, contratados por un tercero. Encantador, ¿verdad?

Ese tercero, supuse, era Devon Whitehall. El hombre que se las arregló para ser un padre helicóptero antes de que el bebé naciera.

La primera empleada fue Morgan, una escupidora con problemas de verticalidad, con cabello pixie, un aro en la nariz y suficiente actitud para iluminar Las Vegas. Se presentó como una mixóloga certificada con cinco años de experiencia en el restaurante con estrella Michelin de Troy y Sparrow Brennan y me explicó con asertividad que había sido contratada específicamente para trabajar en doble turno.

La segunda era Alice, una cuarentona con veinte años de experiencia dirigiendo un bar en Nueva York. Las manos ásperas de Alice daban a entender que estaba bien versada en echar a los rastreros y a los alborotadores de los bares si era necesario.

El tercer empleado era un hombre llamado Simon Diamond (¿nombre artístico, alguien?), que tenía aproximadamente el tamaño de un camión RAM. Simon me miró todo el tiempo como si fuera un prisionero al que tenía que evitar que huyera. Cuando le pregunté por su experiencia laboral, me dio una explicación a medias.

—Fui portero de discoteca durante una década.

—Oh. No necesitamos más gorilas —Sonreí amablemente, ya planeando que Ross y Morgan le enseñaran a hacer cócteles.

Simón me devolvió una sonrisa, pero me hizo crujir los huesos de miedo.

—No estoy aquí para ser un gorila.

—¿A qué has venido? —Tomé un sorbo de mi café e inmediatamente lo devolví a la taza. Mala idea. Mala, mala idea. Al bebé Whitehall no le impresionó mi promesa incumplida de no tocar la cafeína.

—Esto y aquello. Todo, en realidad.

—Un hombre de todos los oficios, ¿eh? Bueno, eso no será necesario.

—Ya me han pagado los próximos nueve meses, señora. No podrá deshacerse de mí.

No sabía qué me resultaba más desconcertante. El hecho de que forzara su presencia en mí o el hecho de que me llamara señora.

Tampoco tenía idea de cómo Devon convenció a estas personas para que trabajaran para mí. Obviamente estaban sobrecualificados. Estaba bastante segura de que pagaba una barbaridad para compensar el hecho de que iban a servir un montón de gin-tonics a hombres de mediana edad que venían a echar un vistazo a las bailarinas de burlesque.

—Belle, cariño, un poco más de aprecio y un poco menos de mal humor seria genial —Ross salió de la oficina trasera y se dirigió a la barra, con un aspecto sombrío y un poco desanimado. Ni siquiera me di cuenta de que se había ido—. Devon me puso al tanto del hecho de que estás comiendo por dos.

Me puso una mano en el hombro y me miró.

—¿Por qué demonios no me lo dijiste? Pensé que era uno de tus mejores amigos.

—Lo eres —Me lamí los labios, no estaba acostumbrada a que me reprendieran, pero lo agradecí de todos modos porque Ross tenía todo el derecho a sentirse herido—. Lo siento, Ross. Es solo porque... cosas de la salud en general. Es un embarazo de alto riesgo, así que no quería anunciarlo antes de tiempo.

—Oh. —Podía sentir que se descongelaba, pero aún no estaba contento de que se lo hubiera ocultado.

—Devon necesita ser amordazado. Me sorprende que no haya encargado una pancarta de Times Square —Miré a mi alrededor desapasionadamente. Hablando de pancartas y vallas publicitarias, mis días de posar desnuda habían terminado. El bebé Whitehall iba a tener suficiente material para su futuro terapeuta sin que mi desnudez se sumara a la mezcla.

—Dale tiempo. Puede que también lo haga.

Le hice un gesto a Ross con el dedo. Volvió a cerrar el dedo corazón en mi puño, pero no había ira en su voz.

—Lo dejaré pasar, porque parece que has experimentado muchos cambios en las últimas semanas.

Me mordí el labio inferior, y decidí dejar de lado la farsa de romper pelotas por un segundo. Se trataba de Ross. Mi Ross.

—Gracias.

—De nada.

—Así que... lo has conocido —No puse un signo de interrogación al final de la frase. Mis entrañas se licuaron.

—Lo he hecho —Ross asintió crípticamente con la cabeza mientras Morgan, Alice y Simon fingían mirar el lugar y hablar entre ellos.

—Y... ¿qué te pareció?

—Creo que... —me revolvió el cabello, jugando con él cariñosamente— está más bueno que la polla del diablo, habla como un duque de Netflix y está loco por ti. Apruebo el acuerdo.

—Gracias por darme la bendición que no pedí.

—De nada. Y ya que estamos en el tema, sé que te las vas a arreglar para estropearlo de alguna manera, porque eres alérgica a las relaciones, pero por favor, Belly-Belle, por favor, ¿podemos quedarnos con él solo un poco más? —Dio una palmada y me puso ojos de cachorro, como un niño que se encuentra con un gato callejero que quiere adoptar.

—No —Saqué un pequeño espejo de mi bolso y comprobé mi lápiz de labios rojo, usando mi dedo meñique para limpiar las líneas—. Su trabajo está hecho.

—Deberías decirle eso. Me amenazó con que, si te dejaba trabajar en el bar esta noche, me patearía el culo personalmente. Así que voy a seguir adelante y enviarte a trabajar a la oficina hasta no más tarde de las seis, después de lo cual volverás a casa.

—¿A las seis? —Rugí—. ¡Son las cuatro ahora mismo!

—Las cuatro y veinte. No olvides que llegas tarde. —Ross agarró el pequeño espejo, comprobando su propio reflejo. Levantó las cejas para comprobar su situación de Botox. En mi opinión, le quedaban al menos tres meses más antes de tener que visitar a su dermatólogo.

—No puedes echarme de mi propio lugar de trabajo —Tomé el espejo y lo metí en mi bolso.

—¿Quieres apostar? El Sr. Whitehall me pidió que te remitiera a la cláusula 12.5 de su contrato -por cierto, tan caliente que tienes uno- en la que, si pone en peligro a su hijo no nacido, puede tener motivos para demandarte.

Santo cielo. ¿Por qué no pude quedarme embarazada de Friendly Front Runner? No le importaría un carajo que yo bebiera hasta morir bajo un puente.

No tenía sentido discutir con Ross o Devon. No porque fuera una persona que dejara pasar la oportunidad de discutir, sino porque me vendrían bien unas horas de sueño. Estaba agotada. Por mucho que odiara admitirlo, Devon tenía razón: necesitaba descansar.

A regañadientes, me retiré a mi despacho. Al encender mi MacBook, vi una pila de sobres en el borde de mi escritorio. Recordé lo que Devon había dicho sobre abrirlos para asegurarme de que no eran solo cartas de odio.

¿Quizá me haya tocado la lotería?

¿Quizás haya algún correo de fans ahí, diciéndome lo increíble que fui por celebrar las maravillas extravagantes, divertidas y sexualmente liberales del burlesque?

Sacudí la pila hacia mí y comencé a tamizarla.

Un montón de facturas que ya había pagado, dos cartas furiosas sobre mi papel sustancial en la corrupción de la juventud de Boston, y una carta de agradecimiento de una mujer que vino a ver un espectáculo hace unos meses y se inspiró para dejar su trabajo como bióloga marina y unirse al reparto de burlesque de El sueño de una noche de verano.

Recogí otra carta, esta vez impresa.

Para: Emmabelle Penrose.

Lo abrí.

La carta era corta y contenía una dirección de retorno de un apartado postal en Maryland.

Emmabelle,

¿Ya estás preocupada por tu vida?

Deberías estarlo.

Si prestaras más atención a lo que ocurre a tu alrededor, te habrías dado cuenta de que te he estado observando desde hace mucho tiempo.

Planeando mi venganza.

Sé dónde vives, dónde trabajas y con quién andas.

Esa es la parte en la que te asustas. Tendrías razón. No voy a descansar hasta que estés muerta.

Nadie puede ayudarte.

No el marido de tu mejor amiga, Sam Brennan.

No tú hermana idiota, Persephone, o su marido multimillonario.

Ni siquiera ese hombre elegante con el que has estado saliendo últimamente.

Una vez que me decidí, tu destino estaba sellado.

Puedes llevar esta carta a la policía. De hecho, te animo a hacerlo. Solo te dará más mierda de la que preocuparte y perturbará tú ya desordenada vida.

Voy a matarte por lo que me hiciste.

Y ni siquiera voy a lamentarlo.

Nunca tuyo,

La persona a la que le quitaste todo.

Mi estómago se retorció, apretándose alrededor del estúpido zumo puro que me tomé para desayunar.

Así que ese hombre en el Boston Common estaba allí por mí.

¿Era la misma persona que pensaba que le había perjudicado, o estaba allí solo para espiar?

De cualquier manera, alguien estaba detrás de mí.

Detrás de mi vida.

Un enemigo invisible.

Una soga se formó alrededor de mi cuello.

¿Quién podría ser?

Haciendo inventario, tuve que admitir que estaba lejos de ser la persona más agradable del planeta Tierra, pero de ninguna manera tenía archienemigos. No había hecho daño a nadie, a nadie que se me ocurriera. Desde luego, no hasta un punto de tanta rabia.

Hubo un incidente hace mucho tiempo. Pero la única persona afectada ya no estaba viva.

Menos mal que tenía una pistola, que iba a llevar conmigo a todas partes a partir de ahora por si acaso, conocimientos de Krav Maga, y la actitud de perra mala con la que estrangular a esta persona con mis propias manos si se acercaba a mí.

Además, no podía anunciar exactamente lo que me estaba pasando. Contarle a Devon y a mis amigos más cercanos esta carta solo crearía más caos.

Tal y como estaba, el padre de mi bebé estaba intentando tomar el control de mi vida, y yo no quería darle más margen del que ya tenía para tomar decisiones en mi nombre.

No, este era otro reto que tendría que afrontar de frente.

Había otra persona de la que tenía que ocuparme, e iba a matar por ella si era necesario.

Mi bebé.

Catorce

La revisión del ginecólogo llegó justo a tiempo. Estaba ansiosa por saber cómo era la vida del bebé Whitehall dentro de mi hostil vientre y también por conseguir unos cinco mil medicamentos recetados para mis náuseas matutinas, que ahora me hacían perder dos kilos, voluntariamente, por supuesto.

Joanne, la secretaria de Devon, me llamó por la mañana para decirme que había enviado un taxi para mí. Parecía la persona más dulce del planeta Tierra, Jennifer Aniston incluida.

—No digo que sepa de qué se trata, pero espero que nuestro amigo Lord Whitehall te esté tratando bien —cacareó en la otra línea.

—Señora, me está tratando demasiado bien.

—¡No existe tal cosa! —bramó. Prácticamente pude oírla contemplar sus siguientes palabras antes de que dijera—: De nuevo, no tengo ni idea de para qué estoy reservando esto, pero... espero que esto se mantenga. Es un hombre fantástico. Fuerte, seguro de sí mismo, robusto, afilado. Se merece una buena mujer.

Lo hace, pensé con amargura. Lástima que yo sea incapaz de ser eso para él.

Cuando subí al taxi una hora más tarde, con unos lentes de sol enormes y un abrigo de piel sintética, me sorprendió ver a Devon sentado en el otro extremo del asiento del copiloto, vestido con un elegante traje y un chaquetón, tecleando correos electrónicos en su teléfono.

—Sweven —Se guardó el teléfono y se volvió hacia mí con su característico acento de Hugh Grant. Que me jodan.

—Imbécil —le respondí, todavía enfadada por el hecho de que se hubiera metido en mis asuntos, figurada y literalmente—. Estás aquí. Qué bien. Debería haber sabido que intentarías tomar el control de esta situación también.

—¿Disfrutando de tus nuevos empleados? —No hizo caso a mi puñalada. Todas ellas, en realidad. ¿Por qué no se echaba atrás? ¿Por qué no se rendía ante mí, como todos los demás hombres a los que agoté hasta la sumisión?

—Pregúntame en una semana.

—Pondré un recordatorio —No pude saber si era sarcástico o no.

—Te voy a pagar por ellos, sabes —Apoyé la cabeza contra el asiento fresco y cerré los ojos para aliviar el malestar.

—Te ves terrible, cariño.

—Gracias, cariño —¿No era yo un manojo de alegría?

—Con eso quiero decir que te ves agotada. ¿Cómo puedo ayudar?

—Puedes apartarte de mí cabello.

—Lo siento, huele demasiado bien.

Dejo escapar una sonrisa cansada.

—No te voy a apartar con esta actitud, ¿verdad?

Se encogió de hombros, lanzándome una sonrisa ladeada que hizo que mi corazón se ralentizara casi hasta detenerse por completo.

—Las cosas exquisitas suelen tener espinas. Es para alejar la atención no deseada.

—¿De verdad crees que vas a follarme otra vez, eh? —Parpadeé.

—Afirmativo —confirmó.

Cuando llegamos a la consulta del doctor Bjorn, mi ginecólogo tenía la extraña impresión de que Devon era un ex novio mío y que habíamos reavivado nuestro romance. No hay razón para que piense eso, por supuesto. Simplemente lo hizo.

—No hay nada que me guste más que las viejas llamas vuelvan a encenderse debido a la creación de un bebé —Nos condujo a los dos a una sala de revisión, aplaudiendo con entusiasmo.

—La única analogía de fuego que usaría para este hombre sería que yo le prendiera fuego —le aseguré al feliz doctor.

Devon se rio sombríamente, frotando mi espalda en círculos reconfortantes. Atravesamos el pasillo repleto de fotos de bebés dormidos en cestas. Cuando lo pensabas, los bebés y los gatitos tenían mucho en común en términos de apropiación.

—Cómo puedes ver, sus hormonas ya están por las nubes —Devon estaba siendo deliberadamente machista para moler mis engranajes.

Sin embargo, no iba a dejar que supiera que me estaba molestando.

—No espere campanas de boda, doctor Bjorn —dije. Necesitaba asegurarme de que Devon supiera que no estaba dispuesta a aceptar. Ya estaba al borde de un ataque de ansiedad solo por estar con él.

Algunas chicas no querían ser tocadas después de una experiencia traumática.

¿Pero yo? Mi cuerpo era muy receptivo a la atención masculina. Era mi cerebro, mi corazón y mi alma los que rechazaban por completo la idea de ellos.

Entramos en una pequeña sala con armarios de madera, una mesa de exploración y más gráficos sobre bebés y enfermedades de transmisión sexual.

—Tomo nota, Sra. Penrose. Entonces, Sr. Whitehall, ¿le gustaría unirse a nosotros para el examen de ultrasonido vaginal? —Mi ginecólogo le preguntó a Devon, no a mí. Estos dos estaban realmente congeniando.

Además, ¿no debería ser yo quien decidiera tal cosa?

—No lo haría —dije al mismo tiempo que Devon exclamó:

Estaría encantado.

El doctor Bjorn miró entre nosotros.

—Mis disculpas. Normalmente, cuando un hombre llega con su pareja para una ecografía, saco una determinada conclusión. Siento haberme excedido. Les dejaré decidir y volveré en unos minutos. Por favor, asegúrese de estar en bata y desvestida de cintura para abajo en la mesa de exploración, Sra. Penrose.

Devon y yo nos quedamos mirando fijamente durante unos segundos antes de que él dijera:

—¿Y cuál es tu problema?

—Es un examen vaginal.

—¿Y? He visto la tuya antes desde todos los ángulos. La he follado, lamido, tocado y jugado con ella.

—Este es un momento crucial en mi vida, cavernícola —grité.

—Íntimo para los dos. Es mi hijo el que está ahí —Señaló mi estómago.

—Y mi vagina —le recordé.

—Dios mío, eres infantil —Por fin, por fin, había terminado con mi comportamiento. Pero no se sintió ni la mitad de satisfactorio que pensé que sería.

—Bueno, soy más de una década más joven que tú.

—Mira —suspiró, sacudiendo la cabeza como si yo fuera un niño revoltoso—. Prometo no mirar a ningún sitio... sensible. Solo quiero ver al bebé. Mi bebé.

—No hay nada que ver —Levanté las manos en el aire—. En este punto, es tan grande como un frijol.

—Nuestro frijol —corrigió.

Tenía razón, y yo odiaba que tuviera razón. También odiaba que no pudiera decirle que no. Ni a lo de los empleados ni a lo de acompañarme al médico ni a nada más. Porque la verdad era que... hacer cosas con alguien más cerca no se sentía tan mal después de todo.

—Bien. Pero si miras mi muffin, juro por Dios que voy a destruir tus productos horneados.

Me miró con el ceño fruncido.

—Tienes que trabajar en tus analogías.

—Quise decir que te golpearía en las bolas.

—Sutil.

La ecografía vaginal fue todo lo bien que puede ir una ecografía vaginal. Devon y yo vimos el pequeño punto en mi útero, estático y orgulloso. Ambos lo miramos con asombro y admiración.

—El pequeño frijol se ve bien. Asegúrate de descansar y mantener tus niveles de estrés bajos —Ese era el doctor Bjorn hablando. A Devon, naturalmente.

—Entendido, Doc.

—Muy bien, bájate y reúnete conmigo en mi oficina.

Fue entonces cuando miré fijamente a Devon.

—¿Te importa?

Lo sorprendí mirándome como si acabara de hacer un truco de magia que no hubiera visto antes. Grandes ojos azules nadando de emoción y orgullo. Y eso me mató. Me mataba no poder rodearlo con mis brazos y besarlo y decirle que yo sentía lo mismo.

Todo ello. La conmoción. La emoción. El asombro.

En cambio, levanté las cejas, como si dijera ¿bien?

—Sí. Por supuesto —Devon se levantó, mirando a su alrededor, como si tuviera otra razón para quedarse—. Yo solo... bueno, sí. Sí. Nos vemos en la consulta del médico cuando termines de vestirte.

El doctor Bjorn me recetó unas pastillas para aliviar las náuseas matutinas y nos dijo que estábamos haciendo un buen trabajo. No estaba segura de que Devon hubiera estado de acuerdo con la valoración si hubiera sabido que llevaba una Glock en el bolsillo y que estaba dispuesta a pelearme con un acosador en cualquier momento.

Salimos de la oficina y llamé al ascensor mientras Devon tomaba las escaleras. No intenté convencerlo de que bajara conmigo en el ascensor. Sabía muy bien que no me gustaba que la gente me empujara fuera de mi zona de confort o que minimizara mis desencadenantes, así que traté de adaptarme a sus preferencias.

Volvimos a encontrarnos en la planta baja y nos pusimos uno frente al otro en la calle, entre rascacielos y peatones.

De repente, tuve un sudor propio. Una visión de nosotros cogidos de la mano. Sonriendo el uno al otro. Disfrutando de este momento, como una pareja cualquiera.

Devon se aclaró la garganta y miró hacia otro lado.

—Será mejor que me vaya a trabajar.

—Bien. —Me acomodé la cola de caballo—. Yo también. Tengo empleados que entrenar.

—Debe ser un fastidio —ofreció amablemente.

—Un mal necesario —concluí.

Detenme. Dime que no me vaya. Quedémonos un poco más.

Vaya. No tenía ni idea de dónde venían esos pensamientos.

—Bueno, nos vemos luego —Di un paso atrás y salí a la calle.

Empecé a caminar en dirección contraria cuando su voz atravesó el aire.

—Quizás...

Me congelé en mi lugar, con el alma en la garganta. ¿Sí?

—¿Te gustaría almorzar? Ya has oído lo que ha dicho el médico. Necesitas mantener tus niveles de energía. Puedo recoger tus pastillas mientras esperas nuestro pedido. Hay un café al final de la calle...

—Sí. —Me giré bruscamente. Todo mi cuerpo se estremeció. De emoción. De miedo—. Sí. Necesito comer.

—Sí. Está bien. Muy bien.

Ninguno de nosotros se movió. Otra vez. Hace unas semanas estábamos follando como si el mundo se acabara, ¿y ahora estábamos siendo incómodos? ¿Cómo era esta mi vida?

—Cualquier momento sería bueno ahora —Me crucé con los brazos sobre el pecho, sacando una cadera con una sonrisa—. Hoy, mañana. Pasado mañana.

Dejó escapar una risa y se precipitó hacia mí. Apretó su mano contra la parte baja de mi espalda y, lo juro, una sacudida de electricidad recorrió sus dedos y explotó justo entre mis piernas.

Qué carajo.

Qué carajo.

Qué carajo.

—Frijol se ve muy lindo, ¿eh? —pregunté cuando nos dirigimos a la cafetería más cercana. La gente hizo una doble mirada al verme -probablemente me reconocieron por los carteles- pero también se quedaron mirándolo a él. Todo el mundo sabía que había un miembro de la realeza británica viviendo en Boston.

—Elegante —estuvo de acuerdo—. Todavía no he visto un frijol más bonito.

—Ni siquiera me gustan mucho las legumbres —Dios mío, ¿qué estaba diciendo?

Devon se rio.

—Pequeña loca.

—¿Dev?

—¿Hmm?

—Ahora es un buen momento para decirme por qué eres un claustrofóbico furioso.

—Pregúntame más tarde.

—¿Cuánto tiempo después?

—Cuando confíe en ti.

—Puede que eso no ocurra nunca —señalé.

—Exactamente.

Llegamos a una pintoresca cafetería con ventanales y flores en las mesas. Cuando la anfitriona nos indicó nuestra mesa, recorriendo con su mirada el cuerpo de Devon, gemí internamente.

Me pregunté si eso habría sucedido si yo estuviera apareciendo.

Luego me recordé a mí misma que no importaba porque no éramos una pareja.

—¿No es usted un Lord? Quiero decir, un duque —La camarera le aduló.

Devon le dirigió una sonrisa cortés pero breve.

—Marqués —corrigió.

Después de apartar mi silla para que me sentara, el papá de mi bebé procedió a pedir todo el menú sin siquiera mirarlo.

—Tenemos veintisiete platos en el menú —advirtió la camarera, batiendo las pestañas hacia él. ¿Era invisible al lado de este bastardo?

—Bien. A mi cita le gusta la variedad —dijo Dev. Tenía la sensación de que se refería a mis conquistas sexuales.

—¿Algún orden en particular en el que quieras que salga la comida? —La camarera estaba ahora medio apoyada en él, y de nuevo, quería agarrar el tenedor de la mesa y metérselo entre los ojos.

—Pregúntale a mi cita. Mientras estás en ello, ¿podrías tener la amabilidad de vigilarla? Es muy buena haciendo que me preocupe.

Tomó mi receta y mi carné de conducir y cruzó corriendo la calle hasta la farmacia para comprar mis pastillas para las náuseas matutinas.

Cuando volvió, me di cuenta de que la bolsa que llevaba era mucho más grande de lo que debería.

—¿Compraste todo el local? —Levanté una ceja, sorbiendo un zumo terriblemente verde y ofensivamente saludable.

Más vale que este bebé salga preparado para un triatlón porque lo estaba haciendo todo bien.

Devon dio la vuelta a la bolsa y vertió su contenido sobre la mesa.

—¿Sabías que hay un pasillo entero dedicado a las embarazadas?

—Sí— dije con toda naturalidad.

—Bueno, no lo sabía. Así que decidí comprar todo lo que tenían para ofrecer. Tenemos cosas para la acidez, suplementos dietéticos, náuseas matutinas, estreñimiento y desequilibrio vaginal.

—Te refieres a un desequilibrio del pH. Si mi vagina estuviera desequilibrada, la enviaría a un psiquiatra de coños.

Devon escupió el sorbo de café que tomó mientras se sentaba. Se reía mucho. Sentí su risa burbujeando en mi propio pecho.

—Mi madre te va a adorar —dijo con tono inexpresivo.

Sorprendentemente, me encontré riendo en voz alta a pesar de mis esfuerzos por no hacerlo. No solo porque la idea de que yo conociera a su madre era descabellada, sino también porque él tenía razón. A su familia probablemente le daría un infarto si me conociera.

—¿Le has contado lo de tu nuevo estatus? —Le pregunté.

—Sí.

—¿Y?

—No estaba impresionada —admitió.

—¿Y...? —Indagué, mi corazón se hundió un poco.

—Tengo cuarenta años y estoy en condiciones de hacer lo que me plazca. Y lo que quería hacer eras tú. Caso cerrado.

Había mucho más que quería preguntar, saber, pero no tenía derecho a indagar. No después de que trazara una gruesa y deslumbrante línea entre nosotros.

—Cuéntame un poco sobre tu miedo a los ascensores, los autos, los aviones, etcétera. —dije mientras comía unos huevos benedictinos.

Sonrió.

—Buen intento. No te has ganado mi confianza en la última media hora. Y, para ser franco, no creo que lo hagas nunca.

—¿Por qué no?

—No se puede poner la confianza en manos de alguien que no confía en sí mismo. No estoy en contra de contarte mi historia, Emmabelle, pero las debilidades deben intercambiarse de la misma manera que los países intercambian rehenes de guerra. Es algo bastante sangriento y sombrío, ¿no? Nuestras inseguridades. No hay que ceder información sin ganar algo.

—Ja —Sonreí, untando con mantequilla un trozo de tarta de zanahoria, aunque no tuviera sentido—. ¿Así que no eres, de hecho, perfecto?

—Ni siquiera cerca. Ni siquiera en el reino —Su sonrisa era contagiosa.

Agaché la cabeza y traté de concentrarme en la comida.

—Bueno, yo tampoco estoy preparada para depositar mi confianza en ti todavía —admití.

—¿Sería tan malo? —preguntó amablemente—. ¿Tener algo de fe en otra persona?

Lo pensé un poco y luego asentí lentamente.

—Sí, creo que sí.

Me sostuvo la mirada. Tuve la sensación de que estaba cometiendo un terrible error y, sin embargo, no pude evitarlo.

—¿Te estoy esperando, Emmabelle? —preguntó en voz baja—. ¿Hay alguna razón para que te espere?

Di que sí, idiota. Dale algo a lo que aferrarse, así tendrás algo a lo que aferrarte.

Pero la palabra salió de mi boca de todos modos. Dura y contundente, como una piedra.

—No.

Durante la siguiente hora y media, hablamos de todo lo que no fueran nuestras respectivas fobias a los lugares cerrados y a las relaciones.

Hablamos de nuestros amigos comunes, de nuestras infancias, de política, del calentamiento global y de nuestras manías: la suya incluía cuando la gente decía –literalmente- cuando lo que querían decir no era, de hecho, literal; la mía consistía en usar el mismo cuchillo para la mantequilla de cacahuete y la mermelada, y cuando la gente me decía que no me iba a creer algo, cuando lo iba a creer absolutamente.

—¡Los humanos son simplemente deplorables! —Levanté las manos, resumiendo nuestro almuerzo. Devon pagó la cuenta y, si no me equivoqué, también estaba dejando una propina increíble.

—Inexcusable —cimentó. Me alegré de que estuviera de acuerdo con nuestra conversación después de que le dijera que no me esperara—. Pero uno debe tratar con ellos de todos modos.

—Gracias por no ser completamente horrible, cariño—. Apreté mi puño contra su bíceps de forma amistosa. Mala decisión. Me encontré con sus abultados músculos a través de su ropa e inmediatamente quise saltarle encima.

Devon levantó la vista de la factura y me pasó el pulgar por la frente.

—Cariño, ¿tienes fiebre? Creo que me acabas de hacer un cumplido.

—Bueno, acabas de pagar una comida infernal. No era mi intención ni nada parecido —resoplé. Así se hace, Belle. Canalizando tu niño de cinco años interior.

—Te estás descongelando —Sonrió.

Hice un sonido de náuseas y recogí mi bolso.

—No en esta vida. Como dije, no esperes a que cambie de opinión sobre nosotros.

Me acompañó a un taxi para llevarme a Madame Mayhem y luego esperó conmigo cuando el conductor dio vueltas durante diez minutos tratando de encontrarnos y se disculpó profusamente, diciendo que acababa de mudarse a Boston desde Nueva York.

El conductor aparcó delante de nosotros, y Devon hizo el truco de la cabeza de pato en la ventana y le dijo que condujera muy despacio porque su mujer estaba embarazada y tenía náuseas, lo que me hizo querer vomitar de emoción y de miedo al mismo tiempo.

Devon se erigió de nuevo a su altura y me rozó la mandíbula con ternura. El gesto fue tan suave, tan delicado, que un escalofrío me recorrió la columna vertebral, haciéndome sentir un cosquilleo en la piel. Se inclinó hacia delante y percibí su aroma. Picante y oscuro. Un aroma que había llegado a perseguir cada vez que salía de mi oficina o de mi cama.

Me encontré admirando los planos de su cara. Me picaba la punta de los dedos para tocarlo. Saber que llevaba su ADN dentro de mí me producía una emoción que nunca había sentido en mis treinta años de club.

Inclinó la cara hacia un lado y, por un momento, pensé que iba a besarme. Atraída por él como una polilla a la llama, me puse de puntillas y abrí la boca. Su cuerpo se adelantó, rodeándome. Mi corazón empezó a latir con fuerza.

Estaba sucediendo.

Estábamos rompiendo las reglas.

Cuando Devon estuvo unos centímetros detrás de mí, pasó su brazo por encima de mi hombro y abrió la puerta del auto, haciéndose a un lado para dejarme espacio para entrar.

Santa mierda, que vergüenza.

Casi le devoro la cara cuando lo único que quería era ayudarme a subir a un taxi.

—Que tengas un buen día, Emmabelle —Dio otro paso hacia atrás, con un aspecto despreocupado y seco como la mierda.

—¡Sí! —Se me quebró la voz. Hola, Belle de trece años—. Tú también.

Durante todo el trayecto en taxi hasta el trabajo, me recordé a mí misma que todo esto era obra mía. Quería mantenerlo alejado. El manoseo con un hombre mayor tenía su precio, y una vez lo había pagado muy caro.

Así es como empieza, reprendí las semillas de esperanza que habían echado raíces en mi interior. Dulce y sin pretensiones. Es todo diversión y juegos hasta que destruye tu vida.

Pero ya nadie iba a destruirme.

Entonces me acordé de una de las citas que cuelgan en la pared de mi apartamento.

No pasa nada.

Acabas de olvidar quién eres.

Bienvenida de nuevo.

Quince

Llegué a suelo inglés aproximadamente veinte minutos después de que el abogado de mi padre, Harry Tindall, regresara de sus exóticas vacaciones.

Dejé a Sweven con el corazón encogido. No porque fuera a echarla de menos (aunque, patéticamente, sospechaba que iba a ser así), sino también porque parecía una experta en meterse en problemas.

Me consoló el hecho de que había tomado algunas medidas para garantizar su seguridad. Tan bien como se podía, al menos.

Además, no esperaba estar en Inglaterra más que unas pocas horas.

La lectura del testamento tuvo lugar en el despacho de Tindall en Knightsbridge. Un asunto oficial que debería haberse hecho la semana en que mi padre había fallecido. Más vale tarde que nunca, supongo.

Me sorprendió que mi madre y Cecilia, que se suponía que estaban escasas de dinero, no parecieran hostiles a la idea de esperar a que Harry volviera de sus vacaciones. Por otra parte, yo les enviaba dinero y llamaba a mamá cada dos días para asegurarme de que le iba bien.

Llegué al despacho de Harry todavía con mi ropa de trabajo. Ursula, Cece y Drew ya estaban allí, sentados frente al escritorio de Tindall.

—Solo tardará unos minutos —dijo su secretaria. La mujer de aspecto joanino17 con un traje de tweed completo trajo los refrescos al interior. Drew atacó la bandeja de pastelería y el café recién hecho antes de que lo pusieran en el enorme mostrador de la sala de juntas.

Mi madre me abrazó con fuerza.

—Me alegro de verte, Devvie.

—Lo mismo, mami.

—¿Cómo está esa mujer?

Esa mujer era Emmabelle Penrose, y por mucho que me molestara que no quisiera montarme como un caballo sin domar, no podía negar el placer que había sentido cada vez que pasábamos tiempo juntos.

—Belle está bastante bien, gracias.

—No puedo creer que vayas a ser padre. —Cecilia se abalanzó sobre mí para abrazarme como un oso.

—Yo sí. Es hora de que produzca un heredero. Si la muerte de Edwin nos ha recordado algo, es que tener a alguien a quien dejar tu legado es importante.

Pero esa no era la razón por la que me entusiasmaba ser padre. Quería todas las cosas que veía hacer a mis amigos con sus hijos. Los partidos de béisbol y las salidas a patinar sobre hielo y los veranos bañados por el sol en el Cabo, y echar un polvo rápido en la ducha cuando los niños estaban viendo a Bluey en la otra habitación.

Quería la felicidad doméstica. Para transmitir no solo mi fortuna y mi título, sino también mi experiencia vital, mi moral y mis afectos.

El Sr. Tindall entró con un aspecto bronceado y bien descansado.

Tras una ronda de apretones de manos, condolencias a medias y un monólogo terriblemente aburrido sobre las vacaciones en la isla del Sr. Tindall, finalmente abrió el expediente que contenía el testamento de mi padre.

Tomé la mano de mamá y la apreté para tranquilizarla. La encontré húmeda y fría.

Antes de la lectura del testamento, Tindall se aclaró la garganta, agitando la barbilla. Era un hombre muy corpulento, con tendencia a ponerse de color rosa cuando se ponía nervioso. No es lo que se llama una persona con buena apariencia.

—Me gustaría comenzar diciendo que este testamento es ciertamente poco convencional, pero fue escrito de acuerdo con el deseo de Edwin de preservar los valores y principios de la familia Whitehall. Dicho esto, espero que todo el mundo se mantenga respetuoso y sensato, ya que, como todos saben, es irrevocable.

Mamá, Cecilia y Drew se revolvieron en sus asientos, lo que indicaba que tenían una idea clara de lo que podía contener el testamento. A mí, en cambio, no me importaba especialmente. Tenía mi propia fortuna y no dependía de la de nadie más.

Pero cuando Harry Tindall comenzó a leer el testamento, me sentí cada vez más confundido.

—El castillo de Whitehall Court va a Devon, el primer hijo...

El patrimonio era para mí, el hijo que rechazó y aborreció completamente y que no había visto en dos décadas.

—La cartera de inversiones de dos coma tres millones de libras va a Devon.

También lo hicieron todos sus fondos.

—La colección de autos va a Devon ...

En resumen, ahora todo me pertenecía. Me preparé para el remate. Yo figuraba como único heredero de los bienes y el dinero, pero no había forma de que esto no se condicionara. Cuanto más hablaba Tindall, más se encogía mi madre en su asiento. Cecilia miró hacia otro lado, con lágrimas grandes rodando por sus mejillas, y Drew cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás, como si no quisiera estar allí.

Y entonces, lo encontré. La letra pequeña. El desafío violento.

El Sr. Tindall levantó la voz cuando llegó a la última frase.

—Todas las propiedades y los fondos serán entregados a Devon Whitehall, el marqués de Fitzgrovia, el día de su boda con Lady Louisa Butchart. Hasta entonces, serán retenidos y mantenidos por Tindall, Davidson and Co. En caso de que el señor Whitehall rechace el acuerdo, y/o no se case con la señorita Butchart durante un período superior a doce meses naturales a partir de la fecha de la lectura del testamento, las propiedades y los fondos mencionados serán liberados y transferidos a las múltiples organizaciones benéficas que Edwin Whitehall ha mencionado. —Tindall levantó la vista y arqueó una ceja—. A partir de aquí hay una lista de The Masters of Foxhounds, dedicada a la protección del deporte, y otras organizaciones benéficas cuestionables. En caso de que Devon y Louisa no se casen. Pero, por supuesto, estoy seguro de que no llegaremos a ese punto.

Maldita sea.

Edwin Whitehall no había dejado nada a su esposa, hija o yerno. Incluso desde su tumba, trató de intimidarme para que me casara con Louisa, y ahora, había arrastrado al resto de mi familia a ese lío.

Un recuerdo lejano de mi conversación con Edwin cuando tenía catorce años resurgió.

—Ahora sé un buen chico y ve a disculparte con Louisa. Este asunto está resuelto. Te casarás con ella cuando termines la Universidad de Oxford, y ni un momento después, o perderás toda tu herencia y tu familia. ¿Entendido?

Solo que nunca acabé yendo a Oxford. En cambio, fui a Harvard.

Lo dijo alto y claro hace décadas. Era su camino o la carretera.

Ahora había creado la tormenta perfecta. Mi madre sabía que, si no me casaba con Lou, se vería despojada de todo lo que tenía, y ya tenía problemas económicos. Por eso hoy se mostraba tímida y cautelosa. Por eso la noticia del embarazo de Emmabelle casi la destruye.

—Indignante —comenté en mi tono más suave, tomando un sorbo de mi café.

—Bastante —gimió Drew—. ¡Mi querida Cece y yo no hemos heredado ni el maldito papel higiénico usado! —Aplastó una galleta hasta hacerla polvo en su puño.

—Oh, cierra la boca, ¿quieres? —gruño mamá con impaciencia. Era la primera vez que la veía dirigirse directamente a su yerno, y era justo decir que pensaba con más cariño en los criminales de guerra que en el último miembro de la familia—. Se cuidará de Cecilia. Nunca dejaría a mi hija sin nada.

—¿Cecilia? —Drew gimió, levantándose de su asiento, pero no lo suficiente como para salir furioso—. ¿Y qué hay de mí?

—No puedo tomarme este testamento en serio. —Agarre una manzana del surtido de refrescos y me desperecé en mi asiento, mirando a Tindall mientras frotaba la fruta roja contra mi traje de Armani.

Me dedicó la desagradable sonrisa de un hombre que sabía que podía y debía hacerlo.

—Lo siento, Devon. Deberías saber mejor que nadie que la ley y la justicia no tienen nada que ver. El testamento es irreversible, por muy irracional que te parezca. Edwin estaba lúcido y presente cuando lo escribió. Tengo tres testigos que lo atestiguan.

—Está rompiendo cientos de años de tradición —observé. Sería el primer hijo desde el siglo XVII al que se le entrega un cofre vacío—. Por otra parte, la tradición no es más que la presión de los muertos.

—Sea cual sea la tradición, está aquí para quedarse —se burló Tindall.

—Hay otra manera. —Mamá se acercó suavemente, poniendo su mano en mi brazo—. Podrías conocer a Louisa...

—Voy a ser padre. —Me giré en su dirección, frunciendo el ceño.

Mi madre alzó un delicado hombro.

—Hoy en día hay familias modernas en todas partes. ¿Has visto alguna vez a Jeremy Kyle? Un hombre puede tener hijos con más de una mujer. A veces incluso con más de tres.

—¿Ahora recibes lecciones de vida de Jeremy Kyle? —Yo dije.

—Devvie, lo siento, pero tienes más que pensar en ti mismo. Estamos Cece y yo.

—Y yo —intervino Drew. Como si me importara que se desplomara aquí y ahora y que el mismísimo Satanás lo arrastrara al infierno por la oreja.

—La respuesta es no. —El hielo en mi voz no ofrecía espacio para la discusión.

Había evitado a mi padre todos esos años, en parte porque no podía aceptar mi decisión respecto a Louisa, y ahora corría el riesgo de perder a mamá y a Cecilia por ello. Porque, por muy rico que fuera, por muy capaz que fuera de cuidarlas yo solo, les estaba robando millones de patrimonio y fortuna al no casarme con Lou.

—Devon, por favor...

Me levanté y salí furioso de la oficina -del edificio-, encendiendo un cigarrillo liado a mano y paseando por la calle empedrada. La oscuridad descendió sobre las calles de Londres. Harrods estaba inundado de brillantes luces doradas.

Me recordó un pedacito de la famosa de la historia. Durante la Primera Guerra Mundial, Harrods vendía kits con jeringuillas y tubos de cocaína y heroína, principalmente para los soldados heridos que se recuperaban o morían de forma dolorosa.

Recordaba bien y con cariño aquellas historias. La familia de mamá era uno de los comerciantes que vendían el producto a los grandes almacenes elegantes. Así fue como se hicieron asquerosamente ricos.

La familia de mamá tenía abundantes campos de amapolas, una flor conocida por simbolizar el recuerdo de los que perdieron la vida durante la Primera Guerra Mundial, por su capacidad de florecer en cualquier lugar, incluso durante la angustia.

Me gustaba que Emmabelle Penrose fuera como esa flor.

Dulce pero viciosa. Multifacética.

—Dios mío, te has dejado llevar por tus emociones. Esa exhibición en el interior fue un comportamiento puramente yanqui. Tu padre debe estar revolcándose en su tumba. —Mamá se sumergió en el frío glacial del invierno londinense, cubriéndose con un abrigo a cuadros blancos y negros.

Inhalé con fuerza mi cigarrillo, soltando un tren de humo hacia el cielo.

—Espero que se revuelque hasta el infierno, si es que no está ya allí.

—Devvie, por el amor de Dios —reprendió mamá, haciendo un ademán de arreglar el cuello de mi chaqueta—. Siento que estés en esta situación, cariño.

—No es necesario. No había jugado en las manos de Edwin cuando estaba vivo, y no voy a hacerlo ahora.

—Lo harás. En unos días, quizá semanas, cuando te calmes, te darás cuenta de que casarte con Louisa es lo mejor para todos. Tú, Cece, los Butchart...

—Y, por supuesto, tú. —Sonreí sombríamente.

Parpadeó ante los antiguos edificios que teníamos delante, con un aspecto abatido y triste.

—¿Es tan malo que piense que debería tener derecho a algo de mi propia fortuna?

—No. —Lancé mi cigarrillo, viendo cómo caía por la alcantarilla—. Pero deberías haberlo convencido de que no modificara el testamento.

—No tenía ni idea —murmuró, mirando fijamente lo que Belle llamaría “uñas de culo fresco”. La madre de mi futuro bebé era bastante aficionada a adjuntar la palabra culo a casi todo.

—¿Es así? —La observé con atención.

—Lo es.

Entonces se me ocurrió algo. Giré en su dirección, entrecerrando los ojos.

—Espera un momento. Ahora lo entiendo.

—¿Entiendes qué?

—Por qué Byron y Benedict me acosaron sobre Louisa toda la cena cuando me presenté en el funeral de Edwin.

—Devvie, me gustaría que lo llamaras Pap-

—Por qué estaba allí. Por qué fue indulgente, comprensiva y flexible. Todos ustedes sabían que me iban a arrinconar para casarme con ella, y jugaron sus cartas.

—Por supuesto que lo sabía. —Mamá suspiró con cansancio, apoyándose contra el edificio y cerrando los ojos. De repente parecía vieja. No era la misma mujer glamurosa con la que había crecido—. Edwin me habló del testamento después de ejecutarlo. No podía hacer nada al respecto. Nuestros fondos de inversión habían disminuido en el transcurso de la última década, y todo lo que nos quedaba -su colección de autos y sus propiedades- te lo legó a ti. Soy esencialmente pobre. No puedes hacerme esto. No puedes no casarte con Louisa.

Y entonces hizo algo terrible.

Algo que no podía soportar.

Se puso de rodillas, allí mismo, en la calle, con los ojos brillando como diamantes en la noche.

Me miró, con el rostro desafiante y los hombros temblorosos.

Quería rebajarme a su nivel, estar allí mismo con ella, sacudirla y explicarle que no podía hacerlo. No podía ser lo que mi padre quería que fuera. Nunca pude.

—Lo siento, mamá —dije, y luego me alejé.

Dos noches más tarde, Sam y Cillian vinieron a visitarnos.

No me entretuve mucho porque A: no había nada de entretenido en esos dos terribles coñazos. Y B: cuanto más tiempo estaba rodeado de gente, más me sentía presionado a comportarme como la gente normal, ocultando mi fogosidad, mis extrañas cavilaciones y mi claustrofobia.

Por ejemplo, siempre que visitaba Royal Pipelines utilizaba los ascensores. Tenía que tomarme medio valium antes para tener valor, pero lo hacía.

O cuando estábamos en Badlands, tenía que pensar antes de hablar, sin importar el tema, recordándome a mí mismo que tenía una persona que mantener. Que era un mujeriego, un libertino, un hombre de ciertos gustos y normas.

Nunca pude ser realmente yo mismo con mis compañeros, por lo que, aunque me gustaban a nivel personal, nunca me abrí de verdad con ellos sobre mi familia.

—El testamento es irrefutable. Lo he releído tantas veces como para que me sangren los ojos. —gruñí en mi trago, sentado en mi estudio, frente a los dos únicos hombres que conocía que podían librarse de problemas serios, aunque de maneras muy diferentes.

Ahora tenía que hablarles de mi familia, aunque solo les diera la versión CliffsNotes18.

—De repente, el hecho de que nunca nos hayas hablado de tu familia tiene sentido. —Cillian se paró frente a mi ventana del piso al techo, con vista a la panorámica del río Charles y el horizonte de Boston—. Tus padres parecen peores que los míos.

—Yo no iría tan lejos. —Sam dio un sorbo a su propia bebida, sentado frente a mí en un sillón de diseño—. ¿Y qué pasa si las organizaciones benéficas, digamos, deciden saltarse las grandes donaciones?

—El dinero y el patrimonio irán a parar a varios parientes, ninguno de los cuales es mi familia inmediata. Francamente, todos los hombres de Whitehall con los que me he cruzado son unos borrachos, unos brutos, o ambas cosas.

Por no mencionar que no quería estar en deuda con Sam Brennan de ninguna manera. Todavía no había conseguido atraerme a los negocios con él, y quería que siguiera siendo así.

—¿No hay primogenituras sobre cosas así? —preguntó Sam—. La propia Corona debería concederle las tierras. Incluso mi culo simplón lo sabe.

—Vacíos legales —expliqué con amargura—. No soy un pariente real inmediato, así que no todas las reglas se aplican a mí.

Solo los que eran del agrado de mi padre.

—Recuérdame por qué te opones a casarte con esa tal Lilian —Cillian meditó.

—Louisa —corregí, liando unos cigarrillos para mantener las manos ocupadas—. Porque no me doblegaré ante las exigencias de mi padre, no en vida y definitivamente no desde el más allá. Por no hablar de que hay un acuerdo prenupcial prescrito que mi padre había puesto en marcha para asegurarse de que, si alguna vez nos divorciábamos, ella se quedaría con todo.

—Incluso aceptas su demanda, él nunca lo sabrá —gruñó Sam en su whisky—. Está, a todos los efectos, muerto.

—Yo lo sabría.

—El matrimonio adopta diferentes caras y formas. —Cillian se alejó de la ventana hacia el armario de los licores, rebuscando entre mis bebidas—. Podrías casarte con ella y seguir viendo a otras personas.

—¿Y hacerla miserable? —Me reí de forma grave.

Sam se encogió de hombros.

—Eso no es asunto tuyo.

—Soy incapaz de hacer sufrir a alguien innecesariamente. —Agarre un cubito de hielo y lo hice rodar distraídamente sobre el borde de mi vaso.

—No incapaz, solo reacio —dijo Cillian—. Todos somos capaces de hacer lo que sea necesario para sobrevivir.

—La cosa es que no necesito sobrevivir a esto. Mi madre y mi hermana sí. —Dejo caer el cubo en mi vaso—. ¿Te casarías con alguien por dinero?

Sam se rio sardónicamente, con sus ojos grises brillando con maldad.

—Me habría casado con alguien por una tostada si lo hubiera necesitado, en su día. Pero el universo proveyó, y elegí a mi novia porque la quería, no porque la necesitaba.

Cillian hizo una mueca.

—Estamos hablando de mi hermana.

—No me lo recuerdes. —Sam apuró su whisky—. El hecho de que Ambrose comparta una piscina genética con tu culo sin que yo le eche cloro todavía me da urticaria.

—Peculiar. —Cillian hizo una mueca—. No recuerdo que venga de generaciones de neurocirujanos y pilotos del ejército.

No tenía que preguntar si Cillian estaba dispuesto a casarse con alguien que no amaba. Hizo exactamente eso hace unos años y terminó enamorándose de la mujer.

Me froté los nudillos a lo largo de la mandíbula. Pensé en cómo reaccionaría Emmabelle si le dijera que me iba a casar y me di cuenta de que probablemente se reiría y preguntaría si tenía que llevar un sombrero elegante para la boda.

No me esperes.

—Bueno, mi madre necesita el dinero urgentemente. Y a Cece le gustaría divorciarse de su marido y empezar de cero, sospecho. Además, quiero que el patrimonio permanezca en mi familia inmediata.

—Entonces, ¿qué hay que pensar? —Cillian sacó una botella de brandy de una impresionante fila y se sirvió dos dedos—. Cásate con la mujer. Haz un plan de fuga después.

—Es complicado —gruñí, pensando en el acuerdo prenupcial prescrito.

—Hazlo más sencillo para nosotros, Einstein —dijo Cillian.

—Quiero la herencia, no la mujer. —En realidad, no quería ninguna de las dos cosas, pero había que mantener a mamá y a Cecilia.

—Como se ha establecido, no tienes que hacer la cucharita con ella por el resto de tu puta vida. —Sam dejó caer su bebida y se puso de pie, terminando con la conversación—. Solo pon un anillo en su maldito dedo. Puntos extra si puedes dejarla embarazada, así tendrás alguien a quien dejarle la herencia.

—Tengo alguien a quien dejárselo. Mi hijo con Emmabelle.

Cillian lanzó una mirada de lástima detrás de su hombro desde el otro lado de la habitación.

—¿Dejar un título a un bastardo? ¿De verdad?

Me levanté de golpe y mis piernas me llevaron hacia él antes de que supiera lo que estaba pasando. Lo agarré por el cuello y lo estampé contra el armario de los licores, gruñéndole en la cara.

—Llama a mi hijo no nacido bastardo una vez más y me aseguraré de que necesites que te cambien todos tus malditos dientes.

Brennan se levantó de un salto. Puso su cuerpo entre nosotros, apartándonos hacia las esquinas opuestas de la habitación.

—Tranquilo. Cillian tiene un punto. Tal vez la razón por la que te empeñas en no casarte con Laura es porque tienes una erección por la mamá tu bebé.

—Louisa —grité.

—No, Belle. Hasta yo lo sé. Consigue un poco de gingko19, hombre. —Sam negó con la cabeza.

—La otra mujer se llama Louisa.

Cillian dio un sorbo a su whisky, con aspecto despreocupado, mientras que Sam dio un paso atrás, confiando en que no volveríamos a intentar matarnos.

Ambos me miraban fijamente.

—¿Qué? —pregunté, con los ojos entrecerrados hasta convertirse en rendijas—. ¿Qué mierda estás mirando?

Cillian sonrió.

—Así es como empieza.

—¿Cómo empieza qué?

Él y Sam intercambiaron miradas divertidas.

—Ya se ha ido —observó Sam.

—Nunca tuvo una oportunidad —dijo Cillian, inclinando la cabeza.

—Pobre Livia —se rio Sam.

Esta vez, no los corregí.

Dieciséis

Catorce años

—Escoria —escupe papá en el suelo.

Oh, Dios. Mamá le va a pegar en la cabeza por eso.

Está tumbado en su sillón inclinado, catatónico, frente al televisor después de una larga jornada de trabajo.

Mamá está en algún lugar de la casa, teniendo una crisis. No una grande, solo un mini derrumbe. Ha sido un desastre durante... ¿cuánto tiempo? Desde que la tía Tilda murió, hace más de un año. La tía Tilda la crió. Tuvieron una diferencia de diez años entre ellas. La tía ayudó a criarnos también, así que por supuesto estoy desanimada. Pero mamá... a veces es como si estuviera en otro planeta.

—Papá, lenguaje. —Persephone jadea desde su lugar en la alfombra, trabajando en su rompecabezas de dos mil piezas, con su apretada trenza balanceada sobre uno de sus hombros. Parece tan sana. Ojalá pudiera ser ella.

—Lo siento, cariño. Me pongo nervioso cuando veo cosas así.

Levanto la vista de mis deberes, que estoy haciendo en el sofá. Es el canal de noticias local y están hablando de un profesor de geografía al que han atrapado teniendo una aventura con una alumna del instituto local para el que trabajaba. Muestran su foto policial. No puede tener menos de cincuenta y cinco años.

—La gente como él debería pudrirse en el infierno. —Papá se levanta y empieza a dar patadas en la sala de estar.

Me digo a mí misma que no es para tanto.

Que no tiene nada que ver conmigo y con el entrenador Locken.

Además, ¿en qué demonios estoy pensando? El entrenador y yo no nos hemos besado, abrazado o tocado de forma inapropiada. Él me ayuda con mi rodilla mala y los músculos cortos del muslo. No es su culpa que esté rota.

Y seamos realistas, no es que el estado de ánimo de papá se deba a esta noticia. Ha estado muy preocupado por mamá, tratando de convencerla de que vaya a terapia. Pero mamá dice que todos están alimentados, limpios, y que la casa está en óptimas condiciones. Lo cual es cierto. Es una gran madre, incluso cuando está triste.

—Espero que sepan que deben decírselo a papá si alguna vez ocurre algo así. —Papá señala la televisión.

—Sí, papá —decimos Persy y yo al unísono.

Más tarde, esa misma noche, recibo un mensaje de texto del entrenador Locken. No es extraño recibir mensajes suyos. A veces hay que cambiar el horario de los entrenamientos o cambiarlos de lugar debido a las condiciones meteorológicas.

Solo que, por primera vez, el texto no es enviado en el grupo de campo con todos los demás corredores. Se me envía directamente a mí.

Entrenador Locken: cambio de horario en el entrenamiento de la mañana. Reúnase en la entrada de la reserva de Castle Rock a las siete. No llegue tarde.

Diecisiete

Las semanas pasan como las páginas de un buen libro.

Los únicos signos externos de que estaba embarazada eran los violentos ataques de náuseas matutinas con los que me despertaba cada día, junto con las visitas semanales al doctor Bjorn, en las que veíamos cómo el bebé Whitehall (o Mr. Bean, como le gustaba llamarlo a Devon) crecía agradablemente en mi vientre extrañamente formado y poliquístico, sin importarle en absoluto el entorno hostil en el que se encontraba.

Una chica de verdad.

Devon me acompañaba a todas mis citas sin falta. Siempre llevaba algo para mí. Un pastelito recién horneado y una botella de agua, ositos de goma con vitaminas o caramelos de jengibre. Nunca faltó a nuestras llamadas semanales, en las que hacíamos planes sobre lo que iba a pasar después de tener el bebé.

—Quiero que tenga una habitación grande —le dije una vez.

—Todo tu apartamento no se puede considerar una habitación mediana —dijo, cerebral como siempre—. Podrías mudarte a mi edificio.

Me encogí. No porque no quisiera estar cerca de él, sino porque ya me veía dando puñetazos a todas mis paredes cada vez que le pillara escabulléndose a casa con alguna de sus ligues. —No, encontraré otro lugar.

—¿Sweven?

—¿Sí?

—Háblame de un animal raro.

Lo hemos hecho mucho últimamente. Hablábamos de cosas extrañas. Era trágico que, además de ser terriblemente guapo, Devon fuera también extravagante y adorablemente torpe. No era para nada el imbécil engreído que me imaginaba cuando nos conocimos.

Me había desplomado contra la almohada, metiendo la mano bajo la cabeza y mirando al techo, sonriendo.

—¿Has visto alguna vez un casuario del sur?

—Negativo —Pude escuchar la sonrisa en su cara. Hizo que me doliera el pecho.

Había cerrado los ojos, tragando con fuerza.

—Es un pájaro australiano. Parece una Karen que pide hablar con el supervisor después de descubrir que su café con leche sin grasa tenía dos bombas de jarabe de vainilla normal en lugar del sin azúcar.

Balbuceó, encantado.

—Lo estoy buscando en Google ahora mismo. Oh, Dios. No te equivocas. Esa cara...

—Tu turno.

Lo pensó, y luego dijo:

—Siempre pensé que las ratas topo desnudas parecían penes arrugados. De los mal equipados, debo añadir.

Me reí tanto que me oriné un poco en mi ropa interior.

Después se hizo el silencio.

—¿Aún no debo esperarte, Belle?

Mi cuerpo se sentía pesado y lleno de dolor, pero no lloré. Nunca había llorado por un hombre.

—No —había dicho en voz baja.

Y eso fue todo.

A medida que pasaba el tiempo, también lo hacía mi miedo a ser brutalmente asesinada por mi/s acosador/es. No había tenido noticias de ellos (¿de él?) en semanas, a pesar de que comprobaba mis cartas, miraba a mi alrededor y llevaba mi pistola a todas partes. Además, Simón, al que me refería como Si solo para irritarlo, se había encargado de seguirme a todas partes, concretamente cuando estaba en Madame Mayhem. Leí entre líneas que su trabajo no era ayudar con el club, sino ayudar a mantenerme viva. Sorprendentemente, no me molestó demasiado. Era una mujer independiente, sí, pero tampoco era una completa idiota. Agradecía cualquier ayuda que pudiera recibir para mantenerme a salvo hasta que averiguara más sobre quién me perseguía.

Devon me apoyó en más de un sentido. Me acompañó en todos mis caprichos y peticiones.

Cuando le dije que no quería saber el sexo de nuestro bebé, no protestó ni una sola vez, aunque sabía que era el tipo de hombre al que le gustaba saberlo todo, sobre todo.

Hasta que un día, cuando vino a recogerme para nuestra reunión semanal con el ginecólogo, llegó tres minutos tarde. Esto era nuevo. Normalmente era a él a quien hacía esperar uno o dos minutos mientras yo me organizaba arriba.

Subí al taxi y le sonreí. Me devolvió la sonrisa, con un aspecto un poco... apagado. Como si una capa de hielo hubiera cubierto su cara.

—Ayer pensé en otro animal raro, después de que habláramos —dije, abrochando el cinturón.

—Comparte. —Se sentó, enarcando una ceja interesada.

—Cigüeña marabú. Parece que tienen un saco de bolas empapado bajo el pico.

Se rio, y fue entonces cuando me fijé en ellos.

Los débiles arañazos rosados en su cuello.

Mis entrañas se volvieron locas. La debilidad hizo que mis rodillas se agitaran. Tuve que respirar por la nariz y apoyarme en la puerta.

—Veo que has estado ocupado —Entrecerré los ojos en su cuello.

—Siempre estoy ocupado, cariño. Se llama ser un adulto. Deberías probarlo alguna vez —Pero tuvo el valor -la audacia, en realidad- de ponerse un poco rosa.

—Menos mal que uno de nosotros va a recibir algo, aunque no sea yo.

Tenía que callarme. No tenía absolutamente ningún derecho a hacerle esto, después de haberle predicado que no éramos una pareja.

Se reacomodó el cuello de la camisa, pareciendo incómodo, lo que empeoró las cosas. Ni siquiera fue un imbécil al respecto, así que no pude lanzar un ataque apropiado.

—Cuéntamelo todo —exigí.

—No —dijo, estrechando los ojos hacia mí.

—Hazlo ahora, Devon. Quiero oírlo. —Crucé los brazos sobre el pecho, sin saber por qué le estaba haciendo esto. A mí misma. Pero la respuesta era clara: quería que me doliera. Quería castigarme por haberme importado una mierda en primer lugar. Su boca se aplanó en una línea sombría antes de hablar.

—Ayer tuve una oportunidad inesperada de dos horas. Una vieja amiga estaba en Boston para una conferencia médica. Fuimos a cenar a su hotel.

—Déjame adivinar, ¿y terminaste quedándote para el postre? —Sonreí con malicia.

Su cara estaba en blanco. No respondía. Iba a romper a llorar. O tal vez solo estallar y punto. Tal vez mi piel se desgarraría. Tal vez se derramaría una sustancia verde y celosa. Quizá recordaría por fin lo que parecía haber olvidado últimamente: que los hombres son criaturas horribles diseñadas para hacerte daño.

—Te acostaste con ella —Lo dije como una afirmación, esperando que lo negara o que dijera que la besó y que no se sintió bien, así que se fue. O que prometiera que no volvería a suceder, porque ni siquiera lo disfrutó, que era yo en quien había pensado todo el tiempo.

Pero él simplemente dijo:

—Sí.

El taxista se removió en su asiento con incomodidad, incómodo ante la perspectiva de que su auto se convirtiera en la escena del crimen cuando yo asesinara a Devon. Pobrecito. Iba a darle el doble de propina.

—¿Te la ha chupado? —pregunté en un tono comercial.

El taxista se atragantó con su saliva.

Devon se rascó una pelusa invisible en su elegante traje, con aspecto aburrido y cerrado.

—Sweven...

—No me llames así, imbécil. Ni siquiera te atrevas a usar mi apodo ahora mismo.

—Tengo la sospecha de que volverás de la neblina de celos en la que estás envuelta ahora mismo en unos momentos y te arrepentirás de esto. Cambiemos de tema —dijo Devon con seguridad. No se equivocaba. Lo que me hizo enloquecer aún más.

—No hasta que me respondas. ¿Te. La. Ha. Chupado?

Sus pálidos ojos se encontraron con los míos con sobriedad.

—Sí.

—¿Y lo disfrutaste?

—Sí.

Me reí a carcajadas. El mundo se desequilibró a mi alrededor. Iba a enfermar.

—Dijiste que no te esperara. Dos veces, de hecho. La lógica dicta que no tienes autoridad ni derecho a mis afectos.

Sus afectos. Mi culo tuvo que ir a meterse con el único imbécil de Boston que hablaba como un desertor de novelas de Jane Austen.

—Que se joda con tu lógica —dije.

—Con mucho gusto. Pero no va a ser lo único que voy a joder.

—Tu teléfono está sonando —dije secamente.

Sacó su teléfono, frunciendo el ceño ante la pantalla.

Tiffany.

Envió la llamada al buzón de voz.

Tiffany volvió a llamar. Apretó los labios en una fina línea, enviándola al buzón de voz, otra vez.

El taxi se detuvo en la clínica de mi ginecólogo. Le di una propina de cincuenta dólares y salí corriendo, con Devon en el talón. Su teléfono volvió a parpadear en su mano. Esta vez la pantalla decía que era Tracey quien llamaba.

Empecé a subir las escaleras hasta la clínica del tercer piso sin darme cuenta de lo que hacía, sabiendo que Devon no usaba ascensores y sin querer separarme.

—¿Solo follas con mujeres cuyo nombre empieza por T? —pregunté cordialmente.

—Tracy es un socio de la firma.

—Apuesto a que también te la has tirado.

—Tiene sesenta años.

—Y tú también. —¿En serio? Tenía la madurez mental de una magdalena.

Me dirigió otra mirada lastimera antes de llegar a la puerta de la clínica.

Esto, me recordé a mí misma, era una valiosa lección. Algo bueno. En todo caso, la última media hora fue la prueba de que tenía razón, como siempre.

Ese Devon seguía siendo un hombre, seguía siendo incapaz de mantener sus trastos en los pantalones, y seguía siendo un gran peligro para mí.

Por supuesto, era agradable, más civilizado que los hombres que había conocido a lo largo de los años, y muy educado. Pero un hombre, al fin y al cabo.

Devon me agarró del brazo, haciéndome girar y empujándome contra la puerta, acorralándome. Lo miré, sintiendo su cuerpo por todas partes y deseándolo y odiándolo y amándolo. Todo al mismo tiempo.

—¡Déjame en paz! —gruñí.

—Ni en mil años, cariño. Ahora dime, ¿no has estado con nadie desde que empezamos a salir de nuevo?

No lo había hecho. Antes de quedarme embarazada, quería limitar mis encuentros sexuales a Devon para asegurarme de que sería el padre de mi hijo. Y después, simplemente no podía verme saltando en la cama con alguien al azar cuando tenía un niño dentro de mí.

Pensé en decirle que tenía sexo todo el tiempo. Era lo más obvio para Belle.

Pero cuando mi boca se abrió, no pude hacerlo.

Tenía una manera de sacarme la verdad, incluso cuando la verdad apestaba.

—No —admití. Luego añadí más fuerte—: No he estado con nadie desde ti.

Un gruñido salió de sus hermosos labios y cerró los ojos brevemente. Cuando los abrió de nuevo, había fuego detrás de él.

—Podría besarte, Emmabelle Penrose.

Me obligué a sonreír, empujando la puerta para abrirla, justo cuando Tiffany le llamó de nuevo.

—No, Devon Whitehall.

Un día, mientras acunaba mi vientre plano de tres meses de embarazo, mirando las filas de bolsas de pañales y sillas de auto para bebés en buybuy Baby mientras sorbía un deplorable zumo verde, me fijé en una mujer de aspecto angustiado y muy embarazada que se derrumbaba en la caja registradora.

Se dobló en dos, con las manos apoyadas en la cinta transportadora, con una montaña de artículos esenciales para el bebé delante de ella. Una bolsa de pañales, paños para eructar y baberos. Cosas que cualquier madre primeriza necesita para sobrevivir al loco viaje llamado maternidad. Al principio pensé que se iba a poner de parto. Oh, mierda. Voy a dejar de salir de casa en cuanto llegue a la semana treinta y ocho, pensé. Con mi suerte, iba a romper aguas en un ascensor lleno de gente. Y entonces, de alguna manera, nos quedaríamos atrapados allí.

La barriga de la mujer había llegado a un punto de inflexión, en el que su ombligo estaba casi orientado hacia abajo y asomaba a través de la tela de su camisa. Las lágrimas corrían por su rostro, lastradas por los grumos de rímel.

—Lo siento. Lo siento. No sé qué me pasó. —Utilizó el dorso de la manga para limpiarse los mocos del rostro—. Llevaré algo de vuelta. Solo dame un segundo.

—Tómate tu tiempo, cariño. —La cajera parecía dispuesta a enterrarse bajo las baldosas, estaba tan incómoda.

—Bueno... supongo que podría prescindir de los paños para eructar. Las camisas viejas servirán igual de bien, ¿no?

Volví a poner la pomada para pezones que había sacado en la estantería y me apresuré a acercarme a la cajera, sacando mi tarjeta de crédito de la cartera y dándole un golpe en el mostrador.

—No. No devuelvas nada. Yo pago.

La mujer embarazada me miró miserablemente. Se frotaba el vientre, como si estuviera consolando a su bebé. Ahora que la miraba de cerca, no podía tener más de diecinueve años. Tenía el rostro fresco y las mejillas sonrosadas. Quería llorar con ella. Qué situación para estar en ella.

—Ni siquiera sé por qué he venido aquí —dijo, con la barbilla moviéndose.

—Viniste a buscar cosas para tu bebé. —Las yemas de mis dedos tocaron suavemente la parte posterior de su brazo—. Como debe ser. No te preocupes. Vas a salir de aquí con todos los suministros que necesitas.

—¿Estás... estás segura? —Hizo una mueca de dolor.

—Positivo, amiga.

Una sonrisa tímida se dibujó en sus labios. Llevaba unos leggings agujereados y una camiseta que se ceñía a su vientre como si fuera una envoltura de plástico. Deseé poder regalarle alguno de los vestidos de maternidad que había comprado con el escandaloso presupuesto que Devon había vertido en mi cuenta cada mes. Yo aún no necesitaba el mío. Mi vientre era plano pero duro.

—Gracias. —Ella resopló—. Mi novio fue despedido hace unos meses, y todavía no ha encontrado un trabajo. Realmente nos jodió.

—Mierda, lo siento. —Arranqué una tarjeta de regalo del estante junto a la cajera y la señalé—. ¿Qué clase de empleador le hace eso a alguien? Por favor, ponga dos mil dólares en esto.

Necesitaba saber que esta chica tenía un flujo constante de pañales y ropa de bebé hasta que su novio encontrara un nuevo trabajo. De lo contrario, no iba a dormir por la noche.

Como reacción, lloró aún más fuerte, esta vez de alivio. Luego habló, con un discurso plagado de hipo y mocos.

—Sí. Ha sido una mierda. Contábamos con ese empleo. Realmente lo cambió... ser despedido. Últimamente, ha estado perdiendo los estribos. Está nervioso por la factura del hospital, pero ¿qué se supone que debo hacer? ¿Tener el bebé en el baño? —Sus cejas se juntaron con rabia—. Él es el que dijo que estábamos siendo lo suficientemente cuidadosos. Lo cual, por supuesto, era una mierda. Si hubiéramos tenido cuidado, no estaríamos embarazados.

—Se necesitan dos para bailar un tango —Y tres para crear un culebrón, pensé amargamente, recordando a Tiffany.

—¿Verdad? —Sus ojos se abrieron de par en par—. Al menos he encontrado un trabajo en la tienda de segunda mano local. Él apenas sale de casa estos días. Solo bebe y ve la televisión y... mierda, lo siento. —Sus mejillas se tiñeron de rojo. Agachó la cabeza, sacudiéndola—. No es tu problema, obviamente. Eres demasiado amable.

—Amiga, me desahogo con cualquiera que esté dispuesto a escuchar, así que no te lo pienses dos veces. Mi agente de seguros conoce los resultados de mis análisis de sangre, y la señora del supermercado de enfrente de mi apartamento es mi terapeuta a regañadientes. —Le entregué las bolsas llenas de cosas que necesitaba, junto con mi tarjeta de visita—. Llama si necesitas algo, si es algo para el bebé o simplemente un hombro para llorar.

Lo tomó todo con gratitud, sus ojos se aferraron a mí.

—Esto debe ser una señal de que las cosas están mejorando. Hace media hora, mi novio me preguntó de repente si quería venir aquí. Nunca me lleva a ningún sitio. Esto es tan del destino.

—El destino es como un acosador. Tiene sus maneras de encontrarte —Le guiñé un ojo.

Veinte minutos y cinco compras dudosas más tarde (¿realmente necesitaba un body de mopa para bebés y un abanico para el trasero?), me dirigí desde buybuy Baby a mi auto, balanceando las bolsas en mis manos, contemplando cuántas bolas de helado iba a regalarme a mí y al bebé Whitehall.

Tres, decidí. Una para mí, otra para ella y otra para mí, porque mamá no había tenido sexo en mucho tiempo y necesitaba un estímulo para su estado de ánimo.

Cuando abrí el maletero -con mi novedosa matrícula BURSQGRL- para tirar las bolsas, me di cuenta de que mi auto parecía... diferente. Miré hacia abajo y solté un pequeño grito, retrocediendo a trompicones.

Mis cuatro neumáticos habían sido pinchados.

Cerré el maletero de golpe y miré a mi alrededor, tratando de ver quién más estaba en el estacionamiento. Era posible que el imbécil que había hecho esto estuviera todavía por aquí para desvariar en mi miseria.

Un auto tocó la bocina en la distancia del estacionamiento. Con el corazón acelerado, giré la cabeza en su dirección. Un Camaro rojo de 1996, destartalado, pasaba con las ventanillas bajadas y el brazo del conductor extendido. Reconocí inmediatamente a la mujer que ocupaba el asiento del copiloto: era la chica angustiada a la que había ayudado hace treinta minutos en el cajero. Miraba fijamente su regazo, con lágrimas frescas rodando por sus mejillas.

Pero el hombre en el asiento del conductor fue el que me dejó sin aliento...

Frank.

Como el hombre que había despedido hace meses.

El amargado, violento y acosador sexual con el que llegué a las manos.

Una pieza del rompecabezas encajó.

Frank.

Era el desgraciado que fue por mí.

También tenía una novia embarazada de la que no sabía cuándo le despedí.

Ni que decir tiene que cuando lo atrapé con la mano entre las piernas de la bailarina de burlesque, lo primero que me vino a la cabeza no fue, seguro que este tipo es un gran hombre de familia que está a punto de ser padre.

¿Y ahora? Ahora estaba en bancarrota y en un gran problema.

Pero yo también.

Porque me quería muerta.

Frank me lanzó una mirada de desprecio y me miró de reojo mientras salía a toda velocidad del estacionamiento.

Pensé en perseguirlo, pero no quería ponerme a mí ni a su novia en peligro. Sin embargo, iba a lidiar con esto. Ahora que sabía quién era.

Saqué mi teléfono del bolso y llamé a Devon. Sentía las manos frías y temblorosas, y me costó varios intentos encontrar su nombre en mis contactos.

Era la primera vez que le llamaba para algo que no era nuestra reunión semanal programada. Un incumplimiento de contrato, si se quiere.

También fue la primera vez que lo llamé voluntariamente desde que me enteré de que estaba acostándose con Tiffany. Y sí, las cursivas eran necesarias.

Contestó al primer timbre.

—¿Está bien el bebé?

Tome aire, mi suministro de oxígeno disminuyó cuando la implicación de lo que acababa de descubrir me golpeó. Mierda, mierda, mierda. Frank había sido el encargado de enviarme una serie de pistas y amenazas, y ésta era la última. ¿Siquiera sabía dónde vivía? No, no lo sabía. Después de enviarle el último cheque, fue devuelto a Madame Mayhem. Debe haberse mudado después de que envié a los periodistas a acosarlo.

—El bebé está bien —Creo.

—¿Qué está pasando? —Devon sonaba sinceramente alarmado.

—Yo... alguien pinchó mis neumáticos. Necesito que me lleven.

Y un trago.

Y un hombro para llorar.

Un casi-príncipe elegante y exasperante para mejorar todo.

No necesariamente en ese orden.

—¿Por qué alguien haría eso? —preguntó.

No le estaba contando lo que me pasaba. Al diablo con eso. Me encerraría en una torre y no me dejaría ver la luz del día.

—No lo sé, ¿punks?

—¿Dónde estás?

—Buybuy Baby.

—El lugar es conocido por la gran actividad delictiva que lo rodea —dijo con impaciencia, volviendo a hacer que me sintiera como un niño—. Envíame la dirección. Voy para allá.

—Uh, hmm... —Estaba haciendo gala de mi magnífica elocuencia.

—¿Qué? —preguntó, intuyendo que había algo más.

Volví a mirar a mi alrededor. Nadie me prometió que Frank no iba a volver después de dejar a su novia para meterme una bala en la cabeza.

—¿Podemos... hablar por teléfono hasta que llegues?

—Sweven —suspiró, su gélida conducta se derritió un poco—, por supuesto.

Me alegré tanto de escuchar mi apodo que podría llorar.

Se quedó al teléfono conmigo. Preguntándome sobre mis compras (no le impresionó el body de mopa) y sobre qué espectáculo de burlesque aparecía en Madame Mayhem estos días (Suicide Girls Blackheart), tratando de alejar mi mente de lo que me había pasado.

En honor a Devon, lo dejó todo y apareció quince minutos después, estacionando su Bentley en doble fila y cerrándolo de golpe mientras se abalanzaba sobre mí.

—¿Estás bien? —Me tomo en brazos y enterró mi cabeza en su hombro, envolviéndome en un abrazo que me calaba los huesos. Por una razón que desconocía, empecé a llorar inmediatamente sobre su traje Tom Ford, manchándolo con mi base de maquillaje y mi sombra de ojos de colores. Hacía mucho tiempo que no lloraba. Esto no era propio de mí.

Devon me masajeó el cuello en círculos, dejando caer suaves besos en la coronilla de mi cabeza.

—¿Por qué alguien haría algo así, Belle?

—Yo... yo... no sé —dije con hipo.

Pero lo sabía.

Peor aún, no iba a llamar a la policía para denunciar a Frank. Incluso si él era el responsable de la carta y del hombre que me acosó todos esos meses atrás, lo cual tenía pruebas de que era el caso. Los otros dos hombres parecían diferentes, y ninguno de ellos parecía estar relacionado con Frank.

La verdad es que Frank había estado en silencio total durante meses. Ahora sabía que él estaba detrás de todas esas cosas. Seguramente, no era tan estúpido como para continuar. Tal vez era su último hurra antes de dejarlo ir. Además, ya tenía suficientes problemas entre manos. Necesitaba encontrar otro trabajo y mantener a su creciente familia. Con suerte, uno en el que se mantuviera alejado de las mujeres.

—Pensé que algo estaba mal contigo. Físicamente. —Oí la voz de Devon a través de la nube de autocompasión y adrenalina que me rodeaba. Me guio suavemente al asiento del copiloto y cerró la puerta.

Me abroché el cinturón de seguridad y miré por la ventanilla, trabando la mandíbula para que no me temblara el mentón.

—Me alegro de que hayas llamado —añadió Devon.

Sobre eso...

¿Por qué lo llamé a él y no a Persy, o a Sailor, o a Aisling, o a Ross? Incluso mis padres habrían hecho el viaje a la ciudad para recogerme. Entre la lista de personas que podían venir a ayudarme, Devon era la más ocupada y la persona a la que menos me acercaba.

Sin embargo, lo elegí para salvarme.

—¿Dónde debo llevarte? —preguntó Devon.

—Mi apartamento.

—¿No al de Persy?

—No.

Estaba demasiado herida, demasiado cruda para ver a Pers desfilando con su familia perfecta, con un marido perfecto que la adoraba y sus hijos perfectos que la miraban con asombro y admiración.

Devon pisó el acelerador, percibiendo que no estaba súper habladora.

—Seguro que fue un niño tonto —le dije, dándome cuenta de lo que debía parecer desde su punto de vista.

—¿Como el chico tonto que te siguió en Boston Common? —Devon apretó el volante hasta dejar los nudillos blancos.

—¿Quién te lo ha dicho? —Giré la cabeza para mirarle.

—Alguien que se preocupa por tu seguridad.

—Un chismoso —contradije.

—Puedes llamarlos como quieras. Todavía no has respondido a mi pregunta.

—Mi respuesta es que estamos en el siglo XXI y las mujeres pueden valerse por sí mismas. Podemos ocuparnos de nuestro propio bienestar, incluso -intenta no escandalizarte- ¡votar!

—Si decides ignorar a un acosador, tal vez tú, específicamente, no deberías tener derecho a votar.

Técnicamente tres hombres diferentes. Pero ahora no era el momento de sacar ese tema.

—Llevo un arma conmigo a todas partes.

—¿Se supone que eso me hace sentir mejor? —preguntó Devon lentamente, con sarcasmo, para resaltar lo tonta que sonaba—. Esto no es el Salvaje Oeste, Emmabelle. No puedes disparar a la gente a discreción en la calle si crees que te están acosando. Tienes que ir a la policía.

Era la primera vez que lo veía remotamente enfadado, y era tan fascinante. Por un segundo, me olvidé de mis problemas.

Incliné la cabeza, observándolo atentamente.

—Tengo un secreto —susurré—. No trabajo para hacerte feliz, Devon.

Me dirigió una mirada que hizo que mi alma se encogiera en sí misma. La mirada que me decía que se estaba cansando seriamente de mí, y no podía culparlo. Yo era horrible con él. Le tenía un miedo tan trágico que lo alejaba constantemente.

—Todo lo que digo es que tengo esto —murmuré, examinando mis coloridas y puntiagudas uñas.

—¿Por eso me llamaste? —dijo—. ¿Porque tienes esto?

Nuestra primera pelea. Es increíble. ¿Cómo podía explicarle que no me gustaba que la gente se metiera en mis asuntos? ¿En mi vida? ¿Que no podía confiar en los demás?

—Mi error. La próxima vez, llamaré a otra persona.

—No, no lo harás. Soy la única persona capaz de lidiar con tu marca de mierda por más de una noche.

Estaciono frente a mi edificio de apartamentos, se bajó, rodeó el auto y me abrió la puerta, haciéndolo todo con una cara que daba a entender que iba a cortarme en trozos del tamaño de una gamba y alimentar a los tiburones.

—Gracias por el paseo. Has sido un compañero encantador. —Salí del auto y me dirigí a la entrada, sintiéndome como un niño que se ha portado mal y al que han metido en su habitación para pasar el rato.

Me siguió sin decir palabra. Sabía que no debía enviarlo lejos. En primer lugar, no quería estar sola en este momento. Y, en segundo lugar, fui yo quien lo llamó.

Cuando llegamos a mi apartamento (escaleras de nuevo, whoopy-woo), Devon desapareció en mi dormitorio para hablar con Joanne por teléfono. Le pidió que hiciera los arreglos para que mi auto fuera remolcado. También le pidió que le pusiera al teléfono a Simon. Ah, el bueno de Si, el guardaespaldas que fingía hacer mierdas que nadie necesitaba hacer en el club, como archivar o clasificar cajas en el contenedor de reciclaje diferente.

El hecho de que una vez saltara sobre mí para defenderme cuando a Ross se le cayó accidentalmente una caja de cerveza fue un indicio claro.

—...no es por lo que te pago. Mejora, o me aseguraré de que tu próximo trabajo sea un McJob.

Se produce un breve silencio.

—¡Entonces hazlo mejor! —Devon rugió.

Cuando volvió al salón, sus ojos se posaron en mí. Parecía un águila que se fijara en su presa.

—Estás temblando y sudando.

—No, no lo estoy —El hecho de que me castañearan los dientes mientras lo decía no ayudaba a mi caso. Maldita sea. Solo era Frank. Podía derribarlo si lo necesitaba, ¿no?

No es así. Tienes que dejar de ser una cobarde e ir a la policía. ¿Y qué si su novia está embarazada? Tú no eres la que la dejó embarazada.

—Ven. Te prepararé un baño —Se acercó y me ofreció su mano. Sin embargo, la risa fácil y los modales amables que normalmente rezumaban de él habían desaparecido. Ahora que lo pensaba, había desaparecido todo el día, desde el momento en que contestó al teléfono y luego cuando me recogió.

Horrorosamente, me di cuenta de que Devon había dejado de coquetear conmigo.

Había renunciado a mí. A nosotros.

Bien. Eso era exactamente lo que quería. Estaba feliz de que hubiera terminado de hacer una mierda incómoda.

Cuando me quedé plantada en el sofá, me levantó y me llevó al baño.

—Odio cuando estás siendo perfecto —gemí.

—Lo mismo digo, cariño. Especialmente cuando se desperdicia en ti.

Me sentó en el asiento del inodoro cerrado y me preparó un baño caliente, subiéndose las mangas hasta el codo y dejando al descubierto sus antebrazos de Moisés de Miguel Ángel.

Oof. He echado de menos el sexo.

Mis entrañas se retorcían con calor, la tensión crecía en mi interior.

¿Qué era la vida sin sexo? Solo el trabajo y los impuestos y una buena dosis de lavado de platos.

Era tan injusto que no quería tener relaciones sexuales con nadie que no fuera el padre de mi hijo mientras durara mi embarazo.

Ni siquiera podía racionalizar esta decisión. Tal vez me quedaba algo de tradicionalismo en el cuerpo, residuo de haber compartido techo con Persy durante la mayor parte de mi vida.

Mis ojos siguieron cada movimiento de sus brazos fuertes mientras dejaba caer una bomba de baño en la bañera.

—Entonces, ¿te has acostado con alguien interesante últimamente? —Me moví en el asiento del inodoro, mirando sus fuertes y largos dedos.

¿Me estaba... excitando ahora mismo? La fricción de la superficie debajo de mí hizo que mis pezones se fruncieran. Me quité la ropa, prenda por prenda, mientras Devon torcía la cara como si algo oliera horrible en la habitación.

—Pensé que habías terminado de torturarte.

—Vamos —Me reí, tirando mi blusa al suelo. Aunque todavía no se me notaba, mis pechos ya eran pesados y venosos. Mucho más grandes de lo que recordaba—. Sé que sigues teniendo sexo con otras personas. Déjame vivir a través de ti. He olvidado lo que se siente.

Secamente, dijo:

—Tienes suficiente experiencia para toda la Costa Este, querida. Toma un poco de gingko y usa el poder de tu imaginación.

—Recuérdame, ¿qué haces una vez que los dos están en la cama? Lo olvidé —ronroneé, ignorando su molestia.

Me miró como si estuviera loca. Y en ese momento lo estaba.

—No has estado bebiendo, ¿verdad? —preguntó preocupado.

Me reí.

—No. Solo estoy... tierna en los bordes.

—Suena como un código para desquiciado.

—Vamos... —Sonreí—, ...estoy tratando de ser cordial.

—Me he dado cuenta. Llevamos cerca de ocho minutos en la misma habitación y aún no has intentado apuñalarme.

Cerró el grifo y se levantó, haciéndose a un lado.

—Deja que te ayude a entrar.

—Tú también puedes acompañarme, si te apetece. —Intenté una seducción a medias, demasiado excitada para permitirme el lujo de mi orgullo.

Me ignoró por completo, llevándome por la espalda a la bañera.

Puse los ojos en blanco.

—¿Eso es un no?

—Me dijiste específicamente -y en repetidas ocasiones- que dejara de intentarlo contigo —me recordó secamente.

—¡Bueno, tal vez he cambiado de opinión!

Jesús, ¿no podría una chica hacer una declaración definitiva y luego cambiar de opinión por calentura? Y decían que Estados Unidos era el país más libre del mundo.

—¿Por qué no entras y lo discutimos cuando te hayas calmado? —sugirió Devon.

—¡Ya me he calmado! —protesté con un chillido, golpeando mis propios muslos como un niño pequeño.

—Evidentemente —dijo con tono inexpresivo.

Finalmente, entré en la bañera y bajé mi cuerpo en ella. Cerrando los ojos, sentí el calor del agua y el cosquilleo del jabón pegado a mi cuerpo.

El aroma a fresa y cítricos se acentuaba con la humedad de la habitación. Detrás de mí, Devon se sentó en el borde de la bañera y empezó a masajearme los hombros.

—Estás caliente —afirmó. Sus dedos me hicieron cosquillas en los mechones que se escapaban de mi moño alto. Se deslizaron más abajo, hacia mis pechos, evitando el territorio sensible, pero patinando más cerca.

—Caliente —repetí con una risita—. Eres tan viejo.

—Estás muy embarazada.

—¿Qué significa eso?

—Tienes antojos. Necesidades —explicó Devon.

—Sí —admití con un suspiro, momentáneamente desarmada por el masaje y el baño de burbujas y por saber que estaba a salvo con él.

—¿Qué te impide acostarte con alguien? —preguntó, letalmente indiferente.

—Uh, ¿el hecho de que estoy embarazada?

—No va a dañar al bebé. El mismo doctor Bjorn nos lo dijo.

Sí, el doctor Bjorn, que embarcaba a Bellon (Belle + Devon), nos recordaba constantemente que podíamos y, de hecho, debíamos follar.

—No quiero compartir mi cuerpo con nadie más.

—¿Nadie? —preguntó con falsa inocencia, sus dedos seguros bajando hacia mis pesados y sensibles pechos.

—Ya has dejado tu huella en mí para los próximos meses. —Le lancé perlas de jabón a la cara burlonamente—. No se sentiría tan escandaloso si nos metiéramos en la cama juntos.

Los dedos de Devon se deslizaron hasta mi nuca, trazando deliciosos y lentos círculos.

—Hagamos un trato: responderás a unas cuantas preguntas y, si me satisfacen tus respuestas, te daré un alivio.

—Bonito ego grandioso el que tienes ahí. Todavía tengo vibradores, sabes —gemí.

Pero tenía razón. Todo mi cuerpo estaba en llamas. Quería agarrar su cuello y tirar de él hacia abajo conmigo.

—Está bien necesitar a alguien a veces —susurró Devon, el aire caliente de su boca patinando sobre la concha de mi oreja. Estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo contra el mío. Se me erizaron todos los vellos del cuerpo. Me dolían los pezones y mis muslos se frotaban bajo el agua.

Estuve a punto de deslizar una mano entre ellos y hacer el trabajo yo misma.

Me giré para mirarlo, nuestros ojos se encontraron. Azul sobre azul. Los suyos, cristalinos como el cielo de la mañana. Los míos, de un tono mucho más oscuro, salpicados de púrpura alrededor del iris.

—Nunca está bien necesitar a nadie —gruñí.

—Esa es una manera terrible de existir, Sweven. Siempre estaré ahí para ti. Llueva o haga sol.

—¿Cuántas preguntas? —Suspire.

—Eso depende totalmente de tus respuestas.

Asentí con la cabeza.

—Pregunta número uno. ¿Por qué no me dijiste que un hombre te acosaba en Boston Common hace tantos meses? —Devon me agarro los pechos, sus pulgares rodaron alrededor de mis pezones, haciendo que todo mi cuerpo se estremeciera.

Se me cortó la respiración.

—No quería que te metieras en mi vida más de lo que ya lo habías hecho.

—Segunda pregunta: ¿ha habido más señales desde entonces de que alguien te persigue?

No quería admitir que los hubiera. No quería que me pusiera más Simons. De todos modos, realmente creí que Frank probablemente había terminado. Lo del estacionamiento fue algo único. ¿Por qué otra cosa se daría a conocer?

Cuando Devon se dio cuenta de mi vacilación, una de sus manos se deslizó desde mis pechos, bajando por mi estómago, y su dedo meñique me rozó la ingle con un leve toque. Jadeé y me retorcí sin pudor. ¿Cómo iba a mantener una conversación así?

—Esto es un chantaje —dije acaloradamente.

—Nunca he pretendido ser justo. Ahora responde a la pregunta. —Me mordió suavemente la oreja.

—Sí. Una carta llegó poco después de Boston Common. Amenazando con matarme. Fue entonces cuando empecé a llevar mi arma a todas partes.

—¿Por qué no acudiste a la policía en ese momento?

—No quería que la mala prensa se adhiriera a Madame Mayhem o que tú y mi familia estuvieran en mi caso. Recibo correo de odio a diario. Y mira, han pasado meses sin más señales.

—¿Sabes quién puede ser?

Su mano me acarició el coño, pero no hubo penetración. Solo la deliciosa presión que ejercía sobre mí mientras yo intentaba, sin poder evitarlo, arquearme ante su contacto.

—S-sí —tartamudeé, más cerca del borde de lo que debería estar cuando apenas me había tocado.

—¿Quién? —Presionó Devon.

—Un hombre llamado Frank. Un antiguo camarero mío. Lo despedí hace unos meses por agarrar a una chica de burlesque. Lo vi en el estacionamiento hoy.

—¿Por qué no estás sentada en una comisaría ahora mismo?

—Es solo un niño y su novia está embarazada. No tienen dinero. Solo quería desahogarse. Probablemente envió a un amigo suyo para asustarme en Common —Aunque eso todavía no podía explicar el hombre en Madame Mayhem el día que Devon me había llevado a casa—. No creo que vuelva a saber de él.

—Estás loca, y llevas a mi bebé —dijo con naturalidad, más para sí mismo que para mí.

No movió su mano de mi montículo, pero tampoco me dio la liberación que ansiaba. ¿Por qué retuvo mi orgasmo de esa manera? ¿No era esto un crimen contra la humanidad?

—Estaré bien —dije—. He cuidado de mí misma durante mucho tiempo. Nunca he tenido problemas.

—Unas cuantas reglas, y luego puedes volver a entretenerme en mi cama —aclaró Devon, haciéndome saber que aún no me había librado.

No contesté, porque quería acabar con ello y que me tocara ahí. Era patético, pero tiempos desesperados requerían medidas desesperadas. Necesitaba alejar mi mente de las cosas. Esto era un mecanismo de afrontamiento, ¿de acuerdo?

—Regla número uno: nunca te alejes de Simon cuando estés en el trabajo.

—¿Guardaespaldas sí? —Me reí con la garganta—. Lo que sea.

—No. No lo que sea. No eres una adolescente, Emmabelle. Dame una respuesta de sí o no.

Caramba.

—¡Bien! Sí.

—Regla número dos... —Sentí su dedo meñique rozando mi abertura. Todo mi cuerpo se despertó de excitación. Abrí las piernas para él con avidez. Por fin estaba recibiendo un poco de acción que no requería ninguna pila.

—No salgas sola. Haz que siempre te acompañe alguien. Pueden ser tus compañeros, tus padres, Simon, o incluso yo.

Una petición atrevida, pero de nuevo, no tenía que hacer nada que no quisiera. Apenas estaba aquí las veinticuatro horas del día para vigilarme.

—Claro. —Luego, cuando no volvió a mover la mano, gemí—. Oh, claro. Sí o no. Sí.

—Última condición... —Los dedos de Devon tantearon mi abertura, más cerca que nunca. Solo hizo falta un empujón para que me llenara por completo. Su otra mano siguió trabajando en mis pechos—. Múdate conmigo. Solo por el momento. Puedo protegerte. Podemos buscarte un apartamento en mi edificio mientras estás allí. Tiene seguridad de primera, así que nunca tendré que preocuparme por ti.

Mis ojos se abrieron de golpe y las alarmas comenzaron a sonar en mi cabeza.

—¿Mudarme contigo? —repetí lentamente.

Sentí su nariz acariciando el pliegue de mi cuello.

—Vamos, Sweven. Eres lo suficientemente valiente como para disparar a alguien en la cara si viene por ti. Seguro que puedes tolerar unos meses de convivencia con el padre de tu hijo.

Era un reto. Su dedo índice se deslizó dentro de mí, y yo jadeé, arqueando la espalda, mis pezones resurgiendo de la línea de flotación. Devon se inclinó y capturó uno de ellos en su boca, chupando con fervor.

—Tan dulce. Tan, malditamente dulce. —Sus dientes blancos y rectos rozaron los picos sensibles—. Haré que merezca la pena —murmuró, haciendo girar su lengua alrededor de la punta de mi pezón antes de mordisquearlo. Al mismo tiempo, me folló sin piedad con su dedo bajo el agua.

Empujé mi ingle hacia su mano, persiguiendo mi liberación, sabiendo que estaba cerca.

—Nunca podrás domarme —advertí.

—No tengo ningún deseo. —Subió por mi cuello lamiendo, sellando mi boca con un beso al rojo vivo. Con toda la lengua y las gotas de agua y tanto deseo, creí que iba a arder—. Me gustas tal y como eres. Es improbable, lo sé, teniendo en cuenta tu personalidad de mula, pero es cierto.

—Soy un lío —jadeé.

—Sé mi lío.

Era más tentador de lo que podía admitir. Seductor como un faro de luz en un mar de oscuridad.

Me deshice, llegando al clímax sobre sus dedos. Me apreté con tanta fuerza alrededor de ellos que se rio en nuestro beso, los espasmos hicieron que mis músculos se tensaran.

Tras unos segundos, se apartó, enarcando una ceja.

—Solo por unos meses —me lamenté, más por mí que por él.

De todos modos, no tenía ningún sitio donde poner un bebé en mi apartamento actual.

—Solo por unos meses —repitió, mordiéndome el labio inferior juguetonamente.

El brillo de sus ojos lo decía todo.

Había aceptado ser suya, aunque fuera por un tiempo.

Renunciando a lo que más apreciaba.

Libertad total.